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viernes, 18 de noviembre de 2011

15.- Un cuento de luna y un cuento de sol (I)

Llegaron al oasis cerca de la media noche. Ashra no quería despertar al chico, pero Irye abrió los ojos al sentir el olor de la vegetación fragante y se removió entre sus brazos, suspirando, como un cachorro frágil. Apenas le hubo dejado en el suelo, echó a correr hacia el lago y se metió en el agua, con la ropa puesta. Las prendas fueron desapareciendo con rapidez, flotando en el agua como cadáveres de un naufragio, hasta que su piel blanca resplandeció bajo la luz de la luna llena. El cabello rojo y negro se le pegaba al rostro y a la espalda como serpientes retorcidas. Los ojos rosados brillaron intensamente cuando alzó los brazos y se estiró bajo la luz estelar, mostrando las delicadas líneas de su anatomía adolescente.

Ashra estaba preparando el campamento. Mientras estiraba las mantas y aseguraba bien las cuerdas de la tienda, volvía la mirada de cuando en cuando hacia él.  Los movimientos de Irye, que parecía estar bailando, capturaban su atención como un hechizo parpadeante. El agua estaba tan quieta que reflejaba su imagen como un espejo de plata: las formas suaves de los brazos, el cuerpo delgadísimo, el surco de la espalda, la cintura sutil hasta la que se había hundido.

"Es como una aparición"

Los ojos rosados se fijaron en él. Ashra sintió un estremecimiento en la sangre, como si de pronto los influjos de las mareas estuvieran afectándole dentro de las venas. Irye dejó caer los brazos y echó las manos a la espalda, bajando la barbilla, cohibido de pronto. Ashra se dio la vuelta.

- ¿Por qué odias a la luna?

- ¿Quién ha dicho eso? - abrió los petates para sacudir la arena del interior, comprobó las cantimploras.

- Tú

La voz de Irye llegaba apagada desde lejos. Ashra arqueó una ceja. "¿Por qué odias a la luna?" Sabía amargo en los oídos, se deslizó, amargo, por el paladar.

- No recuerdo haber dicho eso, ¿estaba borracho?

- Sí.

- No tienes que hacerme caso cuando digo cosas estando borracho.

- ¿Ah no?

- Claro que no.

El chico salió del agua y se ató la camisa mojada a la cintura. Las gotas que se escurrían sobre su cuerpo repiquetearon sobre los juncos y las hojas de las plantas tropicales. Sus pasos silenciosos corretearon hasta el improvisado campamento. Ashra le vio inclinarse a su lado, rebuscando entre las pertenencias de ambos con decisión. Olía a flores desconocidas y a algo místico y ya familiar, parecido al incienso. Su pelo mojado se anudaba en hebras retorcidas rojas y negras, como culebras. Una gota lenta descendía sobre el hombro de marfil.

Se le clavó dentro como una astilla, esa gota redonda sobre la piel sedosa e inmaculada. Hacía años que a Ashra toda la belleza le dolía, pero la belleza de Irye le dolía más que ninguna otra. La admiraba en silencio, con secreta devoción. Sintiéndose, quizá, un poco culpable, y agradeciéndole sin palabras lo que le brindaba: su compañía constante y fiel, sus cuidados sencillos pero sinceros, el contacto. El contacto quizá más que ninguna otra cosa. Un abrazo, la mano pequeña en su mano, un beso ligero, el cuerpo menudo contra el suyo bajo las mantas. Escuchar otra respiración, respirar otro olor, poder tocarle con las manos.

- Quiero poder hacerte caso siempre - dijo entonces el chico. Había cogido todas las botellas y las tenía entre los brazos.

Ashra no supo reaccionar. Entreabrió los labios para decir algo. Un pulso de furia le latió en la muñeca, pero después se pasó. El licor no tenía color en la noche, era solo un líquido difuso dentro de las botellas de vidrio. Miró a Irye a los ojos, después apretó los dientes. El enfado se diluyó y se convirtió en pena. Lástima de sí mismo.

- Odio a la luna porque me escupe los recuerdos a la cara - murmuró, cogiendo una de las botellas que sostenía el muchacho.

Miró en el interior, como si esperase encontrar alguna respuesta ahí. Queriendo verse a sí mismo.

- Eso es tu culpa, no de la luna.

Ashra le miró, sorprendido. ¿Y esa patada? Irye seguía allí de pie, medio desnudo, con las botellas entre los brazos. Esbozó una sonrisa extraña y caminó deprisa hacia el linde del oasis.

Ashra le siguió. ¿Lecciones a estas alturas? Sí, lecciones a estas alturas. El chico empezó a hablar, recitando una especie de sonsonete que recordaba a los poemas infantiles.

- La Dama de la Luna tiene plata en el pelo, zapatillas de seda que no tocan el suelo. La Dama de la Luna se mira al espejo y cuando canta su voz llega lejos, lejos, lejos.

Al llegar a la línea en la que el oasis se convertía en desierto, Irye abrió la primera botella. El licor se derramó sobre la arena. El chico caminó, trazando una línea con el líquido, como si estuviera delimitando algo. "Maldita sea", pensó Ashra. Una llamarada de su antigua dignidad resplandeció en sus ojos. Abrió otra e imitó al muchacho. No iba a permitir que Irye hiciera todo el trabajo, no lo que a él le correspondía. Era su responsabilidad, abandonar las ruinas de su vida de una vez por todas.

- La Dama de la Luna se marchó a pasear, una noche tranquila, a la orilla del mar - siguió recitando el chico -. Tiene el pelo cubierto con un precioso chal, y pendientes de cristal, cristal, cristal.

El olor penetrante del alcohol le quemó en las fosas nasales. Le tembló el pulso. "Ahora no tendré donde esconderme", pensó, "no tendré donde huir. Ya no voy a huir. Ya no quiero sufrir más". Dejó caer el recipiente, escurrirse entre sus dedos. Miró al chico de los ojos rosas. El corazón se le ahogó de emoción.

- El joven pescador la atrapa con su red, ¿acaso la confunde con un enorme pez? La Dama de la Luna se quiere escapar, y asustada se pone a llorar, llorar, llorar. - Irye había vaciado tres botellas ya. La cuarta se convertía en nada entre sus manos, derramándose en la arena - ¡Es tan hermosa, es tan hermosa! El pescador no la quiere soltar. "¡Déjame ir otra vez hasta el cielo! ¡Quiero volar, volar, volar!"

El viento se alzó repentinamente. Sopló con fuerza, casi empujando al chico. Irye plantó los pies en el suelo con firmeza y se volvió, como si desafiase a la poderosa brisa. Sus ojos opacos, pálidos, destellaron con determinación, tornándose más vívidos. Su voz se tejió con el aire cuando destapó otro corcho y desangró más licor, una vez más.

- ¡No te vayas, no te vayas! , ¡Si te vas voy a morir! Mi corazón se romperá en pedazos si tengo que verte partir, partir, partir. Si te vas, amada mía, déjame algo de ti. - el viento cambió de dirección y volvió a empujar al chico, que se dio la vuelta para enfrentarle de nuevo - Ella se quitó el pañuelo y los pendientes de cristal, puso uno en el ocaso, otro al alba despertar. Y su chal de luz tejida lo dejó caer al mar.

La última botella rodó sobre la arena, con un ruido sordo. Ashra apretó los puños. Le temblaban las manos.

- La Dama de la Luna al cielo regresó, perder su pañuelo mucha pena le dio. De noche alarga las manos y tira de los bordados, pero al mar ya se ha tejido, al mar ya se ha enredado. Cuando tira de una esquina hace subir la marea, cuando tira de la otra, baja y descubre la tierra.

- ¿Donde has aprendido esa canción? - preguntó Ashra, a media voz. Se había hecho un silencio sepulcral, similar a los que envuelven los templos religiosos.

- No me acuerdo - respondió Irye.

El chico se acercó y le pasó los brazos alrededor de la cintura, apoyando la cabeza en su pecho. Ashra le rodeó con los suyos, le acarició el pelo. Estaba mojado y empezaba a enfriarse.

- Ven, vamos a secarte - le dijo. Luego le levantó en brazos.

Los ojos de Irye parecían dos perlas exóticas observándole con devoción. Tragó saliva, rozándole las mejillas con los dedos de una mano, ásperos y grandes. La piel del chico era fina, delicada como los pétalos de una flor joven. Cerró los ojos y le besó en los labios, un gesto tierno y sutil que iba como siempre acompañado de la aguda punzada de la culpa.

Pronto, la culpa se marchó, el frío se convirtió en calor y el dolor en consuelo. El viento amainó. La arena, transportada por la brisa, cubrió poco a poco los cascos vacíos de las botellas de cristal.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

14.- A través del desierto

Era una noche sin estrellas. Los fuegos del campamento quedaban ya muy atrás. El viento movía las arenas plateadas y la Luna observaba con atención: un único ojo que nunca parpadeaba. Entre la vasta extensión desierta, las dos figuras parecían diminutas; dos náufragos en el mar de dunas que avanzaban despacio con el susurro de sus propios pasos haciendo eco en sus oídos.

Irye tenía que caminar deprisa para mantenerle el ritmo a su Ashra. Por cada par de sus pasos rápidos y cortos, él daba una zancada con sus largas piernas. Irye contaba los pasos. Miraba sus botas. Observaba la huella que dejaba en el camino al levantar el pie.

Ashra caminaba más largo que él, pero le llevaba de la mano. Eso era bueno, porque quería decir que no iba a dejarle atrás a pesar de eso.

El elfo llevaba puesta la armadura de cuero y malla, los sables a la espalda y el fardo con sus pertenencias colgando de una correa al hombro. Irye había hecho un hatillo con las pocas cosas que había querido conservar y lo guardaba bajo el brazo, apretado contra el pecho. No había preguntado nada cuando Ashra le dijo que cogiera sus cosas. No hizo caso a las discusiones ni a las conversaciones alrededor. Tampoco a la tensión que percibía. Obedeció sin más.

Ahora, en cambio, si preguntó.

- ¿Por qué nos vamos?

La mano de Ashra era muy cálida. Cubría la suya con firmeza pero sin estrujarle. Le daba seguridad, le hacía sentirse protegido.

- Nos vamos de vacaciones.

Irye frunció el ceño. Luego miró a Ashra. Estaba serio, pero no enfadado. Intentó adivinar si estaba triste. Pero su voz había sonado tranquila, muy tranquila. "Es la melancolía", escuchó que decía el viento del desierto, "es la melancolía".

La luna lamía las ruinas trol que se recortaban a lo lejos. Arrancaba un brillo espectral a las torres de agua que se dibujaban en sombra sobre la sombra de la noche. El cielo del desierto era muy ancho y muy profundo, sus arenas parecían no tener fin. Pero a Irye no le daba miedo el desierto, ni la Luna que miraba fijamente, le parecían bonitos.

- ¿Qué son vacaciones? - preguntó con timidez, alzando las cejas.

Ashra se detuvo. Su zancada marcó una huella en la tierra y su pie se quedó dentro de la huella. Luego volvió el rostro hacia él, mirándole con curiosidad. La miel que tenía en el pelo se le derramó por los hombros y sus rasgos se distendieron, parte de esa pena - es la melancolía, la melancolía, decía el viento - se diluyó en su semblante.

- ¿No sabes lo que...? Bueno, claro - Irye nunca había ido a una academia. Tampoco a un templo -. Pues vacaciones es un tiempo para descansar.

La voz de Ashra se suavizó aun más. Se acuclilló delante de él para colocarle bien la capa y cerrarle las prendas. El viento les agitaba el pelo.

- ¿Es como la siesta?

Irye miraba a Ashra. Su pelo que se movía, los ojos azules y profundos. Brillaban con una luz que tenía dentro, un puntito blanco y destellante, como una estrella en miniatura.

- No, no es como la siesta - rió el elfo, relajándose más - se trata de varios días. Cuando uno está trabajando, en un ejército o en el campo, labrando la tierra... o cuando uno está instruyéndose en lecciones, en algún momento, tiene unos días en los que no hay ninguna obligación.

Le resultaba fascinante esa lucecita, y el calor que había en sus palabras. Su voz era como una manta. Sus dedos grandes eran ramas de árboles, y se movían sobre su ropa, abrigándole. Ashra le había salvado cuando mataron a todos. Ashra le quitó las cadenas. Y luego le cuidaba todo el tiempo. Eso le hacía sentir algo raro, como si tuviera algo vivo dentro del corazón, un pollito tembloroso o algo así.

- ¿Y uno se va entonces? - preguntó, intentando entender.

Ashra asintió. No había vuelto a erguirse para quedar más a su altura y poder hablarle mejor.

- Uno puede quedarse, o se va a hacer un viaje. A la playa, quizá. O a los bosques.

Irye se tocó la punta de la nariz con el dedo y después asintió. Dudó un momento, cambiando el peso de pie.

- ¿Y dónde vamos nosotros?

Ashra le miraba. Sus ojos se habían vuelto dulces. Su expresión también. Le pasó una mano grande y ancha por el cabello enredado al chico, luego le limpió un tizne invisible de la mejilla con los dedos. Después le rodeó con los brazos y le levantó como si no pesara nada, cargando con él y con su pequeño hatillo.

- ¿Dónde te gustaría ir?

Irye se encogió de hombros y negó con la cabeza.

- No lo sé. ¿Dónde te gustaría a ti?

Ashra negó con la cabeza también.

- No lo he pensado. Lo podemos decidir por el camino, ¿vale?

- Vale - Irye le echó los brazos al cuello y apoyó la mejilla en su hombro - ¿Cómo sabías que estaba cansado?

Ashra no respondió. Durante un rato, siguieron avanzando en silencio. Irye quería contar estrellas, pero no había, así que dejó la cabeza recostada entre los cabellos de Ashra y contó sus pasos, escuchando el susurro de sus botas entre la arena, hasta quedarse dormido.

jueves, 27 de enero de 2011

13.- Lo bueno y lo malo

- No es bueno para tí.

Las estrellas brillaban en el firmamento despejado de Tanaris. La hoguera se había apagado, la historia había terminado y los mercenarios montaban guardia aquí y allá. Otros dormían en sus tiendas de lino, resguardados en las ruinas de un viejo asentamiento trol al que llamaban Lunasur. Allí, el viento no azotaba sus rostros con tanta vehemencia y la arena que se arremolinaba permanecía lejos, más allá de los parapetos de piedra. En un rincón, algo apartados de los demás, Irye y Ashra se habían envuelto en las mantas. El chico estaba dormido sobre las piernas del elfo como un cachorro, y el quel'dorei tenía la armadura aún puesta y un sable a mano, como era habitual en él. El cuero remachado se ceñía al cuerpo alto y flexible, y los fieros rostros de lobo de las hombreras miraban a ambos lados con ojos de fuego. La cabeza del muchacho reposaba en un hueco del brazo del mercenario. Tenía los párpados cerrados.

Haari estaba arrodillada frente a Ashra. Le hablaba en un susurro, mirándole directamente a los ojos. Los de él la observaban, azules y gélidos.

- ¿Por qué dices eso? - replicó tras largo rato el elfo.
- Está...
- Maldito

Ashra terminó por ella. Sus voces eran murmullos suaves en la luz de la noche. El elfo del cabello claro estaba pegado a la roca, en la sombra. Sobre Haari caía toda la plata del cielo como una cascada, arrancándole destellos a su piel, a su cabello, a los adornos de su capa.

- Sé que piensas que todos lo estamos, Ashra - prosiguió ella - pero esto es algo que casi puedo tocar. Está maldito, hay algo antinatural en él.
-Supongo que es lógico. Teniendo en cuenta dónde le encontramos. Quizá está enfermo - repuso él, los dedos deslizándose por los cabellos extraños del muchacho - Quizá su alma necesita sanar.

Haari meneó la cabeza. Era muy difícil intentar hacerle entender lo que sentía en lo profundo de su espíritu, esa inquietud tan violenta en lo que respectaba al muchacho. Además, había algo en la postura corporal de Ashra, en su manera de mantener al chico sujeto cerca de él, de rozarle con las yemas, que le hacía temer que ya fuera tarde para muchas cosas. ¿Como podía mostrarle lo que ella veía?

- Y, ¿eso es lo que quieres? - preguntó de nuevo la Zulfi, en un susurro muy leve, algo apremiante - ¿Sanarle? ¿Curar su alma?
- No soy sanador.

Un destello virulento cruzó por las pupilas azules de Ashra. Haari asintió, moderando su tono. Aquel elfo era su amigo, era más que eso. Confiaba plenamente en él. Nunca habían hablado mucho, él no poseía demasiadas palabras al parecer, y ella era más amiga de la acción que del decir. Y sin embargo, se habían arriesgado el uno por el otro. Se habían protegido, habían luchado codo con codo, y esas cosas tienden lazos, cintas que se anudan y crean vínculos. Las personas se conocen. Y Haari sabía que si Ashra se ponía a la defensiva más de lo que ya lo estaba, no habría nada que hacer. Por el momento, al menos, la escuchaba. Y encontró la palabra clave, la manera exacta de abrirse camino.

- Estoy preocupada - dijo, colocando las manos sobre la arena y agachando la cabeza un tanto - Explícamelo. Me gustaría que lo hicieras.

Ashra suspiró, se apartó un mechón de cabello del hombro y asintió, removiéndose y estrechando al chico dormido, cubriéndole con la capa como un padre que arropa a un hijo. Su voz se dulcificó cuando respondió a la trol.

- No sé si puedo, Zulfi. Al principio le traje por piedad. No podía dejarle allí.

Haari bajó la mirada hacia las mejillas blancas de Irye. Su respiración era pausada. Los rizos negros y rojos se descolgaban sobre la manga de cuero negro del mercenario, como hiedras coloreadas, como algas en una ruina submarina. Bajo las espesas pestañas oscuras, Haari adivinaba los ojos rosados y opacos, los dos ópalos vacíos de un ser sin alma... pero que había visto destellar en ocasiones con sentimientos imposibles en un ser así, probablemente en una imitación intencionada y cruel de las emociones auténticas con el objetivo de embaucar a su víctima.

- Pero no has querido dejarle en ningún lugar... quieres tenerle contigo todo el tiempo - dijo ella con suavidad - ¿No crees que estaría mejor en Theramore, por ejemplo? Allí hay elfos de los tuyos. También hay humanos, y nacidos-de-los-dos.

- Irye no quiere irse. Y yo tampoco quiero separarme de él.
- Has dicho que no eres sanador, tienes razón. No lo eres - insistió ella, probando otra vía - Si crees que el chico puede curarse el alma, ¿no deberías dejarle en manos de quien pueda ayudarle?

Ashra sonrió a medias, una sonrisa sesgada y algo ácida.

- ¿Y quién me cura a mi, Zulfi?

La trol pestañeó, sorprendida. Luego entrecerró los ojos y se inclinó hacia él.

- ¿Cómo? ¿Qué te ocurre? ¿Es que estás enfermo?
- No entiendes - Ashra meneó la cabeza y desvió la mirada hacia el desierto. Los ojos azules se tiñeron de amargura - Has empezado diciendo que Irye no es bueno para mí. Así has comenzado a hablarme. Pero no sabes nada. ¿Como puedes juzgar tú lo que es bueno o malo para mí? Me está sanando, y tú no te das cuenta. Me está sanando más de lo que lo ha hecho nada... nunca.

Haari apretó los dedos sobre la toga. Un fuego de rabia líquida le trepó por la garganta, y miró al chiquillo dormido un instante, maldiciéndole para sus adentros y deseando íntimamente estrangularle y arrojarle a una zanja. Qué bien había trabajado el djinn. Astuto como una víbora. Había encontrado las heridas secretas de Ashra y se había filtrado por ellas como bálsamo, y ahora... ahora su amigo pensaba que ese crío le hacía bien.

- Ashra, a veces... - hizo una pausa. La situación era grave, tenía que proceder con cuidado - A veces, la gente desesperada, que necesita protección, como este chico... puede ser manipuladora y jugar con nuestros sentimientos... quizá lo que hoy te parece dulce, mañana se pudra sobre tu lengua, Ashra.

El elfo arqueó una ceja. Luego su sonrisa se ensanchó y se rió entre dientes, de nuevo una risa irónica y vieja, seguida de un suspiro. La arena espejeaba bajo la luz de la luna, y las estrellas rutilantes se reflejaban en los ojos azules del quel'dorei, a la sombra del muro.

- No creas que no lo sé. No creas que soy idiota. Otros frutos se han convertido en ceniza entre mis dedos, sé como es el mundo, cómo es la gente y cómo es la vida.

- ¿Entonces qué te ocurre, no te das cuenta de lo que te está haciendo? - Haari casi alzó la voz, inclinándose hacia adelante para enfrentarle más directamente - Te está encadenando, se está aprovechando de tí. Deshazte de él. Por el bien de los dos, y por el bien de todos.

Haari respiró aliviada cuando al fin lo soltó, mordiéndose la lengua para no decir más, no decir aquello que Ashra jamás creería y que destrozaría toda su argumentación: la verdad pura y sencilla. Que el chico era un djinn y que era peligroso. Suelto o encadenado, era como llevar un áspid enredada al cuello. La mirada del mercenario era la misma, no se había endurecido y estaba mirándola casi con nostalgia.

- Haari...
- Estoy preocupada de verdad, Ashra. - insistió - Estás haciéndote daño, aunque no lo veas. Estás abrazando veneno, y algún día te hará enfermar. No hoy ni mañana.
- ¿Acaso no te has aprovechado tu también de mi?

La trol frunció el ceño y dejó caer la cabeza hacia adelante. Desolada y agotada. No lo iba a conseguir.

- No más que tu de mí - susurró con suavidad.
- Así es la vida. Él se aprovecha, pero yo también de él, saco beneficio, y también Irye. Esto no es nada nuevo. Sé lo que hago. Y no es asunto tuyo, en cualquier caso.
- No es lo mismo.

Haari alzó la cabeza, incorporándose, y no dijo más. Los ojos azules tenían una advertencia soterrada, más allá del sincero afecto que le transmitían.

- No, no es lo mismo - acordó él - Esta vez me estoy beneficiando más. No te haces una idea de cuánto... y de lo que significa para mí.

La zulfi se estremeció cuando un viento gélido le rozó la nuca. Un susurro misterioso se deslizó en sus oídos, imágenes, presentimientos y palabras que los espíritus estaban volcando sobre ella mientras contemplaba la sombra en la sombra del muro, al elfo de ojos penetrantes cuyo semblante se desdibujaba en la oscuridad, cuya mirada era el corte afilado de un cuchillo. Casi lo sintió en la carne, y una profunda pena se abrió en su corazón.

- Comprendo.

Las colas de zorro se agitaron cuando el aire se embraveció. Haari se arrebujó en la capa. Echó una última mirada a la figura de Irye, envuelta por los brazos de su protector, y se giró para regresar al campamento. La luna la miró con su ojo pálido, y en ella vio reflejadas las visiones que le habían traido los espíritus.

"¿Seré lo bastante fuerte como para cumplir con mi parte?", se preguntó. Aquella noche, dispondría los tótem y buscaría a los Loa para pedirles que la confortaran. Haari tenía miedo, y ni las estrellas más brillantes ni los abrazos del más cercano amigo podrían limpiarlo del todo de ella, pues seguiría teniéndolo por mucho, mucho tiempo.

viernes, 26 de noviembre de 2010

12.- Los Hijos del Hada

Haari sólo era una niña, cuando su padre, Zul'talar, había soplado el Aliento de los Elementos en el pequeño tótem hueco, lo había sellado con cera y lo había arrojado al mar. "Guardaos de tres cosas", había dicho Zul'talar a sus hijos. "De las zarpas del aqir, de la ira del Loa y de la magia del djinn".


Haari no lo había comprendido entonces, pero como siempre, había recordado las palabras de su padre, el médico brujo de su tribu. Cuando lanzó el tótem al rugiente océano, Haari pensó que las maldiciones que habían caído sobre su comunidad se disiparían, pero no fue así.


Todo había empezado hacía varios meses. En la aldea, los jóvenes trol se burlaban de Yo'lou. Yo'lou no era buen cazador. Todavía no había pasado su prueba de valor dando muerte a un tigre blanco, era patoso y poco salvaje. Era el hazmerreír de los demás, incluso de sus hermanos menores. Hasta que de repente, una noche apareció con tres pieles de tigre, resollando. Alzó el hacha y gritó, despertando a la tribu.


No sólo había dado muerte a los animales, sino que además, uno de ellos le había seguido. Un enorme felino plateado, surcado por estrías negras, con los ojos amarillos, se mantenía dócil a su lado. Yo'lou conservó al tigre, a quien llamó Rokkar. Rokkar se quedó en la tribu, y honraron a los Loa, porque desde su llegada, las cosas fueron mucho mejor para la aldea de Haari. Los mares estuvieron en calma. La recolección era abundante, y la caza y la pesca, mucho mejores que antes. Las dos tribus vecinas, con quienes no compartían muy buena relación, fueron derrotadas cada vez que atacaron el poblado, y finalmente, se estableció la paz.


Sin embargo, no duraría mucho. Los grandes guerreros de la tribu habían aceptado a Yo'lou entre los suyos, y Yo'lou, orgulloso y contento, ahora caminaba con la cabeza alta, vestido con capas de pantera y llevando las mejores armas de piedra. Rokkar asistía en el combate a Yo'lou, y su presencia en él, al igual que fuera de la batalla, había dotado al joven de una gran seguridad en sí mismo de la que siempre había carecido. Los que se reían de él antaño, ahora le trataban con respeto. Y el respeto fue mayor cuando Malai, el mejor guerrero y uno de sus detractores, cayó enfermo tras una terrible pelea con Yo'lou. En ella, sólo se intercambiaron palabras y algunos golpes. Y fue Malai quien derribó a Yo'lou. Sin embargo, los espíritus parecían castigarle, y yacía en su cabaña presa de la fiebre.


Zul'talar nada pudo hacer. No sirvieron los sacrificios a los espíritus ni las infusiones de mojo, no sirvieron los rituales ni los cánticos, los amuletos ni los tótem. Malai se consumía.

- No es voluntad de los espíritus - había dicho su padre entonces - He visto en Malai una sombra de aire y deseos oscuros que le asedian, procedentes de una maldición poderosa y antigua.

Y Zul'talar se marchó. Se marchó a la selva, en busca de la sabiduría de los Loa, buscando respuestas a aquello que aquejaba a Malai.

En su ausencia, los cinco grandes guerreros restantes comenzaron a decaer. Sus fuerzas mermaron, hasta que sólo Yo'lou el orgulloso quedaba en pie y dominante, como el único capaz de liderar a los trol. Desafió al Jefe Amanshi y le derrotó. Cortó su cabeza y devoró su cuerpo, dando parte de él al tigre Rokkar, apiló sus huesos junto a la cabaña y buscó a su hijo para darle muerte. Pero Aman'gol, hijo de Amanshi, huyó y se ocultó en la selva.

La barbarie y el poder de Yo'lou crecían día a día. Cuando algo no sucedía como él esperaba, su ira se mostraba, o la tormenta y el fuego despertaban aquí y allá. Todos le temían, y creían que los dioses se ofendían cuando Yo'lou era ofendido. Por eso, la tribu entera se sometió a Yo'lou, quien rompió las alianzas con las aldeas cercanas y atacó, arrasándolas y perdiéndose muchos grandes guerreros en aquellos combates, de uno y otro bando.

Y entonces regresó Zul'talar. En cuanto volvió, Yo'lou le recibió junto al tigre blanco, altivo y vestido con las pieles de cien panteras, engalanado como un rey. El resto de los habitantes del poblado, entre quienes se encontraba Haari, aguardaban tras él, asustados y confusos.

- Has vuelto. Proclámame, médico brujo - exigió Yo'lou - Proclámame como Jefe y Señor, según las viejas costumbres.

Entonces, Zul'talar asintió.

- Dame tu hacha - pidió - para que pueda bendecir tus armas con los ritos de los Loa.

Yo'lou le tendió el arma, y cuando la tuvo en su mano, Zul'talar la levantó en una mano, el báculo en la otra. Pronunció unas palabras, y el orgulloso Yo'lou comenzó a corretear en un revuelo de plumas blancas, transformado en un simple polluelo. Zul'talar hizo descender el hacha y decapitó al pollo de un solo golpe. El cuerpo de Yo'lou apareció, cubiertas de sangre sus vestimentas, y su cabeza rodó hasta los pies del tigre.

- Este guerrero ha traído la maldición a nuestra tribu - dijo Zul'talar a los demás - Ahora que ha muerto, me encargaré de sellar al djinn y enviarle lejos de nosotros.

Haari jamás olvidaría el ritual. Estaba grabado a fuego en su memoria. El tigre blanco, atado, se revolvía sobre el altar, y su padre disponía los tótem alrededor. Las antorchas brillaban en la noche. Estaban solos, ellos dos y el enorme tigre.

- ¿El animal está maldito? - preguntó ella a media voz, mientras removía la mixtura del cuenco sacramental. Zul'talar negó con la cabeza.

- No es un animal, Haari. Es un djinn.
- ¿Qué es yinn? ¿Son espíritus malignos?
- No, Haari. No son espíritus. Son descendientes de espíritus malignos, eso sí... pero nacen del vientre de las ossi por la semilla de los espíritus del aire y la tormenta.

Haari frunció el ceño, escuchando.

- Pero, ¿no son buenas criaturas las hadas? - preguntó, usando la palabra adecuada.
- Lo son. Pero a veces, su soledad es insoportable y llaman a los espíritus del aire. Ellos les ponen en el vientre la semilla, y entonces nace el djinn.
- ¿Es una criatura maligna, este djinn? - volvió a preguntar Haari. Tenía la mirada fija en el tigre, que parecía hermoso y tranquilo, algo indiferente, allí tumbado y atado.
- No es buena ni es mala. Puede maldecir y bendecir - le explicó su padre a media voz, mientras terminaba de disponer los objetos para el ritual - Puede hacer daño o puede otorgar dones. Depende de su temperamento o de aquel a quien sirve. Este djinn servía a Yo'lou, y trajo la desgracia a nuestro pueblo. Con Yo'lou muerto no podemos matar al djinn, porque sólo él podría hacerlo. Pero le sellaremos en el tótem y nos desharemos de él.

Cuando Zul'talar comenzó con los cánticos, Rokkar ni siquiera se movió. No opuso resistencia cuando los fuegos se apagaron, apenas un gruñido suave. Haari sentía sus ojos plácidos, algo tristes, fijos en ella. Después, la criatura se desvaneció y se convirtió en una masa de aire coloreado, con forma semi humana, brazos, piernas, tronco y rostro, y al fondo del rostro, la misma mirada nostálgica. Entró en el tótem hueco a una orden de Zul'talar.


Sí, Haari había visto todo aquello. "Guardaos de las zarpas del aqir, de la ira de los Loa y de la magia del djinn", le había dicho su padre entonces, cuando arrojó al mar a Rokkar, "porque su maldición es terrible y su bendición siempre tiene precio, porque son poder e impotencia, y aunque dicen ser siervos de sus amos, también sus amos son siervos de ellos."



Aquella noche, mientras el campamento se recobraba del ataque, el desierto estaba sereno, y la mirada de Haari, la Zulfi y líder de Mueh'zala Atal, seguía al joven Iryë mientras éste ayudaba a apilar los cadáveres y a reunir combustible para el fuego. Le vio sonreír cuando Ashra pasó a su lado, le vio agarrarle de la capa, vio su expresión devota mientras le seguía, con los ojos rosados brillando suavemente.

Y recordó cómo el elfo le había liberado de sus grilletes. Y recordó que nadie más, entre todos los cuerpos que vieron aquella noche en Frondavil, ni uno solo, tenía cadenas en las manos.

Solamente Irye.

- Ashra... no sabes lo que has hecho - murmuró.

Aquella noche, rezó a los espíritus por su amigo y compañero. Fabricó amuletos para él, y meditó sin descansar, buscando, igual que antaño hiciera su padre, un modo de liberar a Ashra de su propio error.

11.- Djinn

El deslumbrante sol de Tanaris le hería los ojos. El mismo aire estaba caliente, era un vapor espeso y congestionado de arena que apenas podía respirarse ahora, cuando el viento soplaba con tanta intensidad que atronaba los oídos. Con el rostro cubierto por el pañuelo, Haari aguardaba, los párpados entrecerrados, la maza en la mano y los tótem sagrados dispuestos, la llegada del ataque que no parecía llegar nunca.

Habían montado el campamento en el desierto, y las lonas de las tiendas se agitaban, furiosas. Estaban trabajando bien contra los ladrones de agua, pero ella había percibido las alteraciones en el mundo espiritual varias noches antes. Sabía que los Furiarena les estaban siguiendo. Sus siluetas ahora se recortaban de cuando en cuando tras las dunas, acechando. Manchas rojizas, lejanas y casi informes a través de la tormenta desértica que iba cobrando intensidad.

Ashra y Drabor permanecían a su lado, embozados y con las manos en las empuñaduras, los ojos escrutando el horizonte. Poco mas atrás, el resto de los mercenarios aguardaban, preparados para el combate, en la tensa calma y el silencio. Haari había contado varias siluetas, más de treinta. No estarían en igualdad de número, pero confiaba en que ellos pudieran ser más inteligentes que sus rivales.

El humano del parche resolló y se cubrió bien la negra cabellera con el embozo.

- Zulfi, ¿Por qué no atacamos nosotros? - murmuró. Era la tercera vez que lo proponía.

Haari negó con la cabeza.

- Nosotro'h no. Que ataquen ellos. Es...tán invocando la tormenta de arena. No podemos contrariar a los Elementos.

Ashra y Drabor intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada más. Haari sabía que no comprendían, pero al menos no ponían en duda sus decisiones. Hasta ahora, las cosas habían salido bien para todos cuando no habían contrariado a los elementos, sin duda había sido así. Y no pensaba romper esos sagrados preceptos por nada del mundo. Si los Furiarena invocaban la tormenta, lucharían bajo ella y la usarían en su favor.

- Vienen ya.

Era la voz de Ashra. Haari tomó aire, confiando en los sentidos del elfo, y comenzó los rituales, mientras Drabor hacía señas a los combatientes. Se posicionaron tras la duna, dispuestos a defender el campamento.

Los trol no eran especialmente ingeniosos en sus estrategias, y la Zulfi era consciente de ello. Sus técnicas de emboscada rara vez admitían variación; su raza, bien lo sabía, se acostumbraba a hacer las cosas de una determinada manera y rara vez cambiaban. Los Furiarena eran sanguinarios y rápidos, conocían el desierto a la perfección, y tenían el viento a favor.

Saltarían las dunas sin problemas y muchos encontrarían la muerte en las estacas que habían colocado en la pendiente, pero aun así... entrecerró los ojos. Las sombras rojizas se movían con velocidad entre el velo denso de la tormenta. Haari permaneció en pie.

La primera figura apareció, una forma alta de cresta roja, gruñendo y con la mirada perdida y llameante. La enorme maza de acero se alzó.

- ¡O'hoba! ¡O'hoba! - cantó la Zulfi.

El grito de los hombres y mujeres de Mueh'zala Atal se elevó, uniéndose al bramido de la tempestad. Los aceros desenvainaron y silbaron las flechas. Haari interpuso el escudo, ladeándose, cuando la maza cayó sobre ella, y un golpe de agua precipitó al trol duna abajo. Su cuerpo se empaló en la estaca.

- ¡T'eif godehsi wha! - las voces de los furiarena se enredaron en el viento.


Entonces, algo prendió el temor en el interior de la joven Zulfi. El ataque de los Furiarena era extraño y definido, pero varios de ellos habían pasado a su lado sin golpearla. Parecían precipitarse directamente hacia el campamento, con la mirada encendida, sin tenerles en cuenta para nada. Algunos morían en el trayecto, atravesados por las espadas, empalados en la barricada. Otros, aún heridos, se arrastraban hacia las tiendas, donde no quedaba nadie.


Era absurdo. Si querían arrasarles, matarles o capturarles, ¿Qué clase de actuación era aquella? Rara vez dejaban los furiarena a un enemigo en pie, y éstos parecían precipitarse como una oleada en busca de algo. Intercambió una mirada con sus lugartenientes. Drabor también parecía algo confundido. Ashra, por el contrario, iba eliminando rivales a medida que se cruzaba con ellos, de nuevo sumergido en el acto del combate y sin darse cuenta, aparentemente, de que algo no estaba bien.

Entonces les escuchó.


- ¡Djinn! ¡Djinn, yora'tok!


Se volvió repentinamente hacia la voz. Uno de los Furiarena había llegado al campamento. El campamento en el que sí había alguien, un muchacho embozado, un elfo bajito y menudo para su raza. El trol le había agarrado del cabello, el embozo con el que se cubría se enredaba en la garganta de Iryë, quien oponía una resistencia silenciosa mientras el trol le arrastraba, gritando, repitiendo las mismas palabras.


- ¡Djinn! ¡Djinn, yora'tok! ¡Djinn, yora'tok!


"No es posible", pensó Haari. Sí, sí era posible, constató. Casi al mismo tiempo que la incredulidad le asaltaba, la confirmación era un hecho. Sólo debía encajar las piezas. Pero ahora no era momento de pensar.


Iryë había desenvainado una daga de su bota y la había clavado en el costado del trol, retorciéndola con saña, sin mudar su expresión. El furiarena gritó, la sangre manchó la tierra blanca, pero varios más se precipitaban hacia el chico.


- ¡Al campamento! - exclamó Drabor - ¡Rodeadles!


Haari descendió de un salto. Corrió, con el escudo y la maza de fresno, dejando atrás los tótem. El muchacho elfo aguardaba, con la daga ensangrentada entre las manos, mirando con indiferencia a la multitud de enemigos que se arrojaban con ojos furiosos sobre él, en su busca. La Zulfi extendió la mano. Cerró los dedos sobre la muñeca de Iryë y le arrastró fuera del campamento, mientras las filas de los Mueh'zala Atal se cerraban tras ellos, cercando a los furiarena y terminando con el trabajo.


La tormenta no amainaba. Le agitaba la túnica de cuero con plumas, colas de zorro y pieles de zarigüeya. Llevó al chico algo lejos y le encaró, mientras el bramido del viento se teñía con el sonido de la batalla. Gritos, hojas cruzadas, golpes secos, huesos rompiéndose. Fijó la mirada en el muchacho, que no entornaba los ojos a pesar de tener el viento en contra. Su pelo, rojo y negro, se sacudía bajo la tempestad, los rizos se le despeinaban, y la miraba, inmóvil, inexpresivo, con la daga ensangrentada en la mano.


- Vinieron por tí - dijo la Zulfi. Su voz era seca, cortante, pero suave. Nunca antes había hablado con el muchacho que Ashra rescató. - ¿Les llamaste tú, djinn?


Iryë no respondió. Ladeó la cabeza, frunciendo un poco el ceño, como un animalillo curioso.


- Mueh'zala Atal está luchando con trol furiarena. ¿Tu llamaste? Vinieron por tí. Responde, djinn, te lo ordeno - gruñó, extendiendo las manos - te lo ordeno.


El chico arqueó ambas cejas y soltó una risita. En medio de una tormenta del desierto, una risa cascabeleante, burlona y extraña, que pareció encontrar eco en el aire. Irye golpeó las manos de Haari con los dedos finos y regresó al combate, con la daga empuñada. Pasó a su lado sin temor alguno, y a medio camino se volvió para dedicarle una mirada que le resultó burlona e insolente. Los ojos rosados destellaron.


Y el viento cesó.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

10.- Accidentes

Cráter de Un'Goro, anochecer

Delamort y Beriel. Les miró, tendidos en el suelo, arrastrándose, mientras aún resollaba con fuerza. Tenía las armas en las manos, los dos sables. La sangre goteaba sobre el suelo. La sangre de sus compañeros, Delamort y Beriel.

- ¿Por qué?

Beriel, ladeándose, trató de mirarle desde el suelo. Su rostro quemado, ahora además estaba cubierto de sangre. Algunos de sus dientes brillaban como conchas marinas en el barro. Estaba lloviendo.

- ¿Qué... demonios te pasa, Ashra? - farfulló, llevándose la mano al costado. Aún tenía los pantalones bajados. Su miembro fláccido estaba sumergido en el charco.
- No hemos hecho nada que TU no hagas - escupió Delamort. Se sujetaba las tripas. Se le estaban saliendo.

Bheril aguantó la respiración. La sangre le ardía, le quemaba. La furia gritaba en su cabeza, chillaba con el agudo grito de los jabalíes, le nublaba la vista. Volvió la mirada hacia el chico.

Iryë estaba en el suelo, encogido y abrazándose las rodillas. Tenía el pelo sucio, los ojos rosados, vacíos, mirando a la nada.  Sangraba por la nariz y tenía marcas de golpes. Su ropa estaba junto a él, manchada de barro. Se metía los dedos en la boca para provocarse el vómito, temblando. "No hemos hecho nada que tú no hagas".

- Estaba gritando. Dijo que no. - replicó a duras penas, como única explicación, mirando a los dos hombres heridos. Aún tenía su sangre en la mejilla. - Lo gritaba, le escuché.
- Dioses, me muero... - Delamort vomitó sangre, intentando meterse los intestinos en su lugar.

Le habían visto llegar. Se estaban riendo. Les había visto. Les había visto, y ellos a él, le vieron alzar las armas y dijeron "no, no", igual que el grito de Iryë, con la misma desesperación. "No hemos hecho nada que tú no hagas". No tenían ni idea.

- Miradme a los ojos.
- No, Ashra, maldita sea, somos tus compañeros, ¡Solo ha sido un maldito accidente! - Farfulló Beriel, alargando la mano hacia su daga.
- No conozco a nadie que viole niños por accidente. ¿Vuestras pollas se os cayeron dentro sin querer? Miradme a los ojos, desgraciados.

Delamort iba a morir de todos modos, quizá sabiéndolo, buscando un rápido fin, se levantó y dio dos pasos hacia Bheril. Los sables silbaron, Beriel gritó y un chorro de sangre caliente le roció el rostro. El cuerpo del humano gordo cayó al suelo con estrépito, hundiéndose a medias en el fango y quebrando las ramas a su paso.

Beriel empuñó la daga y trató de apuñalarle. Le dio una patada en el pecho y fijó su mirada en la mirada oscura y aterrada del mercenario. El movimiento fue rápido, como el aguijón de un escorpión. Le atravesó el corazón y sacó el sable, dejando que la lluvia lo lavara.

Delamort y Beriel. Hijos de mala madre.

Observó sus cadáveres y escuchó el gruñido lejano del gran reptil, vio dibujarse su sombra tras el verdor difuso de la jungla. Limpió los sables en las hojas tropicales y los enfundó, restregó la lluvia sobre su rostro y sus manos para eliminar los restos de sangre. Luego se dio la vuelta y cargó con el chico y sus ropajes. Estaba helado. Los ojos rosas le miraron, vacíos.

- No quería - susurró el muchacho. - Esta vez, no. Ya no quiero con nadie más, estoy harto.

Los brazos se enredaron en su cuello como algas húmedas, y Bheril tragó saliva. Le cubrió con su capa y echó a andar a través de la selva. Los raptores pronto acudirían a dar cuenta de los cadáveres. Si Mueh'zala Atal encontraba los restos de sus compañeros...

- Iryë, si nos preguntan, no sabemos nada.

El chico asintió, con el rostro enterrado en su pechera.

- Vale. Los accidentes pasan.

viernes, 15 de octubre de 2010

9.- Carta

Querido padre:

Este lugar es un mar de dunas que se extiende en todas las direcciones. En el firmamento, el sol se enseñorea del lugar como un disco de bronce que calienta la arena dorada. Pareciera que nos observa con su mirada en llamas. Hemos avanzado a través del océano de olas color ocre, algunas grandes como montañas, otras pequeñas, al igual que el ondular leve que produce la piedra al golpear contra la superficie de un lago. Si las miro, puedo saber en qué dirección sopla el viento, me refiero a las pequeñas. Estamos viajando hacia el Sur para buscar refugio en las montañas y combatir desde allí a los ladrones de agua; el Cártel Bonvapor nos paga pero se niega a abrirnos las puertas de su hogar junto al mar. 

Las noches son increíbles. Parece otro mundo. Iryë se vuelve loco contando estrellas, jamás había visto tantas en ninguna parte. Se agrupan hasta formar líneas uniformes y ninguna nube vela su resplandor, la luna parece balancearse en el cuarto menguante como una barca blanca que surcara el firmamento. Brilla sobre la arena, sobre los huesos de marfil que yacen sepultados. Esqueletos de dragones, padre. ¿Puedes creerlo? Te aseguro que lo son, con grandes fauces abiertas y las alas de hueso extendidas.

¿Sabes que hay aquí esas flores rojas que tenías enmarcadas en tu sala? Las rojas con vetas amarillas, esas que llamaban lirios de sangre o flor de fuego. Crecen en el desierto. He recogido algunas para enviárselas a Jaderin y que te las lleve. También hay lotos azules cerca de las ruinas, montones de piedras de los trol Furiarena y otras construcciones que ninguno de nosotros puede identificar.

Ojalá pudieras estar aquí, ver estas maravillas con tus ojos. Pero no estás, aquí ni en ningún lugar.

Haari dice que nuestros ancestros nos guardan, que siempre están con nosotros, velándonos. Iryë opina que las estrellas son sus ojos, que nos observan desde arriba. Los humanos dicen que los que nos han dejado reposan en la Luz y atienden a nuestras súplicas. Pero aunque sus leyendas son hermosas de alguna manera, aunque escucharlas pueda resultar reconfortante, no creo en ellas.

No te siento cerca. Estás muerto y te has ido, sólo queda de tí lo que vive en mi recuerdo. No hay ninguna presencia amada vigilando mis pasos ni contemplándome en el firmamento, no te encuentro en el aire ni en el cielo, y no necesito rezar para saber que nadie va a responderme, que tú no me responderás, que no pondrás la mano sobre mi hombro nunca más. No te hallaré en ningún sitio, ni en las oraciones ni en las leyendas. Sólo vacío y preguntas. Y sería muy vergonzoso que realmente existieras de alguna forma y pudieras ver lo que han hecho de mí, lo que yo he hecho de mí. Todo lo que han hecho de nosotros.

Sólo me quedan los recuerdos, dolorosos como enredaderas de espinos. El recuerdo de tu semblante sereno y tu contacto cálido, de tus palabras y tu sabiduría profunda. Tú, que eras mi héroe y mi ejemplo, a quien más admiraba y amaba... que siempre te mantenías tranquilo y nunca gritabas, de sonrisa plácida y paciencia infinita. Te recuerdo inclinado en el invernadero, con las manos desnudas hundidas en la tierra, removiéndola para ahuecarla antes de plantar las semillas nuevas. Te recuerdo en tu sala de paredes cubiertas con flores, hojas y raíces enmarcadas, pasando las páginas de un libro con lentitud y escuchando al mismo tiempo mi palabrería interminable mientras te contaba cosas que ya he olvidado, pero que en aquel momento debían ser cruciales para mí. Te recuerdo en el salón, cuando nos amontonábamos los tres en un extremo de la larga mesa para comer juntos y conversábamos de todo y de nada, o escuchábamos los gorjeos de Jaderin aprendiendo a hablar.

Y tu mano sobre la mía, enseñándome a escribir cuando era un niño. Tus dedos siguiendo los párrafos de los libros cuando leíamos en alto en el balcón y me mostrabas cómo entonar correctamente. Tu voz tranquila cuando me explicabas por qué los peces no se ahogan, o por qué pueden volar los pájaros y yo no volaba al caerme de los árboles. Y sobre todo, aquellas noches largas tras la muerte de nuestra madre. Yo llamaba entonces a la puerta de tu habitación, sintiéndome demasiado solo, demasiado triste y demasiado idiota para entender por qué se había ido. No recuerdo si lloraba. Pero recuerdo que me tendía en tu cama y me arropabas, recostándote a mi lado y abrazándome hasta que me dormía, sintiéndome seguro porque tú estabas ahí. Tú siempre estabas ahí. No temía al error ni a la caída, tú siempre estabas ahí. Tus manos, tus brazos, tu voz y tus palabras, para guiarme, para cuidar de mí, para velar mis pasos. Lo comprendías todo, todo.

Ahora has desaparecido, y ya nadie me velará. Hace tiempo que he dejado de llorar por nada, cansado de hacerlo sin encontrar consuelo alguno, porque tú no estás para consolarme. Hace tiempo que he dejado de creer en nada, porque ningún dios, ninguna fuerza superior puede existir y quedar impasible ante un hecho tan sacrílego como es la manera en la que te han apartado de mí. Y si algún dios existe y no tiene nada que hacer ni decir al respecto, esos dioses no se merecen mi fe. Hace tiempo que han dejado de importarme todas las cosas que antes me importaban. Si sigo viviendo de este modo en que lo hago, si he seguido viviendo tras haber sido esclavo, fugitivo y mercenario, es sólo porque aguardo a poder cumplir venganza. No tanto por mí como por tí. Al fin y al cabo, yo solo soy un idiota que se dejó engañar, que ha caído hasta lo más bajo por su debilidad. Mi venganza es pura rabia y odio incandescente. La tuya debe ser justicia. 

Espero estar al menos a la altura de darte eso, padre, aun desde la miseria más absoluta.

Esta carta, como todas las otras, arderá en la hoguera más cercana, porque nunca la leerás. Estás muerto y no estás en ninguna parte.

Sólo en mi memoria.

jueves, 14 de octubre de 2010

8.- Maldición

- Entonces los espíritus se reunieron en el Claro y discutieron largamente sobre lo sucedido con sus descendientes, aquellos que habían iniciado el culto de la sangre al Dios. Eran sus hijos, dijeron, no podían abandonarles, dijeron...

La hoguera brillaba, llamas rojas y amarillas dándose la mano y bailando. Haari estaba contando una historia, y los demás la escuchaban, sentados en círculo. Solo la voz de la Zulfi, el crepitar del fuego, los grillos cantores y la piedra de afilar de Delamort pasando sobre las dagas una y otra vez. Iryë bebía esos sonidos, arrebujado en el chaquetón y perdido en sus pensamientos confusos y danzantes.

- ...y por eso aguardaron, mientras los Gurubashi derramaban la sangre sobre los altares y sacrificaban a las castas bajas para que el Terrible les diera a cambio el poder, para que ensalzara el Imperio como antaño, hasta que fuera el más grandioso en la selva. - la voz de Haari era melódica y rasposa. - Pero algunos consultaron a los Loa y supieron que aquello no era bueno. Que el Dios solo quería volver al mundo y devorarlo todo en su hambre sin fin. Por eso se marcharon, e hicieron la guerra a sus hermanos.

El chico frunció el ceño. Delamort y Beriel le estaban mirando. Últimamente le miraban mucho, esos dos humanos. Uno tenía la cara quemada, y el otro era enorme y con aspecto de animal; los huesos de su rostro marcados y la boca grande, de dientes desiguales. Sus ojos estaban llenos de inquina y le hacían sentir incómodo. Hubiera querido quedarse a terminar de oír la narración de la trol, pero sus miradas inquietas y la ausencia de la miel le hicieron levantarse al fin y marcharse con pasos ligeros, saliendo del círculo y acercándose al rincón distante del campamento donde el elfo lobo siempre se apartaba de los demás.

Estaba anocheciendo y la sierra del Espolón era un montón de pinos negros bajo las montañas, coronada por el cielo despejado que se pintaba de azul índigo. Iryë sabía que entre los árboles corrían ardillas, pero allí arriba, en las laderas, solo había matojos secos, alguna encina solitaria, musgo y bichos. No le costó encontrar al elfo lobo. Vestido de oscuro, con las brillantes espadas clavadas en la tierra, estaba sentado entre dos raíces, con una de esas botellas de porcelana blanca entre las manos. Tenía una pierna estirada y la otra flexionada, la cabeza reposando en el tronco y los ojos entrecerrados. Cuando llegó a su lado, se sentó a horcajadas sobre la nudosa raíz, sin mirarle.

Ashra bebía en silencio, mirando alrededor de vez en cuando. Iryë contó estrellas. Le gustaba mirarlas mientras se encendían, una tras otra. No tenía necesidad de hablar, ni nada que decir: estaba donde quería, sin más motivo que el deseo de compartir su presencia con el elfo lobo de miel en el pelo, que parecía en otro mundo.

Treinta y seis astros brillaron antes de que Ashra abriera la boca.

- Le mataré - dijo, sin más. - Algún día le encontraré, y le mataré.

El chico volvió la mirada al cielo de nuevo. Ashra parecía un lobo de verdad, ahora sus ojos quemaban y no había calidez en ellos. Eran duros y afilados como colmillos.

Treinta y nueve, cuarenta, en el silencio.

- ¿A quién?
- Dudo que te importe.
- Cuéntamelo, aun así. - cuarenta y uno -  Las historias de la Zulfi siempre son de trol.

De nuevo se quedaron callados. El lobo volvió a beber, y el árbol agitó las ramas. Empezaba a refrescar y allí no había fuego, solo oscuridad y grillos haciendo cri-cri.

- Me destruyó y maldijo las cenizas después de quemarlo todo - la voz de Ashra era un susurro cortante, rezumante de odio. - me apaleó hasta que no pude levantar la cabeza más, y sembró de espinas el mundo a mi alrededor... maldito sea. Me rompió hasta el tuétano. Ojalá que todos los dioses de Zulfi le devoren las entrañas eternamente por sus pecados.

Iryë se volvió a mirarle, arrugando la nariz. El mercenario miraba hacia adelante sin ver, con el gesto amargo. Cuarenta y tres.

- ¿Se puede hacer eso a la gente?

Ashra rió entre dientes, una risa sin alegría, llena de filos y de escarcha.

- Sí que se puede, niño... y tanto que se puede.
- ¿Cómo?

El lobo se terminó la botella y la dejó a un lado. Siempre hablaba raro cuando había bebido, y olía fuerte, como a fuego.

- Escoge a un idiota y conviértete en alguien importante para él - dijo Ashra. - Gánate su lealtad, su amistad... hazle creer que eres su familia y él es la tuya. Después, embauca su corazón y utilízale para lo que te venga en gana. Nunca pienses en él, en lo que siente o a qué aspira, piensa solo en tí. Y luego abandónale. Mata a su padre y destruye a su familia, márchate lejos y pon precio a su cabeza. Miente y amontona todo lo que un día fue, ensúcialo, machácalo y quémalo. Arrebátale su vida y la de todos los que fueron importantes para él; después, siéntate a mirar. La mejor parte es cuando el idiota se da cuenta de que todo era un engaño.

Iryë parpadeó, ladeándose en la raíz del árbol.

- Parece una receta de cocina.
- Quizá lo sea. Cómo cocinar una ruina.

El chico arqueó las cejas y puso los pies en el suelo, yendo a sentarse sobre sus piernas. Ashra le miró de reojo, con los ojos de lobo. No le daba miedo. Quizá un poquito, pero no el suficiente. Había visto cosas peores que él.

- La persona que te hizo eso, ¿está sentada mirando?

Ashra hizo una mueca de asco.

- Ni siquiera creo que lo haga. Me parece que no tengo más valor que un gusano para él, no soy algo a tener en cuenta.
- Ah - le tocó el pelo de miel y luego dibujó su nariz con el dedo. Tenía ganas de morderla despacio y de chuparle los labios, que sabrían a alcohol y le picarían en la lengua. - ¿Quieres vengarte mucho?
- Quiero vengarme todo.

Iryë sonrió. Sus ojos rosados brillaron en la noche.

- ¿Qué le deseas?

Ashra apretó los dientes y le miró fijamente. Casi podía degustar el odio incendiario detrás de su mirada. Su piel estaba caliente, le quemaba el corazón y la sangre aquella fuerza terrible y destructiva.

- Que se hunda... que se hunda en el infierno y los abismos le consuman desde dentro - susurró entre los dientes apretados, cerrando los dedos férreos en la pierna del muchacho. Sus palabras eran veneno e invocación - Que toda su nobleza se recubra de tal deshonra que se vea desde lejos. Que su altivez se rompa con el sufrimiento y la condena. Que todos los que ha amado le miren con lástima y le den la espalda. Que sólo tenga odio y compasión alrededor, que jamás pueda pisar su tierra, igual que yo. Que todo lo que le es querido arda, que todos sus logros se conviertan en vergüenza y brillen con el verdoso resplandor del veneno. Que su semilla sea maldición y sequía, que su tormento sea largo hasta que llegue la muerte. Que se pudra su estirpe y su alma sea devorada lentamente. Que todo lo que es quede arrasado, y ni siquiera tenga consuelo en las cenizas. Que un día, entre la desesperación y el abandono a la miseria, arrastrándose por el suelo como un despojo, pueda mirarme y ver lo que me ha hecho... y sepa que destruyó lo más sagrado. Y que por eso, estará condenado eternamente cuando le envíe al torbellino, del que nunca debió salir.

Las estrellas eran ya incontables, y el cielo sin luna titilaba. Iryë no había borrado su sonrisa, y el lobo temblaba de tensión contenida. Cuando el chico le echó los brazos al cuello, aún tenía la mirada perdida en alguna parte, rezumando una ira virulenta y contenida. Pegó los labios a los suyos.

- Olvídale - susurró, lamiéndole los labios. Picantes. - Te he visto agitarte cada noche, maldiciéndole. Te he visto hablar con espectros, ebrio y temblando, como ahora. Dime su nombre y olvídale.

El elfo lobo le miró directamente, no se había quejado por su cercanía, aún tenía los dedos fijos en sus muslos. Entre las sombras de la noche, su cabello parecía más oscuro y su rostro estaba ensombrecido. Sus ojos eran ascuas de cobalto.

- No puedo hacer eso... ¿Por qué quieres saber su nombre? - replicó, en el mismo tono bajo, inaudible. - ¿Por qué quieres que le olvide?

Iryë le rozó la nariz con la suya, respiró sobre su boca.

- Dame su nombre para que pueda comerlo, y olvídale para que puedas ser libre - insistió, bañándole los hombros con sus cabellos - Dame su nombre para que pueda comerlo... y el tuyo, para que pueda abrazarlo. Dame su nombre para que pueda maldecirlo... y el tuyo para que pueda recordarlo.

Ashra entrecerró los párpados cuando le besó, llevando las manos a sus cabellos para apartarle al cabo de un instante. Apoyó la frente en la suya y la mirada abrasiva le golpeó, casi podía sentirla cortándole por dentro.

- Se llama Iranion Lamarth'dan - respondió en un susurro - y yo soy Bheril Hojazul, perpetua víctima de su existencia. Traicióname, descubre mis secretos a otros, y desearás la muerte, por muy niño que seas.
- No te traicionaré jamás - dijo él, sin apartar la vista, enmarcándole el rostro con las manos, y volvió a sonreír. - Me comeré su nombre, le olvidarás y te liberaré... y entonces siempre estaremos juntos. Siempre.

Antes de que Ashra pudiera responder, le cerró la boca con la suya, estrechándose contra su cuerpo. En algún lugar, un fuego fatuo bailó sobre una tumba y se apagó repentinamente. La hoguera de los mercenarios se inflamó por unos segundos, y Haari, que estaba terminando su relato, guardó silencio por un momento.

Algo se había agitado muy profundo, y siguió con la mirada un soplo de viento. Los espíritus estaban inquietos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

7.- Rendición

Se despertó con un escalofrío.

Estaba ahogándose en un lago de crema caliente. Desde la punta de los dedos de los pies, hasta las raíces del cabello, con el paladar anegado por el sabor ácido del bourbon y la quemazón en la garganta, mareado y adormecido, se hundía en ese abrazo espeso, viscoso y cálido. Intentó abrir los ojos. La luz de las estrellas en el firmamento negro, era como una bruma borrosa y blanquecina que giraba.

- Maldita sea...

Se hundía, sin poder evitarlo. Un alga roja y negra se había pegado a su vientre, debajo de las mantas viejas. Le estaba humedeciendo la piel. Enredó los dedos en ella y los deslizó, tirando con suavidad. Se hundía. Arqueó la espalda, desviando la mirada para que el cielo dejara de dar vueltas, y la sensación líquida y envolvente entre sus piernas le golpeó con fuerza. Subía y bajaba, recorriéndole, llevándole hasta el fondo y encerrándole en una prisión acogedora, soltándole después. Asomaba por el borde de los cobertores, un alga roja y negra que tenía manos suaves y pequeñas, que caminaban como cangrejos sobre su abdomen, se cerraban en su sexo atrapado, ascendían hacia su pecho como arañas brillantes. Un escalofrío le mordió en los riñones y ascendió por su espalda. La sangre desorientada se atropellaba en sus venas, la succión la llamaba y respondía a la llamada, empujándose bajo la piel para acumularse bajo su cintura, donde las hábiles caricias se sucedían, empapándole y devorándole con avidez.

Ahogando un resuello, apartó las mantas, incorporándose sobre un codo. Bajo las anémonas rojas y negras, una mirada rosada se encontró con sus ojos, borrosa y casi fantasmal. Apretó los dientes. La luz de las estrellas brillaba sobre su piel blanca, en los insectos pálidos que eran sus manos, en las mejillas de nácar. Le rozó la cara con los dedos y la criatura se apartó un ápice, con los labios rojos y la respiración entrecortada.

- Dime que sí - el aliento del niño restalló sobre su carne tensa y ardiente. La lengua suave se escurrió sobre ella, las manos se cerraron a su alrededor.

Gruñó, arqueándose y clavando los dedos en el suelo. Estaba mareado y el condenado crío le había arrastrado otra vez a su terreno mientras dormía, obligándole a despertar cuando ya estaba perdido. Los dedos de Iryë le torturaron un poco más, su susurro apagado se repitió.

- Dime que sí, por favor, dime que sí...
- Qué mas te da - acertó a responder, un reproche áspero entre los dientes. - Lo harás de todos modos.

La última palabra se le cerró en la garganta. De nuevo le había secuestrado entre sus labios y le exprimía con fruición, como si quisiera sorberle la sangre o la vida. Y que los demonios le llevasen si no era eso lo que estaba haciendo en cierto modo. Cuando volvió a soltarle, suspiró con alivio, relajando los tendones del cuello. Le estaba matando. Los ojos de color rosa brillaron entre las pestañas negras.

- No lo haré si dices que no.

Con las manos cruzadas sobre su vientre y la mejilla al lado de su sexo, la anémona roja y negra le miraba con absoluta calma. Él aún le acariciaba la mejilla. Rozó su boca con los dedos y él abrió los labios. Maldito fuera. Su rostro era extraño y precioso, infantil. Sus ojos eran muy redondos, como lunas, los iris rosados lo cubrían todo y sus pupilas apenas se distinguían, del tamaño de una cabeza de alfiler. Podría decir que no, pero asintió con la cabeza.

Maldito fuera.

Iryë se removió sobre su cuerpo y se echó las mantas a la espalda, arrastrándolas como la capa de un príncipe para cubrirles. Le agarró y le guió a su estrecho interior. Ashra apenas podía respirar, con la tensión mordiéndole en las articulaciones y su sexo ardiendo, a punto de romperse. Fijó los dedos en sus muslos cuando el chico le montó, clavándole las rodillas a los costados y erguido, con el cuerpo blanco destellando en la oscuridad de la noche.

Recorrió sus facciones con la mirada. Iryë había fruncido el ceño y se mordía el labio inferior, el cabello le caía sobre los hombros y los diamantes rojos de su pecho despuntaban, duros y erguidos, mientras se dejaba caer despacio para atraparle. Cuando lo hizo por completo, se detuvo, tomando aire, y se inclinó hacia atrás.

Entonces fue cuando Ashra se dio cuenta, entre las brumas del alcohol y del goce punzante que le cosquilleaba en los nervios. El vientre plano del chico, tan delgado que se le marcaban las costillas, estaba cubierto de estrías. Cicatrices extrañas que se abrían bajo su abdomen y surcaban la extensión de su virilidad, pequeña y veteada de marcas blancas, fruto de heridas antiguas, con forma de media luna. Algunas eran mordiscos, sin duda. Le cruzaron algunas preguntas por la mente, que se disolvieron como sal en el agua cuando el muchacho empezó a moverse.

"¿Qué te han hecho?"

Arqueó la espalda, suspirando y apretando los labios. Tiró de sus brazos, llevado por un repentino impulso y le estrelló contra su pecho, volteándose después para tenderle sobre el suelo, de lado y frente a sí. Iryë no se resistió, pero su semblante se pintó de confusión y empezó a temblar levemente.

Inmóvil, Ashra le estaba mirando. Le acarició los cabellos.

- No tengas miedo - le dijo, en un susurro - Nunca te haré daño.

El chico asintió despacio, con los ojos muy abiertos. Tenía las mejillas encendidas, y relajó los dedos sobre sus hombros, respirando profundamente. Ashra no podía comprenderlo de manera racional, no sabía bien qué ocurría con aquel niño ni qué le estaba pasando a él, por qué de repente tenía un nudo en la garganta y ganas de besarle.

- Ahora dime tú... si quieres esto o no.

Iryë se estremeció. Cerró los ojos y  dos lágrimas surcaron las blancas mejillas. Sus brazos huesudos y finos se le enredaron en el cuello y convulsionó con un sollozo ahogado. Ashra se sintió despejado de inmediato. Los efectos del alcohol desaparecieron, barridos por un soplo de viento. Entre los brazos tenía un niño asustado que se abrazaba a él; estaba enterrado en él, hundido e inmóvil, y el deseo le golpeaba las sienes, pero había cosas más importantes que eso. Estaba preocupado.

- Sí... - murmuró el chico en su oído, entre el llanto contenido.
- ¿Estás seguro? - insistió Ashra.
- Sí... sí. Eres bueno conmigo... sé bueno conmigo.

El mercenario suspiró y le estrechó con fuerza contenida. Escurrió un brazo bajo su cuello, le hizo una almohada con él, y con el otro le rodeó la cintura. Le besó en los labios, un beso suave y cálido que se volvió profundo cuando empezó a moverse, despacio y con todo el cuidado del que era capaz.

Iryë le asaltaba constantemente, de manera arrebatada y desesperada. Le abordaba en el río o por las noches, entre las mantas. Siempre tejía a su alrededor y le asediaba para que no pudiera rechazarle, y sus encuentros terminaban dejándole un regusto amargo en el paladar. Pero en aquella ocasión, cuando el chico exhaló un gemido apagado en su pecho y le aferró con fuerza, estremeciéndose, no se sintió mal.

- Más... - susurró el niño, cuando se apartó de su boca.

No le hizo repetirlo, y no le obligó a tener que pedir nada. Sus movimientos se volvieron más rítmicos y los jadeos apagados de Iryë le vibraban sobre la lengua, en el beso estrecho. Su cuerpo respondía entre sus manos grandes y ásperas, le tocaba con delicadeza y le estrechaba, degustando el tacto suave de su anatomía. Le siguió el paso a medida que su cuerpo le enviaba las señales, sin precipitarse y atento al calor de su piel, al pulso de su respiración, a los pálpitos de su sexo pequeño aplastado contra su vientre y a la tensión de sus músculos. Su propia sangre le gritaba que se abandonara, pero la retuvo y se concentró en la criatura que tenía entre los brazos. No le importaba quién fuera, ni por qué se comportaba como lo hacía. Sólo comprendía que aquel crío se merecía un poco de calor, que alguien le cuidara, que fuera bueno con él... y Ashra estaba un poco cansado de no poder permitirse dar calor, cuidar a alguien, ser bueno con nadie, tanto como quería serlo. Estaba cansado de defenderse de sí mismo.

Le llevó con dedicación hasta el final, y le abrazó, pegando el rostro a su cuello, cuando el muchacho se contrajo y el clímax le hizo morderse los labios y clavarle las uñas en la espalda. Sólo entonces se dejó ir en impulsos aún contenidos, regándole las entrañas cuando sus cadenas se rompieron y la carne ardiente que le estrangulaba fue demasiado insoportable. Ahogando un gruñido, se derramó en su interior y le apretó con fuerza, estremeciéndose. Enterró el rostro en las algas rojas y negras de su pelo, aspirando el perfume mientras los latigazos le azotaban y el corazón le retumbaba en las costillas.

Cuando al fin se relajó y quedó a merced de la plácida marea, Iryë se hizo un ovillo entre sus brazos y apretó la mejilla contra su pecho. Sus respiraciones aceleradas se hacían el contrapunto en el silencio de la noche, y se arrebujaron entre las mantas, compartiendo el calor mientras el sudor se secaba sobre la piel y el agotamiento daba paso a una lenta calma al ajustarse los latidos y volver la sangre a discurrir con normalidad. Se escuchaban los grillos. Arropado en la anémona roja y negra, Ashra cerró los ojos, momentáneamente tranquilo y con la mente despejada.

- ¿Estás bien? - acertó a preguntar en un susurro.
- Muy bien, gracias - replicó Iryë al instante, en el mismo tono.

La respuesta espontánea y cándida le arrancó una sonrisa fugaz. Era imposible que fuera mentira, sabía que era sincero. Las mentiras nunca suenan así, y aquellas tres palabras tan sencillas le resultaron extrañamente puras.

La respiración pausada del muchacho le arrastró de nuevo al sueño, y del mismo modo que le había arrancado del descanso con sus atenciones, ahora le llevaba de regreso a él con su presencia tranquila y durmiente. Sabía que estaba bailando a su compás, desde que había entrado en su vida. Pero si le pareciera algo tan grave, Ashra el mercenario, curtido en las batallas, en la vida y en la desgracia constante, no se habría abandonado al reposo como lo hizo, con la absoluta tranquilidad que da la rendición.

sábado, 9 de octubre de 2010

6.- La voz secreta

- ¿Has encontrado alguno?

Iryë asintió, mostrándole un puñado de bayas. La Sierra Espolón no era el mejor lugar del mundo, pero tampoco el peor. No en aquella zona donde aún había árboles verdes y arbustos engalanados con joyas de otoño. Los castaños estiraban sus ramas como brazos desperezándose hacia el cielo, vestidos con el forraje rojizo estacional, con el amarillo, con el pardo. No, sin duda no era el peor lugar donde podría estar, y en aquel momento, en la paz adormecida del alba, no se le ocurría otro que deseara. Ashra echó un vistazo al espectacular logro del chico, siete u ocho frutos rojos y redondos, algunos picoteados por los pájaros. Estaba masticando; al parecer la recolección en su estómago había sido mayor. Suspirando, se inclinó para mirarle a los ojos.

- No los comas antes de que los vea. Algunos no son buenos y puedes enfermar, ya te lo he dicho.

El chico arqueó las cejas y se sacó lo que tenía en la boca, mostrándoselo con una pregunta dibujada en los expresivos ojos rosados. El elfo chasqueó la lengua y volvió a meterle la fruta entre los labios. Iryë volvió a masticar y se agarró a su capa con una mano, sus tesoros en la otra, mientras ascendían las terrosas lomas. Estaba amaneciendo, y Ashra hacía ronda en los alrededores del campamento. Arañas, salteadores, basiliscos... los peligros podían acechar en cualquier parte, siempre había que estar atento. Llevaba las espadas al cinto y un chaval agarrado al manto.

- En Quel'thalas siempre había fresas - dijo, robándole uno de los frutos aplastados. - En la Isla, crecían cerca de los campos de entrenamiento. A veces cogía unas cuantas y me las llevaba a escondidas, para comerlas por la noche. Era emocionante. Pensar que podían pillarme haciéndolo hacía que supieran mejor.

Iryë sonrió. Aunque no fuera capaz de hablar, Ashra tenía la duda sobre si no le entendería de verdad. Tenía la impresión de que lo hacía, por el modo en que entristecía su semblante cuando le contaba las cosas más dolorosas o se le iluminaban los ojos al escucharle relatar aventuras juveniles, juegos y situaciones divertidas. Puede que no comprendiese las palabras, pero estaba cada vez más convencido de que el chico conectaba con las emociones.

Habían pasado tres meses desde que le recogiera, sin poder explicarse aún por qué lo había hecho. Pero, ¿Cómo iba a dejarle? Dijese Haari lo que dijera, no había podido abandonar a aquella criatura que era la definición misma de la indefensión, abrazado a sus rodillas con expresión desesperada y suplicante en medio de la noche, rodeado de los fuegos de la batalla y el olor ácido del bosque corrupto. Nunca, en todos aquellos años, nadie le había tocado tan hondo en un instante tan breve. ¿Cómo iba a dejarle?. "Será una carga", habían dicho. Haari intentó hacer algo por la mente quebrada del muchacho, pero no había habido muchos avances. Llegaron a la conclusión de que, si alguna mejora había de darse a su estado, sería cuestión de tiempo. Y pronto, Iryë demostró no ser inútil. Cuando había que combatir, el chico se quedaba guardando el campamento con los que tenían descanso, esperando, abrazándose las rodillas. Cuando los guerreros regresaban, corría a recibir a Ashra y se enganchaba a su capa, de la que no se soltaba hasta que él tenía que ir a luchar otra vez. Era capaz de obedecer órdenes prácticas, incluso de decidir hacer ciertas cosas por sí mismo. Lavaba la ropa, recogía frutas, daba de comer a los caballos, limpiaba las armaduras, vendaba heridas, iba a por agua. Empezó a hacerlo por sí solo al tercer día, como por un acuerdo tácito en pago a la protección que los mercenarios le habían otorgado. A las dos semanas, quien necesitaba algo que él pudiera hacer, se lo pedía. Ashra no estaba muy contento con según qué cosas. Cuando el caballo de Petrus murió, el hombre le pidió al niño que cavara la zanja para enterrarlo, mientras él bebía vino agrio. Al verle, Ashra le quitó la pala de las manos al chiquillo y se la tiró a los pies a su compañero, llevándose a Iryë de la mano a dar un paseo. Los dedos finos del chico se habían cerrado en los suyos como si fuera lo único seguro en el mundo. Le encogió el corazón aquel gesto.

Descendieron en silencio hasta el río. Iryë era un chico ágil que caminaba con soltura por la sierra, sin tropezar ni caerse. Las botas de cuero y el pantalón parecían demasiado grandes para él, y la camisa, aunque estaba cerrada hasta el cuello, casi le colgaba de un hombro. Llevaba también una chaqueta con las mangas arremangadas, que le colgaba hasta los muslos, como una levita. Los Mueh'zala Atal le habían encontrado ropa que pudiera usar, aunque la mayoría de las prendas le estaban grandes y parecía perderse en ellas. En parte, la presencia del muchacho había permitido a los mercenarios mostrar aspectos de sí mismos que pocas veces dejaban entrever. Drabor se reía cuando le tiraba del parche con curiosidad para mirarle el ojo vacío, y le daba a probar las cosas que cocinaba. Eleine, quien nunca había parecido muy maternal, le había cosido una camisa desgarrada y le había cortado el pelo para igualárselo. A veces le cantaba en un murmullo, y él se sentaba a escucharla, con los ojos muy abiertos. Otros, sin embargo, le dirigían miradas extrañas que Ashra prefería no intentar desencriptar. Haari no le prestaba demasiada atención, pero él la conocía bien, y sabía que la Zulfi siempre tenía un ojo escéptico sobre el jovencito de ojos rosas.

- ¿Tienes sed?

El agua del río corría, limpia y cristalina, besando las piedras. Se escuchaba cantar algunos pájaros, y los ojos de Iryë miraban hacia las copas de los árboles, tratando de encontrarlos. Ashra se acuclilló y se lavó las manos, echándose agua en el rostro y frotándose los dedos. Paladeó el agua.

- Este manantial no trae sangre, aún está limpio.

Iryë se arrodilló a su lado. Le soltó la capa y le tocó los cabellos, mirándole atentamente mientras Ashra se lavaba. Los dedos finos y delgados se deslizaban por su pelo en una caricia infantil.

- Báñate si quieres. Luego irem...

Los labios del chico le callaron, robándole un beso fugaz. Ashra se tensó y le cogió de los brazos, apartándole. Le miró con severidad.

- No. No hagas eso.

El muchacho frunció el ceño. La luz gris del alba lamía las copas de los árboles, y una trucha saltó, ligera, buscando su hueco entre las piedras fluviales. Ashra le soltó y volvió a su tarea, peinándose con los dedos y sacando la daga para afeitarse.

Iryë hacía eso continuamente. Se metía en sus mantas por la noche, buscando refugio, y le miraba hasta que él le devolvía la mirada, empañada por los vapores del alcohol. Y entonces le besaba. El mercenario, aun bebido, le apartaba y le decía que no. No importaba cuántas veces lo hiciera Iryë ni cuántas le regañara Ashra. Siempre volvía a rozar sus labios, y él a apartarle. Una vez, intentó echarle de las mantas, pero la expresión herida y las lágrimas del chico, los súbitos temblores y el aullido suave, de animal herido, le hicieron cambiar de idea, así que le giró para que le diera la espalda, le pasó el brazo por encima y le mantuvo así hasta que se quedó dormido.

- Vamos, ve a bañarte - murmuró, deslizando la daga sobre la piel. No le gustaba descuidar ciertas cosas. Los piojos, las pulgas y los parásitos adoraban las barbas descuidadas, y ser mercenario y vivir una vida vacía no era excusa para convertirse en el restaurante de esas diminutas alimañas. - Luego iremos al campamento a enseñarles lo que has recogido.

Iryë se quedó quieto un momento y luego volvió a besarle, aprovechando el momento en que sumergía la cuchilla en el agua. Esta vez, sus labios le presionaron con vehemencia y se le cayó el puñal al arroyo, con un leve temblor en las manos. El impulso del chico le hizo desequilibrarse hacia atrás, sujetarse con una mano en el suelo para no estrellarse de espaldas. Prácticamente le empujó esta vez.

- ¡Basta! - exclamó - ¡Te he dicho que no hagas eso!
- ¡Pero quiero!

Dos palabras. Nada más. Que le hicieron olvidarse del cuchillo, de la turbación y de la tensión que su actitud irracional le provocaba, fijando una mirada sorprendida en el rostro blanco del muchacho. Iryë había abierto los ojos como platos y se había llevado las manos a la boca, las bayas rodaban por el suelo.

- ¿Qué... has dicho? - susurró apenas Ashra.

Las lágrimas se desprendieron en las mejillas blancas y el joven quel'dorei empezó a temblar de nuevo. Con la respiración entrecortada, Ashra le agarró de la pechera, incorporándose sobre las rodillas, sin darse cuenta de la rudeza del gesto y le encaró con los dientes apretados.

- Habla. Habla otra vez. Has hablado.
- No... ¡No! - el crío apartó la mirada, aferrando sus muñecas. - No se lo digas a nadie. No me abandones. Por favor. No me abandones. Por favor. No se lo digas a ellos, no me dejéis.

Estaba asustado. Podía olerlo en su aliento fragante, entrecortado, de cerezas maduras, leerlo en sus ojos quebrados como vidrieras rotas a puñetazos, en el temblor de su cuerpo envuelto en vestimentas demasiado grandes, en la frenética desesperación con la que sus uñas se le clavaban en la piel.

- Tranquilo. No te... cálmate. Cálmate.
- No me dejéis. No me abandones. Por favor...
- Vale, vale.

Su voz era suave, dulce. Quebrada por la incertidumbre, se le clavaba en el alma, recordándole dónde la tenía y que aún existía. Recordándole demasiadas cosas. "No me abandones". Le hizo un nudo en la garganta y le provocó un temblor frío en la columna vertebral. Ashra le limpió las lágrimas con los dedos, y el muchacho volvió a mirarle. Los ojos rosados, inquietantes y extraños, fijos en los suyos. "Indefenso", pensó por un instante.

- Por favor. No me eches. Por favor.
- No voy a echarte - replicó, deletreando cada sílaba y hablándole con suavidad. - No voy a echarte, Iryë. Nadie te va a abandonar.
- No me rechaces. Por favor, por favor.

Repentinamente, otra vez sus labios. Le zumbaron los oídos y sus sentidos se dispararon, alerta. Era más de lo que podía soportar, y le apartó, una vez más, conteniéndose para no arrojarle lejos de sí con violencia, apretando los dientes.

- Deja de... hacer eso. No tienes que... ¿Qué haces? Para.

Los dedos finos del muchacho le tiraban de los cordones de la camisa, desatándola.

- No me rechaces, por favor. Es verdad que quiero. - balbuceó el muchacho, atropelladamente, con el aliento entrecortado y aún las pinceladas del miedo en la mirada - Quiero quedarme contigo, puedo darte cosas que te gustarán, pero no me eches...
- Ya te he dicho que no voy a...

El beso insistente, cálido, peligroso, otra vez ahí, removiéndole las entrañas, abriéndole todas las heridas. Dioses, con lo pequeño que era, podría golpearle, pero no podía, podría retorcerle las muñecas a la espalda y gritarle que si seguía haciendo esas cosas sí que le dejaría. Pero no, no podía. Intentaba cogerle las manos y él sólo enredaba los dedos en los suyos. Intentó volver el rostro, apartarlo de su boca, y los labios del chico se sellaron en su cuello. "Belore, ayúdame". Le estaba asediando, construyendo a su alrededor una crisálida de súplicas y atenciones que no sabía cómo vadear sin herirle.

- No me rechaces...
- No. Basta... - apenas un resuello entrecortado. No veía manera de escapar. Su aliento cálido le cosquilleaba bajo la oreja.
- No me rechaces, ya lo he hecho antes, me lo han hecho antes, me lo han hecho muchas veces, no tengo miedo, quiero que me lo hagas tú, quiero darte las gracias, quiero de verdad, no me rechaces, no me rechaces, no tengo miedo, me lo han hecho antes, sé como se hace...

Sus palabras le bailaban en la mente, sus manos se escurrían sobre su pecho, debajo de la áspera camisa de lino, roces trémulos y besos líquidos en su cuello, en la mandíbula, buscando de nuevo sus labios. Y Ashra le sujetaba fútilmente los brazos, con los músculos en tensión y los dedos ardiéndole.

- No tienes que hacer nada... no voy a echarte, detente... deja de... ¡No tienes por qué hacer esto! - consiguió articular, mientras trataba de desasirse de sus caricias, desenraizarse de sus labios, desatarse de aquella extraña tela de araña con la que Iryë le estaba envolviendo.

Su mirada rosada le atrapó en un océano cálido y entregado cuando le miró a los ojos, entrecerrados. El cabello le caía sobre la frente. Tenía los labios rojos, como cerezas, y se movieron cuando volvió a hablar, sentenciándole definitivamente.
- Pero quiero.

Un susurro.




"Pero yo no". Eso es lo que debía decir. Y no fue capaz. Le golpeó el pensamiento en las sienes, antes de deshacerse entre los tentáculos de una anémona caliente, que destrozó esa media verdad y se le pegó al corazón, extendiendo sus brazos hasta cubrirle el conocimiento, la razón y, por unos momentos, también las heridas abiertas.

El susurro, como una nube de algodón. Su voz. Sus labios, que volvieron a cerrarle la boca.

Iryë llevaba mucho tiempo escuchando. Mucho tiempo sufriendo. Él sabía lo que quería, y sabía lo que era importante.

Llevaba mucho tiempo escuchando.

Y no quería oir más tonterías.

viernes, 8 de octubre de 2010

5.- Roto y descosido

El cielo estaba lleno de estrellas. Había intentado contarlas muchas veces, pero nunca era capaz. No le salía. Estaba sentado cerca de un fuego, con aquella gente, agarrado de la capa del elfo lobo de los ojos azules, con los dedos crispados. El elfo lobo había intentado desasirle los dedos de ella con sus dedos grandes y calientes, pero Iryë se asustó de nuevo y había empezado a llorar y temblar, emitiendo un sonido extraño que parecía un aullido agudo. El elfo lobo, entonces, le dijo cosas que no entendía en un tono suave y cálido y le secó las lágrimas con sus dedos grandes y calientes.

Ahora, ellos hablaban. Él estaba sentado, pegado al elfo lobo, agarrado a él, mirando al firmamento. No entendía nada de las palabras que hablaban. Le habían dado agua y había comido algo que crujía y sabía a picante. La trol con colmillos y el hombre del parche decían cosas, el elfo lobo decía cosas. Su voz le gustaba más que las otras. Las otras sonaban a no estar muy contentas. Volvió a contar estrellas. Una, dos, tres... ciento ochenta y nueve... trecientas doce...

De pronto, todos le estaban mirando. Bajó la vista y dio un respingo, estrujando la capa entre los dedos y apretándose contra el elfo lobo, que se puso tenso enseguida. Él le cogió por los brazos y le volteó suavemente para mirarle. Iryë se echó a temblar una vez más. Miedo. Miedo. Estaba asustado. No conocía a esos, pero le habían sacado de donde los otros. No le habían matado. Quizá le mataban ahora. Sus voces no parecían muy contentas. Fijó la vista en los ojos azules y se tranquilizó un poco, intentando escuchar lo que le decía, entenderlo.

- ¿Comprendes thalassiano?

Frunció el ceño. Sí. Entendía esas palabras, pero no sabía como responder. El lobo elfo no era rudo. Le sostenía por los brazos pero no apretaba. Tenía una raja en la cara, y los ojos calientes, como caldo azul oscuro, sopa de flores índigo. Tenía el pelo de miel. A lo mejor sabía dulce, si se comía su pelo, pero no creía que le dejara. Aun así, alargó los dedos temblorosos y le rozó los cabellos. El lobo elfo se tensó más, le cogió la mano y se la apartó con delicadeza. La troll dijo algo, el hombre algo más.

- ¿Te llamas Iryë? - de nuevo habló el elfo lobo. Se había quitado las hombreras, ya era sólo elfo.
- Iryë - respondió él.

Cuando le soltó los dedos, volvió a llevarlos a la miel. Era suave. De nuevo le apartaron la mano. Se acercó y sacó la lengua para chupar un mechón que se escurría por el hombro del elfo hasta el brazo, mientras él estaba ocupado diciendo cosas a los otros y escuchando las que los otros le decían. Consiguió atrapar los cabellos entre sus labios y apoyó la cabeza en el brazo del elfo, succionando el mechón, que le colgaba por las comisuras. No era dulce. Sabía a sal y a pelo. En algún momento, el elfo se dio cuenta de lo que hacía y le quitó la miel de la boca.

Dijeron más cosas y dijeron más cosas y dijeron más cosas y dijeron más cosas. Hablaban y hablaban sin parar. A veces le miraban. Cuando le dio sueño, se acurrucó bajo el brazo del elfo lobo y se acomodó para dormir, con la cabeza sobre su pierna. El elfo no le daba miedo. Sabía que no le iba a hacer nada. Todo el mundo dejó de hablar cuando hizo eso, y le agradó, porque en ese silencio se durmió enseguida.



Nunca falta un roto para un descosido: Este refrán es el fruto de la experiencia de que todos los individuos, de cualquier especie, por raros que sean, pueden encontrar un ambiente apropiado a sus particularidades. El DRAE,  18ª Ed.,  se hace eco del ambiente peyorativo que generalmente refleja el dicho, al dar la explicación de que mediante él «se da a entender que los pobres y desvalidos suelen hallar alivio y consuelo entre los que igualmente lo son. Lo suele decir como en desquite la persona que por su escaso haber o poco mérito se ve desdeñada. Aplícase también cuando se unen dos personas que son tal para cual». 

Extraído de http://definicienciapopular.blogspot.com

4.- Iryë

Vashera estaba muy orgullosa. La noche era perfecta y el aire olía a fuego, tal y como debía ser. El altar estaba casi listo, no era más que un montón de calaveras apiladas, y en las celdas de metal, los sacrificios aguardaban. No le costaba concentrarse, mientras el resto de los hermanos murmuraba las letanías a su alrededor. No había por qué apresurarse.

Cerca, en las cascadas, los hermanos combatientes hacían guardia con las armas prestas, y esos memos del Santuario Esmeralda eran pocos y cobardes. No les molestarían, se quedarían recluidos en su fortín, rezando y pidiendo a sus dioses que se abriese la tierra y les engullera, o alguna estupidez por el estilo. No pudo evitar que una sonrisa cruel cruzara su rostro fugazmente mientras se ajustaba el cinturón y se embebía en aquel ambiente cargado y corrosivo que le picaba en las venas y despertaba su poder.

- Una más, Iryë - murmuró quedamente.

El pequeño elfo pestañeó y le miró con gesto confuso, arrastrando el saco raído tras de sí. Luego metió las manos blancas en el interior y sacó una calavera de orco con un gusano retorciéndose en la cuenca del ojo y jirones de piel pegados al hueso. Se acercó al montón y la colocó encima, abriendo las manos después y poniéndolas en torno a la peculiar pirámide para que no se cayera. La toga le estaba grande y arrastraba por el suelo, las cadenas en sus muñecas tintineaban cuando se movía.

- Buen chico. Ven aquí, ya vamos a empezar.

La bruja y su peculiar sirviente se situaron en el centro del círculo. Catorce figuras encapuchadas les rodeaban, elevando sus voces en un mantra repetitivo de vocablos tajantes y crudos, monotonal e insistente. La luz de las estrellas se derramaba en el claro boscoso, reflejándose en la savia envenenada que brotaba de las grietas de los árboles y devolviendo un brillo fosfórico y fantasmal. La hierba enfermiza se deshacía a sus pies. Olía a podredumbre y acidez, y por encima de todo a fuego. No ardía ninguna llama, pero el infierno estaba en el viento, temblaba bajo la tierra, se saboreaba en cada bocanada.

Vashera abrió los brazos. A su señal, dos acólitos avanzaron hacia una de las jaulas y arrastraron fuera de ella a una kaldorei de mirada vacía, desnuda como el día de su nacimiento, que no opuso resistencia alguna. Su mirada estaba perdida en la nada. La voz de Vashera se escurría, silbante, en la invocación oscura y maliciosa que escupía como una serpiente traicionera. Iryë, de pie, a su lado, lo observaba todo con expresión ausente, sosteniendo el puñal ritual sobre las palmas de las manos extendidas hacia adelante.

La primera sangre fue vertida, y la daga volvió a sus dedos, manchándolos de rojo. La atmósfera se volvió espesa. Su pirámide de calaveras se pintaba de rojo lentamente, las sonrisas de hueso sangraban de heridas ajenas, mientras la vida era entregada a la muerte y la densa sombra se alimentaba, golosa, de las almas desesperadas.

Y entonces se rompió. Alguien gritó en la ladera.

- ¡O'hoba! ¡O'hoba!

Iryë no se movió. Cerró los ojos con fuerza cuando los atacantes cayeron sobre el culto. Algo pasó velozmente delante suya y escuchó el silbido de un sable en el aire, el golpe seco de una cabeza cercenada estrellándose sobre el suelo. Las manos le temblaron y corrió a esconderse tras una de las jaulas de metal. Tenía la cara manchada de algo caliente y húmedo, que le supo salado al rozarle los labios. Oculto, se abrazó las rodillas y mantuvo los ojos cerrados, escuchando. El sonido del acero hendiendo la carne y partiendo los huesos. Los aullidos postreros y los agónicos estertores. Abrió los párpados cuando algo cayó cerca de sus pies. Era un brazo sanguinolento. Volvió a cerrarlos, respirando profundamente.

Otro grito. Cuerpos pesados desplomándose. Truenos rugiendo. Flechas silbando y entrechocar de metales, sonidos húmedos de entrañas derramándose y venas abiertas liberando su contenido a borbotones. Y cuando la sinfonía se iba apagando, ralentizada, disminuyendo, pasos acercándose, tintineo de anillas de metal. Abrió los ojos. Su mirada emborronada se volvió mas clara cuando las lágrimas se le escurrieron por las mejillas, y distinguió la figura que tenía delante.

Una espada brillante, curva, de hoja larga, empuñada por una mano enfundada en guante negro. El guerrero llevaba cota de mallas y botas tachonadas. Sus hombreras tenían forma de cabeza de lobo, con dientes de acero. Los ojos de los lobos eran cristales rojos que le miraban. Pegó la espalda a la prisión de hierro, temblando descontroladamente, pero no puso las manos delante de su rostro. Por el contrario, levantó la mirada hacia el guerrero, y la mantuvo en sus ojos. Eran azules.

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Haari bajó los brazos, jadeando. El último invocador había caído y la hierba ardía con pequeñas llamas, dejando al descubierto claros de tierra enferma. Los rayos que había invocado habían prendido algunos cadáveres y las llamas crepitaban en el aterrador montículo de huesos, que se desmoronó finalmente. Se apartó la capa y rebuscó el tótem adecuado en su pesado collar, aún pugnando por recuperar el aliento. Estaba terminado, pero los espíritus inquietos debían ser aplacados.

Mientras sostenía la figura entre las manos y murmuraba una plegaria, Drabor acudió a buen paso, apartándose el cabello negro del rostro.

- Hemos terminado, Zulfi - anunció, inclinándose levemente.

Haari asintió, terminando el rezo y colgándose el tótem de nuevo al cuello, mirando alrededor. Los druidas del Santuario Esmeralda estarían satisfechos.

- ¿Ha caído alguien? - preguntó, volviendo la mirada hacia su segundo. El humano negó con la cabeza.
- Estamos todos - replicó él, señalando tras de sí, donde el grupo de mercenarios se iba reuniendo.

"Buena lucha", pensó Haari. Ahí estaban todos. Akkar salía de entre los árboles, riendo y echándose la ballesta a la espalda con su peculiar caminar, producto de la cojera que Roca Negra le había dejado años atrás, cuando se conocieron en los Coyotes de Durotar. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Ya no era una novata sin experiencia que apenas podía expresarse en lengua orca. Ahora era una poderosa chamán, de gran fuerza mística y capaz de combatir con diversos medios, que dominaba cuatro lenguas con fluidez, a pesar de sus colmillos. Era la líder espiritual de los Mueh'zala Atal, aquellos eran sus hombres. Muchos se le habían unido tras la campaña de la Montaña de Fuego, cuando los Coyotes se disgregaron. Drabor, el jefe militar del grupo, realizaba las estrategias y se encargaba de que las cosas funcionaran, pero Haari era consciente de que ella era el nudo que les unía a todos. Se sentía casi como una madre.

Contó con la mirada a los hombres y asintió despacio, recolocándose las hombreras fetiche. Luego frunció el ceño y miró al humano.

- ¿Y Ashra?
- Estaba terminando con los moribundos, Zulfi. Ya debería estar aquí.

Haari tuvo un mal presentimiento. Empuñó la maza y buscó al elfo entre los cadáveres. Finalmente, una figura llamó su atención, en pie detrás de una de aquellas abominables prisiones de metal.

- Ashra.

Una figura se movió a ras del suelo y se abrazó a las rodillas del elfo al verla llegar. Ashra no se movía. Tenía la espada baja y la mirada fija en aquella criatura, de largas orejas, rostro asustado y vestida con la toga púrpura de los cultistas. Haari contrajo el gesto. Era un quel'dorei joven, un muchacho. Tenía la cara manchada de sangre y cadenas en las muñecas.

- ¿Todo bien?

El mercenario asintió, sin mirarla siquiera.

- Acaba, entonces. Hay que volver.
- No voy a acabar.

La chamán exhaló un suspiro suave y caminó hasta quedar a su lado. El bosque sangraba por heridas de corrupción y el aire dolía en los pulmones. No podían quedarse mucho rato más. Miró al niño elfo, aferrado a las piernas de Ashra y temblando, con los enormes ojos abiertos y las lágrimas bañándole las mejillas. Sus ojos eran de color rosa pálido, la piel, absolutamente blanca. Le habían cortado los cabellos en la nuca, de manera desigual; los bucles rizados se enredaban tras los lóbulos de las orejas alargadas y caían en largos mechones delante de ellas, sobre los hombros y hasta el pecho. Estaban teñidos de rojo, pero eran negros en las raíces. Una profunda sensación de peligro y asco le embargó al verle, sin que Haari fuese capaz de definirla.

- Lo haré yo entonces.

Ashra la detuvo cuando se disponía a empuñar la maza.

- Tiene grilletes en las manos.
- Ashra, no.

No sabía a qué se estaba negando tan tajantemente, pero algo no le gustaba en todo aquello. El chico se encogió, apretándose contra las piernas del elfo. Su respiración acelerada era un murmullo de gemidos apagados y las lágrimas le goteaban de la barbilla.

- Lleva la toga de los cultores. Y creo que está maldito - insistió.
- Aquí todos lo estamos.

Haari no pudo responder a eso. La mirada del mercenario no se había apartado del chico, y cuando se colgó la espada del cinto, la chamán fue incapaz de replicarle o insistir. Él se arrodilló y apartó las manos del cautivo de sus rodillas, sacando una ganzúa para abrir los grilletes y hablando en thalassiano. El muchacho se comportaba como un animalillo, no parecía muy en sus cabales, y lo único que sus labios pronunciaron fue una palabra de dos sílabas, en un tono suave, delicado y tembloroso, una sola vez.

- Iryë.

El regreso al campamento de los Cenarion fue una marcha silenciosa y pesada. Los mercenarios avanzaban en fila, con sus hombreras de lobo y sus cotas de malla, las armas brillantes y nuevamente limpias y la chamán al frente, con los collares totémicos tintineando y la larga capa de piel de tigre a la espalda. Al final del grupo, Iryë se apresuraba para seguirles el paso, con los dedos cerrados con fuerza en el manto negro de Ashra. Volvió la vista atrás solo una vez, y suspiró con alivio.