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miércoles, 9 de marzo de 2011

Noches blancas

- Sabes, en realidad soy un romántico.

Sí, un romántico sin remedio. Estoy pensando en eso cuando una nube negra cruza delante de las estrellas y las oculta a mi mirada. Están hermosas esta noche. Gordas, henchidas como frutas de luz blanca, colgando del negro telón de la noche y gritando su presencia. A veces me dan ganas de cogerlas y morderlas. Deben tener un sabor metálico.

- Ah, disculpa - suspiro, y vuelvo a Erelien. Le había desatendido por un momento - Como te decía, en realidad soy un romántico. Ya sabes, para estas cosas del sentimentalismo soy todo un clásico. Me gusta cortejar y ser el perfecto príncipe azul.

Distraigo mi mirada de nuevo. Una vela se ha apagado al cruzar una ráfaga de viento. No me gusta. Necesito la luz exacta que he preparado y detesto que algo se desestabilice en estos gloriosos momentos de calma y maravilla. Son los momentos en los que encuentro más paz. Si no contamos esos pocos otros. No, hoy no los vamos a contar, ¿verdad que no? No. Hoy no. Mi compañero necesita toda mi dedicación.

Vuelvo a inclinarme sobre él. Respira agitadamente bajo la mordaza, tiene los ojos vidriosos, y es una composición perfecta: el azul quebrado de sus retinas, las pupilas fijas en mí, exactamente como tiene que ser, y la tela delante de su boca inflándose y desinflándose como la vela de un barco cada vez que respira. Es una composición tan perfecta que me dejo llevar por una oleada de cariño y cercanía hacia Erelien. Ah, chico impulsivo. Apoyo los codos sobre su pecho para contarle mis secretos en voz baja.

- Son cosas que ya se han perdido, ¿sabes? - le digo. - Esa profundidad... ese... esa intensidad. Vivimos en un mundo tan vacuo... tan lleno de personas vacuas... la gente no pone el corazón en lo que hace. No hay eso. Entrega. Eso. Ya no hay.

No puede responderme, pero su mirada podría significar cualquier cosa. Supongo que me da la razón. ¿Por qué no iba a hacerlo? La tengo, en cualquier caso. Le acaricio el pelo y me incorporo de nuevo, volviendo al trabajo.

- No hay dedicación ni apasionamiento. ¿Sabes lo sencillo que es llevarse a cualquiera a la cama o enzarzarse en una pelea sin sentido? Todo lo que puede despertar la emoción, todo cuanto puede hacerte sentir, está al alcance de la mano sin el menor esfuerzo. Y sin esfuerzo, ¿dónde está el sabor? ¿Qué merece la pena sin entrega, sin esfuerzo, sin esa natural progresión desde el deseo hasta la consecución de lo anhelado pasando por la búsqueda y el sacrificio, o por la conquista salvaje?

Me responde un gemido ahogado, casi sollozante. Lo escucho con atención, evaluando el tono y el timbre y comprobando que no me he movido de los límites que yo mismo me he marcado. El suspiro abandonado que sigue me confirma que todo está bien. En cualquier caso, deslizo un trapo limpio empapado en desinfectante sobre la piel de mi amigo, enjugando el sudor frío y los restos de sangre.

- Búsqueda, sacrificio, conquista salvaje. Los procesos del deseo son así. Forma parte de cómo somos las personas, el deseo y su satisfacción. Una vez satisfecho el deseo, éste deja de existir, y se desea otra cosa, cada vez un paso más, un poco más lejos. Por eso hay que llegar a la satisfacción mediante el camino largo, para beber de verdad ese deseo, experimentarlo al máximo, todo, hasta los significados más elevados o más simples de él. Todo.

Un nuevo gemido lánguido. Deslizo la cuchilla con precisión quirúrgica, fijándome en el destello dorado de las velas, reflejado por la hoja de metal. Es hermoso. Tanto como la geografía de Erelien, sobre la que estoy pintando. ¿No es bonito, cariño? Mira qué escena. El estandarte de la cruzada, las velas, todo tan romántico. Otro día te llevaré al parque. Ahora puedes batir las pestañas y enlazar los dedos.

- ¿Y qué hace la gente en lugar de eso? - prosigo, dedicando a mi querido compañero una mirada decepcionada - Pues desperdiciar y desperdiciarse. Eso es lo que hacen. No comprenden lo que significa la dignificación a través del sacrificio o a través de la dominación, ese concepto superior de transcendencia, de comprensión profunda. Darle a todo - indico, elevando el escalpelo para puntualizar mis palabras - un sentido y un significado. Lo que no tiene sentido, lo que no es intenso y significativo, no es nada.

Se remueve un poco y agita la cabeza. Miro su rostro y le aparto los cabellos, le seco el sudor de la frente. No permitiré que se le meta en los ojos o que esté incómodo. Lo estoy diciendo, maldición. ¿Es que no escucháis? ¿Estrellas, luna, mundo? Lo estoy diciendo, todo tiene que tener un significado, y esto sobre todo, para él y para mí. Y tiene que poder vivirlo al máximo. De eso se trata. Así es como venimos a jugar. Y su mirada es perfecta cuando le arreglo los cabellos, cuajada de gratitud, con el dolor cristalizado en las pupilas. Ahora mismo soy su mundo. Es maravilloso.

Vuelvo al trabajo. Estoy haciendo algo interesante cerca del ombligo. Me aplico con entusiasmo hasta que despiertan los gritos ahogados.

- Soy un romántico... - continúo, ahora en voz baja. Estoy muy concentrado. Esta parte es complicada, explorando entre la piel y la carne, con precisión - ...porque sé explotar eso. Estirar el deseo de los demás y el mío propio hasta que está a punto de romperse... y darle una cierta satisfacción, la suficiente para no frustrarse pero no tanta como para desinteresarse. Es mi manera de cuidaros. Haciendo que merezca la pena lo que sentís. ¿No es todo un acto de altruismo?

Se me escapa una sonrisa. Las estrellas chirrían y el viento baila. Deslizo la lengua por la hoja húmeda del cuchillo, lamiendo la sangre. Lo hago girar entre mis dedos y lo limpio bien, colocándolo bien alineado junto a los demás. Erelien ya está palpitando como una rosa antes de abrirse. Se ha perlado de sudor y necesita algo más.

Hemos llegado a la parte álgida de nuestra cita. El equivalente al momento en el que el chico levanta la mano para acariciarle un pecho a la chica, y ambos saben que a partir de ahí sólo hay un camino. Bueno, en este caso no le toco la teta. Erelien no es una chica, y yo tampoco, aunque ahora mismo esté tan emocionado que sienta ganas de dar saltitos como una estudiante del templo. Lo que hago es calzarme los guantes de garras y flexionar los nudillos para hacerlas salir de su funda de cuero.

Y me acerco, despacio. Porque yo sé como se hace esto. Nací sabiendo. El ritmo exacto de los pasos, el preciso para que su respiración se acelere. La anticipación es mi aliada, casi dolorosa. Y ahora ya no hay espacio para filosofías. A Erelien no le interesan, y él es lo importante de todo esto, al fin y al cabo. Los ojos de cristal roto me alcanzan. Me siguen con ansiedad. Cuando me siento sobre su cintura, abriendo las piernas y cerrando las rodillas en sus costados, parece a punto de ahogarse. Su excitación se me clava en la ingle al posicionarme con firmeza encima suya, pero no me molesta.

- Tú lo entiendes, ¿verdad? - le pregunto, en un susurro casi triste. - Ya no quedan románticos como yo.

Asiente con la cabeza. Claro que lo entiende.

Relajado, en esta paz fantástica, alzo las garras y dirijo la orquesta del universo, al menos del nuestro ¿No es precioso, cariño? El veterano atado, cuajado de nudos, de sangre y sudor, las velas, el estandarte y un cielo infestado de estrellas chirriantes.

Aquí estamos, dándole un sentido a las cosas. Mañana, si quieres, podemos ir al teatro.

lunes, 8 de febrero de 2010

El Cruzado - Erelien (II)

Viento gélido, oscuridad y nieve. La roca fría de las paredes de la caverna desprende vaho, el estandarte del fondo de la oquedad parece brillar, blanco y oro cuando lo toca una estrella, blanco y oro cuando lo roza la luna. La hoguera chisporrotea. ¿Cuanto hace que espero? No lo sé. Estoy inquieto. Estrecho la capa en torno a mi cuerpo y me aparto del rostro los cabellos. ¿Cuando era la cita? Al ocaso... sí, al ocaso. Pasó la media noche y aquí sigo. Caminando de un lado a otro, nervioso.

Mi corazón está agitado. Todo es impredecible. Todo es impredecible con él. ¿Acudirá?. Tal vez no. Seguramente no lo haga.

Somos dos desconocidos que se conocen demasiado bien. Somos dos almas que intentan encajar como piezas rotas que buscan su sitio, que pertenecen a engranajes distintos, pero que de alguna manera, sirven. Por qué viene a mí, no lo sé. El modo en que lo hace, me conmueve. También la manera en la que se abstiene de hacerlo. Creo que soy un consuelo.

Un consuelo. Bien. No me importa.

Sé lo que es la compasión. Está bien así.

Miro hacia la entrada de la cueva y suspiro, cuando finalmente me siento en el rincón y me cubro hasta la barbilla. Hace frío, la temperatura en el norte es un infierno helado al que uno nunca se acostumbra. Pero él no parece notarla. Nunca se queja de eso. También desafía al invierno, y supongo que eso me gusta.

Me pregunto si vendrá. Debería pensar que no y acabar con esta incertidumbre, regresar al campamento. Pero forma parte de lo que quiero. Me gusta.

Me froto los brazos, observando cómo se condensa mi aliento en la penumbra rojiza de la caverna, a la luz tenue del fuego que baila como una doncella de velos anaranjados azotada por el viento. Casi siempre que viene usa las cuerdas. Otras veces sólo me golpea, y otras, me acecha. Se agazapa en un rincón y me dice que me quede sentado al otro lado, mientras me observa, hasta que casi podría ponerme a temblar con el peso intenso de su mirada. Me observa y me acecha, como un animal, hasta que se decide a saltar sobre mi... o no lo hace. No puedo evitar que se me escape una sonrisa al pensar en ello. Cuando simplemente se levanta y se despide, encomendándome a la Luz, y se marcha sin haberme tocado. Es una tortura, todo lo es. Desde esta espera indefinida que me regala hasta el instante en que sobreviene el dolor, desde la ansiedad de aguardar hasta el momento en que el sufrimiento es tanto y tan lleno que parece una niebla densa que arrastra todo lo demás, y queda un cielo blanco y despejado en mi mente. A veces hay sexo, otras veces sólo es el juego.

El juego al que jugamos.

No sé por qué empezó, no sé por qué me necesita. Sé que tiene a otro. Y sin embargo, también me tiene a mí.

¿Soy un consuelo?

Enrosco un mechón de mis propios cabellos entre los dedos, pensativo. Me vienen a la mente intuiciones cuando pienso en él. Frases deshilvanadas surgidas de un conocimiento extraño al que no puedo encontrar raíz, quizá por la manera en que ejecuta sus gestos o el modo en que habla, quizá por todo y por nada. Prisionero de sí mismo, recuerdo que pensé la primera vez. Solitario. Muy solo, a pesar de todo. Incapaz de comunicarse.

Entrecierro los ojos. Vuelven a mi las imágenes.

No puedo olvidar aquella vez, cuando apareció con restos de sangre aún en las manos, rechinando los dientes y con su mejor aspecto fiero. No el que esboza a conciencia para asustar, sino el otro, el de criatura desesperada, el más auténtico. Recuerdo muy bien aquella vez. La violencia con la que tiraba de mis cabellos, hundiéndose en mi interior con brusquedad, con los pulgares bajo mis párpados y obligándome a mirarle. "Entiéndeme", me ordenó. Lo gritó en mi oído, con la mirada turbia y perdida. Lo intenté... aún lo intento. Creo que lo hago, de alguna manera. Por eso le abracé aquella vez, y no dejé de hacerlo cuando me golpeó y me escupió, pateándome. "No quiero tu lástima", repetía, "entiéndeme, hazlo".

Recuerdo que al final se aferró a mi y gruñía, mordiéndome como si quisiera desgarrarme. Me hizo heridas muy profundas aquel día... y cuando todo acabó, me abrazaba, jadeante, con algo más que sangre en su rostro. Lágrimas.

Nunca le pregunté qué había pasado, por qué estaba en ese estado en esa ocasión. Creo que tampoco me hace falta, siempre me han dicho que soy intuitivo. Me he dado cuenta de las miradas que intercambia con ese compañero suyo. Hablan a media voz, se acercan demasiado, y hay algo en sus ojos al contemplarse que casi podría lamer y saborear. A veces se le encienden los ojos cuando le observa. Otras se enturbian con un velo melancólico, grave y emotivo. Tiene a otro y sé quien es. Sé que comparten algo especial, importante. Por eso no entiendo por qué sigue viniendo, por qué acude a mi todavía. ¿Soy una puta por dejar que haga esto? No me importa, la verdad. A mi... a mi me gusta. No es un sacrificio. No me siento víctima, yo obtengo lo que deseo.

A veces creo que él lo es, de sí mismo.

Me gusta tener esto con él, pero creo que me gustaría más que dejara de necesitar consuelo. Porque es lo que busca aquí, lo sé. Y me temo que no lo halla, apenas por unos momentos tal vez saboree algo parecido. Creo que nunca está satisfecho. Sin embargo, en algunos momentos, es dulce. Parece abrazarme y querer que yo lo haga, pero me aparta si lo intento. Otras es brutal, pero cuando quiere obediencia y es obedecido, siempre se vuelve melancólico, tierno. Es tan extraña esta dinámica... es difícil de comprender, aun sin ser necesario.

Cielos. Me salta el corazón en el pecho y se me acelera la sangre en las venas al escuchar al dracoleón, que posa las pezuñas en la entrada, el rasgueo de las garras en la nieve y el sonido tintineante de las placas. Cuando entra, lo hace con toda la calma del mundo, mientras yo me incorporo con nerviosismo mal disimulado y le observo. Su figura ocupa la entrada. Soy mayor que él y somos casi igual de corpulentos, pero por alguna manera, siempre me ha parecido más grande, que invade más espacio. Quizá por sus movimientos. Hoy no es diferente.

Mira alrededor, con el cabello cuajado de nieve, y yo fijo mi atención en sus ojos. Hoy llegan limpios, relajados, deslumbrantes. Ni rastro de sed o ansiedad.

- La Luz te guarde, Erelien - dice la voz vibrante, resonando con grave timbre en el interior de nuestro refugio.
- Derrame sobre ti sus bendiciones, camarada - respondo yo, en un susurro.

Por un instante hay silencio. Tengo un nudo en la garganta y trato de no desviar la mirada, mientras aguardo, asumiendo mi papel, el que quiero y he elegido. Si tuviéramos que combatir uno contra el otro, en un combate auténtico, sería bastante reñido. Él es muy bueno, pero aún tengo un poco más de experiencia. Aun así, sé que podría llegar a ser imbatible. Es, también y ante todo, un gran soldado. Parpadeo, mientras me mira. Parece indeciso.

- Eh... quieres... ¿quieres hablar?

Oh.

Me siento inmediatamente cuando él lo hace. Si. Todo es inesperado con él. Estoy perplejo.

- ¿De qué quieres hablar?
- No importa - se encoge de hombros levemente, acomodándose, con la pipa entre los dientes.

Esta noche, charlaremos y beberemos algo como compañeros de armas. Quizá como amigos. Como confidentes, tal vez, o como simplemente dos personas que se conocen empezando por el tejado, como dos almas que se encuentran y se lamen las heridas colgando desde un par de hilos raídos. 

Y también en esto encuentro un misterioso y sosegado placer.



((N. de la A:  Si... no sigue la línea de la mayoría de entradas que tienen cabida en La Madriguera, pero había escrito esto para esbozar un poco al personaje de Erelien y la curiosa relación que comparte con "el cruzado". Por la naturaleza implícita del contenido, pensé que este era el mejor lugar, pese al tono intimista de la narración y que solo contenga leves referencias veladas a las porquerías a las que os tengo acostumbrados, boajajaja. Aun así, espero que os guste... porque yo le he cogido un cariño irracional al bueno de Ere ^_^ ))

viernes, 8 de enero de 2010

El Cruzado - Nadire

Es imposible. Hace rato que ha perdido el hilo de las palabras, ya no se acuerda de lo que estaba diciendo, y es importante acordarse. Abraza a Wilwarin, su mujer, es su mujer y la ama, se refugia en ella para no perderse de nuevo en ese sueño de carne sentado frente a ellos. Intenta hilvanar las palabras de manera que nadie perciba su tensión, la rugiente avidez que brama en su piel, en su carne, en su espíritu.

Están conversando en el Frontal de la Muerte. Mith, embarcado en alguna estúpida reflexión sobre sus estúpidos artefactos de estúpida ingeniería gnómica, aprovechando la pausa. Wilwarin escuchando, como es habitual en ella. Y Nadire… Nadire. En fin.

"No la mires", se dice. Se desobedece. Ah sí, la conversación. Estrategias de combate.

- Nos dividiremos en dos grupos – retoma el hilo, casi aferrándolo. - Unos atacarán la isla desde el Norte y otros desde el Sur. Ya tenéis las órdenes, ¿verdad?

Las órdenes. Una batalla. Muchas cosas están en juego, pero ahora el universo parece girar alrededor de la lengua rosada de la elfa que se lame los labios en un gesto rápido, frente a él, su mirada cargada de deseo. Por la Luz, ¿es que nadie lo ve? ¿Nadie se da cuenta de cómo le está mirando ella a él, de cómo le mira él a ella cada vez que sus ojos se cruzan?

Quizá Wilwarin lo haga, porque observa a Nadire y luego se aprieta un poco más contra su espalda. ¿Puede ella notar la tensión violenta de las energías entre ambos? Si lo nota, no dice nada. Seguro que percibe, sentada como está entre sus brazos, los músculos endurecidos de su cuerpo, el leve despertar de los nervios, el calor que no puede evitar irradiar cuando desea. Porque desea, desea en carne, alma y mente, con una potencia que le haría perder los papeles absolutamente si no estuviera encadenándose. Y sus propias cadenas le ahogan.  "Mía", se dice. "Mía, mía... dioses, la quiero ahora, ya". Se repite los motivos por los que no puede tomarla ahora, ya, y le suenan débiles, absurdos, aunque sabe que son lógicos.

- ¿En qué grupo vamos cada uno?
- Lee las órdenes, Mith. – replica, algo seco.

Nadire se aparta el pelo oscuro del rostro. Es bonita, con esa belleza tentadora y sensual bien estudiada, hecha para el deseo y las noches húmedas bajo el resplandor de las velas. Las hebras de cabello negro se rizan suavemente en ondas sinuosas sobre los hombros, ondulan hasta la clavícula. A través de las aberturas de la toga, adivina la piel cremosa, pálida. Recuerda su tacto. Se deshacía entre los dedos, como espuma marina.

- … cuando lleguemos?

Parpadea y mira al caballero alzado.

- ¿Qué?
- Que dónde nos reuniremos cuando lleguemos.

Nadire se ríe de Mithos, menea la cabeza y le mira.

- Mira que eres idiota. – le dice - Lee las órdenes.

El caballero la mira a ella, sus ojos de azul gélido bailan divertidos, desvía la vista hacia sus senos un instante. “Pero será cabrón… yo lo mato. Lo mato.” El estallido de celos irracionales, de arrebatada posesividad le pillan por sorpresa, haciendo que se tense más, y su esposa le observa de reojo, silenciosa como siempre. No dirá nada. Ella nunca dice nada, casi nunca, aunque sepa más de lo que quiere revelar. Está seguro de que Wilwarin sabe lo que está pensando en ese momento, mientras imagina diversas formas de desmembrar a Mithos, y se vuelve hacia Nadire. Nadire. Nadire. El rostro ovalado, de aire ligeramente infantil, la femineidad que destila incluso el arco de sus cejas oscuras, la nariz graciosa y menuda, los labios carnosos, el suave óvalo de su rostro, las pestañas negras que bordean los ojos verdes, líquidos, como joyas engastadas. Sí, la piel de Nadire se deshace entre los dedos como espuma marina. La recuerda perlada de sudor, gimiendo entre sus brazos, danzando sobre él, una amazona de piel blanca y negros cabellos. Yaciendo entre las sábanas, una princesa de brazos como cisnes y fragancia dulce, perfumada, embriagadora, que podría ser veneno, que lo es. 

Debería estar en un sótano, encerrada, sólo para él, y no aquí. No ante la mirada lasciva del caballero. Sin embargo ella, más que ignorarla, más que ofenderse, se recoloca el escote. “Los mato a todos”. Construye una excusa rápidamente en su pensamiento, fijando la mirada en la elfa. 

- Bien, Nadire y yo tenemos que reunirnos con Abrahel en el Sagrario – dice, con gran seguridad. Ella le mira, divertida, pero cuando responde con su propia mirada ávida la expresión burlona se borra de su rostro al momento. Casi le parece verla palidecer. – Luego nos vemos. Nadire. Baja inmediatamente.

Su voz ha sonado imperativa. No tiene tiempo de preguntarse si le obedece a causa de la hirviente excitación que adivina en su figura apresurada, si la nerviosa manera en la que se alisa la toga tiene que ver con las palabras que acaba de pronunciar y la mirada que hace pesar sobre ella. No puede evitarlo. Toda la potencia de su deseo contenido, que despierta en el momento que la ve aparecer, cae sobre el grácil cuerpo que se apresura hacia el Sagrario al mirarla marchar, y es consciente de cómo la aplasta con su ansiedad. Cuando desaparece, se vuelve hacia los demás y estrecha a su esposa hacia sí, besándola en el cuello. Se siente culpable. Terriblemente culpable, incapaz de controlar lo que ya ha asumido como una inevitabilidad.

"Tendré que acostumbrarme a ella", se repite, consciente de que no puede permitir que el deseo le arrolle de esa manera en cualquier momento, en cualquier lugar. Y con la vana esperanza de que eso sea así, tratando de cabalgar las olas que le arrastran, se despide de sus compañeros, se despide de su esposa amada, que le dedica una mirada algo melancólica y una leve sonrisa teñida de tristeza, y camina hacia el subterráneo donde los brujos han construido algo parecido a su hogar.

- Nos reuniremos antes del ataque.

Mithos asiente, Wilwarin asiente, todos asienten. Dioses. Siente el peso intenso en la parte baja de la espalda, como si tuviera los riñones cargados de cemento, el chisporroteo en la sangre y el hambre cruel anudándose en el estómago, secándole la boca. Desciende la rampa y aparta los cortinajes, dedicando una mirada de suficiencia a los instructores, los Maestros del Arte. Si alguno pretendía echarle o preguntarle qué hacía allí, las palabras han debido morir en sus gargantas por algún extraño motivo. Una de las damas sonríe a medias con gesto burlón. La atraviesa con la mirada, haciéndole apartar el rostro, antes de dirigirse hacia la silueta breve que permanece de espaldas, toqueteando los frasquitos de una de las mesas adyacentes. El vestido color crema se pega a su cuerpo, como un guante preciso y ceñido, marcando la estrecha cintura, las curvas perfectas de sus caderas, las nalgas redondas como frutas maduras. Y esa línea endemoniada de la columna, que define su espalda sutil.

Se lame los labios y percibe la tensión vibrante entre los dos. Sabe que ella no necesita darse la vuelta para reconocerle. Nadire sabe que está ahí. Sabe que cada paso que da le acerca más a ella, y paladea el estremecimiento interior de la elfa. El cabello negro ondula suavemente cuando gira el rostro un instante hacia un lado, permitiéndole atisbar su perfil, el resplandor velado de los ojos glaucos, las negras pestañas. Y mastica las energías fluctuantes, primitivas, que se escurren de uno a otro cuando se detiene, casi rozándole la espalda con su pecho. Mastica el perfume de la piel pálida, el aroma femenino provoca una punzada de hambre violenta, casi le hace salivar. Ella respira con cierta agitación, su atención fija en los frasquitos de la mesa.

- Sabes... - murmura el paladín, acercando el rostro a los cabellos de brea. No puede evitar que su voz esté teñida de la tensión propia del depredador, rasposa y grave en cada pronunciación. - Abrahel no va a venir.

Podría cerrar las manos en torno a su cintura, escurrir los dedos hasta los pechos redondos y pesados, estrecharlos hasta hacer que se alcen turgentes sus frutos deliciosos, atraerla con suavidad hacia sí y balancear las caderas para mostrarle lo que su mera presencia provoca en su sangre, en su cuerpo, hacerla sentir la prueba de su derecho. Pero no hace nada. Con un deleite enfermizo, respira cerca de su cuello y escucha con atención el aliento entrecortado que escapa entre los dientes de la muchacha.

- Lo imaginaba - responde ella, en un susurro algo trémulo.
- ¿Qué es eso? - señala los frasquitos con la barbilla, acercándose un poco más. Dioses. No importa lo que diga, el timbre de su voz está impregnado de seducción. Se maldice por su incapacidad para disimular, y maldice a Nadire, que se ha convertido en su prueba de fuego particular. Y la manera en la que ella responde, prensando las yemas de los dedos temblorosos sobre la mesa y suspirando levemente, le hace preguntarse si es él el único mártir en esta situación.

- Son... son preparados.

"No lo eres, sabes que no eres el único, estúpido engreído egocéntrico. Puedes sentir cada leve vibración de excitación en ella, percibes su propia sed de ti. Puedes ver como cada fibra de su ser se encoge, ávida y reseca, aún sufriendo más agonía con la cercanía del agua que anhela. Deja de hacer el gilipollas. Pon fin a la tortura", se dice. Y lo hace.

Nadire da un respingo cuando la gira, tomándola por la cintura, y la mirada del paladín se funde con los ojos verdeantes.

- Tengo que acostumbrarme a esto - espeta a media voz, cortante, casi acusador. Le arden las manos. La sangre chispea en las venas.
- No eres el único - replica ella, confirmando sus pensamientos. De nuevo la siente fundiéndose entre sus manos, la recorre con los ojos ávidos, famélico de su sabor y su tacto. La figura de la elfa parece despertar al paso de su mirada, los pechos se elevan, el talle se arquea, su aliento se vuelve apresurado. El anhelo violento le llega también desde el otro lado, y se da cuenta entonces. Es plenamente consciente de que todo será en vano.

Se abalanza sobre sus labios, gruñendo con un último e inútil quejido de contención que da paso al abandono del beso agónico. Cierra las manos en sus muñecas y las apresa contra la mesa. Ah, Nadire... la piel de terciopelo y espuma marina, los labios perfumados y el delicioso aliento, la saliva dulce, casi azucarada, y el cabello de algodón hilado. La lengua suave se enreda en la suya, la atrae hacia su boca al cernirse sobre ella, y escucha el tintineo de los frascos de cristal cuando la empuja, brusco y violento en su afán de abarcarla, poseerla y dominarla. El débil gemido de abandono que muere en los labios femeninos, los dedos que pugnan por rozar las placas de la armadura, el calor que desprende su cuerpo, el aroma de la gacela que se tiende y muestra el cuello, tentando al depredador, sangrando ante él. Todo ha sido en vano, hace tiempo que todo lo es.

Se separa un instante, el tiempo suficiente para levantarle las faldas de un tirón y escurrirse entre sus piernas, abriéndolas con las suyas mientras la eleva de la cintura para apoyarla en la mesa. Algunos frascos caen al suelo, los brujos miran alrededor, parece que Alamma va a decir algo. Y la mirada de Nadire, completamente sorprendida se fija en la suya, sonrojada y respirando entrecortadamente a causa de la propia excitación.

- ¿Que...qué haces?

El paladín la mantiene presa entre los dedos crispados de una mano, con la otra, suspirando de alivio, libera la dolorosa erección.

- Acostumbrarme - responde en un susurro insolente.

La neblina roja se extiende ya ante sus ojos, así que se impulsa entre las piernas trémulas de la muchacha, rozando la húmeda entrada donde los pétalos se abren, se distienden, cálidos, casi abrasadores con el leve contacto, reclamando. El gemido quejumbroso de Nadire se escurre entre los labios que se muerde, parpadeando y respirando como una sirena fuera del agua. Ella le agarra de los cabellos. Él la sostiene de las caderas, y con una embestida firme, tensando la mandíbula y aguantando el gruñido, se estrella en su interior, tan profundamente como logra alcanzar.
Se arroja sobre sus labios, rápido y voraz como una serpiente famélica, devorando el gemido agudo, ahogando su exclamación grave cuando los suaves pliegues se abren a su paso con una caricia ígnea y apretada, se anudan sobre la piel tensa y sensible de su virilidad férrea y pulsante, casi al límite.

A su alrededor, El Sagrario. Los brujos, mirándoles con cierto aire burlón, otros claramente indignados, y Alamma, que de cuando en cuando vuelve la vista hacia ellos mientras permanece delante de un círculo grabado, concentrado en algo al parecer. Y qué mas da. No hay control, y no puede más. La quiere ahora, entera, toda y ya, y la toma, arrebatado por las sensaciones deliciosas, el roce de la piel húmeda impregnada de la esencia de Nadire, el sudor, el elixir que se escurre entre sus piernas cuando se retira y balancea las caderas, parpadeando, casi ausente cuando el placer desbordante comienza a morderle en cada nervio.

"Más". Embiste sin freno, resollando como un animal en pleno combate, con el cabello sobre el rostro. Los diminutos pies de la muchacha se enclavan con los talones bajo sus riñones, contraídos los músculos a causa del esfuerzo de una contención imposible que se muere por romper, la lengua dulce se enreda con la suya, sedienta, y la abandona con un gruñido para hundir el rostro en el escote, apartando la tela con los dientes y entregando los labios al sabor arrebatador de los blancos pechos.

- Ah... dioses... - es un gemido casi sollozante que se escurre de la boca floreciente, encendida, de la elfa.

"Más"

Es un pensamiento compartido, cuando el hambre sin fin se vuelve insoportable y cada sorbo de mutuo goce sólo despierta una ansiedad mayor. Recorre los senos turgentes, que se agitan en cada violenta embestida, con la lengua golosa, atrapa los pezones con los dientes, succionando. Sabe a manjares exóticos, quiere morderla y la muerde, arrancándole un grito. Ella se aferra a sus hombros, respondiendo a cada ataque, arqueando la espalda y tendiéndose hacia él, abriéndose por completo para permitirle acceder a su más insondable profundidad mientras danza en un baile descontrolado y rabioso.

Y entonces por primera vez, se le escapa de las manos. Se queda con las riendas quebradas entre los dedos cuando el aluvión se desencadena y le domina, le lleva a estremecerse en un temblor desatado y rugir con desespero, mientras se retira y se vuelve a hundir hasta el fondo de esa húmeda vaina, perfecta y caliente, que se contrae a su alrededor. La tensión en su sexo se rompe, y el violento clímax le arrasa sin avisar, llevándosele por delante en poderosos latigazos que vomitan la semilla en el cáliz enloquecedor de Nadire, que grita, sin que ninguno de los dos puedan evitarlo, cuando los dulces espasmos la arrastran a su vez.

La carne caliente, abriéndose y cerrándose a su alrededor, le succiona. Apenas puede respirar. Busca con la mirada perdida los ojos de la muchacha, con los dedos crispados en sus caderas, los labios entreabiertos y los dientes apretados. Se escucha jadear, se siente perder la visión, que se enturbia, desfragmentarse. Ella, con el cabello húmedo y la carne expuesta entre la toga enredada, ha dejado caer la cabeza hacia atrás, con la boca abierta y un hilo de saliva escurriéndose en la comisura, deshecha en gemidos y murmullos lúbricos. La lengua rosada recoge la gota brillante y aprieta los labios. Y una nueva descarga se refleja en ambos cuando parece que no puede haber nada más, obligándoles a pegarse el uno al otro, temblando, sudorosos, confundidos y perdidos en la orilla de un goce que a todas luces debería estar negado a los mortales, de tan intenso y delicioso.

A su alrededor, los frascos se han caído de la mesa, que se ha movido unos centímetros a causa del intercambio. Yacen en el suelo, quebrados, derramando su contenido.

Y cuando recupera la respiración, el paladín se obliga a salir de su interior, sintiéndose adolescente y primerizo ante este estallido inesperado y violento como una fuerza de la naturaleza, cubriéndose y arreglándole la toga a ella con un movimiento torpe, mientras carraspea. La mirada de Nadire, lava verde líquida y ardiente, le observa con una mezcla de fascinación, hechizo y sorpresa, aún con los labios entreabiertos. Al volverse hacia ella, sabe que su mirada es similar a la de ella.

Encandilados el uno por el otro. Absolutamente incapaces de hacer otra cosa que no sea mirarse y desearse... porque de nuevo, un suave hormigueo, cuando apenas se han diluído las palpitaciones del clímax, empieza a arder a fuego lento en las venas del sin'dorei. Tomándola de la mano, la conduce hacia el exterior, mientras ella le recrimina.

- ¿A esto llamas tú un rincón oscuro? - murmura, más perpleja que acusadora, volviendo la vista atrás hacia el Sagrario cuando lo han dejado atrás.
- ... 

Incapaz de responder, cuando se detienen en medio de la calle, la realidad parece una nube flotante, espesa y difusa. Los dedos de Nadire son suaves como plumas de pájaros recién nacidos, cálidos y delicados. Su rostro... dioses, quisiera postrarse y adorarla como un devoto. "Estoy atrapado", se dice. "Estamos atrapados", se corrige.

- Tengo que... ir a...lavarme - murmura ella, sonrojándose apenas. - Estoy toda mojada.
- Bien. Ve.

Pero no la suelta de la mano. Y ella no se suelta de sus dedos. La tensión vibrante, el magnetismo, la gravedad entre los dos sigue presente. Y Nadire vuelve la vista hacia un rincón del Frontal de la Muerte, la calle más siniestra de la Ciudad de Lunargenta, donde brujos y asesinos campan a sus anchas entre prostitutas y contrabandistas, y tira de su mano, apresurada. Y cuando él la mira, arqueando una ceja, interrogante, su sencilla respuesta le arranca una sonrisa casi orgullosa, mientras el corazón le brinca en el pecho, extasiado, desatado y vibrando con los truenos de la tormenta inagotable.

- Ahí SÍ hay un rincón oscuro 


martes, 17 de noviembre de 2009

El Cruzado - Erelien

El cielo se había oscurecido en el horizonte y la nieve no dejaba de caer. La mañana era oscura y fría, y Rodrith paseaba distraidamente por la Vanguardia, mordisqueando la pipa, levemente inquieto.

Había despertado en Lunargenta, con aquel estado abotargado y resacoso que le dejaban las sesiones de equilibrio, desequilibrio y experimentación con su par. Había recogido las cosas en silencio, aún amparado por las sombras de la noche, y había salido sin hacer ruido. Cuando ya volaba hacia la cruzada, recordó que había olvidado desatar a su compañero, pero seguro que se las apañaría.

Nada más llegar al Norte, antes de ascender los riscos a lomos de Fantomas hasta la Vanguardia, se había detenido en el Lago Fresno. Las aguas gélidas despertaron punzadas en la carne y en la piel, pero Ahti sabía sufrir, tanto como sabía hacerse sufrir a sí mismo, y las soportó con el vigor con el que se soportan las agujetas o el dolor en los dedos cuando llevas la espada demasiado tiempo.

Ahora, el viento gélido le agitaba los cabellos mojados, mientras daba vueltas en la Avanzada como una bestia ansiosa dentro de una jaula. No había trabajo. Dalfors no estaba. Los comandantes aún no habían llegado y faltaban al menos tres horas para la oración. Solo entonces comenzaría la actividad.

Abrió y cerró los puños, suspirando, y dejó vagar la vista hacia más allá de las montañas. No comprendía su estado de ánimo, aquel nerviosismo, la ansiedad que llevaba pegada al pecho desde hacía demasiado tiempo ya, como una rémora que no se saciaba nunca.

Era consciente de que estaba cambiando. El control sobre sí mismo que había ejercido con férrea disciplina desde tiempo atrás se estaba desvaneciendo lentamente, a medida que las emociones, los sentimientos, iban adquiriendo su libertad y aflorando espontáneamente cuando les daba la gana. El tiempo de la represión llegaba a su fin, y aquellos insectos molestos revoloteaban en su mente, huyendo de las redes que tendía con inútil tesón. Como una crisálida que sale lentamente de su sueño, como el oso que despierta de la hibernación, estaba despertando. Y aquello no le hacía sentirse especialmente bien.

La ansiedad indoblegable era sólo uno más. Había muchos otros. La necesidad, la frustración, el deseo, la empatía instantánea, el afecto, el asco. Todos estallaban como flores primaverales al menor estímulo, desordenados y confusos. Y no podía dejar de pensar que aquello le apartaba de su lugar, de su posición, le hacía... débil.

Rechinó los dientes y se encaminó a grandes zancadas hacia el cruzado más cercano, un joven elfo que acababa de subir al corcel para sustituir a la patrulla de la Brecha.

- ¿Hay algo que hacer? - preguntó a bocajarro, acordándose vagamente de saludar después de haber hablado. - ¿Algún superior, algo... alguien?

El cruzado le observó con cierta sorpresa, antes de negar suavemente, pensativo.

- Creo que no. La patrulla, solamente. Ah... Erelien, creo.

- ¿Dónde está?

- Se fue en aquella dirección. - replicó el cruzado, señalando hacia el este. Rodrith sonrió a medias y le dio las gracias, ajustándose los guantes para trepar.

Seguramente estuviera en la capilla de los titanes. La habían bautizado así hacía un tiempo, cuando el veterano, con toda la razón del mundo, decidió que necesitaban una capilla en la Vanguardia. Ya que los mandos aun no habian tomado cartas al respecto, llevó un estandarte a la pequeña oquedad de la roca y determinó que sería su lugar privado de oración, si es que Rodrith estaba de acuerdo, como descubridor de aquel espacio. El paladín le dio su permiso con una carcajada y un "haz lo que quieras, rey, ese sitio no es sólo mío", y Erelien le indicó amablemente que podía ir a rezar allí cuando quisiera, aconsejándole que mantuviera el secreto, con cierto rubor en las mejillas.

Ascendió, pues, por el penoso ascenso, ayudándose con manos y pies. Podía haber llegado sin problemas usando a Fantomas, pero la escalada era entretenida, arriesgada y suponía actividad. Justo lo que le hacía falta.

No rodaron demasiadas rocas hasta que llegó a la diminuta explanada y se acercó a la gruta, hundiendo las botas en la nieve con fuerza, avisando así de su presencia. Se asomó con el saludo al borde de los labios, a punto de saltar, cuando la imagen en el interior de la improvisada capilla le hizo arquear la ceja y alzar los párpados con sorpresa. La voz se le murió en la lengua y se escurrió hacia su garganta, aovillándose allí hasta que fuera mejor momento para brotar.

Y no es que le escandalizara lo que veía. Simplemente, le había pillado por sorpresa.

Las piezas de la armadura y las ropas del Cruzado veterano estaban dispersas sobre el suelo de roca viva, grisáceas entre la bruma de la mañana cenicienta. El estandarte, observador silencioso, se dibujaba con un leve resplandor de blancura al fondo de la pequeña caverna, y ante él, arrodillado, Erelien se ajustaba los cilicios con gruñidos sordos e insatisfechos. Finos regueros de sangre descendían por los muslos y los brazos, como delicadas vetas de rojo rubí, sin llegar a mancillar el tabardo inmaculado. El largo cabello color miel caía en suaves ondas sobre la espalda fornida y los brazos poderosos, y aunque desde su posición no podía verle el rostro, escuchaba el murmullo doliente de la oración confusa que salía de sus labios.

- Ah, la Luz... Luz Sagrada... - susurraba, como si estuviera incitando a un amante, mientras tiraba de las correas, apretándolas más. - Alcánzame... deja que me sumerja... en el éxtasis... de tu armonía eterna...

Rodrith entrecerró los ojos, apoyándose en la piedra, y cruzó los brazos en silencio. Desde luego, jamás había imaginado a su camarada de esa guisa, y no dejaba de resultar fascinante. Percibió, con la deformación profesional de quien conoce los secretos del dolor, que aquellos cilicios no le bastarían si estaba aspirando a la catarsis. Los había colocado, además, en lugares demasiado duros. Los de las piernas estaban al revés, punzando la zona exterior del muslo en vez de la interior, mucho más sensible, y los de los brazos eran poco más que inútiles. Se lamió los labios, indeciso, mientras el trémulo cruzado desgranaba su oración, y finalmente se decidió a hablar.

Sus palabras sonaron tal vez demasiado suaves, pero no quería violentarle. Al menos no demasiado.

- ¿Necesitas ayuda?

Erelien dio un respingo y se volvió hacia él con un latigazo de cabellos de oro bruñido y la mirada pintada de miedo y vergüenza. Por un instante, el rostro pálido, de doncella, se quedó inmóvil, los ojos de transparente azul fijos en los suyos, enormes como lunas desvaídas. Ninguna respuesta brotó de sus labios.

Rodrith frunció levemente el ceño y se acercó, muy despacio, con una mano extendida ante sí en el gesto del forestal que intenta apaciguar a un animal temeroso.

- No me refiero a las heridas... - dijo de nuevo, casi con dulzura. - Sé que no quieres ayuda para eso... pero... yo he usado estos trastos antes. Puedo decirte cual es... - hizo una pausa, bajando aún más la voz - cual es la mejor manera.

El veterano le observó aún un instante, y luego pareció relajarse. Se giró a medias sobre las rodillas y extendió los brazos hacia él, con los puños cerrados vueltos hacia arriba, sin apartar los ojos de él. "Ojos de gacela", se dijo, sacándose los guantes y acercándose para desatar los broches y apartar las tiras de cuero.

- Debes tener cuidado... para no pinzar ninguna vena importante y esas cosas. Sobre todo en la pierna. Los clavos más grandes no son mejores... lo importante es conocer los puntos donde los nervios son más sensibles. - Explicó con el mismo tono, recorriendo el brazo con los dedos, sin importarle la sangre. - Aquí, por ejemplo.

Cuando apretó la zona interior del brazo del veterano, clavando las uñas un instante, Erelien se estremeció levemente y parpadeó. Se miraron en silencio, mientras los segundos goteaban en la clepsidra del tiempo.

- ¿Tu también haces esto? - murmuró el cruzado, con un hilo de voz.

Rodrith se lamió los labios y desvió la vista hacia otra parte.

- A veces. Cuando... antes, cuando el dolor del alma o el corazón eran demasiado intensos.

Podría ser una confesión, pero realmente, en ese momento no le importaba demasiado. La intimidad de la situación, estrechada por el secreto descubierto de Erelien, convertía aquellos instantes en pequeñas cápsulas seguras y ajenas al resto del universo, donde no había demasiado que esconder.

Erelien se apartó el cabello de la cara, mientras Rodrith le colocaba correctamente los cilicios, dejando que fuera él quien los ciñese. Sin embargo, cuando se llevó los dedos a las hebillas, pareció dudar un instante, y volvió a alzar el rostro hacia el paladín.

- Yo no sé muy bien por qué me hago esto - dijo, parpadeando levemente. - Me duele pero también me... Supongo que soy un enfermo.

Rodrith no pudo evitar sonreír a medias y meneó la cabeza.

- No tienes que darme explicaciones... pero no es ninguna enfermedad - replicó, sosegadamente. Supo que la naturalidad de su voz le había resultado extraña al cruzado, que frunció levemente el ceño con algo de desconfianza. - Todos tenemos nuestros pequeños secretos, y creemos ser los únicos. Pero no lo somos.

- Supongo que no... aunque esto no es suficiente.

El cruzado se miraba los brazos y las piernas, con el semblante confuso y abatido. Rodrith rechinó los dientes, con una leve intuición en su espíritu. Sentía un cosquilleo familiar en las manos, una pulsación vibrante en el fondo del estómago. Por un momento, se forzó a mantener la frialdad. "Puede que me equivoque", se dijo.

- No me basta, no consigo... esto no me sirve. - Erelien meneó la cabeza.

Asuntos delicados. Había que tantear el terreno. Flexionó las rodillas frente a su camarada y acercó los dedos a las correas, tomando aire con estudiada lentitud.

- ¿Te importa? - Murmuró, con cierto punto de tensión en sus palabras. El cruzado negó con la cabeza y él tiró de la correa con algo más de fuerza, cerrando los dientes metálicos del brazalete sobre la carne y arrancándole un gruñido contenido al elfo, que entrecerró los párpados.

No había descontento en su semblante, de modo que hizo lo mismo con la del otro brazo. La distancia entre ambos se había acortado, y los cabellos se tocaban en las puntas. Erelien, con los labios entreabiertos, respiraba entre los dientes y sus ojos se habían recubierto de una suave pátina turbia y vibrante.

Rodrith observó sus reacciones antes de manipular las tiras de cuero de las piernas, y cuando las cerró de nuevo, esta vez en la posición correcta, Erelien exhaló un gemido peculiar, con esa tonalidad imprecisa entre el dolor y el placer. Apartó las manos de su cuerpo, tensando la mandíbula, y buscó los ojos azules con los suyos.

El cruzado veterano se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyando las manos en la roca del suelo, mientras la sangre se escurría por sus miembros. El paladín se lamió los labios, mirando un instante alrededor. Extendió los dedos hacia la miel ondulante de su melena y enredó los mechones en ellos.

- Quizá podría... - comenzó a decir, pero el cruzado le interrumpió con un jadeo sordo, asintiendo con la cabeza rápidamente.

- Por favor

- ¿Y si me paso de la raya?

Tiró del pelo, al principio con suavidad, luego con insistencia, hasta hacerle inclinarse sobre el suelo. La mirada azur no se apartaba de la suya, fascinada y entregada, con un punto de inseguridad, como una doncella joven, inocente y pura. Rodrith tragó saliva, con el paladar reseco a causa de la excitación de aquel instante.

- Confío en ti - replicó el otro finalmente, con un hilo de voz, mientras se abandonaba sobre la roca.

- Creo que sé lo que necesitas.

Apenas se había descolgado la daga del cuello, cuando el cruzado ya estaba inmóvil a excepción de la respiración agitada. Como por algún extraño ensalmo, cada cual había adoptado su posición de forma natural, reconociéndose, aceptándose, unidos por el extraño vínculo de un instinto primordial.

Deslizó la parte plana del filo por el cuello del guerrero, descartándola a un lado, y le sacó el tabardo con delicadeza, arrojándolo a un rincón. La anatomía esculpida del veterano se reveló una vez mas ante sus ojos. En una ocasión, él había estado al otro lado y aquellos brazos le habían envuelto en caricias algodonosas, aquellos labios le habían ungido con lubricidad y le habían prodigado placer, tortura y redención. Él no sabía hacer esas cosas. Pero se le daba bien empujar a los demás a la catarsis mientras saciaba su apetito.

- Podemos probar... - comenzó, mientras contenía el pálpito impetuoso en la sangre y abría las bolsas, extrayendo sus instrumentos de trabajo, que habían captado toda la atención del elfo yaciente. Sabía que miraba aquellos objetos con deseo y cierta ansiedad. Sabía que la expectativa se le hacía, cuanto menos, sugerente. - ...y luego ya veremos.

Sostuvo la soga entre las manos y se acercó a él, atándole las muñecas a la espalda. El cruzado sólo se movió lo preciso para facilitarle la actividad, permitiendo que después deslizase la misma soga, haciendo varios nudos, hasta las largas piernas para ceñirlas con ella también. El cuerpo de Erelien brillaba con blancura en la penumbra de la cueva, sólo eclipsado por el estandarte argenta, que observaba la escena, impasible.

Rodrith tomó aire, tratando de acompasar el latido de su corazón. Le observó, con las manos ardiendo y el hambre golpeando en las paredes de la garganta.

- ¿Qué vas a...?

- Cállate.

Erelien obedeció.

Dioses, hervía la sangre, se erizaban los cabellos en la nuca. En dos horas comenzaría la oración. No tenía mucho tiempo, y había tanto por explorar en aquel torso poderoso, tanto que morder, que atravesar, que desollar y que cortar... tanto que pellizcar, quemar, golpear y estrangular...

- No dejes de mirarme

La sonrisa maliciosa se extendió a lo largo de su rostro, mientras el cruzado asentía con la cabeza y abría la boca, complaciente y sumiso, para recibir en ella el paño de lino arrugado que habría de amordazarle. Rodrith supo que no se había equivocado al observar la virilidad del elfo, que comenzaba a despertar. "Y eso que aún no hemos empezado", se dijo.

Se colocó a horcajadas sobre su cuerpo y le observó un instante con gravedad, antes de abofetearle con el dorso de la mano. Cosquilleo, incitación, hambre y delirio cercano. El rostro de doncella se volvió de nuevo hacia él, con un leve gemido, y cuando volvió a golpearle tuvo que apretar los dientes para no jadear.

Así era el juego. Y había encontrado otro compañero. Deliciosas sorpresas de la vida.

A lo largo de las dos horas previas a la oración de la Vanguardia, se entregó igual que él se entregaba, poniendo toda su habilidad al servicio de ambos. Marcó la piel pálida allá donde nadie podría escandalizarse, lamió la sangre chispeante y luminosa que arrancaba de su envoltura de cuando en cuando, degustó el sudor aromático de incienso, miedo y excitación, y le golpeó, le escupió, arañó la carne, le manejó de un lado a otro, hasta que él se ofreció finalmente.

Estaba tendido de espaldas y le miraba, a través del cabello húmedo de sudor, brillante miel batida. En sus ojos había súplica, su cuerpo era una estructura musculosa, luminiscente en la oscuridad, que temblaba como una hoja adornada con moratones, mordiscos y arañazos leves. Sabía lo que le estaba implorando.

Y Rodrith dudó. Mientras la zozobra se apoderaba de su espíritu, invocaba la Luz con un latigazo violento que cayó sobre la espalda del cruzado, destellando y arrancándole un grito, amortiguado por la improvisada mordaza.

Era una duda estúpida. Su cuerpo se lo estaba pidiendo a gritos, su compañero se lo habría pedido a gritos si hubiera podido. Los ojos acuosos le miraban con insistencia, velados por el resplandor del deseo delirante, el pulso acelerado le impelía hacia él, a tomar cuanto se le ofrecía y honrar aquella entrega. Desperdiciarla sería un pecado. De nuevo invocó el Choque Sagrado, azotándole una y otra vez, y no encontró más respuesta que los gritos ahogados y la complacencia transida de aquella mirada que se acercaba al éxtasis.

Se arrojó sobre él y le arrancó el paño de la boca, mientras se abría los pantalones, atrapándole con las rodillas en los muslos sangrantes.

- Reza. - Y la orden fue un susurro imperativo, ronco y áspero, que encontró respuesta inmediata en las palabras entrecortadas y los jadeos leves del cruzado.

- Oh Luz... sagrada... - un grito ahogado.

Rodrith le sostuvo por las caderas, se impulsó hacia adelante y se enterró en él con violencia. Ambos quedaron sin aliento por un instante. Luego el aire entró en sus pulmones como un vendaval, y el paladín le tiró del pelo, manteniéndole el rostro alzado cuando comenzó a moverse.

- Duele... duele mucho...

- ¡REZA!

Jadeos entrecortados, lágrimas en el rostro de doncella de Erelien, más allá de la mirada ausente y transfigurada. Rodrith echó la cabeza hacia atrás, abandonándose a aquella conexión, al juego infame y retorcido al que se entregaba, degustando su culpabilidad. "Soy un cabrón", se dijo. Y le encantó.

- Luz sagrada... que brillas en toda creación...

Se perdieron las palabras en los gemidos ahogados, en los gritos acallados con dificultad. Rodrith deslizó las manos hacia su cuello, apretando hasta cortarle el aliento, mientras embestía sin contención alguna, aspirando el perfume enloquecedor de los unguentos sacramentales y la sangre, fundidos en un aroma que le hacía perder la razón.

- No te oigo... - Le tiró del pelo y volvió a invocar la Luz, pero la voz del cruzado veterano no parecía capaz de exhalar ningún sonido coherente. Le castigó por ello, soltándole la garganta para aplastarle el rostro contra la piedra, una mano prendida en las caderas del elfo. Se estrelló contra él una y otra vez, dejando que su sudor, al desprenderse de su frente, fuera a acompañar las gotas que perlaban la espalda de Erelien.

- Me abraza... me abraza...

La voz del cruzado se despertó de nuevo, arrebatada al instante por los gemidos sordos. El paladín apenas podía escucharle, revolcándose como estaba en su propia vanidad, en la complacencia de sus deseos más oscuros, mientras fustigaba una y otra vez a su entregado compañero. Apenas percibió las convulsiones del éxtasis de aquel, demasiado perdido en su tormenta.

Cuando le asaltó el clímax, el cruzado Erelien había quedado inmóvil hacía largo rato. Se deshizo de la carga en un estallido, con brutales invasiones que hicieron saltar la sangre de nuevo y espolearon nuevos gritos ahogados que escaparon entre los labios del veterano, y finalmente, se desplomó sobre su cuerpo, jadeando, liberado.

No había mas sonido que el viento ululante y sus respiraciones. Faltaba media hora para la oración.

Le llevó unos instantes recuperar el aliento, y se separó del cuerpo lánguido, abrochándose los pantalones. En su mente sólo había blancura y paz, todo se había despejado momentáneamente y los pensamientos parecían haber huido. Las nubes persistían en el cielo del exterior, dejando que la oscuridad se perpetuara aún cuando el sol debía ya brillar, puliendo las cumbres nevadas.

Limpió la daga y guardó los mecheros, extrajo con suavidad las astillas de metal que había insertado bajo la piel del cruzado y las limpió con cuidado, dejando el odre de agua a mano. A continuación, cortó las sogas y se sentó sobre el suelo de piedra, colocando al veterano sobre sus piernas.

Mientras le limpiaba las heridas, le peinaba los cabellos con la otra mano, sabiéndose observado.

- ¿Haces esto a menudo?

Arqueó la ceja ante la pregunta, frotándose la nariz con el dorso.

- Em... siempre que puedo... y encuentro con quién.

- A ti te gusta esto, ¿verdad?

La voz sonaba casi en un susurro. No dejaba de resultarle chocante que alguien como Erelien, quien seguramente le doblase en edad, mantuviera una inocencia tan peculiar en determinados temas. Estaba claro que prefería los caballeros a las damas, lo había tenido claro hacía algunos meses. Sin embargo no parecía gozar de una amplia experiencia en estos temas mundanos. Le miraba ahora con la expresión de un niño que acaba de descubrir una palabra nueva, mientras se dejaba cuidar y restañar por las mismas manos que le habían herido con violencia. Esto también formaba parte del ritual.

- Si. - Replicó al fin. - Es lo que me gusta, sin duda.

- Te gusta causar dolor... ¿Y te gusta que te hagan daño?

Rodrith meditó un momento, deslizando el paño empapado en agua sobre el torso del elfo.

- Dejar que alguien te haga daño, desde mi posición... - dijo al cabo de unos instantes, en el mismo tono íntimo y susurrante. - ... es darle poder a esa persona. Yo necesito experimentar la supremacía para sobrevivir, y además, es lo que me estimula. Por eso me gusta lo que me gusta, y no otras cosas.

- Yo te he dado poder a ti... y no es algo de lo que me arrepienta.

- Me lo has dado voluntariamente, para algo concreto. Sabes que no te miraré por encima del hombro ni me sentiré superior a ti porque me hayas otorgado ese poder. Esto no es mas que un juego. Un juego que no puede compartirse con cualquiera, pero un juego al fin y al cabo, con límites entre el principio y el final. Lo que pasa mientras dura el juego, no es relevante.

Rodrith sonrió a medias, pero su camarada le contemplaba con profunda seriedad, aun con los ojos empañados por la experiencia vivida. Alzó los dedos y le tocó la mejilla, afectuosamente.

- Lo que pasa mientras dura el juego no es relevante... sin embargo te niegas a depositar ese poder en otros. ¿Que es lo que te da miedo?

El paladín rechinó los dientes y la mirada se ensombreció un instante.

- No todo el mundo está preparado para ejercitar ese poder, hermano - era consciente del tono resentido de su voz, pero se negó a darle mas vueltas a ese detalle. - Hay que confiar mucho en la otra persona para hacerlo sin que los límites se vean traspasados y acabes convertido en un vasallo. No me gusta ceder mi posición.

- No confías en nadie.

Rodrith se encogió de hombros, paladeando esa verdad y tragándosela con dificultad. Realmente no confiaba en nadie, no en estos aspectos. Nunca lo había hecho. Parpadeó, explorando su mente con cierto temor. No sabía si Theron seguía durmiendo o no, pero prefería que lo estuviera.

- Lo que tú has hecho hoy es imposible para mí. - enjuagó el paño y lo guardó, mientras Erelien se incorporaba lentamente para recuperar sus ropas. - Creo que es algo que nunca disfrutaré. Así que me quedo donde estoy.

Aguardó en la puerta de la gruta a que el cruzado estuviera listo, y cuando descendieron para unirse a la oración, uno junto al otro, sin expresión en los rostros, Erelien le miró de soslayo.

- No conozco a nadie más con quien compartir esto. - dijo en un susurro.

La nieve crujía bajo sus botas, los relinchos de los corceles ya se oían cercanos. Los torreones de la Avanzada se recortaron en el firmamento cuando las nubes se rindieron finalmente y se alejaron, dejando que el sol blanquecino del norte iluminase con levedad el paisaje.

- De momento me conoces a mi.

Rodrith sonrió de soslayo y Erelien hizo otro tanto.

Cuando los miembros de la Cruzada Argenta se reunieron para la oración, ninguno les miró de reojo con extrañeza, nadie murmuró a sus espaldas. La Luz no les abandonó, ni los Dioses descargaron rayos iracundos sobre sus cuerpos. La tierra no se abrió para engullirles bajo sus pies, no hubo castigo divino ni humano para los actos deplorables como los que ellos habían cometido.

El sermón comenzó, y todos escucharon, y al decir el padre Augustus las últimas palabras, un bálsamo de paz y sosiego se extendió sobre el espíritu del cruzado Albagrana, que no pudo evitar una sonrisa leve al oír su voz. Y cuando volvió los ojos hacia el firmamento, no había más culpabilidad que la que él se deseaba, haciéndose sufrir con ella como lo hacía con la contención... porque eso también era lo que quería.

"Somos hijos de la Luz, y a ella pertenecemos. Pero somos, asimismo, libres. Nuestra alma y nuestro cuerpo nos pertenecen a nosotros... y podemos hacer con ellas lo que queramos. Nuestra es la libertad, nuestra la responsabilidad... nuestro el único verdugo que puede condenarnos, el único juez que puede juzgarnos. Juzguémonos pues con benevolencia, pues la perfección es el seguro impedimento para la superación. Aspiremos a ella sin dejar de amarnos tal y como somos, con todo lo que nos compone. Porque la Luz nos ama por entero, y a todos nos abraza en nuestras virtudes y defectos, con nuestras rarezas y nuestros pecados."