jueves, 28 de octubre de 2010

El Escolta - Epílogo

El océano estaba en calma y las gaviotas chillaban, anunciando la cercanía de la tierra. Eremin Albanys se encontraba muy a disgusto utilizando los remos y sus huesos ya no eran lo que fueron. Suspiró profundamente, dejando las palas de madera a un lado y permitiendo que la corriente le llevara hasta aquella orilla blanca envuelta en bruma, tras la que se adivinaba una torre cristalina.

Se arrebujó en su manto grueso. Fuera de la primavera eterna de Quel'thalas, el verano se despedía para dar paso al otoño, y aquí se notaba el viento fresco y la llegada de la estación próxima.

Al llegar a la orilla, empleó sus últimos esfuerzos en empujar la barca, y la contempló mientras se perdía en el mar. Era el último peregrino que alcanzaría la Torre Blanca. El último sacerdote que pisaría aquella arena fina o vislumbraría el resplandor del Orbe del Sol en mucho, mucho tiempo.

Se había equivocado respecto a la memoria de los quel'dorei. Siempre había pensado que era difícil olvidar para los de su raza, pero le habían demostrado lo contrario. La primavera perpetua y la placidez del Reino había anestesiado a sus iguales, y poco a poco, todos olvidaron la Torre Blanca, al Custodio del Orbe. Días después de que Velantias empujara su embarcación y se marchara, dejando a su hija furiosa y desesperada, declarando que él era el escolta de Allure Lucero de Estío, los monjes de la Isla regresaron. También volvieron los ancianos, todos menos uno.

No se hizo ningún comunicado y no se volvió a pronunciar el Custodio en asuntos arcanos, ni en asuntos terrenales, ni espirituales. Dejaron de llegar flores de la Torre en el solsticio, y aquellos que todavía escribían cartas o buscaban la bendición del Orbe, dejaron de hacerlo poco a poco. La Fuente del Sol estaba más próxima, había sacerdotes en Lunargenta que podían hacer las mismas cosas... y pocos querían abandonar la comodidad de su primavera y su ciudad mágica sólo por una bendición o un consejo.

Eremin Albanys abrazó el sacerdocio cuando sorprendió la relación incestuosa de sus dos hijos, abandonando su cargo como Magister y dedicándose a la oración y la vida de un hombre de fe. Se trasladó a la pequeña aldea de Brisaveloz y estudió los pergaminos, rezó por los necesitados, les ayudó en cuanto estuvo a su alcance. Ahora, con cuatrocientos diez años, estaba cansado y viejo, pero quería ver la Torre una vez más.

Él no la había olvidado.

Caminó hacia los peldaños, apoyándose en el bastón. El césped crujía bajo sus pies pesados y el viento le agitaba los cabellos. Sonrió con suavidad al ver las dos figuras que se sentaban junto a la escalera, en un porche improvisado. Sus siluetas aún eran lejanas, pero sólo al atisbarlas, una oleada cálida le inundó el corazón.

Siempre había apreciado a su yerno. Y el joven Custodio había estado en sus pensamientos durante todos aquellos años. Ambos habían estado en ellos, a decir verdad.

Les contempló en la distancia, sentados en dos taburetes labrados, blancos como el marfil, uno frente al otro. Sobre la mesa, de la misma factura, había un cuenco de frutas y un tablero de damas. Velantias llevaba puesta la armadura dorada, el escudo reposaba a un lado, apoyado en la pata de la mesa, y masticaba una manzana mientras observaba el tablero con expresión confusa. No había una sola cana en sus cabellos negros, recogidos hacia atrás. Seguía llevando la barba recortada, bien cuidada, y sus rasgos parecían haberse vuelto inmunes a la vejez. Ese rostro de bandido seductor que había hecho suspirar a las amigas de su hija y a las esposas de sus compañeros se mostraba relajado y tranquilo mientras estudiaba el movimiento de las piezas.

La risa clara de Allure resonaba sobre la brisa. El Custodio estaba sentado con elegancia en su lugar, con la toga blanca inmaculada agitándose a cada golpe de viento. Llevaba el pelo suelto, que enmarcaba su semblante entre las delicadas ondas de oro claro, y tenía un suave rubor en las mejillas. Los ojos celestes chispeaban, divertidos, mientras señalaba el tablero con un dedo largo y expresión de sabelotodo.

Velantias fue el primero en verle. Aunque su primera reacción fue levantarse y llevarse la mano al cinto, pareció reconocerle y la retiró. Eremin se acercó, con un pálpito nervioso y emotivo en su viejo corazón.

- Belore os tenga en su amparo, Custodio y Guardián del Custodio - saludó, inclinándose cuanto pudo.
- Bienvenido a nuestros dominios, Lord Albanys - dijo Allure, poniéndose en pie para bendecirle, con una sonrisa franca. - Ha pasado mucho tiempo.

Velantias se limitó a inclinarse, con un viso de tristeza en su mirada.

- Si... largos años. Me alegro mucho de veros.

La vejez le daba derecho a expresar sus sentimientos con naturalidad. Recibió dos sonrisas a cambio, una discreta y serena, la otra espontánea y brillante.

- Estábamos jugando a las damas. Pero él pierde.
- Eso me temo, milord - carraspeó Velantias.
- Vaya, vaya... nunca fue muy bueno con las damas - admitió Albanys, con una risilla pícara. Velantias frunció el ceño, quizá captando segundas intenciones y algo indignado, pues se irguió, orgulloso - pero no quisiera interrumpiros... sólo quería veros... y ver el Orbe, una última vez.

Allure se acercó y le tomó por el brazo. Una gaviota graznó en el firmamento, descendiendo en picado hacia el mar para atrapar a algún pez despistado.

- Sois bienvenido, tanto tiempo como gustéis - replicó el Custodio, ayudándole a llegar hasta otro taburete. Le puso unos cojines y le sirvió agua en una copa de cristal. - Debéis estar cansado del viaje.
- Bastante... del viaje y de todo, la verdad.

Eremin les miró alternativamente. Sus ojos ya no eran lo que solían ser, pero le pareció percibir un suave resplandor dorado en torno a ellos, como una suerte de aura cantarina y plácida.

- No habéis cambiado nada... - murmuró.
- Aquí nada cambia, milord - dijo Velantias, compartiendo una mirada cómplice con el custodio.

Allure asintió, le brillaron los ojos.

- Nada. Pero todo lo hace.

El viejo elfo asintió, con una risa suave, y se bebió el agua que le habían servido. Era un buen lugar para pasar sus últimos días, y una grata compañía. Su corazón rejuveneció al observarles, y una gota de lluvia le cayó sobre la nariz.

- El otoño nos saluda - apuntó.
- Vamos, será mejor terminar la partida dentro.

Allure ayudó a incorporarse al anciano y los tres elfos se internaron en la Torre Blanca, que se alzaba hacia el firmamento como el tallo de una rosa siempre esperando a abrirse, siempre tierna, inmutable al paso del tiempo, al frío, a la nieve, al huracán y a la tormenta. Como un dedo blanco y delicado que señalase al cielo, indicando a los vivos que hay razones y motivos por los que el alma puede elevarse y rozar la divinidad.

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Allí, donde nada cambia pero todo lo hace, el Custodio del Orbe permanece a lo largo de las eras, imbuído con la gracia del Orbe del Sol y guardándolo de aquellos que pueden destruirlo, poniéndolo al servicio de los pocos que, en contadas ocasiones, encuentran el camino hacia su isla y requieren de su poder o su bendición. Y cuando se cansa o se entristece, cuando hay algún peligro que llega desde dentro de sí mismo o desde más allá, cuando la soledad se hace pesada y su voluntad flaquea, allí está su escolta, el Guardián del Custodio, siempre a su lado y dispuesto a aconsejarle y arrastrarle, a enseñarle que la vida es hermosa y merece la pena ser vivida.


Incluso cuando es eterna.




/////////// FIN ////////////

 ((N. de A. : http://www.youtube.com/watch?v=19rC-Fl-KwM

joajoajoajoa))

El Escolta (XXX)

Subió las escaleras de seis en seis, en la torre vacía. Afuera, escuchaba el sonido del orden que se desmorona en las voces de los monjes, y por encima de ellas, la voz de Iorun, y por encima de ella, por encima de todo, el zumbido constante, el enjambre en los oídos, la tensión violenta.

Al irrumpir en la habitación de la lágrima, ni siquiera se preguntó por qué el Orbe no brillaba o qué demonios hacía Shorin en pie, si estaba muerto. El olor de la sangre le provocó una náusea de angustia. "Que no sea tarde", pensó una sola vez. Y después, la ira lo barrió todo.

Se arrojó sobre la criatura, que llevaba la espada ensangrentada en la mano, y golpeó con su acero, gritando el nombre del Custodio. Los restos del Jinete del Sol se tambalearon, pero no llegó a caer. Le había atacado al cuello, y el metal había hecho el mismo ruido que si lo hubiera estrellado contra una piedra, sin causarle ni un rasguño, ni una mella.

- ¡¡DEBERÍAS ESTAR MUERTO, DEMONIO!! - exclamó.

El rostro demacrado de Shorin se quebró en una siniestra sonrisa de dientes afilados, puntiagudos. Un cloqueo áspero, como una risa, surgió de su garganta cercenada. Vio un atisbo de toga blanca sobre un charco de sangre y creyó enloquecer, el corazón empezó a golpearle con violencia en el pecho. Se defendió de su golpe y se movieron por la estancia, el Jinete con torpeza y duro como la piedra, imposible de derribar, Velantias con rapidez, buscando los huecos, tratando de herirle sin obtener más resultado que el cansancio y la frustración cada vez que alcanzaba su carne que parecía hierro.

"¿Qué hechicería es esta?"

Velantias nunca se había enfrentado al Jinete del Sol en persona. Y sabía que lo que tenía delante había dejado de ser él, hace mucho tiempo. Vio los grilletes brillando en sus muñecas con un resplandor purpúreo, frío y desconocido. Vio la hoja del Jinete descender hacia él y la detuvo con el escudo, lanzando otro golpe más, reculando para evitar que el impacto le desestabilizara.

"No voy a fallar más, no voy a fallarte, estoy aquí, aguanta Allure"

El cuerpo yaciente del Custodio aún temblaba, agitando los dedos en dirección al Orbe, que había rodado cerca de él cuando Velantias abrió la puerta. Shorin levantó su mandoble con ambas manos, y Velantias retiró el escudo, descubriéndose por completo. Y el Jinete golpeó.

La espada oxidada cayó sobre el suelo con estruendo, haciendo saltar esquirlas de las baldosas de mármol. Velantias, que se había apartado rápido como el rayo, atacó, golpeando los grilletes violáceos en las muñecas del cadáver alzado, reuniendo todas sus fuerzas y rezando para sus adentros.

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Abajo, en la playa, Iorun escuchó gritar a Coreldin y desplomarse en el suelo, con los ojos en blanco. Los monjes, apretados unos contra otros en círculo, aguantaron la respiración. El anciano golpeó al Honorable en la sien con el bastón, un par de toques, y suspiró.

- Levantadle y llevadle adentro - dijo a los monjes. El Guardián nos dirá qué hacer con él. - Después se volvió hacia Shulkar, que parecía realmente sorprendido con lo que estaba sucediendo - ¿Sabías algo de esto?
- ¿De qué? Ni siquiera entiendo nada ahora.

Iorun asintió, volviendo el rostro ciego hacia la torre.

- Todo se arreglará.

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Cuando el cuerpo sin vida de Shorin Jinete del Sol se desplomó sobre las baldosas, una humareda púrpura brotó de su cuerpo, que yacía inmóvil, cuarteándose en cenizas y deshaciéndose como si fuera un montón de polvo. Los grilletes habían estallado con el impacto del acero del escolta, y la espada cayó al suelo cuando, sin detenerse a contemplar el macabro espectáculo de descomposición, Velantias se arrodilló junto al cuerpo de Allure.

- Estoy aquí - le apartó los cabellos, poniéndole una mano sobre la herida que le atravesaba el vientre - estoy aquí, todo se arreglará. Aguanta. No te duermas.

Desde la puerta abierta, la claridad entraba a raudales en la sala, tiñéndola de gris. El rostro del Custodio siempre había sido blanco, pálidos hasta sus labios, pero ahora además estaba frío. Le apartó las trenzas hacia un lado, rozándole la mejilla con los dedos. Estaba salpicado de su propia sangre. Empapaba la toga, tiñéndola de rojo, se deslizaba lentamente sobre el suelo, y la mano de Velantias no conseguía evitar que siguiera brotando.

- Has vuelto...

Los ojos del chico se fijaron en los suyos. De nuevo, parecía un niño asustado y grave, como aquella mañana de su investidura... solo que aquel día, las flores rojas que le engalanaban eran las que se escapaban de sus venas, junto con su vida. "Esto no puede estar pasando. Esto no puede suceder". Velantias le abrazó con fuerza, le besó en los labios, le agarró la mano.

- Nunca me voy... ni siquiera cuando lo hago - la voz le salía ahogada, estaba aterrado, temblando por dentro - No te dejaré nunca más. Nunca más.
- Has vuelto...

La sonrisa del muchacho despertó, débil y cansada. Suspiró profundamente, y los párpados cayeron, las pestañas rubias se cerraron, velándole la visión de sus ojos azules como el firmamento claro. Velantias palideció y le zarandeó con suavidad.

- Allure... Allure... no te duermas.

El chico no se movió. No volvió a respirar. No dijo nada más, ni le apretó la mano.

- No te duermas. Despierta.

"No puede ser. Esto no puede pasar." Le palmeó el rostro con suavidad.

- ¡¡¡Allure, no te duermas!!!

Entre las lágrimas, le agitó, le tiró del pelo, le abrazó, apretándole contra sí. Quería que le abrazara también, pero no lo hizo. Quería que abriera los ojos y le dijera que estaba bromeando, poder enfadarse con él por asustarle así. Levantó su mano inerte y se la llevó a la mejilla, pero al soltarla, los dedos de Allure se descolgaron hacia el suelo, fláccidos y sin vida.

Nada le había dolido tanto, nunca. Fue como un soplo fatal de frío cortante que se escurrió en su interior, donde todo empezaba a agrietarse y a convertirse en cenizas. El suelo había dejado de ser sólido y el mundo perdió todo sentido. Le estrechó, sollozando con los dientes apretados y los ojos cerrados con fuerza, incapaz ya de disimular nada, de contener nada, de reprimir nada. Le estrechó y le acarició el cabello con los dedos manchados de su sangre, el paladar inundado con ese olor metálico y dulzón.

- No, por favor... esto no... por favor, no te vayas...

Velantias nunca había suplicado. Ahora lo estaba haciendo. No sabía a quién ni a qué, pero lo hacía, encomendándose a las fuerzas que no estaban a su alcance y nunca lo habían estado. "Por favor, no, por favor, por favor, no me lo quitéis, no puede ser tarde, no puede ser demasiado tarde".

Algo rodó por el suelo y chocó contra su pierna, deslizándose a través de la sangre aún caliente de Allure. Un tintineo lejano, casi musical, sonó en la habitación, muy leve, casi inaudible. Con la mirada vacía, Velantias estiró los dedos para recoger el orbe y lo sostuvo frente a sí, entre la cabellera de oro pálido de aquél a quien amaba, temblando como un chiquillo. Era una bola de vidrio sin más. No había nada especial en ella. Ni un ápice de luz, sólo un maldito globo transparente.

Pero en aquel momento, Velantias estaba dispuesto a cualquier cosa, incluso a depositar su fe en un trozo de cristal.

- Devuélvelo... tráele de vuelta...no dejes que se vaya - dijo, sin fuerzas para sentirse estúpido ni ánimos para sonar más convencido. - No soy más que un elfo con una espada... yo no soy Allure, y no tengo a Belore conmigo. Ni siquiera sé rezar. Pero te daré cualquier cosa, mi vida, mi alma, lo que sea, si puedes traerle de nuevo. Es lo único que he amado nunca, es lo que más me importa. Si él está en este mundo, entonces merece la pena cualquier cosa... por favor, haz que despierte.

El orbe estaba frío. Podía ver el reflejo de su propia mirada en él. Era sólo una maldita pelota, siempre había sido solo eso, en realidad era Allure quien...

Velantias parpadeó.

"Tendrás que protegerle de sí mismo"

Dejó al chico en el suelo y corrió hacia la puerta, escurriéndose en la sangre, anclándola desde dentro. El lugar se llenó de oscuridad. Tenía el Orbe en las manos y sabía lo que tenía que hacer.

- ¡Allure! - gritó, como si pudiera oírle - Yo no soy tú, pero si te marchas, tendré que serlo, aunque sea para traerte de vuelta.

Sostuvo el Orbe entre los dedos y empezó a rezar, llamándole en su mente y en su corazón, con la rabia de la desesperación y la insistencia de la que siempre había estado orgulloso.

- Tú eres el Orbe del Sol, su luz era la tuya, la mía, la de todos. ¿Por qué has dejado de creer? Es culpa mía, por haberme marchado otra vez, es culpa de Shorin por no estar muerto, por haberte aterrorizado, pero ya no tienes que tener miedo. ¿Me oyes? Ya no tienes que tener miedo. Vuelve. Vuelve. Sé que vas a regresar, tienes que hacerlo, lo harás aunque tenga que traerte a rastras.

Jamás había estado tan seguro de nada. Una suave luz se encendió dentro de la esfera cristalina y volvió a escucharse un tintineo.

"Vuelve, vuelve... no te rindas, no te marches. Vuelve."

Y la pregunta apareció en su mente, en su cabeza, resonó en su alma, su corazón y sus oídos.

"¿Qué estás dispuesto a entregar?"

- Todo - respondió en voz alta, sin vacilación alguna.

La Luz del Orbe se volvió más intensa, bailó, destelló y se convirtió en un resplandor dorado, fulgurante. Velantias apretó los labios y suspiró, recordando cada instante, invocando la sonrisa del joven sacerdote, su mirada clara, la modulación exacta de su voz, el tacto de su piel, la manera en la que enlazaba los dedos sobre el regazo cuando se sentaba, dejando los meñiques libres y flexionados y las palmas vueltas hacia abajo, cada una de sus palabras y sus gestos.

El cristal vibraba entre sus dedos manchados de sangre, y la energía refulgía en la habitación, arrancando destellos cambiantes a los relieves de las paredes, al cuerpo inerme del Custodio.

"Vuelve"

Velantias apretó el Orbe con fuerza y lo encaró hacia el cadáver de Allure. La Luz besó los restos del Jinete del Sol, las volutas de humo púrpura que aún se enredaban sobre ellos, y desaparecieron en un haz dorado y cálido. La sala se llenó con campanas graves y profundas y cascabeles delicados, un estruendo sinfónico que cantaba sobre un amor verdadero, sus alegrías y sus pesares, sobre la comunión de las almas y la necesidad de aquel otro que completaba y daba sentido a su existencia, que se había hecho imprescindible, estuviera cerca o lejos.

"Vuelve"

El Escolta entrecerró los párpados, el suelo temblaba bajo sus pies. Y un destello intenso le cegó, dejándole sin aire y deteniéndole el corazón en el pecho, cuando la sinfonía pareció intensificarse en un crescendo glorioso que desató una oleada cálida y efervescente.

Velantias salió despedido hacia atrás y se golpeó contra la pared. Intentó recuperar el aire, con los ojos cerrados y la conciencia anegada de estímulos. Se sentía como si hubiera engullido la primavera.

"Vuelve", acertó a invocar una última vez. Y después, se desmayó.

El Escolta (XXIX)

- Marchaos. Dejadme solo.

El Venerable Ioren fue el primero en salir. Shulkar y Coreldin necesitaron de una mirada cruel por parte del joven sacerdote para abandonar la sala finalmente. Cuando cerraron la puerta, Allure deslizó las manos sobre el Orbe y lo levantó de su reposo etéreo, dejándolo flotar sobre sus dedos y acercándose a un rincón, con la esfera girando a pocos centímetros de las manos. Se dejó caer, con la espalda contra la pared y un gesto de dolor.

"Ya deben haber embarcado", se dijo, rozando la calidez con las yemas. "O estarán a punto".

Había pasado una hora larga, meditando junto a los sacerdotes hasta que no pudo soportar más su presencia. Ahora que ya no estaban, se permitió un largo suspiro y dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas, estremeciéndose con un sollozo.

- Se va... - le dijo a la reliquia. - Ya no hay más que esperar, ya sólo recordar. ¿Qué será de mí? A partir de ahora, sólo te tengo a tí.

Allure abrazó la esfera, en el rincón de la lágrima de piedra, mientras las suyas se deslizaban por su rostro. El brillo del Orbe se volvió pálido, triste, velado. Por mucho que se aferrase a él, el calor que desprendía no conseguía confortarle ni aliviarle. Había tenido sus brazos otra vez, sus besos ardientes y su voz en los oídos. ¿Qué podía consolarle ahora que los había perdido para siempre?

"Te amo, y siempre te amaré", le había dicho Velantias, entre los jadeos entrecortados, el sudor y el llanto incontenible de Allure. "Hasta el fin de mis días y después de mi muerte, sólo a ti".

- Te amo, y siempre te amaré - repitió él, rebelándose contra el nudo en su garganta. Entonces no le había contestado - Hasta el...

Se sorbió la nariz al escuchar los pasos y la puerta, abriéndose. Se puso en pie rápidamente, intentando recomponerse y mirando la figura en la entrada. Por un instante, le dio un brinco el corazón. Le pareció ver la armadura dorada y los ojos profundos. "He vuelto", diría él, "Y nunca más me iré. Tendremos primavera". Pero no. Era sólo su imaginación.

Se pasó la mano por la cara, limpiándose los restos de lágrimas para distinguir los rasgos de aquel desconocido y conteniendo todas las demás con un dique impuesto a fuerza de voluntad desesperada. Tenía el orbe debajo del brazo, cuando el intruso se acercó a él con pasos extraños, tambaleantes.

- ¿Qué haces aquí? - murmuró - Vete. No deberías...

Le reconoció, aunque le costó. Al hacerlo, una lengua de pánico frío y aterrador le lamió la espalda. Se quedó fijo en el suelo, con la boca abierta y el aliento detenido en los pulmones. Todos sus terrores volvieron a él, estallaron como un volcán en erupción y le asaltaron desde todos los frentes. Se echó a temblar y los oídos le zumbaron, con la alarma instintiva que gritaba desde todas direcciones, mareándole, crispándole, haciéndole enloquecer.

La armadura no brillaba y la espada estaba oxidada, colgando de una de sus manos crispadas. Llevaba unos extraños grilletes en las muñecas, y su cabello, antes rubio y suave, era blanco y quebradizo. Le arrastraba casi hasta los tobillos. El tenue resplandor del Orbe del Sol envolvía su silueta y sus facciones en una luminosidad fantasmagórica. Los ojos ictéricos le observaban con frialdad, su piel estaba cuarteada, y en el cuello tenía una línea oscura, negruzca, una incisión larga que vibró y se entreabrió cuando Shorin Jinete del Sol intentó hablar.

- Miiiggghhh... miiii...oooooggghhh... - gorgoteó un gruñido
- Estás muerto - dijo Allure, pegándose a la pared. - Estás muerto. No estás aquí. No es verdad. No es verdad. Yo te maté. No estás aquí. ¡Estás muerto!

Se tapó el rostro con una mano y abrazó el Orbe. No podía llegar a la puerta. No tenía armas. No tenía nada. Abrazó el Orbe, apretándolo en su pecho, temblando, rezando desesperadamente.

Shorin alargó una mano con un gemido quebrado y extraño, se impulsó hacia adelante para atraparle. Allure corrió, tratando de escapar, la mirada fija en la puerta. Los dedos férreos le agarraron de las trenzas y gritó.

"Velantias, Velantias, ven, ven, ven, ven", no podía pensar en otra cosa. "Belore, ayúdame, Belore, protégeme, Velantias, ven, ven, ven"

- ¡No!

Shorin le arrojó al suelo de los cabellos. El impacto le dejó sin aire, cayó de espaldas y el Orbe rodó entre sus manos, yendo a detenerse delante de la puerta. Fijó sus ojos desesperados en la esfera. Trató de alargar una mano para atraerla, pero la bota de Shorin, mugrienta y mohosa, se estrelló contra su mano. Escuchó el crujido de los huesos y el dolor terrible casi le hizo desvanecerse. ¿Había gritado? Creía que sí.

"¿Es que nadie va a venir? ¿Nadie me va a ayudar? Por favor... por favor..."

- ¡¡¡VELANTIAS!!!

La espada oxidada se levantó.

- Miiiiiiooooooooogggggghhh.

El Orbe del Sol parpadeó y se apagó, repentinamente. La oscuridad se hizo con la sala de la lágrima, y una más se escurrió por el rostro del Custodio. Las imágenes pasaron ante sus ojos como un torbellino.

Una mañana clara y sus ropas engalanadas. Un caballero lejos, brillando bajo el sol. El día de su nombramiento, cuando se sentía tan pequeño y tan asustado, y se desmayó como un idiota. Los brazos poderosos que le sostenían. Un beso en el balcón. Los malentendidos, la incomprensión... el mar y sus brazos otra vez, rescatándole de las olas. Una talla... un pájaro... "no debo hacerlo tan mal si puedes adivinar lo que es". La risa suave y tranquila. Las noches largas y perezosas, escuchando su corazón.

- ...hasta el fin de mis días y después de mi muerte - susurró, cerrando los ojos, encogiéndose, apretando los dientes.

"Solo a tí, Velantias, mi escolta. Solo a tí."

El frío gélido, cortante, terrible, le atravesó el vientre, haciéndole contraerse. Nada le había dolido tanto, jamás. El grito le rompió la garganta y fijó la mirada en la puerta, hasta que dejó de ver.

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La playa estaba hermosa al mediodía. Velantias empujaba la barca desde la orilla, llevándola hacia el mar. A unos pasos, los tres sacerdotes y todos los monjes les despedían, haciendo sonar diminutos crótalos y suaves campanillas de plata.

- Es una pena que se acabe ya - murmuró Selayne, apoyando la cabeza en el hombro de su padre - me gustaba mucho esta torre.

- Es un lugar maravilloso, es verdad - replicó Eremin, sonriendo con suavidad. - Espero que podamos regresar algún día.

- ¿Por qué no habrá bajado el Honorable Allure a despedirnos? - se lamentó Selayne, agitando la mano hacia la comitiva - Me hubiera gustado tanto verle otra vez...

El agua le llegaba a la cintura. Velantias sostuvo la barca, había corriente, y debía subir al bote antes de que ésta lo arrastrara más hacia la lejanía.

- No podía - dijo su suegro. - Uno de los monjes me dijo que tenía una reunión con su escolta.

Velantias frunció el ceño. Un latido violento le golpeó en las sienes y miró a su suegro, parpadeando.

- ¿Cómo?
- ¿Qué te sucede, esposo? - dijo Sylene, tendiéndole la mano - Vamos, sube de una vez. Con la armadura no vas a poder, y tienes que remar.

Velantias miró los remos. Contempló a su esposa y a su suegro, tragando saliva. Había sido entrenado para esto. Educado y preparado para saber cuándo algo iba mal, y aunque hubiera dejado de practicarlo hacía algunos años, el pútrido olor del peligro y la traición volvían a llegar hasta él con más virulencia que nunca. Apretó los dientes y miró hacia atrás.

- Es imposible. El Custodio está en problemas.
- ¿Qué?
- Sube, maldita sea - casi gritó Sylene - ¡Tenemos que irnos! La corriente arrecia.
- No tiene ninguna reunión, algo va mal.
- ¡¡SUBE!!
- ¿Cómo lo sabes? ¿Y por qué? - Eremin le miraba, genuinamente preocupado.

Con un resuello y agitando la cabellera oscura, Velantias agarró el borde de popa y tomó impulso. Los ojos le destellaron como hojas afiladas.

- Porque YO soy su escolta.

Empujó la barca y no se entretuvo a mirar la expresión perpleja de su suegro y su mujer. Escuchó el grito de ella a lo lejos, iracundo y despechado, pero lo ignoró. Vibraba en su alma, alertándole. Corrió, con la mano en la empuñadura, una tormenta de furia y ansiedad enredándose en su corazón. Desenvainó en la orilla y los monjes se apartaron, aterrados.

- ¡Detenedle! - gritó Coreldin, crispando el rostro en una mueca de odio.

"Al que se ponga en mi camino lo mato", pensó. Iba a decirlo, pero otra voz se le adelantó, poderosa y vibrante.

- ¡NO lo hagáis! El Guardián Velantias Auranath está al mando ahora, acólitos.

El Venerable Ioren empuñaba su bastón, se había vuelto hacia Coreldin y Shulkar, y parecía ser más alto que antes. Velantias dudó un momento, mirándole a él y a los otros dos. El ciego giró el rostro un instante para asentirle.

- Corre.

No necesitó que se lo dijeran otra vez. Corrió, con la espada en la mano, el escudo a la espalda y la premura de aquellos que saben cual es su lugar y no quieren llegar tarde a él.

El Escolta (XXVIII)

"Es como un sol pequeño y cálido", pensó Velantias. Allí estaba el Orbe, brillando suavemente con su dorado resplandor, en el centro de la habitación con forma de lágrima. Antaño, se había entretenido mirando los grabados de la pared, sus ojos quedaban capturados por la hermosa reliquia, que le encogía el corazón. Ahora, mientras el Custodio y sus sacerdotes hablaban con Albanys, él mantenía la mirada en la esfera como si no existiese otra cosa. No se atrevía a mirar a Allure. Si lo hacía, tenía la impresión de que su corazón saltaría por los aires, roto en pedazos. Todos le verían sangrar, todos sabrían lo que había pasado hacía años, lo que había pasado la noche anterior.

- Quel'thalas es un reino mágico, Señor - decía Albanys - El Orbe es sagrado, sí, pero la Fuente también lo es. Las piedras rúnicas protegen nuestras tierras, pero imbuyéndolas con los hechizos adecuados...
- Queréis una primavera eterna - interrumpió el Custodio - ya lo sabemos, y no lo aprobamos. Pero nadie tiene poder para impediros eso, ni a vos ni a ningún otro magíster. Sólo somos sacerdotes.

Lord Albanys y Allure se habían caído en gracia, pero a medida que la conversación transcurría, Velantias se daba cuenta de que el Custodio no iba a ceder sólo porque Albanys le resultara simpático. Y no, Velantias no acertaba a comprender qué estaba haciendo él allí, escuchando las palabras de los sabios.

- No se trata de eso, Honorable Custodio. Queremos que entendáis que ese progreso arcano os beneficiará también a vos. ¿No se fortalece el Orbe con la luz del Sagrado Belore? ¿No es en invierno cuando más decae su poder?
- Sois arcanista, no sacerdote - repuso Allure. Estaba a la derecha de la reliquia, en pie. Los demás sacerdotes, detrás suya, no habían abierto la boca. El ciego parecía una estatua. - El poder del Orbe no es algo de lo que deberíais hablar, si me lo permitís, al igual que yo no hablo sobre el poder de la piedra Falithas.

Las palabras del Custodio sonaron severas y seguras, casi a reprimenda. Albanys suspiró y asintió con la cabeza.

- Disculpadme - dijo. - En cualquier caso, vuestra oposición clara y el comunicado que hicísteis han creado desconfianza entre las capas sociales.
- Entiendo que mi oposición clara resultaría indiferente a los magísteres si además, fuera silenciosa - arguyó el Custodio, volviéndose hacia la reliquia. - Yo dije lo que tenía que decir y no me retractaré. Es lo que pienso. Pero no soy partidario de repetirme, así que haced lo que gustéis.
- Pero Honorable... - el arcanista dio un paso adelante, conciliador - Quisiera comprender vuestra opinión y discutir sobre ella. No entiendo qué veis de malo en el reinado de una eterna primavera, donde los bosques puedan crecer, siempre exultantes, la belleza y la juventud nunca se marchiten. ¿Qué error hay en eso?

Allure se volvió lentamente hacia el magíster. Velantias no pudo evitar mirarle, porque sentía sus ojos sobre sí. Fue apenas un momento, una mirada triste y breve que después derramó sobre los demás, convirtiéndola en un gesto global. Pero Velantias sabía que era para él, y lo confirmó al escuchar sus palabras.

- Las expectativas, Lord Albanys - dijo el Custodio, bajando la voz. - Dad a nuestro pueblo una eterna primavera, y olvidarán los ciclos, olvidarán algo esencial en la vida. En la seguridad de nuestro Reino, con las bendiciones constantes de una primavera suave, rodeados de belleza... ¿Cómo van a estar preparados los quel'dorei para cuando les asalten las contrariedades? Dejarán de entender que siempre las hay. Que no todo puede controlarse con la magia, como el clima. Y que no podemos defendernos de todo con piedras rúnicas.

Velantias tragó saliva. Ninguna primavera era eterna, él lo sabía. Su alma se había convertido en un invierno constante. Aún no tenía fuerzas para sumergirse en el recuerdo de la noche anterior, aún no era capaz de pensar en ello con coherencia, pero lo llevaba pegado a la piel, a las entrañas y a la sangre. Había sido hermoso y cálido, como antaño... pero también triste, amargo. Como todas las despedidas. "Anoche tuve un otoño fugaz, pero no volveré a probar primaveras ni veranos", supo con certeza.

El magíster asintió a las palabras de Allure, y su gesto se tornó melancólico.

- Honorable, creo que os entiendo. Y sé lo que queréis decir. Pero nuestra raza ha tenido años... siglos de inviernos insalvables. La contrariedad ya ha dejado una huella muy profunda en nuestra sangre, y dudo que nadie pueda olvidar eso. Creo que los quel'dorei nos merecemos al menos este descanso.

Allure levantó la barbilla. Su porte no dejaba de ser digno, aun con aquella expresión dolida y anciana en un rostro tan joven.

- No voy a retirar mis palabras ni desdecir el comunicado, milord. Pero tampoco insistiré sobre ello. Sólo os pido que, de realizarse, mi torre permanezca fuera del área del hechizo.

"Mi torre". Velantias tuvo que reprimir una sonrisa. Los viejos no habían osado decir una palabra, aunque Coreldin estaba mirando a Allure de una manera que no le gustó en absoluto. Un cosquilleo amargo se le enredó en el estómago, una vaga sensación de alarma. ¿A que venía esa mirada venenosa? La suya se endureció, fija en los ojos del Anciano, que al captarla, parpadeó y volvió la cabeza hacia otro lado.

- Será como deseéis, Honorable Custodio - dijo el magíster.
- No... nunca lo es - Allure sonrió brevemente, sólo con los labios. - Tengo que meditar, buen señor. Podéis quedaros cuanto queráis en estos dominios.

El magíster negó con la cabeza, devolviéndole una sonrisa cálida.

- Partiremos al mediodía, si no os resulta precipitado - dijo amablemente. Velantias conocía a su suegro, y era un hombre sabio y habilidoso. Su semblante, plácido y casi tierno, le desvelaba que, pese a que la entrevista no le había satisfecho, no había ofensa en él. - Os garantizo que vuestra torre seguirá conociendo los ciclos, y os agradezco enormemente vuestro tiempo y hospitalidad.

- Y yo vuestra compañía.

Allure destrozó el protocolo en unos cuantos pasos, acercándose al magíster y colocando una mano en su frente para murmurar una bendición. Velantias le había visto hacerlo alguna vez, pero siempre desde unos pasos atrás, guardando su espalda. Su corazón se encogió al ver cómo se iluminaba la mirada del Custodio y su expresión se tornaba cálida y familiar al tocar a Lord Albanys.

- Que vuestros días sean largos y prósperos, señor. Que las bendiciones del Sol os den fuerza y templanza y os iluminen en los días oscuros, que hagan plácido vuestro descanso y fructífero vuestro esfuerzo. Os deseo de corazón todo lo mejor.

Lord Albanys entrecerró los ojos e inclinó la cabeza, dejando escapar un suave suspiro. Al alzar de nuevo la vista, su rostro parecía haber rejuvenecido de alguna manera.

- Yo también os lo deseo, Honorable Custodio. En verdad, Belore está con vos.

Al salir de la cúpula, la puerta se cerró a su espalda. Velantias notaba el frío en sus entrañas y una sensación de mareo y angustia que parecía haber debilitado todos sus músculos. Se había quedado unos minutos, en silencio, mirando a Allure, hasta que comprendió que el muchacho no diría nada y no se daría la vuelta para dirigirle una última palabra o regalarle sus ojos una vez más. Al salir, se reunió con los demás en la puerta. Los tres sacerdotes y Eremin habían salido los primeros, y le estaban esperando. Los Honorables les escoltaron a cierta distancia hacia el refectorio.

Caminaba en silencio detrás de su suegro, cabizbajo y luchando contra las emociones despiertas y heridas. "Herida sobre herida", se dijo. "No aprendo, nunca aprenderé... no puedo volver aquí, nunca más. No volveré nunca, duele demasiado".

Selayne corrió a su encuentro en el blanco pasillo. Llevaba flores en el cabello y una sonrisa brillante en el rostro.

- ¡Velantias! ¡Padre! ¿Qué tal ha ido?

Recibió el beso de su esposa como un aguijón de veneno, reacio y pálido. Temeroso de que borrara de sus labios el recuerdo de los besos de Allure, de su piel y su sudor. Eremin Albanys sonrió con suavidad a su hija.

- Regresaremos en unas horas. El Custodio es un hijo de Belore.
- ¿Le habéis convencido? - replicó ella, cogiéndose del brazo de su esposo.
- No. Pero no hace falta.

martes, 19 de octubre de 2010

Invocación

Arriba, el cielo parecía el mar. Mas allá de la claraboya de cristal, el firmamento se mostraba sin pudor, pintado de púrpura oscuro y nubes densas que iban y venían, abriendo y cerrando el telón a las estrellas insistentes. Su luz lechosa iluminaba la habitación a intervalos; se engastaba en los velos del dosel recogido que adornaba la cama. El edredón de plumas yacía, enredado, en el suelo. Sobre las sábanas, la escultura palpitante se dibujaba con meridiana claridad en la penumbra de la estancia, acariciada por los dedos del resplandor estelar cada vez que los cúmulos del cielo se retiraban para desvelarlo.

Sentado en el colchón, recostado contra el cabecero labrado, el paladín inclinaba la cabeza sobre el hombro del muchacho. La cabellera roja ocultaba sus facciones. El chico, con el rostro ladeado hacia él, aplastaba la mejilla contra su pelo, la espalda contra su pecho, dejando vencer su liviano peso sobre el cuerpo caliente tras de sí, cual si fuera éste el trono en el que reinaba. Tenía las rodillas abiertas sobre el colchón, los talones clavados en los muslos de acero del pelirrojo, los labios rozando su melena enmarañada, sentado sobre su cuerpo que le servía de respaldo, de ancla y de prisión. El torso blanco de líneas delicadas subía y bajaba, a merced de su respiración y del sutil movimiento con el que se entregaba a su amante. Los brazos bruñidos, poderosos, le envolvían como nudosas ramas. Uno le rodeaba la cintura, el otro cruzaba su pecho y cerraba los dedos de la mano en su hombro. Los cabellos negros serpenteaban sobre su silueta nacarada y se derramaban en las formas rudas del paladín, se deslizaban sobre la piel perlada de sudor cuando se arqueaba con lentitud. El blanco irisado de una perla atrapada en un engarce de bronce, dos estatuas que conformaban una sola y que latía y se cimbreaba con suavidad.

Los jadeos entrecortados apenas rompían el silencio, y el susurro de las sábanas le acariciaba los oídos. En la penumbra, los ojos azules, casi fosfóricos, destellaban a través de las pestañas entreabiertas. Las runas dibujadas en la piel del arcanista se iluminaban con un reflejo cuando la luna los rozaba. No era consciente de nada de esto, sólo del calor que parecía consumirle por dentro y por fuera, del conocido mareo que le provocaban sus sensaciones disparadas mientras saboreaba cada caricia, cada contacto. El cosquilleo de la melena enredada sobre sus hombros, el aliento candente de su boca, el roce de la lengua, los labios en su cuello, las enormes manos en su cuerpo y la presión íntima y vibrante en sus entrañas, deslizándose cada vez que se arqueaba, hundiéndose en él cuando iba al encuentro de su cuerpo en un vaivén lento y medido.

Los lienzos estaban húmedos. En el ambiente, el aroma de su pasión compartida se hacía dueño del olfato, impregnaba el dosel y hasta las mismas paredes. Olor a flores y caramelos, a limón y magia ácida, olor a sándalo y madera, a sal y a aceites sacramentales. Metal y fresas, piedra y azúcar. Allí, en su reino, no había motivo alguno para refrenar sus anhelos o postergar el abrazo y la caricia. Cada sorbo de ese cáliz saciaba y despertaba más hambre, y aquella noche, a pesar de que ya se había entregado dos veces, Kalervo no era capaz de negarse a sí mismo la tercera. Se emborrachaba de él, se empachaba y siempre quería más. Se bebía su saliva y su semilla, devoraba sus labios y su sexo, le servía de alimento y se alimentaba de él, se embriagaba y quedaba abotargado y agotado al final. Pero en esta ocasión no era capaz de calmar el anhelo insistente de su alma, de su sangre. La sangre, que le hormigueaba en las venas, chispeante.

Se entregaba a él con contención calmada. Se torturaba y le torturaba, degustando todos los matices del encuentro hasta que se le colapsaban los sentidos. Los suspiros se escurrían entre sus labios húmedos de saliva. A su espalda, escuchó al paladín resollar y tensarse. Lazhar le estrechó, anclando los dedos en sus caderas y crispándolos. No opuso resistencia cuando le guió hacia sí con vehemencia, imponiendo un ritmo más intenso a su baile cadencioso. Exhaló un gemido suave, mordiéndose los labios, cuando el movimiento le lamió por dentro como una ola de fuego. Ya conocía aquel camino, el que siempre le llevaba a la explosión certera y el goce delicioso, pero siempre le resultaba igual de excitante que la primera vez. Entre sus brazos, se arqueaba y se ajustaba a su anatomía, acogiéndole en la presa estrecha y temblando, con la piel erizada y bañada de sudor.

- Más... - murmuró en un quejido ahogado, aguantando el aliento mientras se apretaba contra sus caderas en el descenso.

La sangre, hirviéndole en las venas. El estremecimiento contenido y su corazón cabalgando en una alocada carrera, fundido en su calor, danzando con la llama roja que le devoraba sin consumirle, bebiendo de ella, imprimiéndola en sus células. La respiración acelerada de su compañero no llevaba a engaño. Tampoco el destello áureo que restalló en la habitación. Las diminutas luciérnagas se enredaron en el aire y se pegaron a su piel blanca, que las absorbió como una esponja. El chico estaba ya vibrando como una cuerda afinada, sujetándose a sí mismo. No aguantaría mucho más.

- Más...

El cuerpo del paladín se contrajo, endurecido como la roca. Se apuntaló en el cabecero y le sujetó contra su cuerpo, embistiéndole y ondulando las caderas como un felino selvático. El chico mordió el grito y trató de contenerlo, cerrando los ojos. Se sentía caer. Las inmensidades se abrían a sus pies, sobre su cabeza, y el impulso del deseo le proyectaba hacia ellas. Retorciéndose, levantó los brazos para aferrar los cabellos del paladín, flexionándose para completar sus impulsos, cimbreándose como un junco.

- ¡Más!... - las runas encendidas, los jadeos desbocados, y un torbellino desatándose dentro de sí.

El latigazo casi le hizo perder el sentido. Lazhar le aferraba y sus jadeos le restallaban en el cuello, sus gemidos graves, guturales, se derramaban en sus oídos como miel caliente. Se tensó y le invadió por completo, derramándose en sus entrañas como un relámpago en latidos intensos. Las luciérnagas doradas volvieron a enredarse en torno a sí, besándole con sus labios de fuego sagrado. El muchacho tembló, se le erizaron los poros, y apenas se escuchó a sí mismo mientras se deshacía en la marea embriagadora, agitándose, descontrolado. El clímax destelló con un fogonazo blanco ante sus ojos. Gritaba, o eso creía. La sangre le hervía en las venas. El universo daba vueltas, y flotaba en las inmensidades entre los brazos de su señor, girando, girando, girando...

Se apartó el pelo de la cara. Se encogió, apretando los dientes y clavando los dedos en los brazos de Lazhar, reclinándose sobre su cuerpo mientras el orgasmo le sacudía en sus coletazos finales. La sangre le hervía en las venas. Era incapaz de hilvanar pensamientos, y quedó solo el instinto puro, el conocimiento más allá de la razón. La sangre le hervía en las venas. Las runas se habían encendido, brillando esta vez con luz propia, y sus ojos eran dos joyas luminosas. La sangre le hervía en las venas. Las nubes se retiraron y brillaron las estrellas, una luna pálida y huérfana teñida de un pálido resplandor azul. Tenía el vientre y los muslos manchados de gotas cálidas, resplandecientes. No era suficiente, la sangre le hervía en las venas.

- Más....

- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

Aún estaba pugnando por recuperar el aliento. Todavía palpitaba dentro del chico, su carne aún le tenía preso, y él aún le apresaba entre sus manos. Su olor, su tacto, su voz quebrada, eran reclamos que nunca había sido capaz de desoír. En la oscuridad, su piel parecía brillar con luz propia. La curva de su brazo era casi perfecta, y sus cabellos negros le nublaban la visión, derramados sobre su rostro. Kalervo había dejado caer la cabeza sobre su hombro, él la había apoyado en la pared. Los barrotes del cabecero de forja se le clavaban en la espalda, pero le daba igual.

- Más... - repitió el arcanista, en una súplica queda.

Deslizó la mano ancha sobre su vientre. El muchacho parecía agotado, así que dudó. No sabía si debía preguntarle si estaba seguro, pensó en arroparle y dejarlo correr, cuando la brisa fresca sopló en la estancia, esta vez claramente. Agitó los doseles y sus cabellos enredados, le erizó los poros al enfriarle el sudor. Limón y hierbabuena, magia electrizante. Los dedos finos del chico le arañaron los brazos suavemente y le sintió arquearse de nuevo, desperezándose. El movimiento le despertó una sensación mordiente, casi dolorosa en el sexo enterrado en sus entrañas, que fue liberado repentinamente.

- ¿No estás...?

"...cansado?" No pudo completar la frase. Se le secó la garganta, con la mirada capturada por la imagen de su amante. Kalervo se alejaba, gateando, hasta los pies de la cama. Allí volvió el rostro y le observó, con los cabellos oscuros derramándose sobre los hombros. Era un animal blanco y precioso, de relucientes runas azules y mirada líquida. Hipnótico y hechicero, parecía él mismo embrujado, o de ese modo le miraba, ofreciéndose sin recato.

- Ven... no me obligues a pedirlo otra vez - susurró el muchacho, frunciendo el ceño y sonrojándose violentamente.

Y antes de darse cuenta, ya estaba allí, hundiendo los dedos en su pelo, rodeándole la cintura con un brazo y lamiéndole la espalda. Era un misterio para él, cómo conseguía despertarle el deseo más virulento incluso después de lo que ya llevaban recorrido, sólo con dos gestos y un pestañeo. No conseguía entender qué tenía su voz, sus facciones o su manera de moverse, qué tenía su piel tierna para hacerle prender de nuevo de aquel modo. "No quiero obligarte, a nada", pensó un momento, sosteniéndole entre los brazos mientras él se arqueaba en una ondulación felina, apretándose contra su sexo tenso. Entrecerró los ojos, recorrido por un escalofrío repentino. La brisa volvió a agitar las cortinas, las runas brillaron.

- Ven ya... - de nuevo un murmullo casi lastimero.

El roce insinuante y aquella voz fina le atravesaron el corazón. Le sujetó por las caderas y se hizo un lugar entre su carne blanca, encadenando el fuego que le golpeaba desde el interior de nuevo, intentando en vano ser delicado. Ni su propio instinto ni Kalervo se lo permitieron. Él se precipitó hacia atrás, en su busca. Apretando los dientes, se dejó llevar, impulsándose con un envite firme. El grito ahogado del chico vibró en la oscuridad de la habitación, y se llevó su cordura.

Se perdió en un mar de calor radiante, en el beso del viento fresco que parecía arremolinarse en torno a ambos. Se perdió en su estrecha profundidad, arremetiendo sin contención, con el sudor reanimándose, escurriéndose sobre las huellas de las gotas antiguas y precipitándose desde sus cabellos hasta la espalda del arcanista. De nuevo se escapó la luz brillante, iluminando de oro la penumbra, y desapareció en la brisa. Con la respiración acelerada, le rodeó con el brazo, apoyando una mano en las sábanas. Tenía la piel en llamas y los pulmones querían estallarle, mientras le tomaba con pasión desenfrenada. El chico se deshacía en gemidos agudos, le mordió los dedos con suavidad cuando intentó taparle la boca, los lamió y enredó la lengua en ellos. Su interior parecía haberse distendido, tiraba de su sexo cada vez que le embestía, le llamaba más adentro.

Se removió, desesperado, buscándole más profundamente, y rodaron sobre las sábanas, los cuerpos enlazados en un nudo de carne voluptuosa. De algún modo, acabó sobre él, con una pierna blanca sobre su hombro y la otra enredada en la cintura. Aferró sus manos y las aprisionó contra el colchón, resollando entre dientes. Los postes de la cama oscilaban con las frenéticas arremetidas, bailaban los doseles. El incendio le abrasaba, tensaba sus músculos y le empujaba hacia el abismo plácido con un ritmo atropellado y doloroso a causa de los sensibilizados nervios. Kalervo temblaba y se agitaba como un duende atrapado, los gemidos resonaban en el silencio de la alcoba, escandalizando a las estrellas más allá de la lucerna. Su vientre se elevaba y curvaba la espalda, flexible y sinuoso, con el cabello negro extendido sobre las sábanas. Tiraba de él, se cerraba a su alrededor, la carne cálida mordía su sexo, constriñéndolo, palpitando, liberándolo.

- Más... más...

Empujó hasta el final, hasta que no había barrera ni espacio más allá de la piel. Los gemidos ahogados le atravesaron la garganta, y la Luz se le rompió de nuevo, apagándose al contacto con el cuerpo del chico. Se asfixiaba, estaba mareándose. Casi le dolía, hasta que la aguja afilada se precipitó al vacío cuando las llamas se elevaron. Hundió la cara en la almohada, jadeando, intentando imponer ritmo a sus pulmones. Los músculos se le crisparon y cerró los párpados, exhalando una exclamación rasposa. Le azotó el latido y le rompió la conciencia, sólo llamas, calor, y un vendaval que le agitaba el cabello y le refrescaba la piel, las palpitaciones descontroladas entre sus piernas y la liberación definitiva.

Las uñas de Kalervo estaban incrustadas en el dorso de sus manos. Golpeaba, golpeaba en su pecho, en su carne enterrada en la suya, en sus venas. Golpeaba y le sacudía hasta la médula, haciéndole perder el sentido en aquel océano convulso de placer y alivio desahogado. Bajo su cuerpo tenso, casi petrificado, el del arcanista parecía mármol puro. Estaba frío y duro como una escultura, temblaba como si fuera a romperse. Se le cortó la respiración y al fin se derrumbó, exhausto y embriagado por el aroma de su amante, el roce suave de su piel y la fragancia de sus cabellos, que le acariciaban las mejillas.

El sosiego repentino casi le arrastró al sueño. Sin embargo, cuando su aliento hubo recuperado el ritmo, un cosquilleo en sus pies le hizo deshacerse del letargo que acechaba. La brisa se había detenido al fin, y bajo su brazo, el arcanista estaba tendido, respirando con placidez. Frunció el ceño, súbitamente alerta. Algo había sucedido, pero no sabía bien qué. Salió de su interior, apretando los dientes y aguantando un gemido, y se recostó junto a él. La porcelana de su rostro estaba teñida de rosa, y los labios jugosos, entreabiertos, exhalaban un aliento cálido y suave cuando los tocó.

- Brillas - murmuró, entrecerrando los ojos.

El chico volvió el rostro para mirarle, y le abrazó, arrugando la nariz.

- ...¿qué?
- Brillas, Kevo - repitió. Apartó la flor amarilla que había crecido en la almohada, junto a su rostro.

El chico levantó una mano para mirarse. Su piel desnuda y nacarada emanaba una suave luminiscencia pálida. Las runas azules destellaban. Hasta el pelo negro parecía lucir.

- Es verdad - afirmó el arcanista, arqueando las cejas.

Luego, sin darle más importancia, se acurrucó entre sus brazos y se hizo un hueco en su pecho, acomodándose como un cachorro. Lazhar le arropó con sus brazos, tiró de las sábanas hacia arriba y una lluvia de pétalos y hojas verdes se elevaron en el aire cuando movió la tela. Por algún motivo, no se sorprendió. Con Kalervo siempre ocurrían cosas extrañas, y aquel brillo nuevo a la luz de las estrellas, el matiz diferente en su aroma, la acentuada suavidad de su piel, que ahora parecía la de un bebé, y la fascinación a la que sucumbió en los minutos siguientes no le resultaron tan peculiares como quizá debieran. Arrullado por su respiración, acariciándole el cabello y fascinado por su presencia, se durmió finalmente con su duende en brazos, estrechándole con un gesto protector que parecía desafiar al universo entero.

Arriba, en el cielo, las estrellas guiñaban los ojos, velando su sueño.

viernes, 15 de octubre de 2010

9.- Carta

Querido padre:

Este lugar es un mar de dunas que se extiende en todas las direcciones. En el firmamento, el sol se enseñorea del lugar como un disco de bronce que calienta la arena dorada. Pareciera que nos observa con su mirada en llamas. Hemos avanzado a través del océano de olas color ocre, algunas grandes como montañas, otras pequeñas, al igual que el ondular leve que produce la piedra al golpear contra la superficie de un lago. Si las miro, puedo saber en qué dirección sopla el viento, me refiero a las pequeñas. Estamos viajando hacia el Sur para buscar refugio en las montañas y combatir desde allí a los ladrones de agua; el Cártel Bonvapor nos paga pero se niega a abrirnos las puertas de su hogar junto al mar. 

Las noches son increíbles. Parece otro mundo. Iryë se vuelve loco contando estrellas, jamás había visto tantas en ninguna parte. Se agrupan hasta formar líneas uniformes y ninguna nube vela su resplandor, la luna parece balancearse en el cuarto menguante como una barca blanca que surcara el firmamento. Brilla sobre la arena, sobre los huesos de marfil que yacen sepultados. Esqueletos de dragones, padre. ¿Puedes creerlo? Te aseguro que lo son, con grandes fauces abiertas y las alas de hueso extendidas.

¿Sabes que hay aquí esas flores rojas que tenías enmarcadas en tu sala? Las rojas con vetas amarillas, esas que llamaban lirios de sangre o flor de fuego. Crecen en el desierto. He recogido algunas para enviárselas a Jaderin y que te las lleve. También hay lotos azules cerca de las ruinas, montones de piedras de los trol Furiarena y otras construcciones que ninguno de nosotros puede identificar.

Ojalá pudieras estar aquí, ver estas maravillas con tus ojos. Pero no estás, aquí ni en ningún lugar.

Haari dice que nuestros ancestros nos guardan, que siempre están con nosotros, velándonos. Iryë opina que las estrellas son sus ojos, que nos observan desde arriba. Los humanos dicen que los que nos han dejado reposan en la Luz y atienden a nuestras súplicas. Pero aunque sus leyendas son hermosas de alguna manera, aunque escucharlas pueda resultar reconfortante, no creo en ellas.

No te siento cerca. Estás muerto y te has ido, sólo queda de tí lo que vive en mi recuerdo. No hay ninguna presencia amada vigilando mis pasos ni contemplándome en el firmamento, no te encuentro en el aire ni en el cielo, y no necesito rezar para saber que nadie va a responderme, que tú no me responderás, que no pondrás la mano sobre mi hombro nunca más. No te hallaré en ningún sitio, ni en las oraciones ni en las leyendas. Sólo vacío y preguntas. Y sería muy vergonzoso que realmente existieras de alguna forma y pudieras ver lo que han hecho de mí, lo que yo he hecho de mí. Todo lo que han hecho de nosotros.

Sólo me quedan los recuerdos, dolorosos como enredaderas de espinos. El recuerdo de tu semblante sereno y tu contacto cálido, de tus palabras y tu sabiduría profunda. Tú, que eras mi héroe y mi ejemplo, a quien más admiraba y amaba... que siempre te mantenías tranquilo y nunca gritabas, de sonrisa plácida y paciencia infinita. Te recuerdo inclinado en el invernadero, con las manos desnudas hundidas en la tierra, removiéndola para ahuecarla antes de plantar las semillas nuevas. Te recuerdo en tu sala de paredes cubiertas con flores, hojas y raíces enmarcadas, pasando las páginas de un libro con lentitud y escuchando al mismo tiempo mi palabrería interminable mientras te contaba cosas que ya he olvidado, pero que en aquel momento debían ser cruciales para mí. Te recuerdo en el salón, cuando nos amontonábamos los tres en un extremo de la larga mesa para comer juntos y conversábamos de todo y de nada, o escuchábamos los gorjeos de Jaderin aprendiendo a hablar.

Y tu mano sobre la mía, enseñándome a escribir cuando era un niño. Tus dedos siguiendo los párrafos de los libros cuando leíamos en alto en el balcón y me mostrabas cómo entonar correctamente. Tu voz tranquila cuando me explicabas por qué los peces no se ahogan, o por qué pueden volar los pájaros y yo no volaba al caerme de los árboles. Y sobre todo, aquellas noches largas tras la muerte de nuestra madre. Yo llamaba entonces a la puerta de tu habitación, sintiéndome demasiado solo, demasiado triste y demasiado idiota para entender por qué se había ido. No recuerdo si lloraba. Pero recuerdo que me tendía en tu cama y me arropabas, recostándote a mi lado y abrazándome hasta que me dormía, sintiéndome seguro porque tú estabas ahí. Tú siempre estabas ahí. No temía al error ni a la caída, tú siempre estabas ahí. Tus manos, tus brazos, tu voz y tus palabras, para guiarme, para cuidar de mí, para velar mis pasos. Lo comprendías todo, todo.

Ahora has desaparecido, y ya nadie me velará. Hace tiempo que he dejado de llorar por nada, cansado de hacerlo sin encontrar consuelo alguno, porque tú no estás para consolarme. Hace tiempo que he dejado de creer en nada, porque ningún dios, ninguna fuerza superior puede existir y quedar impasible ante un hecho tan sacrílego como es la manera en la que te han apartado de mí. Y si algún dios existe y no tiene nada que hacer ni decir al respecto, esos dioses no se merecen mi fe. Hace tiempo que han dejado de importarme todas las cosas que antes me importaban. Si sigo viviendo de este modo en que lo hago, si he seguido viviendo tras haber sido esclavo, fugitivo y mercenario, es sólo porque aguardo a poder cumplir venganza. No tanto por mí como por tí. Al fin y al cabo, yo solo soy un idiota que se dejó engañar, que ha caído hasta lo más bajo por su debilidad. Mi venganza es pura rabia y odio incandescente. La tuya debe ser justicia. 

Espero estar al menos a la altura de darte eso, padre, aun desde la miseria más absoluta.

Esta carta, como todas las otras, arderá en la hoguera más cercana, porque nunca la leerás. Estás muerto y no estás en ninguna parte.

Sólo en mi memoria.

jueves, 14 de octubre de 2010

8.- Maldición

- Entonces los espíritus se reunieron en el Claro y discutieron largamente sobre lo sucedido con sus descendientes, aquellos que habían iniciado el culto de la sangre al Dios. Eran sus hijos, dijeron, no podían abandonarles, dijeron...

La hoguera brillaba, llamas rojas y amarillas dándose la mano y bailando. Haari estaba contando una historia, y los demás la escuchaban, sentados en círculo. Solo la voz de la Zulfi, el crepitar del fuego, los grillos cantores y la piedra de afilar de Delamort pasando sobre las dagas una y otra vez. Iryë bebía esos sonidos, arrebujado en el chaquetón y perdido en sus pensamientos confusos y danzantes.

- ...y por eso aguardaron, mientras los Gurubashi derramaban la sangre sobre los altares y sacrificaban a las castas bajas para que el Terrible les diera a cambio el poder, para que ensalzara el Imperio como antaño, hasta que fuera el más grandioso en la selva. - la voz de Haari era melódica y rasposa. - Pero algunos consultaron a los Loa y supieron que aquello no era bueno. Que el Dios solo quería volver al mundo y devorarlo todo en su hambre sin fin. Por eso se marcharon, e hicieron la guerra a sus hermanos.

El chico frunció el ceño. Delamort y Beriel le estaban mirando. Últimamente le miraban mucho, esos dos humanos. Uno tenía la cara quemada, y el otro era enorme y con aspecto de animal; los huesos de su rostro marcados y la boca grande, de dientes desiguales. Sus ojos estaban llenos de inquina y le hacían sentir incómodo. Hubiera querido quedarse a terminar de oír la narración de la trol, pero sus miradas inquietas y la ausencia de la miel le hicieron levantarse al fin y marcharse con pasos ligeros, saliendo del círculo y acercándose al rincón distante del campamento donde el elfo lobo siempre se apartaba de los demás.

Estaba anocheciendo y la sierra del Espolón era un montón de pinos negros bajo las montañas, coronada por el cielo despejado que se pintaba de azul índigo. Iryë sabía que entre los árboles corrían ardillas, pero allí arriba, en las laderas, solo había matojos secos, alguna encina solitaria, musgo y bichos. No le costó encontrar al elfo lobo. Vestido de oscuro, con las brillantes espadas clavadas en la tierra, estaba sentado entre dos raíces, con una de esas botellas de porcelana blanca entre las manos. Tenía una pierna estirada y la otra flexionada, la cabeza reposando en el tronco y los ojos entrecerrados. Cuando llegó a su lado, se sentó a horcajadas sobre la nudosa raíz, sin mirarle.

Ashra bebía en silencio, mirando alrededor de vez en cuando. Iryë contó estrellas. Le gustaba mirarlas mientras se encendían, una tras otra. No tenía necesidad de hablar, ni nada que decir: estaba donde quería, sin más motivo que el deseo de compartir su presencia con el elfo lobo de miel en el pelo, que parecía en otro mundo.

Treinta y seis astros brillaron antes de que Ashra abriera la boca.

- Le mataré - dijo, sin más. - Algún día le encontraré, y le mataré.

El chico volvió la mirada al cielo de nuevo. Ashra parecía un lobo de verdad, ahora sus ojos quemaban y no había calidez en ellos. Eran duros y afilados como colmillos.

Treinta y nueve, cuarenta, en el silencio.

- ¿A quién?
- Dudo que te importe.
- Cuéntamelo, aun así. - cuarenta y uno -  Las historias de la Zulfi siempre son de trol.

De nuevo se quedaron callados. El lobo volvió a beber, y el árbol agitó las ramas. Empezaba a refrescar y allí no había fuego, solo oscuridad y grillos haciendo cri-cri.

- Me destruyó y maldijo las cenizas después de quemarlo todo - la voz de Ashra era un susurro cortante, rezumante de odio. - me apaleó hasta que no pude levantar la cabeza más, y sembró de espinas el mundo a mi alrededor... maldito sea. Me rompió hasta el tuétano. Ojalá que todos los dioses de Zulfi le devoren las entrañas eternamente por sus pecados.

Iryë se volvió a mirarle, arrugando la nariz. El mercenario miraba hacia adelante sin ver, con el gesto amargo. Cuarenta y tres.

- ¿Se puede hacer eso a la gente?

Ashra rió entre dientes, una risa sin alegría, llena de filos y de escarcha.

- Sí que se puede, niño... y tanto que se puede.
- ¿Cómo?

El lobo se terminó la botella y la dejó a un lado. Siempre hablaba raro cuando había bebido, y olía fuerte, como a fuego.

- Escoge a un idiota y conviértete en alguien importante para él - dijo Ashra. - Gánate su lealtad, su amistad... hazle creer que eres su familia y él es la tuya. Después, embauca su corazón y utilízale para lo que te venga en gana. Nunca pienses en él, en lo que siente o a qué aspira, piensa solo en tí. Y luego abandónale. Mata a su padre y destruye a su familia, márchate lejos y pon precio a su cabeza. Miente y amontona todo lo que un día fue, ensúcialo, machácalo y quémalo. Arrebátale su vida y la de todos los que fueron importantes para él; después, siéntate a mirar. La mejor parte es cuando el idiota se da cuenta de que todo era un engaño.

Iryë parpadeó, ladeándose en la raíz del árbol.

- Parece una receta de cocina.
- Quizá lo sea. Cómo cocinar una ruina.

El chico arqueó las cejas y puso los pies en el suelo, yendo a sentarse sobre sus piernas. Ashra le miró de reojo, con los ojos de lobo. No le daba miedo. Quizá un poquito, pero no el suficiente. Había visto cosas peores que él.

- La persona que te hizo eso, ¿está sentada mirando?

Ashra hizo una mueca de asco.

- Ni siquiera creo que lo haga. Me parece que no tengo más valor que un gusano para él, no soy algo a tener en cuenta.
- Ah - le tocó el pelo de miel y luego dibujó su nariz con el dedo. Tenía ganas de morderla despacio y de chuparle los labios, que sabrían a alcohol y le picarían en la lengua. - ¿Quieres vengarte mucho?
- Quiero vengarme todo.

Iryë sonrió. Sus ojos rosados brillaron en la noche.

- ¿Qué le deseas?

Ashra apretó los dientes y le miró fijamente. Casi podía degustar el odio incendiario detrás de su mirada. Su piel estaba caliente, le quemaba el corazón y la sangre aquella fuerza terrible y destructiva.

- Que se hunda... que se hunda en el infierno y los abismos le consuman desde dentro - susurró entre los dientes apretados, cerrando los dedos férreos en la pierna del muchacho. Sus palabras eran veneno e invocación - Que toda su nobleza se recubra de tal deshonra que se vea desde lejos. Que su altivez se rompa con el sufrimiento y la condena. Que todos los que ha amado le miren con lástima y le den la espalda. Que sólo tenga odio y compasión alrededor, que jamás pueda pisar su tierra, igual que yo. Que todo lo que le es querido arda, que todos sus logros se conviertan en vergüenza y brillen con el verdoso resplandor del veneno. Que su semilla sea maldición y sequía, que su tormento sea largo hasta que llegue la muerte. Que se pudra su estirpe y su alma sea devorada lentamente. Que todo lo que es quede arrasado, y ni siquiera tenga consuelo en las cenizas. Que un día, entre la desesperación y el abandono a la miseria, arrastrándose por el suelo como un despojo, pueda mirarme y ver lo que me ha hecho... y sepa que destruyó lo más sagrado. Y que por eso, estará condenado eternamente cuando le envíe al torbellino, del que nunca debió salir.

Las estrellas eran ya incontables, y el cielo sin luna titilaba. Iryë no había borrado su sonrisa, y el lobo temblaba de tensión contenida. Cuando el chico le echó los brazos al cuello, aún tenía la mirada perdida en alguna parte, rezumando una ira virulenta y contenida. Pegó los labios a los suyos.

- Olvídale - susurró, lamiéndole los labios. Picantes. - Te he visto agitarte cada noche, maldiciéndole. Te he visto hablar con espectros, ebrio y temblando, como ahora. Dime su nombre y olvídale.

El elfo lobo le miró directamente, no se había quejado por su cercanía, aún tenía los dedos fijos en sus muslos. Entre las sombras de la noche, su cabello parecía más oscuro y su rostro estaba ensombrecido. Sus ojos eran ascuas de cobalto.

- No puedo hacer eso... ¿Por qué quieres saber su nombre? - replicó, en el mismo tono bajo, inaudible. - ¿Por qué quieres que le olvide?

Iryë le rozó la nariz con la suya, respiró sobre su boca.

- Dame su nombre para que pueda comerlo, y olvídale para que puedas ser libre - insistió, bañándole los hombros con sus cabellos - Dame su nombre para que pueda comerlo... y el tuyo, para que pueda abrazarlo. Dame su nombre para que pueda maldecirlo... y el tuyo para que pueda recordarlo.

Ashra entrecerró los párpados cuando le besó, llevando las manos a sus cabellos para apartarle al cabo de un instante. Apoyó la frente en la suya y la mirada abrasiva le golpeó, casi podía sentirla cortándole por dentro.

- Se llama Iranion Lamarth'dan - respondió en un susurro - y yo soy Bheril Hojazul, perpetua víctima de su existencia. Traicióname, descubre mis secretos a otros, y desearás la muerte, por muy niño que seas.
- No te traicionaré jamás - dijo él, sin apartar la vista, enmarcándole el rostro con las manos, y volvió a sonreír. - Me comeré su nombre, le olvidarás y te liberaré... y entonces siempre estaremos juntos. Siempre.

Antes de que Ashra pudiera responder, le cerró la boca con la suya, estrechándose contra su cuerpo. En algún lugar, un fuego fatuo bailó sobre una tumba y se apagó repentinamente. La hoguera de los mercenarios se inflamó por unos segundos, y Haari, que estaba terminando su relato, guardó silencio por un momento.

Algo se había agitado muy profundo, y siguió con la mirada un soplo de viento. Los espíritus estaban inquietos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

7.- Rendición

Se despertó con un escalofrío.

Estaba ahogándose en un lago de crema caliente. Desde la punta de los dedos de los pies, hasta las raíces del cabello, con el paladar anegado por el sabor ácido del bourbon y la quemazón en la garganta, mareado y adormecido, se hundía en ese abrazo espeso, viscoso y cálido. Intentó abrir los ojos. La luz de las estrellas en el firmamento negro, era como una bruma borrosa y blanquecina que giraba.

- Maldita sea...

Se hundía, sin poder evitarlo. Un alga roja y negra se había pegado a su vientre, debajo de las mantas viejas. Le estaba humedeciendo la piel. Enredó los dedos en ella y los deslizó, tirando con suavidad. Se hundía. Arqueó la espalda, desviando la mirada para que el cielo dejara de dar vueltas, y la sensación líquida y envolvente entre sus piernas le golpeó con fuerza. Subía y bajaba, recorriéndole, llevándole hasta el fondo y encerrándole en una prisión acogedora, soltándole después. Asomaba por el borde de los cobertores, un alga roja y negra que tenía manos suaves y pequeñas, que caminaban como cangrejos sobre su abdomen, se cerraban en su sexo atrapado, ascendían hacia su pecho como arañas brillantes. Un escalofrío le mordió en los riñones y ascendió por su espalda. La sangre desorientada se atropellaba en sus venas, la succión la llamaba y respondía a la llamada, empujándose bajo la piel para acumularse bajo su cintura, donde las hábiles caricias se sucedían, empapándole y devorándole con avidez.

Ahogando un resuello, apartó las mantas, incorporándose sobre un codo. Bajo las anémonas rojas y negras, una mirada rosada se encontró con sus ojos, borrosa y casi fantasmal. Apretó los dientes. La luz de las estrellas brillaba sobre su piel blanca, en los insectos pálidos que eran sus manos, en las mejillas de nácar. Le rozó la cara con los dedos y la criatura se apartó un ápice, con los labios rojos y la respiración entrecortada.

- Dime que sí - el aliento del niño restalló sobre su carne tensa y ardiente. La lengua suave se escurrió sobre ella, las manos se cerraron a su alrededor.

Gruñó, arqueándose y clavando los dedos en el suelo. Estaba mareado y el condenado crío le había arrastrado otra vez a su terreno mientras dormía, obligándole a despertar cuando ya estaba perdido. Los dedos de Iryë le torturaron un poco más, su susurro apagado se repitió.

- Dime que sí, por favor, dime que sí...
- Qué mas te da - acertó a responder, un reproche áspero entre los dientes. - Lo harás de todos modos.

La última palabra se le cerró en la garganta. De nuevo le había secuestrado entre sus labios y le exprimía con fruición, como si quisiera sorberle la sangre o la vida. Y que los demonios le llevasen si no era eso lo que estaba haciendo en cierto modo. Cuando volvió a soltarle, suspiró con alivio, relajando los tendones del cuello. Le estaba matando. Los ojos de color rosa brillaron entre las pestañas negras.

- No lo haré si dices que no.

Con las manos cruzadas sobre su vientre y la mejilla al lado de su sexo, la anémona roja y negra le miraba con absoluta calma. Él aún le acariciaba la mejilla. Rozó su boca con los dedos y él abrió los labios. Maldito fuera. Su rostro era extraño y precioso, infantil. Sus ojos eran muy redondos, como lunas, los iris rosados lo cubrían todo y sus pupilas apenas se distinguían, del tamaño de una cabeza de alfiler. Podría decir que no, pero asintió con la cabeza.

Maldito fuera.

Iryë se removió sobre su cuerpo y se echó las mantas a la espalda, arrastrándolas como la capa de un príncipe para cubrirles. Le agarró y le guió a su estrecho interior. Ashra apenas podía respirar, con la tensión mordiéndole en las articulaciones y su sexo ardiendo, a punto de romperse. Fijó los dedos en sus muslos cuando el chico le montó, clavándole las rodillas a los costados y erguido, con el cuerpo blanco destellando en la oscuridad de la noche.

Recorrió sus facciones con la mirada. Iryë había fruncido el ceño y se mordía el labio inferior, el cabello le caía sobre los hombros y los diamantes rojos de su pecho despuntaban, duros y erguidos, mientras se dejaba caer despacio para atraparle. Cuando lo hizo por completo, se detuvo, tomando aire, y se inclinó hacia atrás.

Entonces fue cuando Ashra se dio cuenta, entre las brumas del alcohol y del goce punzante que le cosquilleaba en los nervios. El vientre plano del chico, tan delgado que se le marcaban las costillas, estaba cubierto de estrías. Cicatrices extrañas que se abrían bajo su abdomen y surcaban la extensión de su virilidad, pequeña y veteada de marcas blancas, fruto de heridas antiguas, con forma de media luna. Algunas eran mordiscos, sin duda. Le cruzaron algunas preguntas por la mente, que se disolvieron como sal en el agua cuando el muchacho empezó a moverse.

"¿Qué te han hecho?"

Arqueó la espalda, suspirando y apretando los labios. Tiró de sus brazos, llevado por un repentino impulso y le estrelló contra su pecho, volteándose después para tenderle sobre el suelo, de lado y frente a sí. Iryë no se resistió, pero su semblante se pintó de confusión y empezó a temblar levemente.

Inmóvil, Ashra le estaba mirando. Le acarició los cabellos.

- No tengas miedo - le dijo, en un susurro - Nunca te haré daño.

El chico asintió despacio, con los ojos muy abiertos. Tenía las mejillas encendidas, y relajó los dedos sobre sus hombros, respirando profundamente. Ashra no podía comprenderlo de manera racional, no sabía bien qué ocurría con aquel niño ni qué le estaba pasando a él, por qué de repente tenía un nudo en la garganta y ganas de besarle.

- Ahora dime tú... si quieres esto o no.

Iryë se estremeció. Cerró los ojos y  dos lágrimas surcaron las blancas mejillas. Sus brazos huesudos y finos se le enredaron en el cuello y convulsionó con un sollozo ahogado. Ashra se sintió despejado de inmediato. Los efectos del alcohol desaparecieron, barridos por un soplo de viento. Entre los brazos tenía un niño asustado que se abrazaba a él; estaba enterrado en él, hundido e inmóvil, y el deseo le golpeaba las sienes, pero había cosas más importantes que eso. Estaba preocupado.

- Sí... - murmuró el chico en su oído, entre el llanto contenido.
- ¿Estás seguro? - insistió Ashra.
- Sí... sí. Eres bueno conmigo... sé bueno conmigo.

El mercenario suspiró y le estrechó con fuerza contenida. Escurrió un brazo bajo su cuello, le hizo una almohada con él, y con el otro le rodeó la cintura. Le besó en los labios, un beso suave y cálido que se volvió profundo cuando empezó a moverse, despacio y con todo el cuidado del que era capaz.

Iryë le asaltaba constantemente, de manera arrebatada y desesperada. Le abordaba en el río o por las noches, entre las mantas. Siempre tejía a su alrededor y le asediaba para que no pudiera rechazarle, y sus encuentros terminaban dejándole un regusto amargo en el paladar. Pero en aquella ocasión, cuando el chico exhaló un gemido apagado en su pecho y le aferró con fuerza, estremeciéndose, no se sintió mal.

- Más... - susurró el niño, cuando se apartó de su boca.

No le hizo repetirlo, y no le obligó a tener que pedir nada. Sus movimientos se volvieron más rítmicos y los jadeos apagados de Iryë le vibraban sobre la lengua, en el beso estrecho. Su cuerpo respondía entre sus manos grandes y ásperas, le tocaba con delicadeza y le estrechaba, degustando el tacto suave de su anatomía. Le siguió el paso a medida que su cuerpo le enviaba las señales, sin precipitarse y atento al calor de su piel, al pulso de su respiración, a los pálpitos de su sexo pequeño aplastado contra su vientre y a la tensión de sus músculos. Su propia sangre le gritaba que se abandonara, pero la retuvo y se concentró en la criatura que tenía entre los brazos. No le importaba quién fuera, ni por qué se comportaba como lo hacía. Sólo comprendía que aquel crío se merecía un poco de calor, que alguien le cuidara, que fuera bueno con él... y Ashra estaba un poco cansado de no poder permitirse dar calor, cuidar a alguien, ser bueno con nadie, tanto como quería serlo. Estaba cansado de defenderse de sí mismo.

Le llevó con dedicación hasta el final, y le abrazó, pegando el rostro a su cuello, cuando el muchacho se contrajo y el clímax le hizo morderse los labios y clavarle las uñas en la espalda. Sólo entonces se dejó ir en impulsos aún contenidos, regándole las entrañas cuando sus cadenas se rompieron y la carne ardiente que le estrangulaba fue demasiado insoportable. Ahogando un gruñido, se derramó en su interior y le apretó con fuerza, estremeciéndose. Enterró el rostro en las algas rojas y negras de su pelo, aspirando el perfume mientras los latigazos le azotaban y el corazón le retumbaba en las costillas.

Cuando al fin se relajó y quedó a merced de la plácida marea, Iryë se hizo un ovillo entre sus brazos y apretó la mejilla contra su pecho. Sus respiraciones aceleradas se hacían el contrapunto en el silencio de la noche, y se arrebujaron entre las mantas, compartiendo el calor mientras el sudor se secaba sobre la piel y el agotamiento daba paso a una lenta calma al ajustarse los latidos y volver la sangre a discurrir con normalidad. Se escuchaban los grillos. Arropado en la anémona roja y negra, Ashra cerró los ojos, momentáneamente tranquilo y con la mente despejada.

- ¿Estás bien? - acertó a preguntar en un susurro.
- Muy bien, gracias - replicó Iryë al instante, en el mismo tono.

La respuesta espontánea y cándida le arrancó una sonrisa fugaz. Era imposible que fuera mentira, sabía que era sincero. Las mentiras nunca suenan así, y aquellas tres palabras tan sencillas le resultaron extrañamente puras.

La respiración pausada del muchacho le arrastró de nuevo al sueño, y del mismo modo que le había arrancado del descanso con sus atenciones, ahora le llevaba de regreso a él con su presencia tranquila y durmiente. Sabía que estaba bailando a su compás, desde que había entrado en su vida. Pero si le pareciera algo tan grave, Ashra el mercenario, curtido en las batallas, en la vida y en la desgracia constante, no se habría abandonado al reposo como lo hizo, con la absoluta tranquilidad que da la rendición.

sábado, 9 de octubre de 2010

6.- La voz secreta

- ¿Has encontrado alguno?

Iryë asintió, mostrándole un puñado de bayas. La Sierra Espolón no era el mejor lugar del mundo, pero tampoco el peor. No en aquella zona donde aún había árboles verdes y arbustos engalanados con joyas de otoño. Los castaños estiraban sus ramas como brazos desperezándose hacia el cielo, vestidos con el forraje rojizo estacional, con el amarillo, con el pardo. No, sin duda no era el peor lugar donde podría estar, y en aquel momento, en la paz adormecida del alba, no se le ocurría otro que deseara. Ashra echó un vistazo al espectacular logro del chico, siete u ocho frutos rojos y redondos, algunos picoteados por los pájaros. Estaba masticando; al parecer la recolección en su estómago había sido mayor. Suspirando, se inclinó para mirarle a los ojos.

- No los comas antes de que los vea. Algunos no son buenos y puedes enfermar, ya te lo he dicho.

El chico arqueó las cejas y se sacó lo que tenía en la boca, mostrándoselo con una pregunta dibujada en los expresivos ojos rosados. El elfo chasqueó la lengua y volvió a meterle la fruta entre los labios. Iryë volvió a masticar y se agarró a su capa con una mano, sus tesoros en la otra, mientras ascendían las terrosas lomas. Estaba amaneciendo, y Ashra hacía ronda en los alrededores del campamento. Arañas, salteadores, basiliscos... los peligros podían acechar en cualquier parte, siempre había que estar atento. Llevaba las espadas al cinto y un chaval agarrado al manto.

- En Quel'thalas siempre había fresas - dijo, robándole uno de los frutos aplastados. - En la Isla, crecían cerca de los campos de entrenamiento. A veces cogía unas cuantas y me las llevaba a escondidas, para comerlas por la noche. Era emocionante. Pensar que podían pillarme haciéndolo hacía que supieran mejor.

Iryë sonrió. Aunque no fuera capaz de hablar, Ashra tenía la duda sobre si no le entendería de verdad. Tenía la impresión de que lo hacía, por el modo en que entristecía su semblante cuando le contaba las cosas más dolorosas o se le iluminaban los ojos al escucharle relatar aventuras juveniles, juegos y situaciones divertidas. Puede que no comprendiese las palabras, pero estaba cada vez más convencido de que el chico conectaba con las emociones.

Habían pasado tres meses desde que le recogiera, sin poder explicarse aún por qué lo había hecho. Pero, ¿Cómo iba a dejarle? Dijese Haari lo que dijera, no había podido abandonar a aquella criatura que era la definición misma de la indefensión, abrazado a sus rodillas con expresión desesperada y suplicante en medio de la noche, rodeado de los fuegos de la batalla y el olor ácido del bosque corrupto. Nunca, en todos aquellos años, nadie le había tocado tan hondo en un instante tan breve. ¿Cómo iba a dejarle?. "Será una carga", habían dicho. Haari intentó hacer algo por la mente quebrada del muchacho, pero no había habido muchos avances. Llegaron a la conclusión de que, si alguna mejora había de darse a su estado, sería cuestión de tiempo. Y pronto, Iryë demostró no ser inútil. Cuando había que combatir, el chico se quedaba guardando el campamento con los que tenían descanso, esperando, abrazándose las rodillas. Cuando los guerreros regresaban, corría a recibir a Ashra y se enganchaba a su capa, de la que no se soltaba hasta que él tenía que ir a luchar otra vez. Era capaz de obedecer órdenes prácticas, incluso de decidir hacer ciertas cosas por sí mismo. Lavaba la ropa, recogía frutas, daba de comer a los caballos, limpiaba las armaduras, vendaba heridas, iba a por agua. Empezó a hacerlo por sí solo al tercer día, como por un acuerdo tácito en pago a la protección que los mercenarios le habían otorgado. A las dos semanas, quien necesitaba algo que él pudiera hacer, se lo pedía. Ashra no estaba muy contento con según qué cosas. Cuando el caballo de Petrus murió, el hombre le pidió al niño que cavara la zanja para enterrarlo, mientras él bebía vino agrio. Al verle, Ashra le quitó la pala de las manos al chiquillo y se la tiró a los pies a su compañero, llevándose a Iryë de la mano a dar un paseo. Los dedos finos del chico se habían cerrado en los suyos como si fuera lo único seguro en el mundo. Le encogió el corazón aquel gesto.

Descendieron en silencio hasta el río. Iryë era un chico ágil que caminaba con soltura por la sierra, sin tropezar ni caerse. Las botas de cuero y el pantalón parecían demasiado grandes para él, y la camisa, aunque estaba cerrada hasta el cuello, casi le colgaba de un hombro. Llevaba también una chaqueta con las mangas arremangadas, que le colgaba hasta los muslos, como una levita. Los Mueh'zala Atal le habían encontrado ropa que pudiera usar, aunque la mayoría de las prendas le estaban grandes y parecía perderse en ellas. En parte, la presencia del muchacho había permitido a los mercenarios mostrar aspectos de sí mismos que pocas veces dejaban entrever. Drabor se reía cuando le tiraba del parche con curiosidad para mirarle el ojo vacío, y le daba a probar las cosas que cocinaba. Eleine, quien nunca había parecido muy maternal, le había cosido una camisa desgarrada y le había cortado el pelo para igualárselo. A veces le cantaba en un murmullo, y él se sentaba a escucharla, con los ojos muy abiertos. Otros, sin embargo, le dirigían miradas extrañas que Ashra prefería no intentar desencriptar. Haari no le prestaba demasiada atención, pero él la conocía bien, y sabía que la Zulfi siempre tenía un ojo escéptico sobre el jovencito de ojos rosas.

- ¿Tienes sed?

El agua del río corría, limpia y cristalina, besando las piedras. Se escuchaba cantar algunos pájaros, y los ojos de Iryë miraban hacia las copas de los árboles, tratando de encontrarlos. Ashra se acuclilló y se lavó las manos, echándose agua en el rostro y frotándose los dedos. Paladeó el agua.

- Este manantial no trae sangre, aún está limpio.

Iryë se arrodilló a su lado. Le soltó la capa y le tocó los cabellos, mirándole atentamente mientras Ashra se lavaba. Los dedos finos y delgados se deslizaban por su pelo en una caricia infantil.

- Báñate si quieres. Luego irem...

Los labios del chico le callaron, robándole un beso fugaz. Ashra se tensó y le cogió de los brazos, apartándole. Le miró con severidad.

- No. No hagas eso.

El muchacho frunció el ceño. La luz gris del alba lamía las copas de los árboles, y una trucha saltó, ligera, buscando su hueco entre las piedras fluviales. Ashra le soltó y volvió a su tarea, peinándose con los dedos y sacando la daga para afeitarse.

Iryë hacía eso continuamente. Se metía en sus mantas por la noche, buscando refugio, y le miraba hasta que él le devolvía la mirada, empañada por los vapores del alcohol. Y entonces le besaba. El mercenario, aun bebido, le apartaba y le decía que no. No importaba cuántas veces lo hiciera Iryë ni cuántas le regañara Ashra. Siempre volvía a rozar sus labios, y él a apartarle. Una vez, intentó echarle de las mantas, pero la expresión herida y las lágrimas del chico, los súbitos temblores y el aullido suave, de animal herido, le hicieron cambiar de idea, así que le giró para que le diera la espalda, le pasó el brazo por encima y le mantuvo así hasta que se quedó dormido.

- Vamos, ve a bañarte - murmuró, deslizando la daga sobre la piel. No le gustaba descuidar ciertas cosas. Los piojos, las pulgas y los parásitos adoraban las barbas descuidadas, y ser mercenario y vivir una vida vacía no era excusa para convertirse en el restaurante de esas diminutas alimañas. - Luego iremos al campamento a enseñarles lo que has recogido.

Iryë se quedó quieto un momento y luego volvió a besarle, aprovechando el momento en que sumergía la cuchilla en el agua. Esta vez, sus labios le presionaron con vehemencia y se le cayó el puñal al arroyo, con un leve temblor en las manos. El impulso del chico le hizo desequilibrarse hacia atrás, sujetarse con una mano en el suelo para no estrellarse de espaldas. Prácticamente le empujó esta vez.

- ¡Basta! - exclamó - ¡Te he dicho que no hagas eso!
- ¡Pero quiero!

Dos palabras. Nada más. Que le hicieron olvidarse del cuchillo, de la turbación y de la tensión que su actitud irracional le provocaba, fijando una mirada sorprendida en el rostro blanco del muchacho. Iryë había abierto los ojos como platos y se había llevado las manos a la boca, las bayas rodaban por el suelo.

- ¿Qué... has dicho? - susurró apenas Ashra.

Las lágrimas se desprendieron en las mejillas blancas y el joven quel'dorei empezó a temblar de nuevo. Con la respiración entrecortada, Ashra le agarró de la pechera, incorporándose sobre las rodillas, sin darse cuenta de la rudeza del gesto y le encaró con los dientes apretados.

- Habla. Habla otra vez. Has hablado.
- No... ¡No! - el crío apartó la mirada, aferrando sus muñecas. - No se lo digas a nadie. No me abandones. Por favor. No me abandones. Por favor. No se lo digas a ellos, no me dejéis.

Estaba asustado. Podía olerlo en su aliento fragante, entrecortado, de cerezas maduras, leerlo en sus ojos quebrados como vidrieras rotas a puñetazos, en el temblor de su cuerpo envuelto en vestimentas demasiado grandes, en la frenética desesperación con la que sus uñas se le clavaban en la piel.

- Tranquilo. No te... cálmate. Cálmate.
- No me dejéis. No me abandones. Por favor...
- Vale, vale.

Su voz era suave, dulce. Quebrada por la incertidumbre, se le clavaba en el alma, recordándole dónde la tenía y que aún existía. Recordándole demasiadas cosas. "No me abandones". Le hizo un nudo en la garganta y le provocó un temblor frío en la columna vertebral. Ashra le limpió las lágrimas con los dedos, y el muchacho volvió a mirarle. Los ojos rosados, inquietantes y extraños, fijos en los suyos. "Indefenso", pensó por un instante.

- Por favor. No me eches. Por favor.
- No voy a echarte - replicó, deletreando cada sílaba y hablándole con suavidad. - No voy a echarte, Iryë. Nadie te va a abandonar.
- No me rechaces. Por favor, por favor.

Repentinamente, otra vez sus labios. Le zumbaron los oídos y sus sentidos se dispararon, alerta. Era más de lo que podía soportar, y le apartó, una vez más, conteniéndose para no arrojarle lejos de sí con violencia, apretando los dientes.

- Deja de... hacer eso. No tienes que... ¿Qué haces? Para.

Los dedos finos del muchacho le tiraban de los cordones de la camisa, desatándola.

- No me rechaces, por favor. Es verdad que quiero. - balbuceó el muchacho, atropelladamente, con el aliento entrecortado y aún las pinceladas del miedo en la mirada - Quiero quedarme contigo, puedo darte cosas que te gustarán, pero no me eches...
- Ya te he dicho que no voy a...

El beso insistente, cálido, peligroso, otra vez ahí, removiéndole las entrañas, abriéndole todas las heridas. Dioses, con lo pequeño que era, podría golpearle, pero no podía, podría retorcerle las muñecas a la espalda y gritarle que si seguía haciendo esas cosas sí que le dejaría. Pero no, no podía. Intentaba cogerle las manos y él sólo enredaba los dedos en los suyos. Intentó volver el rostro, apartarlo de su boca, y los labios del chico se sellaron en su cuello. "Belore, ayúdame". Le estaba asediando, construyendo a su alrededor una crisálida de súplicas y atenciones que no sabía cómo vadear sin herirle.

- No me rechaces...
- No. Basta... - apenas un resuello entrecortado. No veía manera de escapar. Su aliento cálido le cosquilleaba bajo la oreja.
- No me rechaces, ya lo he hecho antes, me lo han hecho antes, me lo han hecho muchas veces, no tengo miedo, quiero que me lo hagas tú, quiero darte las gracias, quiero de verdad, no me rechaces, no me rechaces, no tengo miedo, me lo han hecho antes, sé como se hace...

Sus palabras le bailaban en la mente, sus manos se escurrían sobre su pecho, debajo de la áspera camisa de lino, roces trémulos y besos líquidos en su cuello, en la mandíbula, buscando de nuevo sus labios. Y Ashra le sujetaba fútilmente los brazos, con los músculos en tensión y los dedos ardiéndole.

- No tienes que hacer nada... no voy a echarte, detente... deja de... ¡No tienes por qué hacer esto! - consiguió articular, mientras trataba de desasirse de sus caricias, desenraizarse de sus labios, desatarse de aquella extraña tela de araña con la que Iryë le estaba envolviendo.

Su mirada rosada le atrapó en un océano cálido y entregado cuando le miró a los ojos, entrecerrados. El cabello le caía sobre la frente. Tenía los labios rojos, como cerezas, y se movieron cuando volvió a hablar, sentenciándole definitivamente.
- Pero quiero.

Un susurro.




"Pero yo no". Eso es lo que debía decir. Y no fue capaz. Le golpeó el pensamiento en las sienes, antes de deshacerse entre los tentáculos de una anémona caliente, que destrozó esa media verdad y se le pegó al corazón, extendiendo sus brazos hasta cubrirle el conocimiento, la razón y, por unos momentos, también las heridas abiertas.

El susurro, como una nube de algodón. Su voz. Sus labios, que volvieron a cerrarle la boca.

Iryë llevaba mucho tiempo escuchando. Mucho tiempo sufriendo. Él sabía lo que quería, y sabía lo que era importante.

Llevaba mucho tiempo escuchando.

Y no quería oir más tonterías.

viernes, 8 de octubre de 2010

5.- Roto y descosido

El cielo estaba lleno de estrellas. Había intentado contarlas muchas veces, pero nunca era capaz. No le salía. Estaba sentado cerca de un fuego, con aquella gente, agarrado de la capa del elfo lobo de los ojos azules, con los dedos crispados. El elfo lobo había intentado desasirle los dedos de ella con sus dedos grandes y calientes, pero Iryë se asustó de nuevo y había empezado a llorar y temblar, emitiendo un sonido extraño que parecía un aullido agudo. El elfo lobo, entonces, le dijo cosas que no entendía en un tono suave y cálido y le secó las lágrimas con sus dedos grandes y calientes.

Ahora, ellos hablaban. Él estaba sentado, pegado al elfo lobo, agarrado a él, mirando al firmamento. No entendía nada de las palabras que hablaban. Le habían dado agua y había comido algo que crujía y sabía a picante. La trol con colmillos y el hombre del parche decían cosas, el elfo lobo decía cosas. Su voz le gustaba más que las otras. Las otras sonaban a no estar muy contentas. Volvió a contar estrellas. Una, dos, tres... ciento ochenta y nueve... trecientas doce...

De pronto, todos le estaban mirando. Bajó la vista y dio un respingo, estrujando la capa entre los dedos y apretándose contra el elfo lobo, que se puso tenso enseguida. Él le cogió por los brazos y le volteó suavemente para mirarle. Iryë se echó a temblar una vez más. Miedo. Miedo. Estaba asustado. No conocía a esos, pero le habían sacado de donde los otros. No le habían matado. Quizá le mataban ahora. Sus voces no parecían muy contentas. Fijó la vista en los ojos azules y se tranquilizó un poco, intentando escuchar lo que le decía, entenderlo.

- ¿Comprendes thalassiano?

Frunció el ceño. Sí. Entendía esas palabras, pero no sabía como responder. El lobo elfo no era rudo. Le sostenía por los brazos pero no apretaba. Tenía una raja en la cara, y los ojos calientes, como caldo azul oscuro, sopa de flores índigo. Tenía el pelo de miel. A lo mejor sabía dulce, si se comía su pelo, pero no creía que le dejara. Aun así, alargó los dedos temblorosos y le rozó los cabellos. El lobo elfo se tensó más, le cogió la mano y se la apartó con delicadeza. La troll dijo algo, el hombre algo más.

- ¿Te llamas Iryë? - de nuevo habló el elfo lobo. Se había quitado las hombreras, ya era sólo elfo.
- Iryë - respondió él.

Cuando le soltó los dedos, volvió a llevarlos a la miel. Era suave. De nuevo le apartaron la mano. Se acercó y sacó la lengua para chupar un mechón que se escurría por el hombro del elfo hasta el brazo, mientras él estaba ocupado diciendo cosas a los otros y escuchando las que los otros le decían. Consiguió atrapar los cabellos entre sus labios y apoyó la cabeza en el brazo del elfo, succionando el mechón, que le colgaba por las comisuras. No era dulce. Sabía a sal y a pelo. En algún momento, el elfo se dio cuenta de lo que hacía y le quitó la miel de la boca.

Dijeron más cosas y dijeron más cosas y dijeron más cosas y dijeron más cosas. Hablaban y hablaban sin parar. A veces le miraban. Cuando le dio sueño, se acurrucó bajo el brazo del elfo lobo y se acomodó para dormir, con la cabeza sobre su pierna. El elfo no le daba miedo. Sabía que no le iba a hacer nada. Todo el mundo dejó de hablar cuando hizo eso, y le agradó, porque en ese silencio se durmió enseguida.



Nunca falta un roto para un descosido: Este refrán es el fruto de la experiencia de que todos los individuos, de cualquier especie, por raros que sean, pueden encontrar un ambiente apropiado a sus particularidades. El DRAE,  18ª Ed.,  se hace eco del ambiente peyorativo que generalmente refleja el dicho, al dar la explicación de que mediante él «se da a entender que los pobres y desvalidos suelen hallar alivio y consuelo entre los que igualmente lo son. Lo suele decir como en desquite la persona que por su escaso haber o poco mérito se ve desdeñada. Aplícase también cuando se unen dos personas que son tal para cual». 

Extraído de http://definicienciapopular.blogspot.com