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lunes, 27 de septiembre de 2010

El Monstruo

((Esta ha costado mucho. Al final tomé parte de un fragmento que escribí antaño, porque soy incapaz de narrarlo en condiciones, se me hace muy duro hoy por hoy. No sé por qué, aquella vez me costó menos, asi que he hecho copypaste, porque es la unica forma que tengo de contarlo. Esta entrada es muy fuerte y puede herir sensibilidades. La he dejado en la Madriguera porque no tengo espíritu para colgar algo así en Bearclaw. Espero que la disfrutéis... aunque lo dudo, porque es terrible. ))


Al fin se ha dormido.

Desde su cama, al otro lado de la eterna mesita que les separa, se voltea para observarle, pensativo. El cabello dorado pálido de su compañero se desparrama, liso como hilos de metal maleable que se descuelgan hasta el suelo y le cubren a medias el rostro. Hoy ha sido un dia duro, muy duro para los dos. Aunque quiere dejar de pensar en ello, no puede.

Ha llorado. Él apenas. Cuando le puso la mano en la frente y compartió sus recuerdos con él, creyó que iba a desmayarse. No sólo las imágenes. Los sentimientos que le prestó, le golpearon con una violencia irreconciliable. Y después, cuando se rompió el contacto y aún tambaleándose, ahogándose de angustia y sufrimiento, consiguió balbucear un "lo siento" que se le antojó absurdo, solo recibió una respuesta, en una voz grave y algo triste, entrecortada.

- No me compadezcas.

No lo hacía, no era compasión, sino comprensión. Sabía que él le había revelado aquello, de esa manera, porque era incapaz de explicarle por qué le habían alterado tanto ciertas palabras y ciertas cosas que habían sucedido con una muchacha. Por eso le había enseñado el Monstruo. Sabía que no se lo había mostrado a nadie, jamás, esa vulnerabilidad, y ahora tenía una responsabilidad con ella. Todo lo que pudiera decir estaba de más. Solo podía guardar el secreto y comprender.

Ahora le mira, estremecido y presa de sentimientos amargos y nostálgicos que se le enredan en la garganta. Ahora comprende muchas cosas. Comprende las pesadillas, los despertares con la daga empuñada bajo la almohada, comprende la aspereza ante algunos gestos y la posición defensiva y desconfiada en otras ocasiones. Puede comprender todo, cómo se ha forjado así, por qué así y no de otra manera, la criatura que yace en la cama de al lado, enorme, fuerte, inquebrantable. Y sin embargo, necesitada.

Al fin se ha dormido, lo ha hecho con el ceño fruncido. Un deseo instintivo de protegerle y arroparle discurre por sus venas al mirarle. Pero no se acerca. Tendrá que hacerlo de lejos, desde su cama, por el momento. Se aguanta las ganas de levantarse y acudir a su lado, de imponerle sus cuidados, de obligarle a aceptar su abrazo. No sabe mucho de animales, pero éste está muy herido. Por eso, irá con cuidado y esperará, como siempre, guardándose sus propios deseos, hasta que pueda caminar a su paso.


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Cae la noche en Corona del Sol. Las luces de las viviendas comienzan a encenderse, con el zumbido de la magia arcana, y los blandones arden suavemente, tiñendo la penumbra de resplandores rojizos. El cielo es hermoso, el bosque es hermoso, todo es perfecto.

- Nosotros nos vamos a casa – grita uno de los niños, arrojando la última piedra. - ¿Vienes?

El muchachito subido al árbol mira hacia la aldea y niega con la cabeza.

- Me quedo un rato.

- Vaaaale. ¡Hasta mañana!

Los chicos corren hacia las casas, donde sus madres esperan en el umbral. En Corona del Sol todo el mundo vuelve al anochecer y nadie se acerca al lago a esa hora. Los niños saben que el espíritu del lago es violento y terrible, pero a él no le da miedo el espíritu del lago. Él ya estuvo allí y regresó.

Se aparta el largo flequillo del rostro y sigue trepando por las ramas, intentando llegar más alto, jadeando y cansándose. A veces se cae o se hace una herida, pero no le importa. Está sucio, lleva marcas negras bajo las uñas y se ha raspado las rodillas, pero continúa subiendo obcecadamente, sin rendirse, sin pensar en nada. Sólo subir.

Tampoco le da miedo perder pie y caerse, abrirse la cabeza o desnucarse con una rama. Todo eso no le parece demasiado grave en realidad.

Cuando finalmente llega a la copa del árbol, observa de nuevo la aldea. Sólo queda una elfa en el umbral de su vivienda, todas las demás ya han entrado con sus hijos para bañarles y cenar, contarles un cuento y llevarles a dormir. Estrecha los ojos para mirar a la dama solitaria y siente una punzada de remordimiento. Seguro que mamá está preocupada.

Balancea los pies en el aire, pensativo, dudando. No quiere que su madre sufra, pero sabe lo que pasará cuando regrese. Al menos hoy se ha portado mal. Se ha roto la ropa y se ha caído, y además va a llegar tardísimo a cenar. Al menos hoy habrá un motivo, aunque su instinto infantil le recuerda que eso no importa.

- Menudo asco – dice en alto, arrojando la piedra de colores que llevaba en el bolsillo muy lejos de sí. Su voz suena rasposa y siente un frío glacial en el pecho cuando desciende del árbol, con la angustia anudada en la garganta y la respiración agitada.

Regresa al hogar corriendo, corriendo con todas sus fuerzas. Quiere cansarse y agotarse, y mientras corre no siente nada, la inquietud se va con el sudor, con el golpe del aire frío en el rostro, en el cuerpo, con la sensación de la tierra bajo sus pies, y en su imaginación se forma una imagen hermosa.

Mientras atraviesa la alta hierba y sortea ágilmente los troncos, aun sin perder el aliento, sueña que tiene garras y una boca grande llena de dientes afilados, y que ruge con fuerza y nadie puede hacerle daño. Se lo imagina tan claramente que casi le parece real, su corazón golpea con violencia y una luz suave se abre paso en los jirones oscuros del miedo con la ilusión de la fuerza indoblegable.

Sin embargo, cuando el suelo mullido del bosque se endurece y entra en la aldea, con la mirada preocupada de su mamá a pocos metros, el sueño se disipa y de nuevo es un niño pequeño que no tiene garras. Deja de correr y sus pasos se vuelven pesados cuando se acerca a la escalinata donde ella sostiene las cortinas con el semblante triste.

- Hola mamá – dice sin mas, cruzando el umbral. Ella mira a su hijo con una pena profunda y la incomprensión pintada en el rostro al ver su aspecto.

- ¿Qué te ha pasado, hijo?

- He estado jugando, mamá. – responde sin más.

La noche transcurre con la engañosa calma de siempre. Ella le manda a bañarse, y luego cenan los dos sobre los cojines, porque su hermano Ilmar y El Monstruo están en el estudio. Mamá les ha llevado la cena allí, y parece más contenta. Le pone una venda en la rodilla y le peina con una suave risa, preguntándole cuándo piensa dejarse cortar el pelo.

- No quiero nunca – responde él con vehemencia, mientras se lleva el tenedor a la boca y mastica ávidamente – Quiero tener el pelo largo como Dathremán.

- Dath’remar, hijo - Mamá tiene una voz suave y dulce, el cabello rubio y fino como él, los ojos color azul y el rostro más hermoso del mundo. – Acábate las verduras ¿eh? Si las escondes en la servilleta, crecerán árboles en ellas.

- ¿Y si me las como no me crecerán árboles en la tripa?

Ella se ríe y le pasa el brazo por los hombros a su pequeño, besándole la frente.

- Si te las comes, te harás grande y fuerte.

Confía en su madre, así que se come todas las verduras, porque quiere ser grande y fuerte. El nudo de su estómago se ha disipado con la ausencia del Monstruo, y suspira. “Quizá hoy no venga. Mamá dice que estará trabajando hasta tarde, y a veces no viene.”

Cuando acaban de cenar, la ayuda a lavar los platos en la fuente del patio y se limpia los dientes, luego los dos suben a su habitación y su madre abre la cama mientras él se pone la camisa de dormir y los ligeros pantalones de tela debajo.

- Hace calor, cariño. Quítate esos pantalones.

- No – responde repentinamente, atando con fuerza el nudo. Su voz suena tajante, y ella le mira algo perpleja.

- Como quieras… vamos, a la cama, bicho.

Él le regala una sonrisa y se mete en la cama, suspirando. Ella le arropa, le aparta el pelo del rostro y le besa la mejilla, y los dos se miran. Quiere mucho a su madre, y sabe que ella le quiere también, aunque en los últimos meses siempre tiene ese brillo de inquietud en el fondo de los ojos. Sabe que está triste.

“Es por mi culpa”, se dice. “Es porque estoy siempre en el bosque y porque me porto mal, pero no me regaña”. Mientras ella le acaricia el pelo y la melancolía se hace más patente en su semblante, repentinamente, el niño siente náuseas. Un intenso malestar le recorre el cuerpo entero y se anuda en su corazón, y se maldice a sí mismo al percibir cómo sufre. Comprende que su madre sabe que algo no va bien, y eso se clava en su alma como un cuchillo.

- Mamá…

- ¿Si? – Ella le mira ansiosa, inclinándose hacia él.

Rodrith traga saliva. “No se lo digas a nadie”, resuena la voz sibilina del Monstruo en su cabeza, imperativa, y le sudan las manos, el cobertor parece asfixiarle en la cama. “No se lo digas a nadie”

- Mamá, intentaré portarme mejor – dice finalmente, sintiéndose un miserable, mientras traga saliva.
                                                                                                             
Su madre sonríe suavemente y le abraza, su olor le envuelve y el nudo en la garganta amenaza con hacerle llorar. Querría abrazarla y romper en sollozos, y gritar, y arañarse la cara, y revolverse y desaparecer, pero no lo hace. Se queda quieto mientras ella le acuna.

- Te quiero, mi niño.

- Yo también te quiero, mamá.

Ella sale y la oscuridad se cierra cuando se lleva el candelabro, la Luz se marcha y se queda solo en la cama, con la tiniebla alrededor y el sudor frío perlando su piel. Esconde la cabeza bajo la almohada y se repite a sí mismo que hoy no vendrá, una y otra vez, hasta que engaña al sueño inquieto y el cansancio le vence.

Cuando despierta en mitad de la noche, la sensación de alarma es la misma de siempre. La reconoce al momento, y la bilis amarga se le pega al paladar; sin atreverse a quitarse la almohada de encima, consciente del peso ajeno sobre su cama. Se hace el dormido.

- Mira qué hijito tan bonito tengo…

La voz susurrante, fría y cortante como el acero, le llega a los oídos a pesar de todo, y se mantiene inmóvil, respirando regularmente, con el corazón desbocado por el pánico y un millar de serpientes recorriendo sus entrañas, mordiéndole con amargo veneno. “Que no se de cuenta. Al menos así será mas rápido”. El miedo es una mano pegajosa en su pecho.

- Tan bonito como el sol, tan precioso… eres igual que tu madre. – El Monstruo está tirando del cobertor y el aire de la noche le parece gélido. – ¿No vas a dar las buenas noches a papá?

El chico no puede tragar saliva. No se atreve. No mueve ni un músculo y se concentra en fingir que duerme, con los nervios de punta y un alambre de espinos en la garganta. Recuerda que la primera vez que le dijo aquellas mismas palabras, se sintió feliz. Pensó que su padre le quería, que al fin le mostraba afecto, y le sonrió y le dio las buenas noches. Pero eso no cambió nada. Así que guarda silencio y reza a quien quiera escucharle para que el Monstruo salga de su cuarto y se de por vencido.

Una mano helada se escurre bajo su camisa, en su espalda.

- Este hijo ingrato, que me paga el haberle dado la vida sólo haciéndome enfadar… - la voz se vuelve más cortante, más tenue, y le escucha respirar aceleradamente. Se estremece, cerrando los ojos con fuerza. – Los disgustos que me das hacen que no pueda trabajar. ¿Sabes que mi experimento ha fallado de nuevo, pequeña sabandija?

“Cuando sea grande y fuerte podré correr tan deprisa que nunca llegarás a alcanzarme. Cuando sea grande y fuerte no volverás a golpearme y nunca me tocarás, y si lo intentas te mataré”, se repite el niño. La almohada es apartada de su rostro y el Monstruo le coge la cara, obligándole a mirarle, pone los pulgares sobre sus párpados y tira de ellos hacia arriba para abrirlos. Al despegarlos, las lágrimas se escurren por su rostro, y el sollozo nervioso agita su pecho.

Su padre sonríe, con la expresión conocida en la mirada, esa que tanto le asusta. El cabello recogido en la nuca y la sonrisa despectiva, amarga como un latigazo, le recuerdan que no podrá evitarlo de nuevo. Que no podrá escapar.

- Eres una desgracia para esta familia, niño consentido y desobediente. Ahora vas a portarte bien y a darle las buenas noches a tu padre como se merece.

Él aprieta los dientes, tembloroso, cuando le pasa la lengua por la cara, y trata de apartarse instintivamente. El terror se ha hecho dueño de él, y no puede pensar en una reacción que pueda complacer a su padre, de manera que cuando recibe la primera bofetada comprende que, desde luego, esa no lo ha hecho.

- Ingrato – repite el Monstruo mientras le agarra del pelo y vuelve a golpearle – sucia rata, deja de desafiarme.

El oído le zumba y la nube blanca se extiende en su mente, alejándole de la realidad, protegiéndole de lo que está sucediendo. Los insultos dejan de tener sentido, el dolor se difumina y todo empieza a parecer lejano cuando la nube le hace desaparecer.

- Es todo culpa tuya, maldito seas. Desde que tú llegaste, mi nombre está en el lodo, gusano, pequeña alimaña indomable. Si hago esto es por tu culpa. Esto es culpa tuya. Te lo mereces y me obligas a castigarte…

Las palabras van y vienen, los golpes también. Su padre es un experto, le retuerce los brazos tapándole la boca para que no grite, le golpea con los codos y con el puño cerrado para que las bofetadas no resuenen en la habitación, y cuando se da por satisfecho, repentinamente le abraza y le pasa la lengua por el cuello.

- ¿Por qué no quieres a tu padre? – dice la voz temblorosa en su oído, suplicante y angustiada. El niño está llorando en silencio, pero mantiene los ojos abiertos. Sabe que no permitirá que los cierre y tampoco puede hacerlo.
 
El Monstruo le estrecha con un gesto extraño, ávido, desesperado y que le resulta nauseabundo. Cuando escurre las manos sobre su cuerpo bajo la camisa, intenta imaginarse que hace todo eso por amor, porque le quiere. Intenta compadecerse de él y abrazarle, pero no puede. Su alma está gritando y pugna por disolverse, por huir de aquello, porque sabe que no está bien. En su interior, lo percibe como una agresión, sabe que es una agresión, aunque no lo entienda. Por eso se encoge y ahoga un gemido, y repentinamente, trata de zafarse y escapar, pero la presa es firme a su alrededor.

- Eres mi condena, mi sol... – susurra la voz, trémula e inflamada por un sentimiento que Rodrith aun no puede definir. - ¿Por qué me haces esto? Maldito seas por siempre, maldito seas… ¿Por qué no me amas? Bendito seas...

Los dedos de su padre tironean del cordón de los pantalones. Lo deshacen finalmente, de nada sirvió apretarlo con todas sus fuerzas, y la tela baja hasta sus talones. El chico abre los ojos desmesuradamente y se mete la sábana en la boca, con el pensamiento peregrino de asfixiarse con ella y morir, cuando comienza a tocarle entre los muslos, a levantarle la camisa y pellizcarle la carne, con la lengua en su cuello.

- Sabes como tu madre, hueles como tu madre, me desprecias igual que ella, todos me despreciáis, me odiáis... ¿Por qué no me quieres?

El elfo se aprieta contra él, siente su olor a magia, ácido y chispeante, y le sobreviene una arcada entre las lágrimas. La carne entre sus piernas, a pesar del miedo, a pesar del horror, se está endureciendo, pero por mucho que el Monstruo se frota contra su cuerpo, presionando con la pelvis en la parte de atrás de sus muslos desnudos, no consigue que su propia virilidad despierte.
 
El niño aprieta los dientes y gruñe, desesperado,  y el Monstruo suelta una maldición, cogiéndole la mano y llevándosela a su sexo, retorciéndole el brazo a la espalda. Le obliga a cerrar los dedos bajo los suyos y a acariciarle rápidamente, aunque el movimiento le produce dolor en la forzada postura. La carne que sujeta sin remedio es blanda y fláccida y está caliente, pero no reacciona.

- Inútil, ni para esto me sirves – le espeta, soltándole y propinándole un codazo en las costillas. Se mueve sobre él y le obliga a tenderse boca arriba, los forcejeos solo desembocan en golpes y nuevas amenazas – Si gritas, tu madre vendrá y verá lo que estás haciendo. No volverá a mirarte a la cara, y nunca más te querrá. Pórtate bien.

No puede dejar de llorar, pero finalmente cierra los ojos y se queda inmóvil, temblando de cuando en cuando. Impotente. El monstruo le abre la boca, apretándole las mejillas, e introduce el miembro fláccido en ella. Rodrith tiene la lengua áspera y el paladar reseco por el miedo, los labios se le pegan y la saliva ha desaparecido, quizá se ha retirado para dejar hueco a las lágrimas. Le sobreviene una arcada, pero la contiene. Le mordería si no estuviera apretándole el rostro de esa manera, en la que no puede cerrar los dientes. Debatirse no sirve de nada. Obedecer, no sirve de nada. Todo sigue sucediendo a un ritmo demasiado lento, todo sigue su curso y no importa lo que él haga o deje de hacer, porque todo, todo, todo es en vano.

El monstruo sigue murmurando incoherencias y le restriega el sexo por el rostro, humedeciéndolo con su llanto para lubricarlo, le escupe sobre la boca para volver a penetrarla, y se mueve desordenadamente, cuando al fin la consistencia de la carne se vuelve más densa.

- ¿Ves que fácil, mi niño? – jadea entrecortadamente, mientras le tira del pelo. Rodrith aprieta los ojos y piensa en el mar, se concentra en el mar, que en algún lugar está golpeando con sus olas en la arena. - ¿Ves que fácil?

La invasión se vuelve brusca y le roza la garganta, provocándole arcadas de nuevo, el sabor acre de la piel es algo que el mar no puede ocultar. Finalmente, el Monstruo se retira y le manosea de nuevo, girándole en el colchón.

El niño ya no hace nada. No patalea, no se mueve y no tiembla a causa del llanto. Las lágrimas se deslizan sin más por su rostro, aplastado en las sábanas. Su mente está serena. “Odio esta cama. Odio esta habitación. Odio a todo el mundo. Ojalá el mar se los lleve, que los demonios se los coman, y yo tendré garras y una boca llena de dientes…”

El monstruo está empujando detrás de él. Le agarra de las caderas, clavándole las uñas, y trata de escurrir el miembro húmedo y algo revitalizado dentro de él, pero la tensión no es suficiente para penetrar. Le insulta y levanta una mano hacia su cuello, apretándole, estrangulándole.

“Mátame, eso es lo mejor que puedes hacer”, se dice el niño, exhalando un gemido ahogado de dolor sin que su semblante se inmute un ápice.

- Hacerle esto a tu padre. Tener así a tu padre. Debería matarte – balbucea el Monstruo en susurros, frustrado.

Finalmente, sin que su erección haya sido suficiente para consumar sus deseos, el Monstruo se frota contra su trasero, arañándole, mordiéndole, fuera de sí, hasta que la simiente se derrama sobre los riñones del niño. Es caliente y densa y la sensación le marea, está a punto de perder el conocimiento, dejándose llevar por el mar y sus olas.

El Monstruo se convulsiona al eyacular y luego se aparta, limpiándose las manos en la toga. El niño se queda tumbado boca abajo, con los pantalones en los tobillos y la camisa alzada hasta los hombros, inmóvil, como un muñeco de trapo.

- Mira lo que me has hecho – murmura su padre. – Mira en qué me he convertido por tu culpa. Te lo mereces. Te mereces esto y mucho más. ¿Es que no ves cuanto te quiero? Me das asco.

La última palabra resuena en los oídos del muchacho como un cuchillo afilado y helado, que ya ni siquiera le daña. Cuando el Monstruo se ha marchado, aún tarda unas horas en reaccionar.

Se limpia la espalda con las sábanas y se coloca la ropa, se pasa las manos por el rostro y se precipita hacia la maceta que su madre le puso en el balcón para vomitar en ella. Agarra el tiesto, presa del llanto nervioso, temblando, lívido, y respira hondo para sobreponerse, contrayéndose una y otra vez mientras se vacía su estómago, que parece haber encogido, arrugado como una fruta seca.

Aún está lo bastante consciente como para remover la tierra y enterrar el vómito en ella. Cuando la mira, con el semblante ausente y la respiración recuperada, observa las hojas verdes, hermosas y sanas, el tallo perfecto, la perfecta composición de sus ramificaciones.

Esa planta ha crecido gracias a su angustia. Su belleza es fruto de su desesperación. Se ha alimentado de sus lágrimas, de los fluidos arrancados de su cuerpo, de su vómito cada noche y de todo su sufrimiento que no parece terminar nunca, que no le da tregua y que no desaparece.

Se sienta delante de la maceta, observando el cielo estrellado en el balcón. El aire agita sus cabellos, le golpea, gélido, sobre su cuerpo, pero parece no sentirlo ya. Se ha calmado poco a poco, y ahora sólo queda vacío.

 Lentamente, arranca las hojas una a una y las rompe entre sus dedos, ausente de toda emoción. Luego parte el tallo, lo destroza y lo trocea muy despacio, arrancando hebras verdes con las uñas. Tira de los restos y extrae las raíces y se las lleva a la boca, mordiéndolas, con el sonido del mar en su cabeza. Mastica y traga, muy lentamente, y después recoge los restos destrozados sobre el suelo y se los come también, uno a uno, hasta que ya no queda nada.

Se siente algo mejor, pero no del todo. Contempla el tiesto, con la barbilla sobre las manos y la mirada ausente, el esqueleto de la planta de la amargura se alza sobre la tierra revuelta que huele a sudor pegajoso y a pánico. Finalmente lo coge entre las manos y se acerca al borde del balcón, tambaleándose por el peso. Trepa hasta la balaustrada y se sienta allí, abrazando la maceta desgajada, con una punzada dolorosa en el estómago. Mira hacia abajo y mueve los pies, calculando la distancia. Quizá con suerte conseguiría abrirse la cabeza…y frunce el ceño.

“No, no es eso lo que quiero”

Se agazapa en la barandilla de mármol, con la cerámica bajo el brazo, en cuclillas con la mano libre apoyada en la balaustrada, entre las piernas, y observa el suelo, los árboles más allá, la luna, las estrellas. El viento agita las ramas y le revuelve el cabello, aullando, abrazándole.

“Algún día tendré dientes afilados y garras poderosas, y entonces yo seré el rey de los bosques, el señor de las montañas, el conquistador de los cielos, nadie podrá aplastarme nunca. Nunca.”

Coge el tiesto con ambas manos y lo lanza lejos, todo lo lejos que pueden sus bracitos infantiles, y el objeto cae a plomo, estrellándose contra el suelo y saltando en pedazos, dejando una mancha oscura donde la tierra negra se derrama.



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Ha despertado. Entreabre los ojos y le mira, gruñendo un poco. Él le sonríe con gesto cansado, en la penumbra.

- ¿Que haces despierto todavía? - susurra su compañero, con voz adormilada.
- No puedo dormir - responde, mintiendo en parte. - ¿Puedo ir contigo?

El rubio se lo piensa un instante y asiente, abriendo las sábanas para él.

- Claro. ¿Estás bien?
- Regular.

Entra en su reino, en su cama y en sus brazos, ahora que se los ha abierto, creyendo que le necesita. Deja que le abrace, como si fuera él quien debiera ser consolado y acunado. Permitiendo que lo haga, le está protegiendo de sí mismo, de sus fantasmas y sus monstruos secretos. Porque sabe bien, ahora mejor que nunca, que siempre que él le acoge así, también se está refugiando. Le acaricia el pelo con los dedos y apoya la mejilla en el pecho enorme, escuchando los latidos de su corazón.

-Buenas noches.
- Buenas noches.

Pero él no se duerme. Le vela en silencio, de esa manera extraña y difícil de comprender, atento para exorcizar los monstruos si aparecen. Al menos eso puede hacerlo, por ahora.

lunes, 11 de enero de 2010

Libertad

Cielo irisado, brumoso, en una noche de lluvia. Los Claros de Tirisfal recortan las sombras de sus árboles retorcidos, la tenue luz cálida que atraviesa las ventanas de la aldea hacia el exterior palidece, fantasmagórica, en la neblina. Como el beso de un fuego fatuo, titilan las estrellas veladas en el cielo nuboso, mientras la lluvia se derrama en lágrimas delicadas, finas, afiladas. Se escurre por mi cabello mojándome el rostro, se cuela dentro de la armadura mientras forcejeo con él, irritado. Estamos, de nuevo, peleando entre los troncos nudosos, en la falsa intimidad del exterior, entre las sombras, a contraluz.

Jadea, retorciéndose entre mis manos, con los ojos encendidos de fuego verde. Relucen en la oscuridad, engastados entre las pestañas negras y espesas, más brillantes que las joyas que le engalanan los cuernos. Siento bajo los dedos los tendones tensos de sus muñecas, que se agitan entre mis manos en una resistencia vana. Agitados, respiramos entre dientes, acalorados por el combate una vez más. Él, desafiante y altivo, yo furioso y algo desdeñoso, consciente de mi superioridad. La saliva golpea  contra mi rostro cuando me escupe, aprieta la mandíbula y me muestra los dientes, con ese gruñido que más parece una invitación que una advertencia.

- Cabrón - me espeta a media voz, con un susurro de desprecio.

Él pulsa la cuerda, yo respondo. Le suelto con una mano y le abofeteo con el dorso. Restalla el metal contra su mejilla y abre un surco de sangre, velado por el cabello húmedo, oscuro, que cae como una cortina para ocultar con pudor la marca de mi violencia.

- Deja de jugar con fuego - resuello, reteniéndole cuando vuelve a revolverse, iracundo esta vez.

Me mira, le empujo, estrellándole la espalda contra el tronco oscuro y veteado del abeto. Le cuesta respirar, no cede en su desespero por escapar, y mis venas hierven con el hormigueo de la sangre despierta, del hambre que ya se insinúa en mis entrañas.

- Suéltame, hijo de puta - replica, levantando un poco la voz.

Por un instante, nos miramos. Tomándonos la talla, como dos depredadores. Es algo que no entiendo, que me cuesta discernir, más aún en la atmósfera densa y cargada que nos envuelve cada vez que nos vemos sumergidos en el conflicto. Una vez más, me hago las preguntas de siempre. ¿Por qué no me ataca de verdad, invocando la Sombra y arrojándome lejos, herido y escarmentado? ¿Por qué no me golpea en serio, con todo su poder, para apartarme de él y hacer frente en este combate? Mientras toma aire con dificultad, intentando girar las muñecas, patearme y empujarme con su cuerpo más pequeño, más frágil, entre la zozobra de mis propios instintos que me impelen a someterle y demostrarle una vez más cual es su lugar, le miro, levantando la barbilla con supremacía.

- ¿Quieres que te suelte? - pregunto.

Levanta el rostro herido, sus ojos se fijan en los míos por un momento, con un relámpago de confusión surcando los iris glaucos. Las gotas se prenden sobre la piel de alabastro y porcelana, diminutas perlas que podrían ser lágrimas. Siento gotear la fresca lluvia por mi cuello, colarse bajo mi ropa. Una caricia fresca sobre la carne ardiente y encendida, y la respuesta no llega de sus labios, pero la escucho en mi interior, degustándola con un deleite que sé bien que tiene mucho de enfermizo. Y sólo habla de nuevo para gruñir.

- Cabrón - repite.

No puedo evitar una sonrisa de superioridad cuando vuelvo a atacarle, de nuevo le golpeo, y esta vez dejo fluir un latigazo de Luz ardiente en dirección a su torso cubierto por la empapada toga, que le hace gruñir de nuevo y estremecerse.

- Tendré que enseñarte lecciones de respeto, jovencito - murmuro apenas.
- No me harás callar. Eres un cerdo.

¿Que no? Lo veremos. Cuando le muerdo en un beso agresivo y rudo, atrapando la boca insidiosa y la lengua que escupe veneno entre mis fauces, ya tengo toda la confirmación que necesito. La tengo, más aún, al sujetar sus manos sobre la cabeza, apresándolas entre el cepo de mis dedos contra el tronco rugoso y estrecharme contra su cuerpo, imponiéndome en toda mi envergadura. Algo duro y tenso se estrecha contra mi sexo que despierta, allá donde se unen nuestras anatomías, y él se arquea en el juego irracional que compartimos, oponiendo resistencia.

Él pulsa la cuerda, y yo respondo. Ahora está claro en mi mente, se abre paso la certeza en mi mente racional, ahora irracional, que quizá por ese motivo puede comprenderlo. Mientras nos mordemos y enredamos las lenguas hambrientas en besos que no son besos, en una batalla que no lo es, sin dejar de serlo, creo entenderlo todo. Las continuas provocaciones, el enfrentamiento constante, la rebeldía. No sé si podría impedir esto si se opusiera realmente, con todos sus medios. Sospecho que no. Pero no importa, porque no quiere evitarlo, lo reclama y lo desea, es lo que quiere. Y sí. Yo quiero dárselo.

"Porque yo también te provoco y te reclamo con mi indiferencia", pienso, mientras la saliva perfumada se escurre en mi boca, engullo su lengua y me aparto, con los labios ensangrentados, jadeando. "Porque quiero ser el causante de tu tortura, el juez y el verdugo de tu alma y tu cuerpo", me digo, mientras se estremece en la presa férrea de mi fisonomía más poderosa, insultándome, maldiciéndome, llamándome, implorando más.

El cuello cálido se abre como un paraje solitario, que resplandece con la piel erizada cuando lo recorro con los dientes, hambriento, devorándole hasta hacer saltar la sangre infecta. Aún sostengo sus manos encadenadas entre mis dedos, por encima de su cabello negro. Tan finas las muñecas del artesano, que sólo con la izquierda puedo contenerlas, y, embriagado por la libertad sin culpa que ahora se me ofrece, tiro de la toga con un gesto violento, animal desatado que se precipita a la caza, hasta escuchar el gemido de protesta y el rasgar de las costuras.

Así es como tenemos lo que queremos. Porque quiero destrozarte y atormentar tu carne hasta escuchar tus gritos, hacer de tu dolor mi placer, y quieres que te consuma y te castigue, extraer tu placer del dolor que te brindo. Existe el dolor sin sufrimiento, lo sé bien, y reconozco estos valles y estos ríos, los he transitado largamente.

Uso sin recato el poder que me otorga, extendiendo los dedos sobre el torso ahora desnudo, que se cimbrea y flexiona en su obstinación fraudulenta, en su juego y su danza. La respiración entrecortada se agita hasta la asfixia cuando le muerdo en la curva del hombro, cerrando los dientes con firmeza, y tiro de la piel, destellando a través de los dedos abiertos sobre su carne prometedora. La energía sagrada le quema en el pecho, y el grito ahogado que apenas es capaz de contener, actúa como un acicate para mi hambre encadenada. Sangre venenosa mezclada con lluvia se deslizan por las comisuras de mis labios, y libero el bocado suculento, escupiendo la ponzoña a un lado.

Esa es otra marca de mi superioridad, eso también me dignifica ante sus ojos. Su veneno no tiene poder sobre mi, no le doy más que lo que quiero, y si le doy lo que quiere, es porque lo deseo. No tomo más de lo que puedo manejar, y mi control es superlativo incluso en el descontrol. Mi libertad le permite entregarme este poder, porque sabe, como yo sé, que nunca me pondrá más cadenas de las que yo quiera llevar, que nunca le ataré con más cadenas de las que él acepte cargar. Y que somos, siempre seremos, tan libres de lucirlas con orgullo como de desprendernos de ellas. Y así, mientras nos sumergimos en este juego de poder y aceptación, donde llegamos tan lejos como nos permite el otro, nos desnudamos arrebatadamente, con gestos violentos, arrancándonos las capas de tejido y metal al igual que apartamos los jirones de nuestras almas para descubrirnos. Somos libres. Libres de abrazar el dolor por el placer, el placer por el dolor, de empuñar la agresividad más cruel como un regalo de respeto y devoción, como un vehículo para llegar hasta ti, para mostrarte lo que eres, lo que soy, de la única manera en que sé hacerlo.

La toga cuelga de su cintura, empapada, y la sangre corre de las heridas que he abierto a dentelladas, diluyéndose en la lluvia. El cuerpo trémulo se agita en un suave temblor, el perfume enervante se tiñe de languidez y abandono al mezclarse con el aroma de la tierra húmeda bajo nuestros pies. Le tiro del pelo, empujándole con vehemencia, y de nuevo me hundo entre sus labios. La lengua ardiente se enreda en la mía, me roba un sorbo de vida chispeante en el beso anudado, y replico con una nueva descarga electrificante que brota de mis dedos, cerrados en un arañazo intenso sobre su pecho. Se deslizan hacia su vientre horadando la carne, abriendo la piel, y de nuevo, gime.

- Sucio paladín - replica aún, en un jadeo ahogado, cuando abandono su boca y tiro de los jirones de su indumentaria hacia la cintura, estrujando el bajo levantado de la túnica entre los dedos al aferrarle las caderas. Neblina turbia ante mis ojos y los nervios despiertos, excitación violenta cuando de nuevo forcejea, ya apenas sin fuerzas, sin decisión alguna. - Ya basta. Basta.
- No - respondo con el mismo susurro íntimo, peligroso y violento. - No basta

Y de nuevo le golpeo, la Luz estalla y Theron grita. Su voz se desliza en mis oídos, sedientos de la canción de su dolor, enerva mis sentidos, la prueba de su excitación se tensa más contra la mía, que ya casi duele, y la tormenta se avecina en mi alma igual que se quiebra en el cielo de esta noche borrascosa. La piel de alabastro sisea, los jadeos del brujo se convierten en sollozos estremecidos cuando le suelto y los dedos trémulos se aferran a mi torso, clavando las uñas, se enredan en las raíces de mi cabello.

- Basta - susurra con abandono lúbrico, apretándose, el cuerpo húmedo se funde al mío, la lluvia fresca se escurre entre ambos, templándose con el calor que desprendemos. Recorre mis labios con la lengua impúdica, me araña y pugna por encontrar el aire, emparedado entre el tronco del árbol y mi figura que se cierne sobre él, imperativa.
- No - repito casi gimiendo, ahorcándome en la soga de la contención desesperada.

Yo decido. Me muevo con una ondulación leve, inconsciente, empujando las caderas hacia las suyas, y de nuevo manejo el cuerpo breve y ligero, que no puede oponer ya su resistencia desafiante cuando le giro de espaldas y retuerzo el brazo contra los riñones. Gime, quejumbroso, revolviéndose vanamente. La línea suave de la columna se me aparece ante los ojos, como una serpiente de huesos dibujados bajo la piel pálida. Con brusquedad, extiende la mano libre y la arroja sobre la corteza del abeto, arañándola hasta que le sangran los dedos, mientras yo me deslizo perdido en la fragancia de la nuca, cerrando las mandíbulas, marcándole, dominante. Me tiendo hacia él para percibir cada gramo de las reacciones, el aliento entrecortado, el estremecimiento en la piel, la vibración de la excitación en la que se diluye, los quedos gemidos contenidos, me alimento de ello y mi propia hambre se dispara. Ávido, famélico, el espejismo del dominio me inflama, el poder me eleva, y libero la dolorosa erección con los dedos de la diestra, levantándole los faldones de la toga de un tirón y estrechándome contra su cuerpo en un gesto que me avergonzaría si aún tuviera pudor alguno. No sé si alguna vez lo tuve. Es una seducción clara, una insinuación imperativa, a la que responde pegándose a mi al arquearse. Las nalgas redondeadas y firmes se aprietan contra mi virilidad erguida, la piel de suavidad inimaginable se funde contra mi carne palpitante y tensa. Por un momento me mareo, sin saber si voy a poder soportarlo, y voy soltando las riendas de la moderación una a una, presionando el estrecho paso que me hundirá en sus entrañas, que me acogerán con el abrazo prieto, que... dioses, la anticipación me rompe por dentro. Suficiente.

Grita y se golpea la cabeza contra el árbol, tenso y rígido cuando lo hago. Con un movimiento firme, violento, invado su interior. Es como rasgar un tejido fibroso, como enterrarse en una herida breve y sumergirse entre músculos rasgados y venas abiertas. Se me corta el aire en la garganta y pierdo la visión por un momento, estrangulándome en esa caricia prieta, ondulante, que late alrededor de mi sexo congestionado. Me abrasa. El placer destella casi doloroso, y el sudor se mezcla con la lluvia sobre la espalda blanca, escurriéndose. Recuperamos el aliento a la vez, el suyo, abandonado y dolorido, el mío es un murmullo áspero y satisfecho, enardecido. Sé, soy muy consciente de ello en esta extraña realidad en la que todo parece claro más allá de la razón, que hay una nota contradictoria en la rudeza con la que me retiro para volver a embestirle y la suave caricia de mi lengua en su espalda. También la hay en los contenidos gemidos de dolor que escapan de sus labios y la palpable excitación lúbrica con la que se arquea para recibirme.

- Cabrón - No sé si es un susurro abandonado o un sollozo contenido. Suena casi como un halago.
- Denúnciame - respondo, y no sé cómo ha debido sonar mi voz para hacer que se estremezca de nuevo, que se tienda hacia mí, jadeando, apoyando las manos, ambas libres ahora, sobre la leñosa superficie del abeto, que gotea lágrimas transparentes sobre nosotros desde sus agujas.

Aferrado a sus caderas, atrayéndole cuando me hundo en su profundidad volcánica una y otra vez, rompiendo lentamente las sogas de mi contención, no le privo de un solo sorbo de mi deseo salvaje, que deja sus huellas en los hombros, en la espalda, con la forma de mis dientes. Mi propio calor me abrasa, se escurre el sudor sobre mi pecho agitado, y gira el rostro a medias, ofreciéndome su perfil transido, de labios entreabiertos y párpados caídos en el éxtasis del placer y el dolor, que se impulsan el uno al otro cuando los violentos oleajes nos arrasan, nos arrastran, y me zumban los oídos y me duele hasta la sangre mientras me abalanzo en su interior con un ritmo progresivo que se acerca al frenesí.

Se lame los labios. Y me mira. Apenas le veo, envuelto en bruma dorada a causa de mis propios cabellos que me caen, mojados sobre el rostro. Me llaman sus ojos.

Y no sé que pensar de mí mismo, de todo esto, cuando respondo a la llamada desesperada, agónica, y recojo sus labios entre los míos, sintiendo el violento reclamo cuando cierra una mano, echándola hacia atrás, en las raíces de mis cabellos, aferrándolos como si yo fuera lo único real, igual que yo me aferro a él. Porque esta vez nos besamos, al borde del clímax que amenaza con estallar en cualquier momento y barrerlo todo; nos besamos sin herirnos, enredando las lenguas y fundiéndonos con una entrega que no puedo contener, que él no quiere negarse, y se derrama desde el fondo de lo que somos, cuando la carne se colapsa y el éxtasis se desborda, anegándonos y haciéndonos desaparecer en un océano de plenitud, latidos, semilla derramada y gemidos desordenados, gruñidos sordos y corazones al límite, nervios de punta y sensaciones disparadas.

No sé que pensar, por un instante en el que me precipito hacia ese centro blanco, reluciente, cercano a la inconsciencia al que me transporta el orgasmo inevitable y explosivo. Porque lo que compartimos y no puedo explicar, se ha vestido con un tinte aún mas misterioso en ese beso de gratitud y afecto, o más que afecto, que ha despertado una semilla oculta dentro de mi ser.

No sé que pensar... pero afortunadamente, ahora ya no puedo pensar nada.




"Amar a un ser humano es ayudarle a ser libre" - Ramaya

martes, 15 de diciembre de 2009

Noche de bodas (II)

No debería estar aquí. Aún estoy algo embotado, esa mierda de bebida que nos ha dado Allanah... ¿Qué diablos le habrá echado? Alcohol y hierbas, quizá cardo de maná o algo más fuerte... no es nada nuevo. No es nada nuevo, soy un asiduo a los polvos arcanos y oníricos, realmente no es la jodida manía que le ha dado al espacio que me rodea de girar y girar ni el espesor en el paladar lo que está retirando las trincheras en mi camino, no es eso.

Es el ambiente. Es todo, el olor del vil que me violenta y despierta las ganas de destruir y purificar, es esta penumbra de la habitación, son los pensamientos agitados que despertaron por culpa de Lemgedith - maldito sea por siempre - y la estúpida boda absurda, son las sábanas y la almohada, es todo. La equívoca sensación, engañosa y falsa, de que no hay peligro y sólo son juegos. Juegos de adultos.

Entierro la cabeza en la almohada, gruñendo. He subido casi por inercia, ascendí las escaleras al recuperar parte del autocontrol y querer poner fin a la estupidez de borrachos de turno. Pero aquí está la serpiente insidiosa, que se deja caer sobre el colchón a mi lado, con su presencia irritante. Allanah e Hibrys también están aquí.

Intento envolverme en los restos, los jirones de la bruma de la embriaguez y anestesiarme por completo, me cubro con ellos y me abrigo en su amparo. El sonido de los besos húmedos al otro lado no ayuda. Percibo cada movimiento de los cuerpos sobre el lecho, el roce de la ropa de cama, el desliz de las caricias insinuantes, las respiraciones tenues, que se vuelven contenidas, y esa tensión en el aire de las excitaciones que despiertan, el deseo y el hambre ajena.

La propia tira de mí, suave y controlable. El pálpito despierto, constante, de un nudo que me aprieta en el estómago desde hace días, las dudas extrañas que han poblado de sueños inquietantes mis noches pasadas. El cuerpo delgado y liviano, aún vestido con la toga de tejido suave, me roza el costado y le miro de reojo, ladeando apenas el rostro sobre la almohada, gruñendo. Maldito sea también, que ha bailado ante mis ojos y ha vertido sus palabras en mi oído, tentador y malicioso, jugando a molestar a los monstruos, a despertar a las bestias dormidas. Es molesto e irritante, molesta e irritante su insistencia vana.

Me giro del todo, intentando pensar correctamente. Contemplo las figuras recortadas en la penumbra de la estancia. Allanah, sentada de espaldas al borde de la cama, tiene el rostro vuelto hacia mi hermana, que se entretiene con el brujo como es costumbre. Él, borracho y dejándose llevar, como es habitual en él, por los efectos del cóctel explosivo de nuestra compañera de armas, se enreda en besos insinuantes con Hibrys, la acaricia con suavidad. Y esa vocecita me dice al oído: "Es un momento propicio. Sólo prueba. Sólo tócale, y sal de dudas de una vez. Destruye la incertidumbre que han alimentado entre todos, porque si tienes que hacerlo con alguien, mejor con él".

Aún lo pienso un instante. Y descubro que no es la primera vez que me lo planteo. No, no lo es. Desde que toda esta zozobra comenzó a abrirse paso en mi mente, una confianza plena se ha tendido en su dirección, a pesar de lo molesto que es el puto brujo. A pesar de cómo se retuerce, hipnótico, para hacer que se quiebre mi firmeza, sé que si quiero hacer algo, comprobar cualquier cosa, es la persona adecuada.

Lo sé, porque no confío en nadie más.

Con un punto de curiosidad, más sereno de lo que quiero admitir y con la excusa deliciosa del alcohol y los estimulantes como respaldo por si me estrello - ahora no soy capaz de engañarme a mí mismo, sé que solo es una excusa - me muevo y rodeo la cintura breve con un brazo, en un gesto sutil que espero pase desapercibido. Están ocupados entre sí, creo que puedo hacerlo sin peligro. "¿Peligro a qué?", destella un momento la pregunta en mi mente. La aparto con violencia.

El cuerpo del brujo es flexible y cálido, ondulante, agradable. No despierta deseo, y eso me hace sentir más seguro cuando poso los dedos de la derecha sobre la espalda y dejo que desciendan, percibiendo la tensión repentina en sus músculos. Sí, se está dando cuenta, pero creo que me da igual. Tengo que comprobar hasta dónde llega esa maldita tribulación, y por el momento, todo va bien. Nada me ha perturbado, sólo exploro con cierta curiosidad lo que siento al tocarle.

Voy a apartarme, satisfecho con el resultado, cuando la anatomía felina y sinuosa se mueve debajo de mi brazo. Los ojos de jade encendido parpadean, el rostro andrógino y juvenil me observa, y al fondo de esa mirada, percibo el destello. Solo un matiz más de la glauca luminiscencia de su mirada, un matiz que soy incapaz de interpretar. Y algo me incomoda repentinamente.

En la oscuridad, solo sus ojos parecen atesorar toda la luz. Escucho la respiración de mi hermana, la veo, recortada como sombra sobre la sombra, inclinada sobre mi brujo. Y de alguna manera, cuando ahora él se ha vuelto hacia mí, cuando se acerca algo dubitativo y siento el contacto aterciopelado sobre mis labios, una correa tensa se suelta en el interior.

No es deseo. Me besa, despacio, tanteando el terreno en que se mueve, mientras mi hermana le presta sus atenciones. No es deseo. La lengua afilada se escurre entre mis labios cuando le dejo paso con cierta curiosidad, y deposita la caricia sobre la mía, teñida del sabor especiado, almizclado y embriagador de las tentaciones. Pero no es deseo. Me parece escuchar el sonido de los cables que se parten con ese contacto, el bramido lejano de una tormenta confusa y violenta que me acecha desde dentro. Y el beso se convierte en una ofensa, me pone alerta repentinamente. No voy a consentir que juegue conmigo. Mis normas. Imponer mis normas.

La oscuridad se vuelve hostil, la tiniebla se viste de batalla y mi sangre se enciende, siseante. Le estoy mordiendo la boca, iracundo, a la defensiva. "No me toques", quiero decirle, "aléjate de mi", pero yo también me acerco. Quiero... ¿Qué quiero?

Nuestras lenguas se han enredado, muerdo la suya, me he apretado contra su cuerpo y me giro repentinamente, imponiéndome con mi anatomía, más grande, más fuerte. Con la mano derecha, empujo a Hibrys fuera de la cama, intentando recuperar los hilos descosidos de mi razón, de mi serenidad, de la contención. Tratando de detener este estallido amenazante apresuradamente.

¿Qué quiero?

Castigarle por sus imprudencias, pasadas y presentes. Retribución, darle las consecuencias de lo que provoca cuando me molesta con sus estúpidos juegos. Dominación, someterle bajo mi supremacía y marcar el territorio. Una nueva exhibición de límites, eso creo que quiero.

Pero el cabrón no se rinde. Cuando le muerdo, me muerde. Le inmovilizo y se debate, mientras le estoy... ¿Le estoy tocando? Ah sí, demostrarme que esto no me gusta, eso también lo quiero. Y por qué no, darle un poco de su propia medicina, hace tiempo que se lo está buscando. Arrasar ese estúpido olor y destruirlo, y devorarlo hasta acabar con él y tener un poco más de paz, malditos cabrones desviados, os odio a todos, y...

- Iros a la mierda - Hibrys se va, muy bien, lárgate, guarra. Ella también tuvo su ración y no se ha vuelto a atrever a jugar con fuego, ¿no es verdad?. Amansemos al brujo.

Está atronando en mi interior, y el mordisco en mis labios, ese que me hace sangrar, me irrita aún más y me violenta. ¿Cómo se atreve? Le muerdo en respuesta, agarrándole las muñecas con las manos. Zumba en mis oídos. No deja de moverse. ¡Deja de moverte!, quiero gritarle. No quiero convertir esto en una guerra, cede de una puta vez, cede y ríndete, asústate o dime que pare, y terminará como debe. Me retiraré tranquilo, sabiendo que no... que...

Que nada. Algo se enciende en mi interior, un estremecimiento tenso. ¿Qué coño es esto? Hambre. Tira de mí, al verle retorcerse y cortar un gemido en la garganta. Me ha desabrochado la túnica y me está tocando. Tres dedos de yemas suaves, deslizándose sobre mi pecho, es una caricia que araña con suavidad la piel, insinuante. No entiendo nada... y una alarma de peligro inminente se enciende cuando siento liberarse otra cadena, tensa ante los tirones de un instinto donde todo se mezcla. Sujétala, sujétala, mantenla... se me escapa entre los dedos.

Me aparto de su boca, gruñendo. Me muestra los dientes y gruñe... invitándome...¿Qué narices está haciendo? No, joder, no. Los ojos verdeantes destellan en la oscuridad, aún me hace frente, tratando de escapar, pero no me detiene, cuando yo ya no puedo hacerlo. No me detiene. Forcejea, pero me incita. Resignado, suelto el último eslabón y me abandono al hambre extraña, a la violencia primitiva donde todo se confunde y se mezcla, abrumándome y llevándome por caminos que conozco demasiado bien.

Escucho el respingo cuando cierro los dedos en el frontal de la toga y tiro, rasgándola por las costuras, sin soltarle las manos. Piel pálida que ondula, estremecida, carne fresca y joven pintada con runas glaucas, adivino sangre debajo y carne tierna, cálida, deshaciéndose en la boca. Hambre. No hay camino de regreso.

Está a mi merced, se abandona a mis manos con una resistencia inútil que no le engaña a él y no me engaña a mí, quizá confuso, y ahora sí... deseo. Esto sí que lo es, lo que me tensa y me inflama desde dentro, junto a la ira, el fuego y el ansia. El deseo de los mil matices, que no puedo controlar cuando se presenta, que se limita a arrollarme y convertirme en una bestia. Lo que soy, muy dentro, lo más oculto.

Deseo. Puedo manejar este cuerpo frágil, esta presa escurridiza y suave, cálida, y lo hago. Encadeno sus muñecas con mi diestra, los dedos crispados, le giro sujetándole por la cintura y le estrello boca abajo contra el colchón. Clavo la rodilla en sus riñones, gime. Me gusta ese sonido. Cierro la otra mano en su nuca, se arquea y se revuelve. Inmovilizado. Le tengo. Es mío. Le tengo.

El triunfo y la adrenalina se disparan. La dominación es un visitante conocido que pasea por mis venas, encendiendo blandones como un loco pirómano hasta que todo está en llamas, conciencia y autocontrol, pensamiento y vestigios de razón. Prende en mí encendiendo todos los instintos. La avidez, el ansia, la brutalidad, la lujuria, arrastran los gruñidos hacia mi garganta y desatan las cortinas, un velo rojo y brumoso que cae delante de mis ojos y lo tiñe todo de un color abstracto e irreconocible.

Deseo y hambre. Todo deja de tener sentido y se disgrega en una neblina hipnótica, y un reclamo ancestral me guía hacia las profundidades del cuerpo que ahora es mío. Irrumpo en él sin condescendencia, vehemente y firme a pesar de la barrera que se impone en la carne cerrada y prieta, sin necesidad de recordar los motivos que me han llevado a esto, porque no son motivos, solo son faros que marcan un camino. El que ahora recorro, con un estremecimiento en los músculos tensos y el enfermizo cosquilleo del placer prohibido en la sangre, cuando le escucho gritar contra el colchón, ahogando su voz en las sábanas. Me gusta. Quiero escucharle gritar, más.

Ha palidecido por completo, la piel es tan blanca que parece brillar en la oscuridad, y la brusca invasión ha hecho saltar sangre, ha despertado el sudor en sus poros. Tenso, temblando como una hoja, se aferra a las sábanas mientras le sujeto. El cabello negro se derrama, lo adivino entre la oscuridad de la habitación, y los cuernos despuntan, enjoyados. Aguanto el aire en los pulmones y recupero el aliento, detenido al hundirme en el estrecho abrazo, candente y estrangulador, de sus entrañas. Ha dolido. A él le duele más.
Me encanta. Mastico su dolor, sé que lo he provocado y es jodidamente delicioso.

Aguardo unos segundos, mientras mi virilidad se repone del brutal ataque y su anatomía se adapta, abriéndose a mi paso. Aguardo unos segundos y destella el reconocimiento por un instante breve. Mi brujo. Qué te estoy haciendo... qué estás permitiendo que te haga...

Libero sus manos y le acaricio, con una punzada de dolor dentro del alma, sintiéndome terriblemente sucio, culpable. No quiero hacerle daño... no es verdad. Quiero hacerle daño... quiero... quiero cosas monstruosas, cosas que no se hacen a la gente que te importa... quiero...

...

Algo está húmedo allí dentro, en ese nudo apretado y profundo donde me he sumergido.

Deseo, pulsante y violento, arrebatado. Barre la culpabilidad. Sé que no puedo parar, me retiro y empujo otra vez, ahogándome con el gruñido quedo cuando huelo la sangre y, ungido con ella, vuelvo a asediar la fortaleza de su cuerpo, arañando las caderas delgadas con los dedos, inclinándome, tenso, para morderle. El sabor de la piel, los sonidos ahogados, tenues y doloridos de su garganta, la fragilidad engañosa, la vaina caliente y cerrada de sus entrañas... me embriaga, todo me eleva y me enerva. El rugido ensordecedor me anega los oídos, la salvaje voluptuosidad lame mis nervios y se apodera de mis movimientos, conquista mi cuerpo y potencia las sensaciones.

Mío. Castigo y redención, placer y dolor, míos. Su cuerpo, su alma, su mente, míos. Le tengo y le encadeno, torturándole y acosándole con todo lo que soy, invadiéndole, marcando con la garra del oso aquello que me pertenece. Embistiendo desatado, le golpeo con todo mi cuerpo, moldeo el suyo entre las oleadas ascendentes de placer que me elevan hacia el clímax. Rechino los dientes. Me gusta. Estoy creciendo en su interior, duele mi propia excitación entre la presa sangrante y constreñida de su abrazo, más estrecho que nada que pueda recordar, despertando sensaciones desconocidas y tan intensas que no puedo dominarlas de ningún modo. Sólo me arrastran sin el menor control hacia la disolución explosiva. Tiro de él hacia mí, me estrello contra él, ávido y ciego, ahondo hasta que las barreras de nuestros propios cuerpos me detienen. Más. Trato de contener el desgarrador rugido y se me nubla la vista, el corazón se desboca y la sangre se distiende hasta casi romperme las venas.

Placer sublime. Potente, vivo, inmenso. Late con violencia y palpita, anegándome la respiración, derramando la semilla con los últimos envites desbocados, largos e intensos, que transportan a mis oídos de nuevo un grito amortiguado por el colchón. Placer sublime. Potente, arrollador, que me transporta a un paroxismo de segundos incontables donde el aire parece irrespirable y un huracán tormentoso me desmadeja y descoloca. Y después, la paz súbita me recibe, expandiéndose como el viento huracanado que limpia de nubes el firmamento tras la tormenta, llevándose consigo mi conciencia.

Agotado, sudoroso, confundido y culpable, apenas puedo mirarle un momento, desencajando los dedos crispados de su cuerpo mientras intento respirar, jadeante. Lo que he hecho no se borrará jamás, y sé que mañana me sentiré como una mierda, lo sé muy bien. Pero ahora... ahora no.

Me dejo caer sobre él y salgo de su interior, rodeándole con el brazo, al borde de desvanecerme. Mi cabeza embotada y los músculos cosquilleantes tardan unos segundos en coordinar el movimiento apropiado para cubrirnos con las sábanas a ambos. Me pregunto si se irá, ofendido e indignado, dolorido, ¿odiándome?. Obtengo la respuesta cuando la figura breve y desgajada, aún al borde de la asfixia, se acerca y se estrecha contra mí. Y esa cercanía, esa aceptación extraña que quizá solo sea producto de algún hechizo, del bourbon, las plantas de Allanah o las circunstancias de esta noche desquiciada, me consuela y me alivia como nada lo ha hecho jamás.

Así, por primera vez en tanto tiempo que ni siquiera lo recuerdo, el sueño me secuestra y me duermo... profundamente. En paz.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Noche de bodas

La cabeza me da vueltas y siento el cuerpo pesado, energético al mismo tiempo. El sabor del licor en el paladar, los destellos coloridos, extraños, en la oscuridad de la habitación y esa sensación exultante e ingrávida producida por lo que sea que Allanah ha vertido en el bourbon hacen que todo parezca irreal y onírico. Ni siquiera sé como he subido a la habitación de la posada, me cuesta ordenar los sucesos en el tiempo, y qué importa.

Nada importa. Tendido de lado sobre el colchón, estoy flotando en el maremágnum y es divertido perder el control, dejarse llevar, dejar que me envuelva. No tengo que preguntarme nada, solo fluir, revolcándome en la concupiscencia. Veo manchitas coloridas en la negrura de la habitación y no distingo las siluetas. Los olores, en cambio, parecen inundarme, potentes. Una elfa invisible en la oscuridad, que huele a vil, aprieta su cuerpo contra el mío. Otra, vestida con el perfume vegetal de los bosques, permanece sentada con las piernas colgando al borde del lecho. La última figura exhala un aroma penetrante y metálico, denso, tumbada boca abajo a mi lado; deja oír un gruñido algo amenazador.

Reconozco la suave silueta de Hibrys cuando mis manos la tocan, acariciando la suave seda de su atuendo. Su risa maliciosa y lúbrica se escurre entre los labios y llega a mis oídos, la lengua tibia se desliza hacia mi boca y su sabor se mezcla con el agrio recuerdo del alcohol.

Cuerpos confundidos que se acomodan entre las sábanas, enredadas entre nosotros como redes, atrapándonos. Aromas pulsantes que me despiertan un hambre adormilada y algodonosa en la boca del estómago y un suave tirón en la sangre. Allanah la está tocando a ella, ella acaricia mi cuello con los dedos suaves mientras enredamos las lenguas en el beso, el tejido de la toga da paso a su piel cremosa cuando mis dedos rozan el muslo de la muchacha y los alientos se confunden, sinuosos, insinuantes.

Ella se mueve. Busca su lugar.

Enzarzados en el juego de la piel, repentinamente un estremecimiento me asalta. Un brazo duro y nudoso se ciñe a mi cintura y me estrecha desde atrás, un aliento candente se desliza en mi nuca. Ese tacto... Dedos rudos en mi espalda, quemando a través de la toga que me cubre. Los vapores del alcohol y las drogas no dejan espacio a la extrañeza y tampoco a la emoción, que me asaltan con levedad entre el fluir ondulante de las caricias femeninas al otro lado. Pero sé que él me está tocando. Sé que ese tacto, la palma candente y áspera que desciende por mi columna y el brazo que me rodea es el suyo, la respiración rítmica, lenta y controlada que contrasta con nuestros jadeos suaves e invitadores y transporta aire cálido hacia mi cabello, es suya. Y es nuevo.

Nunca me ha tocado antes. Le he provocado y he tirado de todas sus cuerdas, tentándole constantemente de todos los modos posibles, pero no me había tocado nunca, no así. Es como una impronta de calor que deja sobre mi piel, un sello o una firma. Que no reclama ni seduce. Solo la deposita en mí sin más.

Por eso dejo los dedos sobre el muslo de la elfa y me doy la vuelta, mirándole con curiosidad.

Los ojos de brillo áureo caen sobre mí, severos, extraños, con las pupilas dilatadas y el velo turbio de la embriaguez. Parecen brillar más hoy, en la tiniebla de la estancia. No puedo ver sus facciones, apenas su silueta se recorta, pero siento su cuerpo duro y nudoso de árbol milenario, curtido por las batallas. Veo el destello casual de los cabellos claros cuando la lechosa luminosidad de los astros invade la habitación al darle las nubes tregua, los ángulos pulidos y simétricos de los huesos de su rostro. Y ese perfume penetrante ahora me golpea casi con violencia, al haberme girado hacia él.

Aún tengo los dedos en el muslo de Hibrys, que juguetea con mi pelo y deposita la lengua escurridiza en mi cuello, sonrío con gesto travieso y me acerco despacio a los labios del guerrero. Sin hacerme preguntas. Sin ceder al pálpito curioso y excitante en mi vientre, sin perturbar en exceso, sólo me dejo llevar, negándome a pensar. Es mejor no pensar en los por qués.

Así, le estoy besando. La barba incipiente me araña las mejillas y las comisuras cuando acaricio su boca, en un roce suave y lascivo. Una oleada de calor me recibe desde su piel, que parece encenderse, y los músculos que me mantienen preso en su abrazo se tensan. Abre los labios y, triunfal, deslizo la lengua en su interior, estrechándome hacia él.

Pruebo por vez primera su sabor. Sabe a cerveza amarga, a sangre y a hojas de tabaco, un gusto intenso, nada parecido al regusto perfumado y la dulce saliva de las muchachas, es un sabor añejo que azota mis sentidos un instante. La lengua rugosa se enreda en la mía y luego me invade con vehemencia.

El mundo parece dar más vueltas de la cuenta. Compruebo, algo inquieto, que las brumas de la droga y el alcohol amenazan con ser barridas por emociones y sensaciones encerradas que tironean de sus disfraces y doy un respingo, algo alarmado, cuando la figura corpulenta se inclina y se abalanza sobre mí, los dientes me arañan los labios y su beso imperativo se impone sobre todo lo demás.

Sé por qué me siento triunfante. Sé que siempre tengo lo que quiero. Le deseo y quiero que me desee, no tengo por qué ocultármelo ahora, que estoy ebrio y alterado por los estupefacientes, pero no estoy seguro de lo que es esto. Su cuerpo me aplasta y forcejeo, arañándole los hombros. ¿Es deseo lo que le lleva a hundirse entre mis labios, es deseo esta invasión? Se está imponiendo a mí con cada gesto, ha atrapado mi muñeca con otra mano y con la derecha tira de la toga, percibo el ondular de los músculos y el pálpito regular de su corazón sobre mi pecho. El mío golpea con fuerza, amenazando con desbocarse.

Escucho, entre la brumosa consciencia, un golpe sobre el suelo y un quejido femenino. Luego pasos livianos y un murmullo de descontento.

- Iros a la mierda.

¿Es Hibrys? No lo sé. No me importa. La puerta chirría y se abre, luego se cierra, y aún tardo un poco en comprender que nos hemos quedado solos.

Si me importara, no estaría clavando los dientes en sus labios. Si me importara no estaría retorciéndome bajo su presa, que quiere controlarme y dominarme. No estaría acariciando el torso poderoso con los dedos, tras haber abierto los cierres de la túnica de cuero, arañándole.

No sé si esto me gusta. Me tenso y trato de escapar, pero mi forcejeo es en vano. Es mas fuerte que yo.

Cuando se separa de mi boca, manchada con su sangre, me observa con los dientes apretados y gruñe. Le muestro los dientes, arqueando los labios, desafiante... y reprimo el respingo cuando noto un tirón en mi espalda y sobreviene el sonido rasgado de la toga al romperse, las costuras saltan.

Puede que esté lo suficiente borracho para esto todavía. No estoy asustado, por algún extraño motivo, y una sensación inesperada me sobrecoge al ser plenamente consciente de que estoy en sus manos. Podría arrojarle lejos de un estallido de sombras, si fuera capaz de invocarlas ahora, o si no quisiera esto. Aun así, me agito entre sus brazos, le muerdo y le araño, jadeando. Pero la presa es firme. Es como estar atrapado por una estatua, que ahora me da la vuelta y me estrella boca abajo sobre el colchón, atrapando mis muñecas con los dedos, clavando la rodilla sobre mi espalda y sujetándome la nuca con la izquierda.

El aire no me llega a los pulmones. Araño las sábanas con los dedos y aguanto el gimoteo que amenaza con quebrarme la garganta al verme así. Nunca antes había pasado esto. Jamás había vivido nada parecido, nunca me habían... no así. Me ha atrapado. Y no puedo hacer nada... y si puedo...

... si puedo no quiero.

Un estremecimiento me recorre la espalda al sentir el roce duro y tenso tras de mí. Las puntas de sus cabellos cosquillean en mi columna, un resuello acerado me inunda los oídos y toda mi piel se eriza. Dioses. Va a hacerlo. Me agito y me tenso, tratando de recular, intento escapar. Podría decirle que no. Podría ... no sé lo que podría hacer. No sé por qué no lo hago, o quizá sí lo sé. Intento respirar correctamente. No estoy asustado, pero algo me inquieta por un momento en el que nada ocurre.

Dolor. Repentinamente, el dolor. Muerdo las sábanas y ahogo un grito. Se abre paso a través de mí, con un gruñido vibrante. Abrasa, rasga y desgarra en una embestida violenta. Siento abrirse mi carne, me mareo. Duele, duele. Duele como duele la vida, y se me corta el aire cuando el universo empieza a girar y un desmayo amaga con barrer todos mis sentidos. Las lágrimas se escurren por mi rostro y pierdo la visión por un momento. La invasión en mis entrañas palpita y se adapta, tensa. Durante unos segundos, solo puedo llorar y sentir ese dolor lacerante, bebérmelo a largos tragos, intentando permanecer firme ante él y no deshacerme.

No se mueve. Yo no puedo moverme. La presa de mis manos se afloja y percibo, confundido, la suave caricia en mi cabello, en mi espalda. No es la caricia lasciva, es el amparo del padre que consuela al niño que regresa a casa con las rodillas despellejadas, y muere en mi cintura cuando me agarra de las caderas. Sobre mi nuca, los dedos rudos ya no presionan, violentos. Es solo un roce, casi dulce.

Dejo escapar el aire y sollozo en silencio, mordiendo las sábanas a las que me aferro. La anestesia de la embriaguez ha desaparecido casi por completo cuando me abandono. Se está moviendo en mi interior, apenas una ligera presión, se retira un tanto y me asalta con una nueva acometida. Entre las lágrimas, fijo la mirada en la silueta de la mesita a mi izquierda, en la oscuridad donde se encienden extraños astros coloridos. La caricia de los dedos y la violenta intrusión en mi carne son una contradicción, como tantas otras en las que fluctuamos. Duele. Duele, si, y saboreo ese dolor sin huir de él. Me abandono al sufrimiento de mi carne lacerada, al perfume penetrante que desprende el cuerpo detrás mía, al roce esporádico del cabello ondulante sobre mi piel erizada y perlada de sudor, al mordisco suave y luego intenso sobre mi hombro.

Se estrella contra mi cuerpo de nuevo, ahondando más, desatado y poderoso. Cierra los dedos como cepos en mi carne, los dientes se fijan sobre mi piel, me hiere, me golpea y me atraviesa con la carne pulsante y firme que se abre paso dentro de mí. Percibo sus sensaciones tras el velo de bruma, quizá se confunden con las mías, y ya no hago ningún intento por huir.

Nunca me había sucedido algo así. Y no quiero escapar de ello... lo quiero. Arqueo la espalda y exhalo un grito sordo mientras mi cuerpo se estremece bajo cada ataque violento, que ahora me arrasan con la cadencia apresurada de la lluvia torrencial, forzando a la carne a adaptarse, obligándola a amoldarse a su extensión tirante y ruda.

Huelo mi propia sangre. Es esa humedad abrasadora que está deslizándose entre mis muslos, que se acumula en mi interior y se extiende. Hace que ahora sus arremetidas sean más fluidas, el sexo tenso y latente se sumerge en mí una y otra vez, en envites furiosos e impositivos, firmes, marcados y directos, entre el estrecho abrazo de mi carne. Pulsa dentro de mí, late como un corazón de guerrero. El placer salvaje de mi compañero, animal y teñido de violencia, me asalta, se abalanza sobre mí.

Algo tira de mis nervios hacia arriba en un ascenso vertiginoso que me hace difícil llenar los pulmones de aire, tiemblo entre sus manos, y le escucho rugir.

Se tensa en mi interior hasta que creo que va a romperse, que va a romperme. Un estallido abrasador se derrama en mis entrañas, y estremecido, arremete hacia mí de nuevo, dejando escapar gruñidos violentos, rasgados, rechinando los dientes.

Abandonado, me dejo arrastrar a la deriva. No puedo recuperar el aliento aún cuando todo termina y la figura corpulenta, musculosa, se derrumba sobre mí. No puedo respirar aún, estoy temblando, dolorido. Una extraña paz me abraza.

Cuando se separa de mi carne, escurriéndose hacia el exterior con una última punzada de dolor metálico, me pego a él. El brazo poderoso me rodea. Él se mueve levemente, ondula, nos cubre a ambos con las sábanas. Su cuerpo es cálido y suave, es una fortaleza bajo cuya sombra me abandona la consciencia, llevándome a un sueño agotado y algo nervioso, al amparo de sus brazos, entre las sábanas enredadas y el sudor de ambos.

Percibo su olor en mí. Y con ese opio, me tiendo hacia la oscuridad del sueño, sin pensar, agotado, arrasado, desmadejado en una orilla extraña que me recibe con complacencia, arrastrando mi mente, mi alma y el efervescente ardor de mi piel hacia una frontera nueva y calma, donde todo es plácido y dulce, balsámico. Puedo descansar, al fin, del hambre y la ansiedad perpetuas.

Ahora, por primera vez en mucho tiempo, entre las ruinas humeantes de mí mismo y las cenizas de esta guerra extraña, todo parece estar bien.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Las Serpientes - Eternidad (II)

Y así es como se inicia el cataclismo. Sus lazos son como las hebras entre los dedos de un niño de ojos dispares, que juega a hacer figuras, cruzándolas, entrecruzándolas. Abre las manos y la tensión aumenta, casi hasta partirlas. Une las yemas y se aflojan, desapareciendo en un crisol de luz y sombras. Pero ahora las está enredando, tirando de ellas mientras las enrosca en los pulgares, que se acercan irremisiblemente, ansiando tocarse.

Las hebras se clavan en la carne hasta cortarles, se cierran en su mente y les apremian. Espolean las monturas.

Atrás ha quedado la bruja, semidesnuda y saciada en el Sagrario. Atrás han quedado los elfos, revolcándose en su propia lascivia, y pronto olvidarán la precipitada marcha del cruzado.

Desidia deja un rastro de hierba quemada a su paso, mientras el brujo la espolea con desesperación, clavándole los talones sin contemplación alguna. Elazel no necesita más arenga que la voluntad anhelante del jinete, y se desliza sin apenas tocar el suelo como una estrella fugaz.

Cabalgan dispuestos a colisionar, con el palpitar de los corazones acompasados y el mismo nudo en las entrañas. Hambre y sed. Vacío y silencio. Luz y sombra, que aspiran a limpiarse las telarañas de la soledad de quien sabe que hay algo más, lo ha vislumbrado y, precipitado de nuevo al suelo desde el umbral de un paraíso, trata de rozarlo con la punta de los dedos.

Cuando llegan a su destino, las ruinas del Enclave Escarlata les reciben con un cielo abarrotado de nubes y lluvia sucia, deshabitado como un templo sin ídolos. Rodrith tira de las riendas para evitar que su yegua golpee al corcel infernal, que acaba de caracolear frente a la puerta de la capilla. Theron jadea y aplaca a Desidia.

La lluvia les moja los cabellos. Tintinea sobre las placas de la armadura del cruzado y deja marcas oscuras en la toga del brujo. La mirada inflamada de llamas de vil se encuentra con su otra mirada, la que arde con fuego sagrado, y se reconocen, se acarician a distancia, dándose la bienvenida. Las manos les tiemblan levemente.

- Ni siquiera me has dado tiempo a torturarme esperándote – resuella el paladín. Su pecho sube y baja, como si no hubiera aire suficiente para llenarle los pulmones, y la voz enronquecida es un preludio de contención desesperada. No hay sonrisa en sus labios.

- Hemos tenido horas para eso – responde el brujo, tomando aire a su vez. - Todas las del día.

Cuando descienden de los caballos y se arrojan contra el otro, casi se golpean, atropellándose, agrediéndose, en ese territorio confuso donde no hay suficientes manos para tocarse, donde las caricias se confunden sin saber a dónde dirigirse primero, desorientadas, y el torpor de la ansiedad hace que las bocas no acierten a encontrarse.

Se empujan contra la puerta de la capilla, que se abre a su paso con un golpe sordo. Las velas no arden, pero el aroma a incienso aún flota en el aire, junto al olor picante y persistente del vil, y algo más oscuro y más ajeno. La lluvia entra tras ellos, goteando en el suelo mullido, y el viento frío e insano se abre paso en el interior.

Arrojándose al suelo el uno al otro, caen a la vez, respirando agitadamente. Ruedan sobre las alfombras, arrancándose las prendas. Theron se pelea con las correas y los cierres de la armadura, mientras Rodrith tironea de la túnica con insistencia y hace saltar costuras con un gruñido sordo, bebiéndose el aliento del otro entre las lenguas enredadas.

Los pensamientos coherentes, las mentes amuebladas, bien construidas, son retiradas como el decorado de un teatro al terminar la función, y en la penumbra, bailan y se enredan las sombras y la luz, sin necesidad de razones ni palabras. Solo el vacío oscuro, hambriento, y la llama intensa que lo devora todo sin saciarse nunca.

- Apaga este jodido fuego – ordena el paladín con voz cortante. Tras el forcejeo, Theron está sobre él, y cuando le arranca el arnés, las alas oscuras, iridiscentes, se despliegan con un movimiento airoso, dejando caer algunas plumas. Los ojos verdes están fijos en los suyos. Si pudiera tocarlos, se quemaría.- Apágalo de una vez.

- Llena el vacío con él – responde el brujo, inclinándose hasta rozar los labios con los suyos. Su voz es al tiempo una súplica y una exhortación – Hazlo arder... consúmelo.

Durante un momento, se miran casi sin respirar. Los dedos del brujo se han posado sobre los labios de su compañero, las manos del cruzado se hunden en los negros cabellos en una caricia lenta y devota. Si aquella mirada fuera sorprendida por alguien ajeno, sin duda no podría entenderlo. Los amantes más entregados, los enemigos más acérrimos envidiarían por igual los matices de esa mirada que comparten, hirviente, a punto de desbordarse, que contiene un muestrario de sentimientos confusos, contradictorios y atroces, dominados por el anhelo de la unión.

Eres hermoso

Al unísono, las dos bocas se funden de nuevo, mordiéndose, adentrándose la una en la otra con avidez, asfixiándose en la plenitud de la saliva y el aliento compartido, y las manos del cruzado se cierran sobre las muñecas del brujo. Es una presión muy real, y la primera punzada le asalta con las uñas que se clavan en la piel tierna y tiran, abriéndola, dejando un rastro de sangre verdosa en sus brazos.

Y Theron siente, estremeciéndose. Siente el dolor, tenue al principio, también en el cuello donde los dientes se cierran con vehemencia. Afilado, cortante, agudo y delicioso. El hermoso dolor, que le arranca un gemido.

Y Rodrith siente. Siente el pálpito del goce extraño y absoluto al escuchar ese gemido, al saberse artífice del sufrimiento, al sentir la sangre correr entre sus labios y sobre sus dedos.

- Acabaré contigo – acierta a murmurar el paladín, con los ojos entrecerrados, abriendo las mandíbulas solo lo suficiente para pronunciar su condena y cerrándolas de nuevo como un cepo ineludible, que esta vez rasga más profundo en un hombro.

Theron forcejea, se agita, con un hilo de saliva descendiendo por su mentón, sanguinolento. Él también le ha herido, y lame esa gota que se escapa, con el sabor chispeante de la sangre luminosa levemente disuelto en su propio sabor.

- Conviérteme en cenizas... - murmura, desafiándole, cuando se ve arrojado al suelo con el peso del cruzado sobre él. Las alas se han abierto asimétricas en el suelo. - No lo evites más. No lo evites...

El cuerpo del brujo se va cubriendo lentamente de las marcas violentas, como una réplica de las cicatrices de su compañero. Abiertas a dentelladas, a tirones, cada una le arranca un jadeo y un gemido, transportándole más y más lejos del vacío aún más doloroso que el dolor, despertándole los sentidos. Y Rodrith se inflama con la visión de esta tortura cuando al fin es libre para rasgar, desollar y hacer saltar la sangre de su envoltorio mórbido, hacer brotar el sudor de los poros. Lame y engulle el verde incienso del demonio, que le llena la lengua con un sabor conocido y anhelado en el que puede percibir cada matiz, con el rugido perpetuo vibrando en la garganta.

Con una mano tensa, el paladín tantea el suelo en busca de la daga que esconde en las botas, aún con los labios hundidos en una herida abierta cuyo licor le quema la garganta y le produce náuseas, mientras la otra forcejea con el cuerpo sanguinolento de Theron, que se debate bajo él con la respiración acelerada. Brota la luz, con un cosquilleo, restañando la carne castigada con un bálsamo agridulce y el brujo se remueve.

- No lo evites...- repite, en un murmullo quejumbroso, suplicante. - Es inútil.
- No voy a hacerlo. - El paladín se alza sobre él con la daga empuñada. Clava las rodillas en sus costados e inclina la cabeza, mirándole con ojos turbios, inundados ya por la desesperación que le agita. - Te necesito más que el aire.

La daga desciende, se oye el sonido del metal al perforar y el grito del brujo rompe la quietud de la noche. Arquea la espalda, mordiéndose los labios, apretando los dientes, y se debate. Rodrith, con un estremecimiento febril, hace volar la diestra para atraparle las muñecas por encima de la cabeza, anclándolas al suelo con dedos férreos.

- Te necesito más que a mi propio corazón.

La hoja sale del hogar donde se alojaba y asciende, para volver a precipitarse sobre la carne. El rostro de Theron se contrae y grita de nuevo, temblando, bañado de sudor. El sollozo le rompe la garganta, y la mueca que esboza es al tiempo un gesto sufriente y una sonrisa. Y el paladín le mira, casi sin poder respirar, temblando levemente y con la expresión perdida, vacía, delirante.

- Eres mío – murmura, con un susurro cortante, apuñalándole una y otra vez.

Cada golpe recibe después su cura, cuando ya la sangre ha brotado y el grito se ha liberado, cada corte es cerrado con la luz burbujeante en un ir y venir de sufrimiento y consuelo que hacen ondular la mente del brujo. La mano temblorosa que sostiene el arma la deja caer.

Hambre

Se precipita hacia el cuerpo condenado por su mano, cubriéndose con el fluido verde, empapándose el rostro con él, ungiendo al demonio con su propia esencia vital, embarrándole de la ponzoña que ha escapado de las venas abiertas con caricias intensas que acaban convirtiéndose en arañazos.

Theron ya no respira, su aliento es una consecución de gritos ahogados, gemidos sordos y jadeos que hacen ondular su pecho, mantiene los ojos muy abiertos, con el verde trémulo vibrando a causa de la confusión placentera y horrible con la que se embotan sus sentidos. Y Rodrith deja escapar el rugido cuando, con el cabello sobre el rostro, desciende por su cuerpo con los labios abiertos. Las zarpas arañan el vientre del brujo, escarbando en él hasta enterrar los dedos en la carne, y sus fauces engullen la virilidad pulsante de su compañero, sumergiéndola entre los labios, aspirando hasta el límite con voracidad desatada, exprimiéndole sin compasión, queriendo extraer algo, lo que sea, de aquella presa que le enciende una avidez incontrolable.

- ¡Basta!

El grito es una súplica, los dedos del brujo se cierran en los cabellos del paladín cuando su aliento se convierte en un estertor arrítmico. La caricia húmeda quema entre sus piernas y la succión es dolorosa. Y sin embargo, sus latidos se aceleran aun más, al borde de un colapso que no parece llegar.

Lenguas de llamas se extienden por su piel, bajo ella, despertando los estímulos y un nudo le ahoga la garganta, parpadea levemente, tirando de las hebras doradas, sin conseguir mas que un ronroneo intenso que suena a advertencia. Se siente cercano a la inconsciencia, en las puertas de la muerte, y se deleita en ello, lo disfruta, sin poder escapar, sin querer hacerlo. Siente los dientes arañar suavemente su sexo, clavándose un instante con una punzada que casi le hace saltar, y la luz lame su cuerpo nuevamente.

Mareado, desarmado, deja caer las manos y solo puede temblar y abandonarse.

- Ya basta... - y apenas es un hilo de voz.

El paladín desliza los brazos bajo sus rodillas y aparta el rostro finalmente, con un sonido húmedo, tomando aire como si acabara de alcanzar la superficie. Trepa por su cuerpo con los movimientos de un animal, hundiendo los dedos en las alfombras, y con las piernas del brujo sobre sus hombros, asciende hasta su rostro. Y se hablan en susurros.

- Ya basta...
- No
- Ya basta
- No es suficiente

Conoce la respuesta. No desea otra. Ninguno la desea. Se miran, ojos sufrientes, colapsados, y ojos ausentes, anegados por un deseo enfermo, incomprensible hasta para ellos. Y al fondo de aquel esplendor caótico, ámbar y jade, algo más. Algo inabarcable que les hace contemplarse extasiados, deleitarse en el espejo que les muestra lo que son.

El cabello de resplandor plateado se enreda con las hebras oscuras, sinuosas, como serpientes negras. Theron levanta la cabeza y Rodrith desciende hacia él. Se devoran los labios de nuevo, lamiéndose con lujurioso abandono. Y el brujo aspira su vida en el beso, saboreando el espumoso oleaje de una vitalidad intensa y de sabores potentes, arrancándole también la energía de su cuerpo y su espíritu.

Es un festín de intensidad arrolladora que casi le marea, pero no se detiene hasta que roza los límites, casi hasta desbordarse, sabiendo aún que podría tomar más hasta caer desvanecido. Cuando se apartan, el paladín sacude la cabeza con un gruñido y se tensan los músculos de sus brazos, que casi ceden a la debilidad.

- No eres el único que tiene hambre – resuella Theron, con las piernas colgando en los antebrazos de su compañero. Siente el roce cálido en las puertas, y se contrae instintivamente, con la mirada sumergida en la mirada que a su vez está prendida de la suya.

- Puedes tomar lo que es tuyo – responde el paladín, apretando los dientes, y esta vez su voz es un murmullo grave, vibrante y denso como una caricia de amante – Igual que yo.

Es nuestro

El dolor se abre paso en sus entrañas con la brusca invasión de la carne, dura y caliente. Un dolor más intenso que ninguno, que le destroza sin contención, arrancándole un grito que es sofocado por los labios ávidos y la lengua que le quema en la boca.

Theron se aferra a sus cabellos. Rodrith mantiene los dedos crispados en la alfombra, y los cuerpos se tensan hasta casi romperse, cubiertos de sudor, ondulando con la danza violenta de las largas embestidas. Le clava las uñas en la nuca y aspira de nuevo, haciendo enmudecer los gemidos entrecortados de ambos. Les duele. Les colma. La fuerza que toma del cruzado parece resonar en su interior con el estruendo de la tempestad, y en el abismo insondable se enciende una luciérnaga temblorosa, que se hincha y crece, una galaxia entera que extiende sus tentáculos hasta no dejar ningún resquicio vacío, llenándolo todo. Al mismo tiempo, la tormenta desatada y confusa del paladín se aplaca suavemente al ser absorbida, calmándose las aguas hasta convertirse en un oleaje constante y complaciente, que encuentra por fin el lugar donde ir a morir.

La sombra se desata y acaricia la piel de Rodrith, que aprieta los párpados y tensa la mandíbula, sin apartar los labios, sin dejar de abrirse paso en el abrazo estrecho que le aprisiona, internándose hasta enterrarse en él, sin importarle el dolor que siente como propio, las suaves vibraciones de placer, la náusea ardiente en su estómago por la sangre ajena y oscura que ha bebido o el agotamiento al que le somete su compañero, privándole de las fuerzas lentamente.

La luz centellea y ondula sobre el cuerpo de Theron, que se aferra a él con desesperación, sin ser consciente ya del sufrimiento de las heridas, abandonándose a la corriente que le arrastra, colmándole, con el espíritu presa de un delirio que no le permite distinguir entre placer y dolor, si es que hay diferencia. Porque ahora todo está bien.

Al borde del agotamiento, el paladín aún arremete contra su compañero, gruñendo con intensidad. Theron aparta los labios de él cuando toma aire con un estertor, los ojos muy abiertos y fijos en el techo, viendo más allá. Su espalda se arquea y grita con un sollozo, y el rugido se funde con su voz. La penumbra estalla y se disuelve, y estalla otra vez, cuando la semilla se libera al unísono, abrasando y barriendo a su paso con llamas de oro y púrpura.

Se detienen las respiraciones por un instante, y el rumor del mar inunda sus oídos. El mar... el ancho mar, el mar eterno. Creen ser agua salada, arena fina y polvo de estrellas, que danzan entremezclándose, sin importar donde empieza la playa y donde acaba el océano, porque el agua se cuela en la arena y la arena es arrastrada por las olas.

El mar eterno que se aleja y se une de nuevo, en un ciclo infinito. Es la plenitud la que resuena a su alrededor en un momento tan breve como el parpadeo de una llama que muere. Y los cuerpos se derrumban, liberados de toda tensión, con un último sollozo.

Theron yace inconsciente. Rodrith siente cómo le arrastra el desvanecimiento, y guarda las últimas energías para tirar de la alfombra y envolverles con ella, abrazando al brujo contra si, queriendo que su vigilia se apague al fin para no saborear el regreso amargo a la distancia. Le estrecha con fuerza, y percibe el débil movimiento del cuerpo maltratado que se pega al suyo.

Porque es nuestro. Porque nadie puede entenderlo. Y porque no importa en realidad. No importa cuanto daño podamos soportar, cuanto goce podamos disfrutar, ni si está bien o mal. Como satélites, orbitamos alrededor del otro, envueltos por la luz, cegados por la sombra. Giramos con el magnetismo que nos empuja lejos al tiempo que nos atrae, luchando contra la gravedad inevitable que nos lleva a estrellarnos una y otra vez, a destruirnos lentamente y renacer de nuevo. Pero todo es nuestro. El sufrimiento atroz y el éxtasis del placer, la suave melancolía y la ira violenta, el amor arrollador y el odio desenfrenado.

Y cuando me angustie la ausencia, hiéreme. Y cuando el hambre me atenace, deja que te muerda. Regálame la tortura. Regálame la liberación. Cuando el vacío me lleve, inúndalo con tu universo. Cuando no pueda contener mi universo, deja que lo vierta en tu profundo abismo. Tira de mis hilos hacia ti si me pierdo, y no me apartes aunque nos queme la hoguera infinita. Déjame respirar tu aliento si me falta el aire, y no me sueltes aunque te arañe. Abrázame aunque no me comprendas. Ámame aunque me odies. Condéname contigo o sálvanos a los dos, pero nunca nos salves de nosotros. Aliméntate de mi sabor hasta que no puedas más, y cuando no puedas más, sigue haciéndolo. Apóyate sobre mi aunque caigamos juntos. Sepulta tus miedos en mi carne y arranca mis pesadillas a mordiscos. Limpia mis lágrimas enquistadas con la caricia de tus dedos arrancándome el alma. El dolor que me causas me destroza con una eterna agonía, y en ella me deleito; es la prueba de tu existencia, el precio por encontrarte. Porque sin ti, mi otra parte, tú que me completas, el mundo no es más que un espejismo en un desierto en el que todo se deshace en formas grotescas y sin sentido

Porque es nuestro. Porque no lo entendemos. Pero estamos marcados con el sello de la eternidad, y bailaremos como agua y arena, el uno alrededor del otro, uniéndonos y separándonos, sin nunca soltar las manos, mientras canta para nosotros la Creación. Porque eres mío, para siempre.






Las Serpientes - Eternidad (I)

La oscuridad de la noche se extiende afuera, pero en la taberna el resplandor de las velas y la hoguera crean un ambiente cálido. Renée mira alrededor, con el gesto adusto de siempre, y en las sillas junto a la barra, la conversación discurre de un modo agradable.

Rodrith Astorel Albagrana, paladín, soldado del Alba Argenta y Cruzado, ríe suavemente ante el comentario de la joven que se sienta a su lado, con la pipa entre los dientes, la petaca en una mano y la otra sobre su muslo. Un par de chicas más coquetean en las dos sillas contiguas, y el joven guerrero que les acompaña les mira de reojo con gesto malicioso.

- Así que servís en el Norte – dice una de ellas. Tiene el cabello casi blanco y las formas juveniles apenas se adivinan bajo las ropas que la cubren hasta el cuello. Sin embargo, el leve rubor de sus mejillas y el modo en que se muerde el labio delatan la curiosidad de la inocencia y el adolescente anhelo de empujar esa inocencia por un abismo.

- Así es – responde él, ladeando la cabeza y posando los ojos color ámbar, levemente enturbiados, sobre la muchacha. - Aunque yo no lo llamaría un servicio.

- ¿Es un entretenimiento acaso? - replica otra de ellas. Es pelirroja, y en su rostro se revela la picardía de quien ha rodado entre las sábanas más de una vez y ha hecho enloquecer a más de uno, o de una. Su cuerpo bien formado se exhibe a través de las aberturas de la toga, y el olor dulzón que desprende golpea los sentidos e incita al hambre.

Rodrith arquea la ceja y ensancha la sonrisa, haciendo crujir la boquilla de la pipa.

- Es una manera de verlo – aclara, haciendo un gesto con la mano. - Veréis, yo creo que es una vocación.

- ¿Vocación? - dice la que está a su lado. Es morena y su perfume habla de misterio, de artes ocultas y de capas y capas que profundizan hasta llegar a un centro podrido y corrupto. Siente en ella la presencia demoníaca, cercana, y sabe a ciencia cierta lo que busca de su persona. Aun así, le aprieta el muslo. - ¿Vocación por salvar el mundo?

- Vocación por destruir – replica, apresándola con una mirada virulenta, sin perder la sonrisa – pero de un modo... constructivo.

La muchacha se ríe suavemente, desviando los ojos, y las otras la imitan, una con timidez, la otra con cierta picardía. El joven menea la cabeza, con una sonrisa sesgada, sin dejar de mirarle de soslayo.

Tiene hambre. La pulsación es leve, pero la contención prolongada no deja de acuciarle, y siente el arañazo de la garra en su interior, gruñendo suavemente.

Ya sabes como es. Sedúceles a todos, subid arriba. Cierra la puerta con llave y bloquea las ventanas. El muchacho quizá oponga más resistencia, doblégale el primero... o deja que se recreen, mórbidos y sensuales con impunidad, y cuando estén arrebatados por el deseo, entonces déjame salir. Déjame salir y arráncales la piel... clávales los dientes, tira de sus cabellos y destrózalos a todos. ¿Sientes el olor de la sangre salpicar, los gemidos contenidos, el olor del miedo?


-No creo que vuestra vocación sea... eso – murmura la más joven. Sostiene una copa de zumo entre las manos y su voz es casi infantil.

Rodrith se lame los labios y la mira, echándose hacia atrás en la silla, sin apartar la mano del muslo de la bruja. Le parece ver encenderse más intensamente el rubor de la adolescente.

- ¿Cual era vuestro nombre? - pregunta bajando la voz. No aleja los ojos de ella, consciente del influjo que en ocasiones produce en los demás.

- Myra, señor – La respuesta llega con voz algo temblorosa. Le hace un gesto, tendiéndole la mano, y ve la duda en sus ojos. Cuando finalmente la chica se levanta y avanza hacia él, recoge sus dedos entre los suyos, acercándola con un movimiento suave pero imperativo, y casi siente su aliento en los labios. La nota trémula como una flor azotada por la brisa, y los grandes ojos le miran con temor y reverencia.

- Myra... - susurra con una media sonrisa – en el mundo hay dos clases de personas. Los que siembran y los que talan. Y a mi se me da mejor talar.

La chica sonríe insegura, se recoge un mechón de cabello tras las orejas y balbucea algo ininteligible. Solo vuelve a su asiento cuando él la suelta. Syrhia, la elfa morena, reprime una risilla irónica, mientras la pelirroja echa la cabeza hacia atrás y arquea la ceja.

Hazlo ya. Mírales. Están encandilados. Quieren más, quieren más de ti. Dáselo. Muéstrales lo que eres, ellos lo desean, lo están deseando.

El joven caballero está diciendo algo más, pero no le escucha. Solo está atento a las miradas lúbricas, las lenguas que asoman para humedecer los labios, las manos que se estiran las togas sobre el cuerpo, los olores opuestos que se funden y las constantes señales que le llegan. Puede oler la lujuria. Sabe captar ese matiz, y en ese momento flota en el ambiente de un modo arrollador.

Cuando la bruja se mueve sobre su silla y hace que su mano acceda a la parte superior del muslo, la pelirroja ya está acariciando el cabello de Myra, que se agita con cierta inseguridad y no aparta la mirada de él. Y el muchacho le ha guiñado un ojo con disimulo.

- ¿Es cierto que los cruzados hacen votos de castidad? - pregunta Dannia, la pelirroja.

Rodrith sonríe a medias, y cuando responde sabe que su voz suena enronquecida.

- Algunos.
- ¿Y vos?
- Los hice una vez y tardé dos semanas en romperlos.

Los rompí por su culpa. Maldito sea. Bendito sea.

El caballero se rie entre dientes.


- Dos semanas es mucho tiempo.
- No puedes ni imaginarlo.

Cuando los cinco intercambian sonrisas, la intención es ahora más clara que nunca.

- ¿Sabeis que hay unas vistas geniales desde el piso de arriba? - dice Shyria.

El grupo no tarda demasiado en subir las escaleras, unos tras otros, rozándose suavemente. Rodrith se toma su tiempo. Sabe hacerse esperar, y esa es una de las mejores partes de la caza. Cuando las presas no saben aún que lo son.

- No me mires así – dice, sonriendo a medias a Renée, mientras asciende escaleras arriba.

La renegada suelta un bufido y se cruza de brazos, murmurando sus quejas en viscerálico a media voz.


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Las luces del Sagrario deberían aturdirle levemente, y el aroma del vil de su compañera, al menos despertarle algún tipo de anhelo. Sin embargo, el ardor que le arrebata es casi demasiado débil, y las formas sugerentes que muestra ante él sin ningún pudor le enardecen, sí, pero nada es tan intenso como debería.

- Dame de tu sangre – murmura ella, sosteniéndole la cabeza. Está sentada a horcajadas sobre él y juguetea con los colmillos en su cuello y en sus labios, lamiéndole con abandono mientras estrecha los pechos, llenos y suaves, contra su cuerpo.
- No tienes bastante, ¿no?

Ella suelta una carcajada y cierra los dedos en torno a su sexo, mirándole con gesto malicioso.

- ¿Es que tu si?

Theron la mira, mostrando los colmillos, y gruñe suavemente.

- No... yo tampoco.

Se arroja sobre ella de nuevo, mordiéndola y sujetándole las muñecas con las manos. La ha poseído dos veces ya, y sin embargo no está colmado. Porque nunca es bastante. Porque el alivio es agradable, es liberador, pero al instante vuelve a gritar el agujero en su interior, vacío, donde las voces y los aullidos reverberan cada vez más claramente.

Cuando vuelve a hundirse en ella, espoleado por una urgencia ansiosa, ya sabe que no encontrará tampoco entonces lo que busca, pero aun así, ahonda violentamente en su interior, jadeando, dejándose abrazar por la suavidad de sus pliegues que invade sin compasión, arañándole los pechos con los dientes y tratando de sepultar el desasosiego con la anestesia de las sensaciones.

Pero el poder que ejerce sobre ella no es bastante. Tampoco los estímulos de la piel, ni los gemidos de la bruja que le muerde los hombros y lame la sangre con desesperación y entrega, ni sus murmullos ahogados.

Empuja hasta agotarse, y el clímax casi le duele. Tras la explosión, el regusto que deja el reposo es amargo y algo insípido. La frustración comienza a golpearle, a pesar de las caricias que ella le regala, perezosa y brillante de sudor.

- Quiero más... - murmura ella en su oido.
- Yo también – responde quedamente.

Su mirada se ha perdido en el techo y observa las luces verdosas con resignación, el semblante inexpresivo.

El vacío es tan silencioso que casi ensordece. Le hace querer encogerse sobre sí mismo, retorcerse como una serpiente hasta desaparecer, disolverse, no existir. El vacío le ha robado gran parte de las percepciones que antes disfrutaba, y comprobarlo día tras día le hace hundirse lentamente en la desazón y la indolencia.

Ella se mueve de nuevo encima suya, pero apenas es consciente. La nada le abraza con dedos aún más envolventes, suaves, invisibles, cubriendo su cuerpo y su espíritu con algodones que hacen que todo parezca lejano y ajeno.

- Dame tu sangre...

La lengua se desliza de nuevo sobre su pecho, marcando una huella húmeda. Aprieta los labios y cierra los ojos, concentrándose para volver a pisar la realidad con pies firmes, pero eso no ayuda. “No ayuda”.


Y entonces llega el tirón.


Como una llamada similar, al otro lado de un abismo extenso. La sensación de una mirada, de una presencia, que esta vez si, hacen que algo comience a encogerse en su estómago.


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No es suficiente. Lenguas enredadas, manos, piel húmeda y olores fundidos sobre las sábanas, el calor animal de los cuerpos que se mueven, ondulantes. Los prueba a todos, uno a uno, lamiendo sus sabores, mordiendo suavemente las carnes, pero ninguna le sacia. El gusto en su lengua es estimulante, pero le resulta poco intenso.

Solo si los desuellas lentamente y escuchas sus gritos... solo si abres los cuerpos hasta que puedas ver cuanto contienen y lo arrancas con los dientes...

Hace callar al oso, removiéndose entre la orgía desenfrenada. No sabe quién hace qué, pero no importa. Es agradable, le inflama la sangre en las venas, pero no es suficiente. Y sabe por qué.

“Todo no me basta”, se dice, jadeando entrecortadamente con un contacto húmedo entre las piernas. Alguien ha hundido los labios allí abajo, despertando una llamada lejana. “Todo no es lo que necesito”.

Y escucha, siente, a través de un vínculo mayor y más profundo, la misma ansiedad al otro lado. Llega el tirón.

La sensación de un aroma, de una sombra, que inflama un único latido en su pulso, el más violento y más ambicioso, que una vez escuchado hace que todos los demás no valgan nada, por muy necesarios que sean para que la sangre siga fluyendo.

... y así empieza