jueves, 28 de octubre de 2010

El Escolta - Epílogo

El océano estaba en calma y las gaviotas chillaban, anunciando la cercanía de la tierra. Eremin Albanys se encontraba muy a disgusto utilizando los remos y sus huesos ya no eran lo que fueron. Suspiró profundamente, dejando las palas de madera a un lado y permitiendo que la corriente le llevara hasta aquella orilla blanca envuelta en bruma, tras la que se adivinaba una torre cristalina.

Se arrebujó en su manto grueso. Fuera de la primavera eterna de Quel'thalas, el verano se despedía para dar paso al otoño, y aquí se notaba el viento fresco y la llegada de la estación próxima.

Al llegar a la orilla, empleó sus últimos esfuerzos en empujar la barca, y la contempló mientras se perdía en el mar. Era el último peregrino que alcanzaría la Torre Blanca. El último sacerdote que pisaría aquella arena fina o vislumbraría el resplandor del Orbe del Sol en mucho, mucho tiempo.

Se había equivocado respecto a la memoria de los quel'dorei. Siempre había pensado que era difícil olvidar para los de su raza, pero le habían demostrado lo contrario. La primavera perpetua y la placidez del Reino había anestesiado a sus iguales, y poco a poco, todos olvidaron la Torre Blanca, al Custodio del Orbe. Días después de que Velantias empujara su embarcación y se marchara, dejando a su hija furiosa y desesperada, declarando que él era el escolta de Allure Lucero de Estío, los monjes de la Isla regresaron. También volvieron los ancianos, todos menos uno.

No se hizo ningún comunicado y no se volvió a pronunciar el Custodio en asuntos arcanos, ni en asuntos terrenales, ni espirituales. Dejaron de llegar flores de la Torre en el solsticio, y aquellos que todavía escribían cartas o buscaban la bendición del Orbe, dejaron de hacerlo poco a poco. La Fuente del Sol estaba más próxima, había sacerdotes en Lunargenta que podían hacer las mismas cosas... y pocos querían abandonar la comodidad de su primavera y su ciudad mágica sólo por una bendición o un consejo.

Eremin Albanys abrazó el sacerdocio cuando sorprendió la relación incestuosa de sus dos hijos, abandonando su cargo como Magister y dedicándose a la oración y la vida de un hombre de fe. Se trasladó a la pequeña aldea de Brisaveloz y estudió los pergaminos, rezó por los necesitados, les ayudó en cuanto estuvo a su alcance. Ahora, con cuatrocientos diez años, estaba cansado y viejo, pero quería ver la Torre una vez más.

Él no la había olvidado.

Caminó hacia los peldaños, apoyándose en el bastón. El césped crujía bajo sus pies pesados y el viento le agitaba los cabellos. Sonrió con suavidad al ver las dos figuras que se sentaban junto a la escalera, en un porche improvisado. Sus siluetas aún eran lejanas, pero sólo al atisbarlas, una oleada cálida le inundó el corazón.

Siempre había apreciado a su yerno. Y el joven Custodio había estado en sus pensamientos durante todos aquellos años. Ambos habían estado en ellos, a decir verdad.

Les contempló en la distancia, sentados en dos taburetes labrados, blancos como el marfil, uno frente al otro. Sobre la mesa, de la misma factura, había un cuenco de frutas y un tablero de damas. Velantias llevaba puesta la armadura dorada, el escudo reposaba a un lado, apoyado en la pata de la mesa, y masticaba una manzana mientras observaba el tablero con expresión confusa. No había una sola cana en sus cabellos negros, recogidos hacia atrás. Seguía llevando la barba recortada, bien cuidada, y sus rasgos parecían haberse vuelto inmunes a la vejez. Ese rostro de bandido seductor que había hecho suspirar a las amigas de su hija y a las esposas de sus compañeros se mostraba relajado y tranquilo mientras estudiaba el movimiento de las piezas.

La risa clara de Allure resonaba sobre la brisa. El Custodio estaba sentado con elegancia en su lugar, con la toga blanca inmaculada agitándose a cada golpe de viento. Llevaba el pelo suelto, que enmarcaba su semblante entre las delicadas ondas de oro claro, y tenía un suave rubor en las mejillas. Los ojos celestes chispeaban, divertidos, mientras señalaba el tablero con un dedo largo y expresión de sabelotodo.

Velantias fue el primero en verle. Aunque su primera reacción fue levantarse y llevarse la mano al cinto, pareció reconocerle y la retiró. Eremin se acercó, con un pálpito nervioso y emotivo en su viejo corazón.

- Belore os tenga en su amparo, Custodio y Guardián del Custodio - saludó, inclinándose cuanto pudo.
- Bienvenido a nuestros dominios, Lord Albanys - dijo Allure, poniéndose en pie para bendecirle, con una sonrisa franca. - Ha pasado mucho tiempo.

Velantias se limitó a inclinarse, con un viso de tristeza en su mirada.

- Si... largos años. Me alegro mucho de veros.

La vejez le daba derecho a expresar sus sentimientos con naturalidad. Recibió dos sonrisas a cambio, una discreta y serena, la otra espontánea y brillante.

- Estábamos jugando a las damas. Pero él pierde.
- Eso me temo, milord - carraspeó Velantias.
- Vaya, vaya... nunca fue muy bueno con las damas - admitió Albanys, con una risilla pícara. Velantias frunció el ceño, quizá captando segundas intenciones y algo indignado, pues se irguió, orgulloso - pero no quisiera interrumpiros... sólo quería veros... y ver el Orbe, una última vez.

Allure se acercó y le tomó por el brazo. Una gaviota graznó en el firmamento, descendiendo en picado hacia el mar para atrapar a algún pez despistado.

- Sois bienvenido, tanto tiempo como gustéis - replicó el Custodio, ayudándole a llegar hasta otro taburete. Le puso unos cojines y le sirvió agua en una copa de cristal. - Debéis estar cansado del viaje.
- Bastante... del viaje y de todo, la verdad.

Eremin les miró alternativamente. Sus ojos ya no eran lo que solían ser, pero le pareció percibir un suave resplandor dorado en torno a ellos, como una suerte de aura cantarina y plácida.

- No habéis cambiado nada... - murmuró.
- Aquí nada cambia, milord - dijo Velantias, compartiendo una mirada cómplice con el custodio.

Allure asintió, le brillaron los ojos.

- Nada. Pero todo lo hace.

El viejo elfo asintió, con una risa suave, y se bebió el agua que le habían servido. Era un buen lugar para pasar sus últimos días, y una grata compañía. Su corazón rejuveneció al observarles, y una gota de lluvia le cayó sobre la nariz.

- El otoño nos saluda - apuntó.
- Vamos, será mejor terminar la partida dentro.

Allure ayudó a incorporarse al anciano y los tres elfos se internaron en la Torre Blanca, que se alzaba hacia el firmamento como el tallo de una rosa siempre esperando a abrirse, siempre tierna, inmutable al paso del tiempo, al frío, a la nieve, al huracán y a la tormenta. Como un dedo blanco y delicado que señalase al cielo, indicando a los vivos que hay razones y motivos por los que el alma puede elevarse y rozar la divinidad.

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Allí, donde nada cambia pero todo lo hace, el Custodio del Orbe permanece a lo largo de las eras, imbuído con la gracia del Orbe del Sol y guardándolo de aquellos que pueden destruirlo, poniéndolo al servicio de los pocos que, en contadas ocasiones, encuentran el camino hacia su isla y requieren de su poder o su bendición. Y cuando se cansa o se entristece, cuando hay algún peligro que llega desde dentro de sí mismo o desde más allá, cuando la soledad se hace pesada y su voluntad flaquea, allí está su escolta, el Guardián del Custodio, siempre a su lado y dispuesto a aconsejarle y arrastrarle, a enseñarle que la vida es hermosa y merece la pena ser vivida.


Incluso cuando es eterna.




/////////// FIN ////////////

 ((N. de A. : http://www.youtube.com/watch?v=19rC-Fl-KwM

joajoajoajoa))

3 comentarios:

  1. ALELUYA VIVA YO!!!!

    Es lo primero que termino en AÑOS! :D

    Espero que os guste! Y gracias a todos por leer, Velantias y Allure os lo agradecen también, desde sus dominios.

    Agradecimientos especiales a Myriam y Marisú por ser fans, y sobre todo sobre todo...

    A Shorin Jinete del Sol. D.E.P. Los malos SOIS necesarios.

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  2. (¡Me has hecho llorar!*-* Gracias por no rendirte.)

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  3. Bieeeeeeeeeeeeeeen!

    Muchas gracias por esta historia tan bella y emocionante :D . Ha sido un placer leerla, como lo es leer todos tus relatos.

    Me uno al agradecimiento por no rendirte, y espero leer más finales felices tuyos ;).

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