martes, 28 de febrero de 2012

Leyendas de Sangre IV: Todos bailan la noche del Solsticio

     
Era de nuevo la noche del Solsticio de Verano. En todo el reino las hogueras y los blandones ardían, perfumando el firmamento con volutas de humo espeso como el incienso de los templos de la Isla Sagrada. Las campanas de cristal tañían a cada hora. Los Sagrarios se habían iluminado con luces estelares y había cristales de sol, rojos y amarillos, colgando en los dinteles de cada puerta, en las ventanas de cada torre. El Reino Mágico de Quel’thalas se engalanaba como una novia durante aquellos días, los más importantes del año. No había un solo hogar sin guirnaldas en los balcones, sin los pendones y las banderas ondeando. No había una sola familia que no asistiera a las fiestas y los bailes al aire libre, alrededor de las altas piras a las que se arrojaban ramas de tomillo, de mallorn y de abedul.

No, ni una sola familia se perdía aquellos acontecimientos. Por eso a Cordelia le pesaba el corazón. Regresaba a casa, a la Torre, apresurada y sola, con la culpa enredándose a su alrededor como una serpiente lechosa y húmeda. Sus zapatillas apenas hacían ruido mientras corría a través del bosque, el vuelo de su vestido rojo y dorado susurraba al rozar contra las hierbas altas.

Era el vestido de una auténtica dama. Había pasado meses cosiéndolo con primorosa dedicación, soñando con aquel momento en el que saldría de la Torre Estrella del Alba, acompañando a nobles y señores, rumbo a las hogueras. Ella, Cordelia, la puta, la despreciada, al fin ocupando el lugar que se merecía. Cuando fue invitada a compartir los festejos con la nobleza, Cordelia aceptó de inmediato. Sólo más tarde, al pensar en ello con realismo, se dio cuenta de que tendría que asistir sola, sin Maldathar y, desde luego, sin Ammon. Para empezar, ellos no habían sido invitados. Ammon no era más que un sirviente. Y además, la presencia de Maldathar podría resultar ofensiva para las damas y los lores que tan graciosamente le ofrecían una oportunidad de integrarse en sociedad. ¿Iba a estropearla acudiendo con el bastardo? Podrían tomarlo como una provocación. Como un insulto. O, mucho peor, el Señor de la Torre podría considerar la presencia del joven adolescente como un intento de reclamar derechos que no le correspondían.

Por eso, Cordelia había ido sola. Bajó la escalinata de la Torre junto a los elfos y elfas de renombre de Estrella del Alba y caminó con placidez, tomada del brazo de una de las damas de compañía de la hija mayor del Señor. Disfrutó de los bailes, de los licores, de las conversaciones, de las alabanzas. Las sonrisas le parecían falsas a veces, y en algunos comentarios creía leer una doble intención, pero mantuvo la dignidad y un talante alegre y natural. Hasta que, pasada la media noche, cuando los festejos cobraban un tono más decadente y sutil, un poso de inquietud cubrió su corazón. Pensó en su hijo y se le retorcieron las entrañas con un dolor repentino. Y, arrepentida, se despidió precipitadamente y regresó, sintiéndose de pronto ridícula y necia.

—Soy una mala madre—se dijo, en un murmullo.

Se limpió una lágrima esquiva y apretó aún más el paso, como una centella de fuego y oro a través de la penumbra verdeazulada del bosque.

Cuando al fin la avistó de cerca, la Aguja tenía un aspecto extraño y fantasmal: Blanca, adornada con los vidrios rojos y amarillos que se agitaban en la suave brisa, con los pendones escarlata ondeando en los balcones y completamente vacía. No había guardias en la escalinata ni se veían las tenues sombras pálidas de los arcanistas ir y venir por las rampas engalanadas. Y había algo más, algo que no podía explicar. Por un instante le pareció un dedo maligno y blanco, enjoyado, que apuntaba hacia el cielo. Un escalofrío recorrió la espalda de Cordelia y se apresuró hacia las escaleras. Abrió la puerta con ambas manos, empujando con fuerza los batientes, y penetró en el interior de la Torre.

Todo estaba oscuro. Sólo los cristales arcanos y algunos fanales mágicos permanecían activos, iluminando el interior con una luz mortecina y azul. “Soy una mala madre”, se repitió. Tragó saliva y le supo amarga.

—Yo también quiero ir—había dicho Maldathar aquella mañana.

La miraba, con el ceño fruncido y esos ojos de plata moteada que siempre le recordaban a su padre. La miraba, con esa actitud beligerante de la que hacía gala constantemente en los últimos tiempos. Había cumplido los catorce, estaba en la edad. Pero a pesar de todo, a Cordelia le irritaba sobremanera la nueva rebeldía de su hijo.

—Puedes ir a cualquier otro baile, amor.—Cordelia sonrió, intentando sonar conciliadora—. ¿Por qué no vas a la hoguera de Brisa Pura? Ammon puede acompañarte.

—No. Quiero ir a la del Claro Ámbar— insistió el chico. Estaba de pie, frente a ella, desafiándola con la barbilla levantada y la espalda erguida, como si fuera un señor. Ammon observaba desde la puerta, curioso.

—Escucha, mi amor—Cordelia rozó la mejilla de su hijo con los dedos. Él era ya casi tan alto como ella—. Sé cuánto lo deseas… y yo también lo deseo, mi bien, pero no puedes ir conmigo. No sería apropiado. No has sido invitado, y los nobles podrían molestarse.

El muchacho elevó el labio superior y las cejas en una mueca desdeñosa. Luego soltó un amago de risa seca que Cordelia jamás había escuchado en sus labios.

—No he dicho que quiera ir contigo— espetó, apartándose de su mano con una sonrisa amarga.—Sólo quiero ir a la misma fiesta, no hacerlo de tu brazo. ¿Eso es lo que te preocupa?

Cordelia sintió que se le atragantaba el aire en los pulmones. Negó, palideciendo.

—No, hijo, no me malinterpretes.

Pero era tarde. El chico había entrecerrado los párpados , su mirada eran dos puñales de plata venenosa entre las pestañas oscuras.

—¿A quién le molesta mi presencia, a los nobles o a ti?

—No… no, no es eso…

—¿Te avergüenzas de mí, madre?

—Maldathar, basta—dijo, tajante y expeditiva.

Su autoridad chocó contra un muro de rencor. Maldathar se acercó un paso más.

—¿No quieres que vean a tu bastardo? ¿No quieres que recuerden que existo?

Lo peor no era el tono de su voz. No era la expresión de la mirada de su hijo, su odio condensado que brotaba en cada palabra, en cada gesto. Lo peor era la verdad que encerraban sus palabras. Una verdad que la hacía avergonzarse de sí misma hasta la humillación.

—Basta. No digas una palabra más —insistió Cordelia, aun así. Su voz sonaba débil y derrotada. No era la orden de una madre autoritaria, era la súplica de una mujer acorralada.

—¿No quieres que recuerden lo que eres? Porque yo no lo olvido. Ni un solo día de mi vida. Ni lo que eres tú, ni lo que soy yo, madre…

—Si dices una palabra más, te juro que…

—…el bastardo de una puta.

Aún podía escuchar el sonido de la bofetada y del silencio que reinó después.

Cordelia llegó al fin a la puerta de la habitación, la que compartía con Ammon y con su hijo. Su hijo. Cerró los ojos, apoyada en el batiente. No se escuchaba ningún sonido en el interior de la habitación. “Ojalá Ammon haya tenido mejor juicio que yo. Ojalá haya encontrado una manera de abrir la puerta desde dentro”, pensó. “Ojalá pueda perdonarme”.

Le pareció escuchar una risa antinatural y maligna en su propia mente. Burlona, cruel. Sacó la llave y la introdujo en la cerradura. Luego la hizo girar. Al abrir la puerta, una suave luz dorada y el olor punzante y penetrante de la sangre brotaron del interior de la habitación, como si un sello se hubiera abierto. Y Cordelia se quedó petrificada bajo el dintel, con los ojos fijos en el centro de la sala. Todos los pensamientos huyeron de su mente. Sus emociones se congelaron con una repentina escarcha y la serpiente de la culpa huyó, dejando sitio a la lenta y mortal araña del miedo.

No había allí luces arcanas. Bajo el titilar vacilante de las velas de sebo, dispuestas por toda la habitación, las figuras del sirviente y el joven se recortaban con un resplandor dorado, casi místico. Habían retirado la alfombra. En su lugar había, sobre el suelo de baldosas blancas, un extraño círculo mágico lleno de símbolos, pintado con carbón. Había montones de sal teñida de rojo y pétalos de flor de fuego. En el centro del círculo, Maldathar estaba de rodillas, vestido sólo con el pantalón ligero con el que dormía. Mantenía la espalda erguida. Su cabello oscuro le colgaba hasta los muslos, suelto y sin adornos. Tenía los brazos estirados hacia delante, los puños unidos y apretados y la mirada perdida, velada, las pupilas dilatadas. De sus manos goteaba la sangre hasta el interior un cuenco de vidrio, que estaba lleno en una tercera parte. La daga de Ammon yacía a su lado, teñida de rojo. Y el sirviente observaba, sentado en la cama, con un libro abierto sobre las rodillas.

La voz de su hijo recitaba, un susurro fantasmagórico y cruel, mientras las gotas rojas destellaban y caían al interior del recipiente.

—Del crepúsculo al alba, sin noche ni mañana, que se alcen los presagios, que la sombra caiga. Que lo Oculto se desvele y las voces que susurran Secretos olvidados despierten de su mortal reposo. Que se deslicen en las horas de tiniebla para hablar a mi oído. Que pasen sus dedos sobre mis párpados para hacer más profunda mi mirada, para teñir mis sueños con todo lo Invisible. Del crepúsculo al alba, sin noche ni mañana, que se alcen los presagios, que la sombra caiga. Que lo Oculto se desvele…

Ammon volvió la vista hacia la puerta. Detuvo su mirada en ella. Cordelia, rígida y temblando, abrió los labios para hablar. Dos gruesas lágrimas se escurrieron por sus mejillas.

—Hola, Cordelia.

“¿Qué he hecho, Belore?”

Intentó decir algo, pero no le salía la voz del cuerpo.

“Todo es culpa suya. Y mía. Y mía. Jamás debí confiar en él. Dejar a mi hijo con él… ¡Con él! Estúpida de mí… soy una mala madre. La peor de todas”.

—No te esperábamos —dijo el elfo del cabello blanco. Permanecía muy tranquilo. Cerró el libro lentamente y lo dejó sobre la cama, acercándose a ella. Cordelia se pegó a la puerta y algo en su interior se removió con furia.

—Saca a mi hijo del trance. Te lo ordeno.

Ammon se detuvo a medio camino. La observó un momento, como si estuviera valorando la posibilidad de no obedecer. Pero Cordelia había recuperado una energía que hacía tiempo que yacía sepultada bajo ilusiones y máscaras; la de la mujer repudiada que se encontró abandonada y sola con su hijo en el vientre. Puede que fuera una mala madre, pero seguía siendo una madre. Y aquello era una fuerza más poderosa que cualquiera de los conjuros de Ammon. Cosa que él también sabía.

—Como desees.

El elfo se acercó al círculo y colocó una mano sobre la frente del muchacho. Los ojos de Maldathar comenzaron a entrecerrarse. Su voz dejó de recitar. Finalmente, se desvaneció entre los brazos de Ammon, que le levantó y le llevó a la cama. Una vez le hubo acostado, Cordelia le apartó de un empujón y se arrodilló a su cabecera.

—Mi amor… mi niño —murmuraba, peinándole los cabellos con dedos temblorosos—. Mi niño, dime algo.

Maldathar abrió los ojos. Parecía febril y confuso. La miró, extrañado.

—Buenas noches, madre —susurró.

Cordelia le besó la mejilla y se dispuso a curar las heridas en las manos de su hijo. Las lágrimas saladas le empapaban el rostro y una rabia antaño olvidada le ardía en el pecho.

—Mi amor. Perdóname, mi amor. Nunca más volveré a darte la espalda. No volveré a fallarte. No volveré a fallarte.

Maldathar, aturdido y desorientado, no podía entender por qué su madre había regresado, por qué decía aquello, pero sus palabras le resultaron sorprendentemente reconfortantes. En algún momento, inclinó la cabeza hacia un lado para rozar con la frente los dedos de su madre y volvió a dormirse.

Soñó con un baile en el Claro Ámbar. Bailaba con una dama de ojos vendados. Ambos estaban solos en el centro del claro, bajo una luz gris azulada, penumbra boscosa y etérea. La niebla se les enredaba en los tobillos. Él vestía de terciopelo rojo, ella de gasa blanca. La dama tenía espinos alrededor de los brazos y exudaba una fragancia mística y embriagadora. Sus cabellos eran blancos como la nieve y sus labios estaban pálidos. Su nombre era Sabiduría. Y Maldathar le hablaba en su sueño, le hablaba al oído a aquella dama fría y misteriosa, mientras giraban y danzaban al son de una música inaudible.

“Siento tu veneno en mis venas, quemándome la sangre. Siento tu veneno en mi alma, encadenándome. No hay manera de liberarme. Sé que estoy condenado, pero no tengo miedo. Mi corazón se ha vuelto frío y negro, y así te lo entrego. Te lo entregaré todo para poseerte. Me llevaré tu secreto conmigo, hasta la muerte y más lejos aún, hasta el final de todas las cosas.”

Y ella suspiró y le abrazó, apoyando la mejilla en su hombro. Bailaron en el sueño, hasta el final de todas las cosas.


. . .

©Hendelie

jueves, 16 de febrero de 2012

Leyendas de Sangre III: La doncella de la torre


“Cuando venimos al mundo, hay un destino escrito en los astros para nosotros. El camino principal de nuestra vida se traza según una única decisión: Seguir ese destino o luchar contra él”

Eran las palabras de Ammon. Se las dijo una noche, junto a su cama, como casi todas las cosas importantes que él le decía. Mientras le hablaba, señalaba las estrellas, al otro lado de la ventana. Brillaban con un fulgor intenso en una noche límpida y despejada.

“¿Qué decidirás tú?”

Maldathar, adormilado, negó con la cabeza y se le cerraron los ojos. Durmió, y en su sueño cruzaba las inmensidades estelares siguiendo un camino de titilantes astros.

Aquella pregunta quedó sin respuesta, y así permaneció durante muchos años. Pero fue a partir de aquella revelación, la de que había un destino aguardándole solamente a él, que Maldathar quiso descubrirlo. ¿Qué le deparaban los cielos? ¿Qué futuro se había escrito con su nombre? Pensar en eso le daba vértigo y su imaginación volaba. Solía salir por las tardes de la sala de estudio y vagabundear por la torre, pensando en ello y observando a los que poblaban la Aguja Estrella del Alba, contemplándoles con sus ojos de plata y gestos de príncipe.

“Bastardo”, murmuraban a sus espaldas, creyendo que no les escuchaba, que estaba sordo o que por ser un niño no iba a entender la palabra y a darse cuenta de lo que significaba.

“El hijo de Cordelia”, murmuraban. “¿Quién será su padre? Seguro que el criado, ese elfo extraño de ojos violetas”, murmuraban. Murmuraban a todas horas, siempre murmuraban a su paso, pero él fingía no darse cuenta y seguía su camino, rozando con los dedos los tapices, acariciando las esferas arcanas, mirando a través de las terrazas a las gaviotas que surcaban el firmamento azul.

Maldathar quería saber cual era su destino, pero no tenía ninguna duda acerca de su propia naturaleza. Su madre, en un alarde de inocencia, le había explicado que era el hijo de un pájaro rojo que entró por su ventana una mañana y le picó en el ombligo. Él sabía que aquella tontería cursi no era verdad. Sabía que tenía padre, que su padre era algún hombre que se había acostado con su madre. Quizá ya estaba muerto. A lo mejor era un mozo de establos, un labrador, un Errante, un poeta, un trovador vagabundo. Quizá era producto de algo peor, más abrupto: el fruto de una violación o de un abuso. Muchas veces lo pensaba.

Tal vez era el hijo de Ammon. Esta idea le gustaba más, y durante un tiempo llegó a estar convencido de que estaba en lo cierto. Inventó una fábula en la cual el sirviente, como su legítimo progenitor, guardaba el secreto al igual que su madre, por miedo a que él no lo aceptase o a que lo dijera abiertamente en un acto de imprudencia. Esta posibilidad le emocionaba, pues de haber sido Ammon su padre biológico, se habría sentido más libre para expresar su afecto al hombre que, al fin y al cabo, hacía las funciones de tal. Pero nunca se atrevió a preguntar.

Así pues, aunque tenía dudas sobre quién era su padre, no así sobre lo que él era. Al fin y al cabo, constantemente se le recordaba. Lo hacían los adultos en los susurros disimulados y lo hacían los jóvenes y los niños más abiertamente, al verle pasar.

Era un bastardo, el bastardo traído al mundo por Cordelia. Aquello era todo lo que le definía en ese lugar. Pero Maldathar sabía que no era sólo eso, también era un elfo, un Hijo del Sol de Quel’thalas. Y además, era aprendiz de magia en la Aguja Estrella del Alba.

¿Y qué sería dentro de unos años? ¿Qué sería cuando se revelase su destino? En el fondo de su corazón, quería dejar de ser conocido como el bastardo de Cordelia. Tenía que haber algo más pesado que eso, más poderoso, que borrase para siempre esa mácula que llevaba desde que vio la luz del mundo.

Una de aquellas tardes, se encontraba pensando en estas cosas en una de las terrazas más altas de la torre mientras contemplaba la puesta de sol. A los que no pertenecían a la Casa Estrella del Alba no se les permitía subir más arriba del octavo piso, pero Maldathar era menudo y discreto y se había colado hasta el décimo nivel más de una vez para acudir allí y contemplar las vistas. Este era uno de sus lugares favoritos: una arcada de piedra blanca que se abría al bosque y a las montañas, con una balaustrada de metal dorado, forjada en motivos vegetales y un cortinaje de translúcida seda roja. A ambos lados de la arcada había sendos rosales en flor que trepaban por la piedra y se enredaban entre sí. Las hojas verde oscuro estaban ennegreciéndose en el ocaso y los pétalos brillaban como lentejuelas escarlatas. El sol se ocultaba en el Oeste, bajo la línea de plata del horizonte oceánico; un disco de cobre, redondo y líquido, que ya empezaba a hundirse en el mar.

—Seré un mago —decía, acodado en el balcón, con la mirada seria perdida en la brillante estela de las aguas—. Un poderoso mago, con togas bordadas y un bastón de madera de cedro.

Había visto a los magos allí, en la torre. Eran elfos altos, de cabello largo y bien peinado que vestían pesados ropajes profusamente ornamentados y llevaban bastones tallados con incrustaciones de gemas. Uno de ellos, uno de los ancianos de la Casa Estrella del Alba, tenía el pelo tan blanco como Ammon y se entreveían en él hilos de oro que se enredaban en los mechones formando trenzas y curiosas volutas. Quería ser como esos elfos, si, pero también quería ser un poco como Ammon. Pues a pesar de llevar siempre la misma toga, negra y dorada, y no tener ninguna joya en el pelo ni en los dedos, ni tampoco en el cuello, Ammon le parecía, de algún modo, mucho más sabio que todos esos hechiceros altivos. “Por algo me enseña cosas secretas”, pensó, entrecerrando los ojos. “Nadie tiene los libros que tiene él escondidos en el estante. Ni siquiera madre sabe que existen. Sí, sin duda él es más listo que todos los que habitan esta torre”.

—Seré un mago —repitió, asintiendo con la cabeza—. Un poderoso mago, con togas bordadas y un bastón, y conoceré los arcanos prohibidos que nadie más se atreve a pronunciar.

No esperaba respuesta, pues era aficionado a buscar la soledad y a hablar sólo para escucharse a sí mismo. Sin embargo aquella tarde, una risa femenina, agradable y musical respondió a su declaración. Con un destello suspicaz, Maldathar se giró hacia la arcada, buscando a la mujer que se reía de él.

—Aún te queda un poco para eso, ¿no crees? ¿Cuántos años tienes?

Era una elfa alta y esbelta, de líneas estilizadas y etérea belleza. El niño la había visto fugazmente en otras ocasiones, pero nunca tan de cerca, jamás a la puesta de sol, no antes bajo los rosales trenzados, orlada de tanta hermosura. Tenía la piel clara y cremosa y los ojos rasgados, color azul celeste. El cabello, espeso y ondulado, castaño cálido con matices de oro, cobre y miel le caía sobre los hombros y por la espalda hasta la cintura como un manto mullido. Estaba salpicado de abalorios de ágata y cristales añiles. Su rostro tenía forma de corazón y mostraba una sonrisa hermosa, llena, de labios rojos y dientes como perlas. Los rasgos de su semblante denotaban nobleza, y las espesas pestañas, las cejas arqueadas y la nariz recta y delicada, menuda, le encogían el estómago de un modo que jamás había pensado a su corta edad. Llevaba puesta una larga túnica de gasa vaporosa color amarillo pálido que le llegaba hasta los pies, con pedrería en los pechos y en la cintura pero que dejaba ver a través del fino tejido la hendidura del ombligo y las deliciosas formas de su figura.

—Diez —respondió, reponiéndose rápidamente de su conmoción. Ésta fue sustituida por un ardor de decidida ambición, y alzó la barbilla, mirándola como si fuera su igual —¿Y tú?

La mujer se echó a reír de nuevo, colocándose una mano en la cintura y observándole como si le hiciera gracia su desparpajo.

—Qué atrevimiento ¿Acaso no sabes quién soy?

—Eres la Dama Ilsa Estrella del Alba, la hija menor del Señor de la Torre —declaró tranquilamente, apoyando el codo de espaldas a la barandilla —¿Y sabes tú quien soy yo?

De nuevo, la joven se echó a reír, esta vez con una chispa de avivada curiosidad en sus ojos. Maldathar entrecerró los suyos. Por un momento un rabioso deseo le asaltó y le ardió violentamente en el pecho: desentrañar todos los secretos de aquella mujer, su alma, su corazón y su mente, poseerla en todos los modos posibles, tener poder sobre ella.

—Pues no. Pero me gustaría saberlo para saber a cual de los estúpidos niños de mis damas tengo que reportar por maleducado. Te van a dar unos buenos azotes.

—No soy el hijo de ninguna dama, y no soy un maleducado —replicó Maldathar en el mismo tono adulto y formal—. Soy aprendiz de la Aguja y dentro de unos años seré un poderoso mago. Conoceré los arcanos prohibidos que nadie más se atreve a pronunciar.

—¿Si? ¿Y qué más? —se jactó la muchacha. En su sonrisa había un punto de picardía sin maldad. Parecía divertirse mucho con ese pequeño respondón.

Entonces, el niño alzó de nuevo la barbilla y entornó los párpados con altivez.

—Y tú me amarás.

Ilsa Estrella del Alba dejó de reírse y enarcó las cejas, componiendo un gesto de franca sorpresa. Durante un breve instante, una duda fugaz se dibujó en su rostro. ¿Quién era ese crío que declaraba tales cosas con una seguridad y aplomo dignas de un señor? No había visto una cosa igual nunca antes. Cierto es que las palabras que decía podían tomarse como meras fantasías infantiles, pero el tono de su voz, el modo en que se comportaba como si fuera un adulto y la manera en la que estaba mirándola le provocaron una sensación extraña y opresiva, como si una sombra ominosa se cerniera sobre ella, proyectada desde muy lejos.

Pero la brisa sopló y trajo el aire fresco del mar, las luces se encendieron al unísono en el interior de la Aguja y el extraño chiquillo volvió a parecerle un chiquillo. Sonrió con diversión y le hizo una reverencia.

—Entonces, cuando seas un poderoso mago y conozcas los arcanos secretos, ven a buscarme para que no quede mi amor condenado a marchitarse en soledad.

La dama dejó oír una última carcajada burlona y se dio la vuelta para irse, y cuando desapareció en el interior de la Aguja, el niño esperó. Esperó, viendo alejarse su figura. Y esperó más, aguardando el instante en que ella se diera la vuelta para volver a mirarle. Pero Ilsa no se dio la vuelta, no volvió a mirarle, y Maldathar apretó los dientes y se volvió hacia el balcón, con un fuego extraño ardiéndole muy dentro.

Sí, llegaría a ser un mago poderoso y todos los habitantes de aquella Torre sabrían de lo que era capaz el bastardo de Cordelia. Cuando el sol se ocultó del todo corrió escaleras abajo rumbo a la habitación que compartía con el sirviente y la aprendiza, dispuesto a pasar gran parte de la noche estudiando.

Y así lo hizo, en los días sucesivos, en los meses que siguieron, en los años que se avecinaban: de día absorbiendo todo el conocimiento a su alcance en aquel santuario del saber, de noche aprendiendo los misterios ocultos que Ammon le enseñaba.

Y aunque no volvió a ver a Ilsa en mucho tiempo, su recuerdo le acompañó desde entonces, grabado en su memoria. El hermoso recuerdo de su belleza noble y el amargo, abrasador, venenoso recuerdo de su risa.

. . .

© Hendelie

miércoles, 15 de febrero de 2012

Leyendas de Sangre II: El noble, la aprendiz, el sirviente y el niño bastardo.


La Aguja de la Estrella del Alba era una torre espigada y blanca, con dos escaleras de caracol que se fundían en una sola y varias habitaciones diseminadas en los diferentes niveles de la misma. Sobre algunas pequeñas plataformas flotantes se elevaban arcos y alas de esmalte rojo que desafiaban toda gravedad, sostenidas en el aire por obra de la magia. Desde la habitación de Cordelia se podía ver, a través de la ventana de cristales rojos, todo el Bosque Dorado y sobre éste y mas allá estaba el mar, como una cinta de plata. Eran unas vistas prodigiosas. En la noche, el negro océano parecía una alfombra de terciopelo salpicada de lágrimas de plata que se reflejaban desde el cielo.

Como cada noche, a la luz de las velas de llama azul, él leía un pesado volumen sentado en una silla sin respaldo, de patas curvadas y adornada con un cojín de terciopelo rojo. El libro reposaba en sus rodillas y se inclinaba hacia la gran cama que compartían él, Cordelia y el niño. El niño, ya acostado y tapado hasta la barbilla, le observaba con expresión seria y ávida curiosidad en la mirada, bebiéndose sus palabras.

—…y de este modo —explicaba él, la luna reflejándose en los blancos cabellos, arrancando destellos a sus ojos violetas— es el Sacrificio lo que convoca a las energías más poderosas, aquello que atrae una mayor concentración de fuerzas. Se realiza por eso el sacrificio por dos razones fundamentales. ¿Recuerdas cuáles son, Maldathar?

El niño asintió, cruzando los dedos sobre su pecho y mirándole con suficiencia. Ammon sonrió a medias, complacido con ese gesto de superioridad.

—Una, para arrojar la energía que proviene de la sangre recientemente derramada a la atmósfera de trabajo mágico. Otra, para despertar una explosión de energía a partir de las emociones del Sacrificio, o del proceso de su muerte.

—¿Y en qué influirían estas cosas?

—Estoy cansado —se quejó el niño. Aunque no era una queja. Era una declaración— Ya no quiero seguir con esto, ahora léeme un cuento.

Ammon frunció un poco el ceño.

—No hasta que terminemos la lección.

Maldathar entrecerró los párpados y le dedicó una mirada aviesa, que hizo sonreír de nuevo al elfo de la cabellera blanca.

—Bien. Pero rápido.

—Eso depende de lo deprisa que respondas tú.

— Influyen en el éxito de los rituales; la liberación de la sangre ofrecida y el acto de voluntad del oficiante al entregarla a las fuerzas empodera el entorno mágico, mientras que las emociones como el pánico ancestral o la rabia ciega de la víctima actúan como detonante…


Ammon no borraba su sonrisa mientras escuchaba. Estaba satisfecho. Muy satisfecho.

El niño tenía ya ocho años. Era endiabladamente inteligente y había heredado el cabello oscuro de su madre, pero en todo lo demás, cualquiera que le mirase con la suficiente suspicacia hallaría el parecido con el alto noble que le había engendrado. Tenía los mismos ojos color gris plata, la misma expresión regia y digna aun a su corta edad y la misma autocomplacencia. Tenía su nariz, sus cejas y su tono de piel pálido. A Cordelia no le habían agradado aquellas similitudes cuando el pequeño nació, pero en cuanto la nueva amante del noble falleció de una repentina enfermedad y éste volvió a llamarla a su lado, la elfa no solo perdió las reticencias respecto al parecido del niño con su padre, sino también gran parte de su interés por él. Pasaba de momentos de absoluta entrega y cariño absorbente, en los que le alzaba en brazos, le comía a besos y se mostraba como una madre preocupada y entregada, a dejar de prestarle atención durante días, absorta en sus estudios o en su romance.

La muchacha despechada había vuelto a recuperar su posición como aprendiz de la Aguja, esta vez con más fuerza que antes. Sus avances eran notables, su encanto, imposible de ignorar. Algunas damas la envidiaban o cuchicheaban a sus espaldas, pero Cordelia había llegado a ganarse de alguna manera un sitio en Estrella del Alba. El noble apreciaba mucho que la mujer a la que había despreciado hubiera tenido tanta generosidad como para acudir a consolarle tras la muerte de su amada. También apreciaba que no quisiera cargarle con el niño ni airease su paternidad. Al noble no le gustaban los problemas. Cordelia, en cambio, sí que le gustaba, y cada día más. Por lo que, cada vez que le era posible y su legítima esposa se encontraba de peregrinaje o visitando a otras familias de la Corte, la llamaba a sus aposentos para pasar la noche juntos.

En esas ocasiones, cuando sólo el pequeño ocupaba la cama que madre e hijo compartían, Ammon se sentaba junto a su cabecera y le enseñaba los secretos que los libros no contenían, le narraba historias y le revelaba fascinantes misterios. Poco antes del alba, Ammon se marchaba y Maldathar cerraba los ojos, durmiéndose de inmediato, agotado pero rebosante de conocimientos nuevos y maravillosos. Las revelaciones de las que era testigo se tejían después en sus sueños, que eran rojos y negros y estaban plagados de criaturas sobrenaturales y de oscuras fantasías.

—Ahora mi cuento —ordenó el niño, una vez terminó de recitar la lección.

Ammon sonrió con esa expresión torcida y maliciosa. El chiquillo reprimió la suya, con los ojos chispeantes de emoción y de autosuficiencia.

—De acuerdo. Como ordenes, pequeño señor —replicó Ammon. Era difícil saber si hablaba en serio o estaba ironizando, pero el niño no pudo evitar una risilla —¿Qué historia quieres oír esta noche? ¿Una con final feliz?

—No lo sé. Cuéntame algo real —respondió el crío, posicionándose entre los cojines y acomodando bien las sábanas. El cabello negro le caía sobre los hombros.

—Entonces no será un final feliz, me temo.

—Ven a la cama conmigo. ¿Por qué dices que no lo será?

Ammon se levantó de la silla. Dejó el volumen pesado bien cerrado en el hueco de la vieja librería y después tapó el hueco con la tabla, sellándolo con un hechizo. Se acercó, sin hacer ruido, las suaves zapatillas hundiéndose en la alfombra y la toga púrpura y dorada susurrando al moverse. Se tendió al lado del niño, rodeándole con un brazo y dejando que se acomodara contra él, pareciéndole al hacerlo un cachorro felino exigente y caprichoso.

—Porque las historias reales no suelen tener finales felices. Al menos, no las que yo conozco.

—Entonces cuéntame una con un final que no sea un final.

Ammon entrecerró los ojos, mirando a Maldathar. Maldathar le devolvió la mirada y sonrió traviesamente. La luz de las velas de llama azul arrancaba destellos de oro pálido a las sillas, a los hermosos bustos y tapices de la habitación. Cubría el lugar de un resplandor místico y delicado, hacía brillar los ojos de plata del niño y sus ojos de amatista, los cabellos negros del niño y sus cabellos níveos, dibujaba los contornos de sus rostros igualmente pálidos como mármol pulido.

—De acuerdo. Veamos si consigo cumplir con tu demanda —aceptó Ammon, y su voz se deshiló como un ovillo, suave, aterciopelada.

Comenzó a recitar, y el hechizo de ese timbre evocador y envolvente atrapó al niño, como siempre lo hacía; capturó su mente y la llenó de imágenes, de sensaciones, de colores y de formas que parecían crearse y recrearse con facilidad, invocadas por las palabras de Ammon y su forma de hablar. Fascinado, escuchaba con toda su atención, mientras las llamas de las velas bailaban.

—Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyóse de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran a la puerta de mi cuarto.

»“Es —dije musitando— un visitante, tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.”

Y mientras la voz de Ammon recitaba, más arriba, en las habitaciones del noble Cordelia se estremecía entre los brazos de su amante, desnuda y subyugada, sintiéndose afortunada, pues todo lo que podía desear, ya lo tenía. Las sábanas se enredaban en su cuerpo y en el cuerpo del noble y sus voces acallaban los sonidos de la pasión compartida.

—¡Ah! aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; angustia del deseo del nuevo día; en vano encareciendo a mis libros dieran tregua a mi dolor —recitaba Ammon entre tanto, varios pisos más abajo, en la cama de Cordelia, rodeando con el brazo al niño que le miraba fascinado —. Dolor por la pérdida de Alysei, la única, virgen radiante, Alysei por Belore llamada. Aquí ya sin nombre, para siempre.
» Y el crujir triste, vago, escalofriante, de la seda de las cortinas rojas llenábame de fantásticos terrores jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie, acallando el latido de mi corazón, vuelvo a repetir: “Es un visitante a la puerta de mi cuarto queriendo entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más.”

Más arriba, en la lujosa alcoba, el noble alzó la mirada repentinamente, deteniendo su actividad entre resuellos. Volvió la vista hacia las cortinas, donde había creído ver dibujarse una insidiosa sombra que le observaba con rencor y largos cabellos de mujer. Cordelia, alzando la vista, miró a su amante.

—¿Ocurre algo, mi señor?

El noble, pálido, fijó la vista en la nada, en las cortinas.

—¿Alysei? —murmuró.

Cordelia palideció y giró el rostro, los ojos desencajados, buscando a aquella a quien había traído la desgracia ocho años atrás.

Y abajo, pisos más abajo, en la pequeña estancia de velas azuladas, la suave voz del elfo de los ojos violáceos seguía recitando.

—Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos: “Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar a la puerta de mi cuarto que apenas pude creer que os oía.” Y entonces abrí de par en par la puerta: Oscuridad, y nada más.

—¿Hay alguien ahí? —exclamó el noble.

—No hay nada —insistió Cordelia, no tan segura como quisiera—. No hay nada ahí, mi señor. Dejad que os consuele.

Pero el buen señor ya no estaba en disposición de ser consolado. Pasó el resto de la noche vuelto hacia la pared, sumido de nuevo en la tristeza por la pérdida de la joven a la que en verdad había amado, mientras Cordelia, su amante, le abrazaba por la cintura, sobrecogida e inquieta, volviendo de vez en cuando la mirada a las cortinas.

Y abajo, mucho más abajo, en el cuarto que compartían la aprendiza, el bastardo y el misterioso sirviente, cuando éste terminó la historia y no antes, Maldathar cerró los ojos para dormirse. Ammon se quedó contemplándole durante largos minutos. Después, rozándole los cabellos con los dedos, esbozó una sonrisa orgullosa y le besó en la frente.

El beso de Ammon quemaba, era un sello de fuego sobre la piel. Al sentirlo, Maldathar despegó los párpados, despertando súbitamente. Buscó con la mirada a su mentor, pero no había nadie más en aquella habitación. Y esbozando una sonrisa maravillada, el niño volvió a dormirse, y soñó con un cuervo que aleteaba en la ventana repitiendo “Nunca más”.

El alba gris no tardó en amanecer por el Este.

. . .


©Hendelie




N. de la A. : El poema que recita Ammon es, originalmente, el poema "El Cuervo" de Edgar Allan Poe, con un par de cambios para adaptarlo al entorno. 

martes, 14 de febrero de 2012

Leyendas de Sangre I: Una mujer despechada.



“¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a denunciarme a la Guardia? ¿Vas a reclamarme algo? No, no lo harás, porque sabes que nadie te hará caso. Te apalearán, tirarán a tu bebé a las rocas o lo darán en adopción y nadie volverá a hablar del tema. Nadie te creerá, mujer. A la gente como tú nadie la escucha.”

Él tenía razón. Aún le parecía escuchar su voz burlona, sarcástica, hiriéndole los oídos y el corazón... pero lo que más dolía era que él tenía razón. A la gente como ella, nadie la escuchaba. Aun así, se esforzaba por detener los sollozos, con la mano delante de la boca y la otra abierta sobre su propio vientre, como si temiera que alguien la oyera. Las lágrimas le corrían por las mejillas, se desbordaban por mucho que quisiera hacerlas parar. No quería llorar, no. No era pena lo que sentía. Era furia, rabia, impotencia.

Era la primera noche de verano. La luz de una luna pálida e hinchada se filtraba por el ventanuco del cobertizo. Olía a romero, a laurel y a hojaplata. Olía a cardo de maná y a polen, a tierra húmeda. De las vigas de madera colgaban las hierbas, atadas con cuerdas de esparto. Parecían sombras de duendes ahorcados, allí en la negrura nocturna.

Apartó los ojos de esa inquietante oscuridad y los volvió hacia la ventana. Las estrellas salpicaban el firmamento. El bosque mas allá, bajo la colina, se vestía con su traje de noche, azul oscuro y verde profundo. Las ramas y las hojas se agitaban con la brisa. Ella debería estar ahora preparándose para las festividades del solsticio, dando los últimos retoques a su vestido, o estudiando los pesados volúmenes de la biblioteca de Aguja Estrella del Alba. Era tan injusto...

—¿Por qué me ocurre esto a mi? —se lamentó, pasándose las manos por la cara una vez más.

“Por tonta”, se respondió a sí misma. “Por estúpida, por ilusa, por incauta”.

—Por tonta —respondió él, como leyéndole el pensamiento—. Por incauta.

—Cállate… no quiero escucharte ahora.

—Entonces —dijo él de nuevo, voz suave, aterciopelada, invitadora —, ¿para qué me has llamado, Cordelia?

Cuando le oyó decir su nombre, se dio la vuelta lentamente, atragantando el último llanto y quitándose los restos de lágrimas de las mejillas con el dorso de los dedos. Hizo acopio de entereza y le miró con severidad.

—Para que me ayudes.

En la penumbra del cobertizo, él parecía realmente una aparición. Estaba detrás de la gran mesa de trabajo, lejos de ella, hundido en la negrura. La luz de la Luna le arrancaba destellos de plata a su cabello blanco, hacía parecer su piel aún mas pálida.

Los ojos violáceos relumbraron un instante en la tiniebla y después, él asintió.

—Lo haré. Pero no puedo ayudarte si me mandas callar.

Cordelia sintió una repentina seguridad al escuchar aquellas palabras y empezó a calmarse. Concordó, con un cabeceo, y apoyó la cabeza en las tablas de la pared, suspirando, sin apartar la otra mano de su propio vientre. “Gracias a Belore, me va a asistir. No estaré sola. Menos mal”.

Ahora las cosas se arreglarían. Él había ayudado también a su madre y no era la primera vez que la ayudaba a ella: le conocía desde que era una niña y jamás le había fallado. Él había conseguido que la aceptaran en la Aguja como aprendiz de la familia de poderosos magos que la habitaban. Él había logrado que Cordelia se elevara por encima de su origen humilde, más que humilde, vergonzoso. La madre de Cordelia había sido prostituta. Ella misma lo había sido. Y era gracias a él que las cosas habían empezado a mejorar, hacía ya diez años. Pero ahora… ahora todo amenazaba con irse al infierno.

—Perdóname. Estoy… no me encuentro bien.

—Lo entiendo. Has tenido un mal día. Pero tienes que mantener la calma, por ti y por el niño.

Cordelia asintió, con un temblor en la garganta. El niño.

“Belore…”

Dos gruesas lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas, haciendo que volviera a rabiar contra sí misma. Crispó los dedos sobre su abdomen, entrecerrando los ojos con una mirada llena de odio.

—Él no quiere reconocerle —espetó, con tono venenoso—. No quiere saber nada. Me ha echado, Ammon. Fui a verle, a decirle lo que había sucedido… ni siquiera pretendía nada más que algo de ayuda. Tiene otros bastardos, ¿sabes? Y se ha encargado de su manutención. Uno es su escudero, maldita sea, y a mi me ha echado. ¿Qué voy a hacer, donde voy a ir?

—Pertenece a la Alta Nobleza, Cordelia —de nuevo la voz de él, suave, tranquila, paternal—. Puede permitirse algunos deslices y sostenerlos si es necesario. Pero contigo no tiene por qué esforzarse. Cree que tú no tienes nada. Por eso se da el lujo de hacerte a un lado.

—¿Y es que acaso no es cierto? —exclamó ella. Había alzado un poco la voz y dirigió sus ojos como brasas ardiendo hacia su interlocutor —. No tengo nada.

Ammon sonrió a medias, con aquella expresión inquietante que a ella le había fascinado desde pequeña. Le cambiaba el semblante por completo cuando hacía eso. Sus cejas se fruncían, sus ojos violetas se estrechaban y comenzaban a brillar con un destello burlón, divertido.

—Me tienes a mi, querida. Y pronto tendrás a tu hijo.

De nuevo, Cordelia se sintió más serena. Su hijo.

—¿Estás seguro de que será niño? —preguntó entonces, con suspicacia.

Ammon movió la cabeza afirmativamente. Cordelia volvió a mirar a la ventana. La Luna se ocultó tras una nube oscura, una de las pocas que surcaban Quel’thalas en su primavera eterna.

—No te preocupes por nada. Yo me encargaré.

La voz de Ammon sonaba un poco más cerca. Frunció el ceño. “No le he dado permiso para que se acerque”, se dijo, pero no le dio importancia. Le agradaba su presencia, le daba seguridad. Cuando su mano, cálida y ancha, se posó sobre su hombro, tuvo la certeza de que todo iba a salir bien… aunque no era sólo eso lo que deseaba.

—También te he llamado por otra cosa —murmuró.

—Te escucho.

Rozó los dedos de Ammon con su mejilla. Un bucle de pelo negro cayó sobre los dedos de él, como una serpiente muerta, enroscada. Ammon olía a terciopelo y a tinte, a loto y a maná. Le recordaba al aroma de los palacios y las ricas estancias de los nobles. O al menos se imaginaba que debían oler parecido.

—Él tiene una nueva amante —susurró, en tono quedo—. No sé si tiene que ver con esto pero de cualquier manera, le quiero mal.

Le pareció percibir su sonrisa, aunque no le estaba mirando.

—Estás despechada, Cordelia —afirmó él.

—Sí. Claro que lo estoy.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.

La chica asintió. Se puso de pie lentamente y observó su propio semblante en el cristal de la ventana. Durante unos segundos se miró, concentrada en lo que iba a hacer, y después se quitó el largo alfiler con el que se sujetaba el pelo en un moño, ahora medio deshecho y desordenado de tanto que se había mesado los cabellos, lamentando su desgracia. La aguja brilló a la luz de la Luna. La ventana le devolvía su reflejo, y al verse, la injusticia le parecía aún más atroz.

Ella lo tenía todo. Ella se lo merecía todo. Era hermosa, con una belleza voluptuosa y llena, exótica y altiva. Tenía los ojos grandes, las cejas altas, la nariz recta, como las nobles de renombre. Tenía el cabello negro como ala de cuervo, los ojos azules y los labios carnosos. Era inteligente, con unas capacidades innegables para adentrarse en los caminos de la magia, que tanto tiempo su pueblo había practicado. Y era cultivada, elegante y complaciente.

Apretó la mandíbula y levantó la otra mano delante del espejo, clavándose la aguja lentamente hasta hacer correr la sangre y dibujando un surco rojo a lo largo de la palma. Su mirada se había estrechado hasta convertirse en dos rendijas tras las que ardía la furia de los infiernos.

—Con mi sangre llamo a tu sangre, Alysei —susurró, sintiendo cómo le ardía en el pecho el odio —. Con el hierro, llamo al hierro a hundirse en tu pecho. Que vengan sobre ti el dolor y el sufrimiento, la desesperación sin consuelo. Que vengan sobre ti la gangrena y la hemorragia, el vómito y la náusea, la fiebre y la debilidad. Que vengan sobre ti el veneno y el temblor, la infección y la agonía, el desvelo y la locura. En el espejo de la Luna así los llamo. Que los espíritus me escuchen y tomen mi venganza.

Cuando terminó de hablar, le temblaba el puño de tan fuerte como tenía apretada la aguja entre los dedos. Las lágrimas habían vuelto a asomar a sus ojos. Y en el reflejo del cristal, la extraña sonrisa de Ammon la contemplaba desde su espalda, aún con la mano en su hombro, con su rostro junto al de ella.

—Ya está hecho, Cordelia —susurró, casi en su oído. Luego le quitó la aguja y la lamió, guardándosela para él —ahora sólo tienes que esperar.

—Has dicho que te encargarás —le recordó ella, como temiendo que fuera a recular.

Pero Ammon no tenía intenciones de echarse atrás.

—Y así lo haré. No hagas el equipaje, pues no tendrás que irte de aquí. Podrás quedarte y vivirás feliz el resto de tu vida, conmigo y con Maldathar.

La muchacha se estaba mirando la herida de la mano. Mientras lo hacía, las palabras de Ammon entraban en su interior y llegaban a su corazón, desplegándose como primaveras de esperanza. “Viviré feliz durante el resto de mi vida… con él y con Mald…”

—¿Maldathar? —preguntó, extrañada, aunque aún raptada por las imágenes de ensueño de su futuro radiante —¿Quién es?

—Es tu hijo. Ese es el nombre que le pondrás.

Una gota de sangre roja cayó sobre el suelo de madera. Cordelia, mirándose la mano, veía ante sus ojos los días de vino y rosas que estaban por venir, cual si fuera presa de un hechizo. “Maldathar… mi hijo. Sí. Ese será su nombre”.

A su espalda, Ammon amplió la sonrisa y se dio la vuelta con lentitud, dirigiéndose hacia la puerta. Salió y respiró hondo, disfrutando del aire fresco. Estiró los brazos con complacencia. La nube se retiró y la Luna volvió a brillar con intensidad, iluminando el bosque de Quel’thalas, las tierras frondosas del sur y la Aguja de la Estrella del Alba, cuyo pináculo relumbraba como si llevara prendido un lucero de plata.


. . .


© Hendelie

viernes, 18 de noviembre de 2011

15.- Un cuento de luna y un cuento de sol (I)

Llegaron al oasis cerca de la media noche. Ashra no quería despertar al chico, pero Irye abrió los ojos al sentir el olor de la vegetación fragante y se removió entre sus brazos, suspirando, como un cachorro frágil. Apenas le hubo dejado en el suelo, echó a correr hacia el lago y se metió en el agua, con la ropa puesta. Las prendas fueron desapareciendo con rapidez, flotando en el agua como cadáveres de un naufragio, hasta que su piel blanca resplandeció bajo la luz de la luna llena. El cabello rojo y negro se le pegaba al rostro y a la espalda como serpientes retorcidas. Los ojos rosados brillaron intensamente cuando alzó los brazos y se estiró bajo la luz estelar, mostrando las delicadas líneas de su anatomía adolescente.

Ashra estaba preparando el campamento. Mientras estiraba las mantas y aseguraba bien las cuerdas de la tienda, volvía la mirada de cuando en cuando hacia él.  Los movimientos de Irye, que parecía estar bailando, capturaban su atención como un hechizo parpadeante. El agua estaba tan quieta que reflejaba su imagen como un espejo de plata: las formas suaves de los brazos, el cuerpo delgadísimo, el surco de la espalda, la cintura sutil hasta la que se había hundido.

"Es como una aparición"

Los ojos rosados se fijaron en él. Ashra sintió un estremecimiento en la sangre, como si de pronto los influjos de las mareas estuvieran afectándole dentro de las venas. Irye dejó caer los brazos y echó las manos a la espalda, bajando la barbilla, cohibido de pronto. Ashra se dio la vuelta.

- ¿Por qué odias a la luna?

- ¿Quién ha dicho eso? - abrió los petates para sacudir la arena del interior, comprobó las cantimploras.

- Tú

La voz de Irye llegaba apagada desde lejos. Ashra arqueó una ceja. "¿Por qué odias a la luna?" Sabía amargo en los oídos, se deslizó, amargo, por el paladar.

- No recuerdo haber dicho eso, ¿estaba borracho?

- Sí.

- No tienes que hacerme caso cuando digo cosas estando borracho.

- ¿Ah no?

- Claro que no.

El chico salió del agua y se ató la camisa mojada a la cintura. Las gotas que se escurrían sobre su cuerpo repiquetearon sobre los juncos y las hojas de las plantas tropicales. Sus pasos silenciosos corretearon hasta el improvisado campamento. Ashra le vio inclinarse a su lado, rebuscando entre las pertenencias de ambos con decisión. Olía a flores desconocidas y a algo místico y ya familiar, parecido al incienso. Su pelo mojado se anudaba en hebras retorcidas rojas y negras, como culebras. Una gota lenta descendía sobre el hombro de marfil.

Se le clavó dentro como una astilla, esa gota redonda sobre la piel sedosa e inmaculada. Hacía años que a Ashra toda la belleza le dolía, pero la belleza de Irye le dolía más que ninguna otra. La admiraba en silencio, con secreta devoción. Sintiéndose, quizá, un poco culpable, y agradeciéndole sin palabras lo que le brindaba: su compañía constante y fiel, sus cuidados sencillos pero sinceros, el contacto. El contacto quizá más que ninguna otra cosa. Un abrazo, la mano pequeña en su mano, un beso ligero, el cuerpo menudo contra el suyo bajo las mantas. Escuchar otra respiración, respirar otro olor, poder tocarle con las manos.

- Quiero poder hacerte caso siempre - dijo entonces el chico. Había cogido todas las botellas y las tenía entre los brazos.

Ashra no supo reaccionar. Entreabrió los labios para decir algo. Un pulso de furia le latió en la muñeca, pero después se pasó. El licor no tenía color en la noche, era solo un líquido difuso dentro de las botellas de vidrio. Miró a Irye a los ojos, después apretó los dientes. El enfado se diluyó y se convirtió en pena. Lástima de sí mismo.

- Odio a la luna porque me escupe los recuerdos a la cara - murmuró, cogiendo una de las botellas que sostenía el muchacho.

Miró en el interior, como si esperase encontrar alguna respuesta ahí. Queriendo verse a sí mismo.

- Eso es tu culpa, no de la luna.

Ashra le miró, sorprendido. ¿Y esa patada? Irye seguía allí de pie, medio desnudo, con las botellas entre los brazos. Esbozó una sonrisa extraña y caminó deprisa hacia el linde del oasis.

Ashra le siguió. ¿Lecciones a estas alturas? Sí, lecciones a estas alturas. El chico empezó a hablar, recitando una especie de sonsonete que recordaba a los poemas infantiles.

- La Dama de la Luna tiene plata en el pelo, zapatillas de seda que no tocan el suelo. La Dama de la Luna se mira al espejo y cuando canta su voz llega lejos, lejos, lejos.

Al llegar a la línea en la que el oasis se convertía en desierto, Irye abrió la primera botella. El licor se derramó sobre la arena. El chico caminó, trazando una línea con el líquido, como si estuviera delimitando algo. "Maldita sea", pensó Ashra. Una llamarada de su antigua dignidad resplandeció en sus ojos. Abrió otra e imitó al muchacho. No iba a permitir que Irye hiciera todo el trabajo, no lo que a él le correspondía. Era su responsabilidad, abandonar las ruinas de su vida de una vez por todas.

- La Dama de la Luna se marchó a pasear, una noche tranquila, a la orilla del mar - siguió recitando el chico -. Tiene el pelo cubierto con un precioso chal, y pendientes de cristal, cristal, cristal.

El olor penetrante del alcohol le quemó en las fosas nasales. Le tembló el pulso. "Ahora no tendré donde esconderme", pensó, "no tendré donde huir. Ya no voy a huir. Ya no quiero sufrir más". Dejó caer el recipiente, escurrirse entre sus dedos. Miró al chico de los ojos rosas. El corazón se le ahogó de emoción.

- El joven pescador la atrapa con su red, ¿acaso la confunde con un enorme pez? La Dama de la Luna se quiere escapar, y asustada se pone a llorar, llorar, llorar. - Irye había vaciado tres botellas ya. La cuarta se convertía en nada entre sus manos, derramándose en la arena - ¡Es tan hermosa, es tan hermosa! El pescador no la quiere soltar. "¡Déjame ir otra vez hasta el cielo! ¡Quiero volar, volar, volar!"

El viento se alzó repentinamente. Sopló con fuerza, casi empujando al chico. Irye plantó los pies en el suelo con firmeza y se volvió, como si desafiase a la poderosa brisa. Sus ojos opacos, pálidos, destellaron con determinación, tornándose más vívidos. Su voz se tejió con el aire cuando destapó otro corcho y desangró más licor, una vez más.

- ¡No te vayas, no te vayas! , ¡Si te vas voy a morir! Mi corazón se romperá en pedazos si tengo que verte partir, partir, partir. Si te vas, amada mía, déjame algo de ti. - el viento cambió de dirección y volvió a empujar al chico, que se dio la vuelta para enfrentarle de nuevo - Ella se quitó el pañuelo y los pendientes de cristal, puso uno en el ocaso, otro al alba despertar. Y su chal de luz tejida lo dejó caer al mar.

La última botella rodó sobre la arena, con un ruido sordo. Ashra apretó los puños. Le temblaban las manos.

- La Dama de la Luna al cielo regresó, perder su pañuelo mucha pena le dio. De noche alarga las manos y tira de los bordados, pero al mar ya se ha tejido, al mar ya se ha enredado. Cuando tira de una esquina hace subir la marea, cuando tira de la otra, baja y descubre la tierra.

- ¿Donde has aprendido esa canción? - preguntó Ashra, a media voz. Se había hecho un silencio sepulcral, similar a los que envuelven los templos religiosos.

- No me acuerdo - respondió Irye.

El chico se acercó y le pasó los brazos alrededor de la cintura, apoyando la cabeza en su pecho. Ashra le rodeó con los suyos, le acarició el pelo. Estaba mojado y empezaba a enfriarse.

- Ven, vamos a secarte - le dijo. Luego le levantó en brazos.

Los ojos de Irye parecían dos perlas exóticas observándole con devoción. Tragó saliva, rozándole las mejillas con los dedos de una mano, ásperos y grandes. La piel del chico era fina, delicada como los pétalos de una flor joven. Cerró los ojos y le besó en los labios, un gesto tierno y sutil que iba como siempre acompañado de la aguda punzada de la culpa.

Pronto, la culpa se marchó, el frío se convirtió en calor y el dolor en consuelo. El viento amainó. La arena, transportada por la brisa, cubrió poco a poco los cascos vacíos de las botellas de cristal.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

14.- A través del desierto

Era una noche sin estrellas. Los fuegos del campamento quedaban ya muy atrás. El viento movía las arenas plateadas y la Luna observaba con atención: un único ojo que nunca parpadeaba. Entre la vasta extensión desierta, las dos figuras parecían diminutas; dos náufragos en el mar de dunas que avanzaban despacio con el susurro de sus propios pasos haciendo eco en sus oídos.

Irye tenía que caminar deprisa para mantenerle el ritmo a su Ashra. Por cada par de sus pasos rápidos y cortos, él daba una zancada con sus largas piernas. Irye contaba los pasos. Miraba sus botas. Observaba la huella que dejaba en el camino al levantar el pie.

Ashra caminaba más largo que él, pero le llevaba de la mano. Eso era bueno, porque quería decir que no iba a dejarle atrás a pesar de eso.

El elfo llevaba puesta la armadura de cuero y malla, los sables a la espalda y el fardo con sus pertenencias colgando de una correa al hombro. Irye había hecho un hatillo con las pocas cosas que había querido conservar y lo guardaba bajo el brazo, apretado contra el pecho. No había preguntado nada cuando Ashra le dijo que cogiera sus cosas. No hizo caso a las discusiones ni a las conversaciones alrededor. Tampoco a la tensión que percibía. Obedeció sin más.

Ahora, en cambio, si preguntó.

- ¿Por qué nos vamos?

La mano de Ashra era muy cálida. Cubría la suya con firmeza pero sin estrujarle. Le daba seguridad, le hacía sentirse protegido.

- Nos vamos de vacaciones.

Irye frunció el ceño. Luego miró a Ashra. Estaba serio, pero no enfadado. Intentó adivinar si estaba triste. Pero su voz había sonado tranquila, muy tranquila. "Es la melancolía", escuchó que decía el viento del desierto, "es la melancolía".

La luna lamía las ruinas trol que se recortaban a lo lejos. Arrancaba un brillo espectral a las torres de agua que se dibujaban en sombra sobre la sombra de la noche. El cielo del desierto era muy ancho y muy profundo, sus arenas parecían no tener fin. Pero a Irye no le daba miedo el desierto, ni la Luna que miraba fijamente, le parecían bonitos.

- ¿Qué son vacaciones? - preguntó con timidez, alzando las cejas.

Ashra se detuvo. Su zancada marcó una huella en la tierra y su pie se quedó dentro de la huella. Luego volvió el rostro hacia él, mirándole con curiosidad. La miel que tenía en el pelo se le derramó por los hombros y sus rasgos se distendieron, parte de esa pena - es la melancolía, la melancolía, decía el viento - se diluyó en su semblante.

- ¿No sabes lo que...? Bueno, claro - Irye nunca había ido a una academia. Tampoco a un templo -. Pues vacaciones es un tiempo para descansar.

La voz de Ashra se suavizó aun más. Se acuclilló delante de él para colocarle bien la capa y cerrarle las prendas. El viento les agitaba el pelo.

- ¿Es como la siesta?

Irye miraba a Ashra. Su pelo que se movía, los ojos azules y profundos. Brillaban con una luz que tenía dentro, un puntito blanco y destellante, como una estrella en miniatura.

- No, no es como la siesta - rió el elfo, relajándose más - se trata de varios días. Cuando uno está trabajando, en un ejército o en el campo, labrando la tierra... o cuando uno está instruyéndose en lecciones, en algún momento, tiene unos días en los que no hay ninguna obligación.

Le resultaba fascinante esa lucecita, y el calor que había en sus palabras. Su voz era como una manta. Sus dedos grandes eran ramas de árboles, y se movían sobre su ropa, abrigándole. Ashra le había salvado cuando mataron a todos. Ashra le quitó las cadenas. Y luego le cuidaba todo el tiempo. Eso le hacía sentir algo raro, como si tuviera algo vivo dentro del corazón, un pollito tembloroso o algo así.

- ¿Y uno se va entonces? - preguntó, intentando entender.

Ashra asintió. No había vuelto a erguirse para quedar más a su altura y poder hablarle mejor.

- Uno puede quedarse, o se va a hacer un viaje. A la playa, quizá. O a los bosques.

Irye se tocó la punta de la nariz con el dedo y después asintió. Dudó un momento, cambiando el peso de pie.

- ¿Y dónde vamos nosotros?

Ashra le miraba. Sus ojos se habían vuelto dulces. Su expresión también. Le pasó una mano grande y ancha por el cabello enredado al chico, luego le limpió un tizne invisible de la mejilla con los dedos. Después le rodeó con los brazos y le levantó como si no pesara nada, cargando con él y con su pequeño hatillo.

- ¿Dónde te gustaría ir?

Irye se encogió de hombros y negó con la cabeza.

- No lo sé. ¿Dónde te gustaría a ti?

Ashra negó con la cabeza también.

- No lo he pensado. Lo podemos decidir por el camino, ¿vale?

- Vale - Irye le echó los brazos al cuello y apoyó la mejilla en su hombro - ¿Cómo sabías que estaba cansado?

Ashra no respondió. Durante un rato, siguieron avanzando en silencio. Irye quería contar estrellas, pero no había, así que dejó la cabeza recostada entre los cabellos de Ashra y contó sus pasos, escuchando el susurro de sus botas entre la arena, hasta quedarse dormido.