martes, 6 de septiembre de 2011

Despedida

El amanecer se despertó y vistió al mar con un resplandor dorado. Las lenguas de sol se deslizaban sobre las olas rompientes, enjoyando la espuma que lamía los tobillos a las dos figuras que permanecían en la playa. La brisa suave les agitaba los cabellos. Mantenían la mirada fija en aquel brillo áureo que se acercaba, inexorable, para tocarles. Respirando con lentitud, se llenaban los pulmones, concentrados, y ejecutaban los pasos de baile: la danza del acero, el Método, el Arte. La espada silbaba en cada giro preciso, la arena susurraba bajo sus pies.

Habían dejado su equipaje junto a una roca y las chaquetas de los uniformes sobre ella. Dos cordones dorados en los puños y una insignia les distinguían como recién graduados. Su instrucción había terminado: pronto regresarían al hogar y abandonarían la isla. 

En aquel último amanecer, habían regresado a la cala oculta. En ella, sobre la arena fina y casi virgen, se entregaban a la rutina del entrenamiento con la especial dedicación de las ocasiones únicas: atentos a cada pincelada del color del cielo, al vuelo de las gaviotas, a la suave canción del mar.

Era el final de una etapa, y como todos los finales que llevan a nuevos principios, éste se presentaba con una mezcla de nostalgia y expectación. Nostalgia por lo que queda atrás, expectación por lo que hubiera de venir... sin embargo, esta combinación tenía muy distintos matices en los dos jóvenes soldados. El chico de los ojos azules no temía al futuro. El de la camisa blanca, lo odiaba sin conocerlo.

El joven de los ojos azules se detuvo después de un movimiento fluido, y bajó la espada, con la vista fija en la línea del horizonte. Su compañero de más edad estaba a su derecha, un par de pasos por delante de él. Apenas tuvo que moverse un poco, con discreción para no entorpecerle, y se colocó a su espalda. Le rozó los cabellos con una mano, contemplando el resplandor del sol sobre ellos. Luego deslizó la palma sobre su hombro y siguió la línea de su brazo. El joven de la camisa blanca se paralizó al sentir el calor de su tacto, el roce de su cuerpo que se pegaba a su espalda.

- No te detengas - susurró el soldado de ojos azules.

Su mano se cerró con suavidad en la muñeca de su compañero. Con los ojos entrecerrados, apoyó la mejilla en su pelo y deslizó la otra mano alrededor de su cintura. El joven de la camisa blanca, tras un instante en el que se tensó un poco, dejó caer el peso de su cuerpo sobre su pecho y soltó la espada, desobedeciendo a su petición y buscando su mano. El chico de los ojos azules respondió a su gesto, deslizando los dedos entre los suyos desde detrás y rozándole la palma con las yemas al flexionarlos. El chico de la camisa blanca tenía los dedos finos, cuidados, aristocráticos. El joven de los ojos azules tenía las manos grandes, ásperas y calientes.

- ¿Volveremos a vernos? - murmuró el mayor.

Una gaviota se sumergió en picado y remontó el vuelo, cruzando por delante de las nubes.

- Nada me gustaría más - respondió el chico de los ojos azules.

Algunos finales también son un principio, pero no por ello son menos amargos. El alma y el corazón se acostumbran a sus lugares comunes, hacen hogares en ellos y cuando tienen que abandonarlos, se entristecen. Aquel final tenía el regusto amargo de la separación. Tras los años en la academia, se había estrechado entre los dos compañeros un sólido lazo cuya resistencia estaba a punto de ser puesta a prueba. Ahora, la vida tiraba de los cabos de la cuerda. Sólo el tiempo podría decir si aquel nudo se fortalecería más, se desharía como un jirón de niebla o se partiría la soga.

-¿Qué destino escogerás? - preguntó de nuevo el chico de la camisa blanca - Has sido el primero de la promoción... podrás elegir lo que quieras. Incluso los destinos reservados a los hijos de los reyes.

El joven de los ojos azules negó con la cabeza, rozándole el cabello con los labios. Luego le tomó de la mano y cerró los dos brazos en su cintura. Respiró el perfume de su pelo. Una punzada de angustia se deslizó en su estómago, como si se hubiera tragado un alfiler. Incluso aunque siguieran en contacto, tal vez las cosas no serían lo mismo. Allí, en la isla, alejados de sus familias, habían encontrado apoyo el uno en el otro, se habían dado las condiciones idóneas para que germinase aquella semilla verde y tierna. Ahora, el esqueje había atravesado la capa de tierra negra, fértil y cálida y tenía que enfrentarse al viento, a la lluvia. Moriría o crecería.

- Aún no he pensado en eso... supongo que antes serviré en el ejército de mi padre - respondió - ¿Y tú?

El joven de la camisa blanca negó con la cabeza.

- No lo sé... - dijo, bajando la voz hasta que se fundió con el murmullo de las olas -  cuando vine aquí, no quería quedarme. Ahora no deseo regresar.

Había una línea de dureza en su postura corporal que amenazaba con romper el abrazo en cualquier momento. Su compañero, que ya conocía esas reacciones, le estrechó un poco más e inclinó la cabeza sobre su hombro.

- No tiene por qué ser tan malo - le dijo al oído. - No será lo mismo, pero por encima de cualquier cosa, soy tu amigo. Y lo seguiré siendo. Estaré ahí para tí, siempre.

El joven de la camisa blanca aguantó la respiración un momento y después exhaló el aire entre los dientes, alzando el rostro para apoyar la nuca en su hombro. Bajó los párpados, sus músculos se relajaron. El chico de los ojos azules cerró los ojos un momento, respiró hondo y le apretó más contra sí. Luego miró de nuevo al horizonte, donde el sol ya se había alzado del todo por encima de la línea del horizonte. Con un suspiro de resignación, soltó la cintura de su compañero y dio un paso atrás; después se dio la vuelta para ir a recoger sus cosas.

El barco no tardaría en salir. Y si una despedida se vuelve demasiado larga, termina dejando de serlo. El chico de ojos azules lo sabía bien, sobre todo porque mientras se ponía la guerrera del uniforme, su corazón se removía, inquieto, deseando saltársele del pecho, abandonar esa estúpida prisión de carne que se equivocaba de camino y correr hacia el mar otra vez, a reunirse con quien quería estar. Sus sentimientos no entendían de graduaciones, de veleros amarrados en el puerto ni de convenciones sociales. Por suerte, aún era capaz de controlar sus sentimientos lo suficiente como para limpiar la espada, envainarla y dirigirse hacia la gruta que conducía al exterior de la cala.

- ¿Qué tal si nos reunimos dentro de un par de días?

El chico de los ojos azules se detuvo a medio camino. Se giró y sonrió al joven de la camisa blanca. Éste se había dado la vuelta y le observaba con un brillo decidido en la mirada.

- Podríamos... hacer un viaje - terminó el joven de blanco, guardando su propia espada tras recogerla de la arena. - Ver el mundo antes de que los deberes nos reclamen. Tal vez ir a...

- De acuerdo - interrumpió el chico de los ojos azules, reprimiendo su entusiasmo - Donde quieras. Cuando quieras. ¿Dentro de dos días?

El de más edad asintió.

- Cuanto antes mejor. ¿Te parece precipitado?

Sonrió. Aquella súbita propuesta tenía el regusto soñador de los planes vanos que se tejen en medio de la noche, esos que quedan en nada al amanecer, cuando la realidad de la vida cotidiana se impone. Pero aun así...

- No, en absoluto. Me parece muy bien. ¿Dentro de dos días en la puerta sur?

- En la puerta sur. Al amanecer.

El chico de la camisa blanca parecía muy seguro. El de los ojos azules asintió, ensanchando la sonrisa. Luego levantó la mano y reprimió las ganas de robarle un último beso. La noche anterior ya le había robado demasiados y había jurado que cada uno de ellos sería el último, hasta que acabaron desnudos y enredados en la playa, bajo un cielo brillante de estrellas y sin luna. No podía arriesgarse a tocar sus labios otra vez. Entonces, la despedida se alargaría tanto que dejaría de serlo... y el chico de los ojos azules, que era muy joven pero también muy disciplinado, tenía un barco que coger. Y aunque su reputación le importaba un bledo, no osaría comprometer la del chico de la camisa blanca.

- Hasta pronto, entonces.

- Hasta pronto - contestó el chico de la camisa blanca. Luego le dedicó una de sus escasas sonrisas, que a ojos del joven soldado era más brillante y pura que el sol limpio de la mañana, y echándose las manos a la espalda se volvió hacia el mar.

El joven de los ojos azules le contempló un instante más, grabándose su imagen a fuego en el corazón. A continuación, avanzó hacia la caverna, llevándose consigo todos los recuerdos hermosos atesorados durante aquel tiempo. El destino podía ser traicionero. Lo que hoy eran flores vivas y abiertas que exhalaban su perfume a raudales, mañana corría el riesgo de convertirse en pétalos marchitos, en imágenes difusas, nombres que no se recuerdan, huecos vacíos en un tapiz a medias. Guardó su tesoro en el alma y se internó en la oscuridad con semblante grave, portando en una mano la esperanza y en la otra la resignación.

El chico de la camisa blanca aguardó en la playa, severo y hierático, hasta que los pasos de su compañero dejaron de escucharse sobre la arena. Entonces levantó una mano y se llevó los dedos al pecho, apretando con suavidad, con el gesto torcido de quien encuentra una molestia. 

Se quedó allí hasta que la marea volvió a subir, contemplando las olas azules. Después, se marchó. 

Las huellas dispares de los dos jóvenes permanecieron sobre la arena hasta el anochecer. Cuando subió la marea, las olas las borraron.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Noches blancas

- Sabes, en realidad soy un romántico.

Sí, un romántico sin remedio. Estoy pensando en eso cuando una nube negra cruza delante de las estrellas y las oculta a mi mirada. Están hermosas esta noche. Gordas, henchidas como frutas de luz blanca, colgando del negro telón de la noche y gritando su presencia. A veces me dan ganas de cogerlas y morderlas. Deben tener un sabor metálico.

- Ah, disculpa - suspiro, y vuelvo a Erelien. Le había desatendido por un momento - Como te decía, en realidad soy un romántico. Ya sabes, para estas cosas del sentimentalismo soy todo un clásico. Me gusta cortejar y ser el perfecto príncipe azul.

Distraigo mi mirada de nuevo. Una vela se ha apagado al cruzar una ráfaga de viento. No me gusta. Necesito la luz exacta que he preparado y detesto que algo se desestabilice en estos gloriosos momentos de calma y maravilla. Son los momentos en los que encuentro más paz. Si no contamos esos pocos otros. No, hoy no los vamos a contar, ¿verdad que no? No. Hoy no. Mi compañero necesita toda mi dedicación.

Vuelvo a inclinarme sobre él. Respira agitadamente bajo la mordaza, tiene los ojos vidriosos, y es una composición perfecta: el azul quebrado de sus retinas, las pupilas fijas en mí, exactamente como tiene que ser, y la tela delante de su boca inflándose y desinflándose como la vela de un barco cada vez que respira. Es una composición tan perfecta que me dejo llevar por una oleada de cariño y cercanía hacia Erelien. Ah, chico impulsivo. Apoyo los codos sobre su pecho para contarle mis secretos en voz baja.

- Son cosas que ya se han perdido, ¿sabes? - le digo. - Esa profundidad... ese... esa intensidad. Vivimos en un mundo tan vacuo... tan lleno de personas vacuas... la gente no pone el corazón en lo que hace. No hay eso. Entrega. Eso. Ya no hay.

No puede responderme, pero su mirada podría significar cualquier cosa. Supongo que me da la razón. ¿Por qué no iba a hacerlo? La tengo, en cualquier caso. Le acaricio el pelo y me incorporo de nuevo, volviendo al trabajo.

- No hay dedicación ni apasionamiento. ¿Sabes lo sencillo que es llevarse a cualquiera a la cama o enzarzarse en una pelea sin sentido? Todo lo que puede despertar la emoción, todo cuanto puede hacerte sentir, está al alcance de la mano sin el menor esfuerzo. Y sin esfuerzo, ¿dónde está el sabor? ¿Qué merece la pena sin entrega, sin esfuerzo, sin esa natural progresión desde el deseo hasta la consecución de lo anhelado pasando por la búsqueda y el sacrificio, o por la conquista salvaje?

Me responde un gemido ahogado, casi sollozante. Lo escucho con atención, evaluando el tono y el timbre y comprobando que no me he movido de los límites que yo mismo me he marcado. El suspiro abandonado que sigue me confirma que todo está bien. En cualquier caso, deslizo un trapo limpio empapado en desinfectante sobre la piel de mi amigo, enjugando el sudor frío y los restos de sangre.

- Búsqueda, sacrificio, conquista salvaje. Los procesos del deseo son así. Forma parte de cómo somos las personas, el deseo y su satisfacción. Una vez satisfecho el deseo, éste deja de existir, y se desea otra cosa, cada vez un paso más, un poco más lejos. Por eso hay que llegar a la satisfacción mediante el camino largo, para beber de verdad ese deseo, experimentarlo al máximo, todo, hasta los significados más elevados o más simples de él. Todo.

Un nuevo gemido lánguido. Deslizo la cuchilla con precisión quirúrgica, fijándome en el destello dorado de las velas, reflejado por la hoja de metal. Es hermoso. Tanto como la geografía de Erelien, sobre la que estoy pintando. ¿No es bonito, cariño? Mira qué escena. El estandarte de la cruzada, las velas, todo tan romántico. Otro día te llevaré al parque. Ahora puedes batir las pestañas y enlazar los dedos.

- ¿Y qué hace la gente en lugar de eso? - prosigo, dedicando a mi querido compañero una mirada decepcionada - Pues desperdiciar y desperdiciarse. Eso es lo que hacen. No comprenden lo que significa la dignificación a través del sacrificio o a través de la dominación, ese concepto superior de transcendencia, de comprensión profunda. Darle a todo - indico, elevando el escalpelo para puntualizar mis palabras - un sentido y un significado. Lo que no tiene sentido, lo que no es intenso y significativo, no es nada.

Se remueve un poco y agita la cabeza. Miro su rostro y le aparto los cabellos, le seco el sudor de la frente. No permitiré que se le meta en los ojos o que esté incómodo. Lo estoy diciendo, maldición. ¿Es que no escucháis? ¿Estrellas, luna, mundo? Lo estoy diciendo, todo tiene que tener un significado, y esto sobre todo, para él y para mí. Y tiene que poder vivirlo al máximo. De eso se trata. Así es como venimos a jugar. Y su mirada es perfecta cuando le arreglo los cabellos, cuajada de gratitud, con el dolor cristalizado en las pupilas. Ahora mismo soy su mundo. Es maravilloso.

Vuelvo al trabajo. Estoy haciendo algo interesante cerca del ombligo. Me aplico con entusiasmo hasta que despiertan los gritos ahogados.

- Soy un romántico... - continúo, ahora en voz baja. Estoy muy concentrado. Esta parte es complicada, explorando entre la piel y la carne, con precisión - ...porque sé explotar eso. Estirar el deseo de los demás y el mío propio hasta que está a punto de romperse... y darle una cierta satisfacción, la suficiente para no frustrarse pero no tanta como para desinteresarse. Es mi manera de cuidaros. Haciendo que merezca la pena lo que sentís. ¿No es todo un acto de altruismo?

Se me escapa una sonrisa. Las estrellas chirrían y el viento baila. Deslizo la lengua por la hoja húmeda del cuchillo, lamiendo la sangre. Lo hago girar entre mis dedos y lo limpio bien, colocándolo bien alineado junto a los demás. Erelien ya está palpitando como una rosa antes de abrirse. Se ha perlado de sudor y necesita algo más.

Hemos llegado a la parte álgida de nuestra cita. El equivalente al momento en el que el chico levanta la mano para acariciarle un pecho a la chica, y ambos saben que a partir de ahí sólo hay un camino. Bueno, en este caso no le toco la teta. Erelien no es una chica, y yo tampoco, aunque ahora mismo esté tan emocionado que sienta ganas de dar saltitos como una estudiante del templo. Lo que hago es calzarme los guantes de garras y flexionar los nudillos para hacerlas salir de su funda de cuero.

Y me acerco, despacio. Porque yo sé como se hace esto. Nací sabiendo. El ritmo exacto de los pasos, el preciso para que su respiración se acelere. La anticipación es mi aliada, casi dolorosa. Y ahora ya no hay espacio para filosofías. A Erelien no le interesan, y él es lo importante de todo esto, al fin y al cabo. Los ojos de cristal roto me alcanzan. Me siguen con ansiedad. Cuando me siento sobre su cintura, abriendo las piernas y cerrando las rodillas en sus costados, parece a punto de ahogarse. Su excitación se me clava en la ingle al posicionarme con firmeza encima suya, pero no me molesta.

- Tú lo entiendes, ¿verdad? - le pregunto, en un susurro casi triste. - Ya no quedan románticos como yo.

Asiente con la cabeza. Claro que lo entiende.

Relajado, en esta paz fantástica, alzo las garras y dirijo la orquesta del universo, al menos del nuestro ¿No es precioso, cariño? El veterano atado, cuajado de nudos, de sangre y sudor, las velas, el estandarte y un cielo infestado de estrellas chirriantes.

Aquí estamos, dándole un sentido a las cosas. Mañana, si quieres, podemos ir al teatro.

jueves, 27 de enero de 2011

La fuerza de Valerie

Todas las libranzas estaban completas. El mayordomo se había marchado y había dejado las velas encendidas para que Lady Glenford pudiera seguir trabajando. En la soledad del despacho, en la soledad de la mansión, Valerie Glenford leyó los legajos uno a uno y colocó el sello. Cerró los lacres, redactó las órdenes con letra fina y estilizada y después revisó el gran escritorio de madera. Un suspiro de alivio se escapó entre sus labios rojos como fresas al ver que no quedaba nada. Se recostó en la silla de madera labrada, con el cabello derramándose sobre sus hombros blancos, e hizo un gesto de desagrado, intentando tomar aire y llenarse los pulmones. El corsé le apretaba.

Todo le apretaba. Como sogas en el cuello y en los brazos, todo eran cuerdas. La ahogaban, y además tenía que tirar de ellas, porque eran las riendas de su vida las que se le enredaban, las que la oprimían. 

Valerie Glenford era la esposa de Lord Glenford, un caballero amable y anciano que dirigía los envíos de suministros desde Kul Tiras hasta los puertos de Menethil y Ventormenta. Era la hija de un gran comerciante que había muerto, dejando su emporio y responsabilidades sobre los hombros de su única heredera. Era la dueña de cincuenta hectáreas de tierras de cultivo, de seis barcos mercantes, de cuatro textilerías y dos grandes almacenes de grano. Era la madre de un niño pequeño y obediente, Samuel, de tres años, y la voz a la que obedecían más de treinta personas.

Valerie Glenford tenía la fama de una mujer fuerte, con carácter. Pocos o nadie se oponían a ella. Llevaba sus negocios y su casa con energía, su matrimonio y hasta sus compromisos sociales. La fuerza de Valerie Glenford, su dignidad y leve altivez, la convertían en una líder. Sus órdenes eran obedecidas. Sus peticiones, contentadas por su esposo. Su amable y dulce esposo, que era amable y dulce hasta la blandura, a pesar de que lo amaba tiernamente. Valerie Glenford era una mujer independiente, dueña de sí. Tan independiente y dueña de sí, que a veces le desesperaba toda aquella responsabilidad, toda aquella autoridad, su distanciamiento autoimpuesto, la imposibilidad de sentirse frágil, contradicha, desafiada. La imposibilidad de sentirse a merced de algo más fuerte que su férreo control sobre las circunstancias.

"Algo que me sobrepase"

Ser una mujer y no una roca. Ser un ser humano y no un baluarte. Sonrió a medias y sopló una de las velas con un gesto suave, removiéndose en el sillón. El despacho estaba forrado de muebles de madera de caoba, oscuros y elegantes. Su vestido era color caramelo y crema, con encaje de Theramore. Llevaba anillos de oro y rubíes en los dedos largos. Y el maldito corsé la estaba matando, pero aun así, lo llevaba con elegancia y sin queja.

Algo que le sobrepasara, eso es lo que había buscado. Y buscando eso, había llegado al lugar que ahora ocupaba sus pensamientos, donde las sombras la arropaban, donde las cadenas tintineaban y el dolor destellaba con sabor a liberación, el abandono se presentaba teñido con los colores y los aromas del consuelo. Tembló, con un estremecimiento de anticipación, y se puso en pie, casi tirando la silla, con la decisión tomada.

Al abrir la puerta, la criada que esperaba tras el batiente la miró e hizo una leve reverencia.

- Camille, voy a salir. Tráeme la capa - ordenó.

Y como siempre, fue obedecida.

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En la oscuridad, aguarda. El cirio está apagado en la hornacina, las paredes de piedra son sombras más allá de la sombra, negrura profunda que todo lo engulle. No hace frío; en este lugar la temperatura siempre es perfecta, y la humedad apenas se nota, pero aun así, tiene toda la piel erizada a causa de la expectación. 

Está de rodillas sobre las losas, con los brazos en alto, las muñecas ceñidas por los grilletes. El cabello negro, suelto, le cosquillea en las caderas, y sus ojos permanecen fijos en la puerta, en ese rectángulo de brea hundida en la sombra. Aguarda, con el corazón latiendo como un timbal bajo la piel. Ella misma ha cerrado las esposas en sus manos, ella se ha despojado de sus vestiduras y las ha embutido en el arcón del rincón. Ella misma apagó la vela.

A partir de ahora, nada es decisión suya. Ni siquiera puede decidir el momento en que las bisagras van a girar y una luz sucia va a irrumpir en la estancia por un instante. Cuando al fin sucede, se lame los labios y contiene un respingo, un mordisco en las entrañas, de hambre y de anhelo. Sus ojos negros se clavan en la figura embozada que cruza la entrada de la celda, bañada por un resplandor equívoco y ocre, y una lengua de trepidante emoción se escurre por su espalda.

La puerta se cierra a la espalda del verdugo, que lleva una palmatoria en la mano. Reconoce su silueta alta y musculosa, los mechones de cabello pálido que se escapan de la caperuza que le cubre el rostro, el contorno de las formas viriles contenidas tras las prendas de cuero oscuro, cubiertas por franjas de pintura negra. La mirada arrolladora que la asalta desde el fondo del embozo. Una mirada de depredador.

Valerie suspira, exhala el aire trémulo entre los dientes, agazapándose en su desnudez y pegándose a la pared de manera instintiva. El Oso nunca tiene prisa. Su capa arrastra sobre las losas de piedra cuando camina, silencioso y contenido, con el andar selvático que le caracteriza. El halo de la palmatoria convierte la oscuridad en penumbra y dibuja los contornos de los instrumentos que aguardan sobre las mesas, colgados en las paredes y en las estanterías. Y su verdugo deja la luz titilante en un rincón, se despoja de la capa y se echa un poco hacia atrás la caperuza. La cabellera de oro pálido se derrama sobre sus hombros, ante su rostro pintado de negro, donde los ojos azules, verdes, quizá grises, destellan con una frialdad cortante.

- Ven aquí de una vez y haz tu trabajo, desgraciado, hijo de mala madre - susurra Valerie desde el rincón, con voz venenosa.
- Cállate.

Es una orden tranquila, impasible. La voz del Oso le agita por dentro, le trae recuerdos asociados a ese timbre, a ese matiz grave y penetrante. El Coyote le gusta, con su salvaje fiereza, pero el Oso siempre ha sido su preferido. Se entienden bien, ella y él; le agrada su impulso primitivo y su violencia esencial, sin envolturas, le gusta su maliciosidad y su vanidad. Y ella sabe que a él le agrada su desafío y su sumisión, quebrar su fortaleza y hacerla suya hasta que eso es todo cuanto la define.

- Si no estás preparado, date la vuelta y lárgate - insiste Valerie, mientras él busca algo en la estantería del rincón, para luego acercarse en un par de zancadas - No he venido hasta aquí para que te lo tomes con cal...mpf.

No muestra la menor delicadeza cuando le pone la mordaza. La aprieta hasta hacer que le duela la mandíbula, y ella le mira con una leve inquietud. Pero el Oso sonríe y sus dientes destellan en la habitación en penumbra. Una sonrisa ávida y traicionera.

- Hoy no vas a necesitar palabras - le dice con suavidad - Quizá te la quite para que grites mejor, cuando empieces a hacerlo.

Valerie alza la mirada, repentinamente empañada. Intenta evitar el temblor, pero es imposible. Sus brazos se agitan, trémulos, y hacen tintinear las cadenas. Hacer esto sin palabras, sin La Palabra, siempre le provoca un escalofrío de miedo y excitación, no sabe donde empieza uno y acaba el otro, pero ella quiere algo que la supere. Algo que la supere hasta dejarla exhausta. Y al verla temblar, él, que está aún muy cerca, tan cerca, de pie frente a su cuerpo desnudo y arrodillado, inclinado sobre ella, aprieta los dientes y sus ojos arden.

Los dedos se cierran en su pelo. La obliga a levantarse con el tirón de los cabellos, la estrella contra el muro con una fuerza que le roba el aliento por un instante, y el rostro del elfo al que llaman el Oso se pega al suyo, aspira su olor. Valerie puede notar su aliento en las mejillas. Está olfateando su pelo, la curva de su cuello. El Oso tiene hambre, y ella está desesperada por ser su alimento.

Y la devora. Valerie intenta aguantar el grito, que finalmente rompe en su garganta. La ha atrapado entre sus brazos poderosos, que tiemblan con fuerza contenida, y el cruel muro de piedra. Ha cerrado las mandíbulas en su hombro, los dientes se hunden, profundos, desgarrando la piel y la carne. La sangre mana, el dolor punzante la atenaza, el estremecimiento le recorre los nervios, que se disparan con las percepciones contrapuestas. La excitación se desliza entre sus piernas como fuego líquido. Forcejea y se debate, pero es inútil. La ha apresado con férrea determinación, es un cepo de músculos tensos que palpitan y laten, una masa de carne vigorosa que resuella y gruñe como un animal satisfecho mientras engulle la sangre que mana de la herida.

Algo que la supere. Está en sus manos y no tiene ningún control. Está en sus manos y no tiene ninguna autoridad. El Oso hará lo que quiera, y ella no podrá evitarlo de ninguna manera, porque ni siquiera le ha dado La Palabra. Cuando él levanta el rostro y abandona la cruel fuente de la que se alimenta, la sangre roja mancha las mejillas y el rostro de su Verdugo, que se relame y la aprieta más entre sus brazos. Valerie apenas puede respirar, sus pulmones empujan el aliento descontrolado, tiembla con violencia cuando se encuentra con su mirada. La caliente anatomía del Oso la oprime como si quisiera romperle los huesos, sus brazos son nudos que atesoran un latido que brama como una fuerza de la naturaleza. Intenta patearle, pero le tiemblan las piernas, que se han convertido en masa de pan con demasiada agua. No podría sostenerse en pie si no la tuviera atrapada. Y él la mira a los ojos, con la barbilla algo alzada, con una pátina de excitación empañando los iris grises, verdes, azules quizá. Una mirada dominante y severa, engreída, que se desliza como un cuchillo hasta desollarla y penetrarla, posesiva y en un punto cruel.

Cuando vuelve a morderla, el aliento descontrolado le raspa la garganta. Resuella y gime a través de la mordaza, su piel se perla de sudor, es una gacela de mirada perdida, rendida ante la superioridad de su depredador. El dolor se abre paso como una luz blanca, el goce se extiende como aceite balsámico en sus venas, las sensaciones empapan su propia sangre, nublan su razón. Se le escurre la saliva, empapando la mordaza, empapándola sus quejidos apenas exhalados y el aliento perfumado y caliente.

El Oso no está usando nada, no ha tocado ningún instrumento. La está destrozando sólo con su cuerpo, consumiéndola con sus manos, que se cierran en la carne, la retuercen, la pellizcan, la arañan, consumiéndola con su boca que desgarra y abre las lesiones poco profundas pero lo suficiente para hacerla sangrar, lo bastante para amoratar su piel cremosa, lo bastante para hacerla padecer y deleitarse ambos en ello.

Valerie se ha abandonado. Su resistencia no dura demasiado en días como éste, en los que está deseando rendirse. Él termina de embriagarse con su carne abierta, se aparta de la segunda herida que le ha abierto en el otro hombro, lame la sangre que se escurre y cuando la mira, ambos están jadeando. Ella tiene los ojos empañados de lágrimas, los muslos empapados de calor húmedo, la piel perlada de sudor.

Los dedos del Oso le arrancan la mordaza de un tirón. Su voz es un susurro áspero y rasposo, seductor.

- Infierno - le dice al oído - Infierno es la palabra.

Ella toma aire con fuerza. Algo que la supere. Él le abre las piernas con un rodillazo nada amable, ella forcejea y aprieta los dientes. Cuando Valerie intenta morderle, el Oso le tira de los cabellos y le dirige una mirada amenazadora. 

- Quieta, leona.

De los labios de Valerie surgen palabras atropelladas, desesperadas, crueles, acusadoras. Entre los jadeos, le insulta, le culpa, le condena, le suplica, le escupe, pero en su mente retiene esas tres sílabas que no pronuncia. Infierno.

Las cadenas se tensan cuando él le tira de las caderas, atrayéndola hacia sí, alejándola de la pared. Valerie grita, los tendones de sus brazos se distienden y de nuevo la asalta el dolor. Él sabe que ella tendrá que enlazarle la cintura con las piernas para buscar sujección y no romperse si sigue tirando, y es lo que ella hace. Cómo le admira. Realmente, el Oso es su preferido. Y él esboza esa sonrisa insolente, abriéndose los pantalones con una mano mientras la sujeta con la otra, habiéndose salido con la suya, como siempre. Porque a eso vienen a este lugar.

- Quiero oírte gritar - la voz insidiosa del elfo, grave e hipnótica, escurriéndose en sus oídos, susurrando, cuando se acerca a su mejilla y le habla al oído, como si compartieran un secreto. La tiene sujeta de los muslos.

- No voy a gritar - la respuesta de Valerie, desafiante, provocadora.

Y sin embargo, grita. Grita cuando la carne ardiente, palpitante y dura se abre paso entre sus piernas en una invasión brusca y salvaje. La empuja con una embestida brutal, estrellándola de nuevo contra la pared, haciendo que se golpee la nuca y la espalda con la piedra. Y aunque por dentro está hambrienta, aunque sus pliegues están empapados de savia templada, le duele como si la partieran por la mitad. Grita, deshecha en lágrimas, en la amalgama indefinible en la que el dolor despierta la excitación y la excitación consuela el dolor, tiembla y grita, ahogándose en el aliento que no puede regular, con la sangre golpeando enloquecida en las venas, con la piel erizada, con los pechos erguidos manchados con la sangre de sus hombros. El Oso la ha acorralado y ataca entre sus piernas sin darle tiempo a recuperarse de la primera arremetida. Empuja, presiona, se abre paso más hondo de lo que Valerie puede soportar, arremete contra ella en una conquista certera y segura, con el galope descontrolado de los ejércitos, de las manadas, de las tormentas. Ella gime y se estremece, dolorida, extasiada. Él resuella y la aprieta entre los dedos, entre los brazos, dominante, poderoso, arrollador. Gruñe sobre su oído, la muerde de nuevo.

No puede contenerlo. Porque no tiene el control, y no quiere poseerlo, por eso ni siquiera se molesta en detener la ola que se levanta con cada roce, con cada impulso en su interior que precipita sus latidos, que hacen distenderse su carne rezumante como una flor henchida en una explosiva primavera. El tacto de su piel, las uñas que la hieren, los dientes devorándola, el olor del depredador, sus resuellos primitivos y el brillo perdido en sus ojos cuando la mira de nuevo, el dolor y el placer, todo es excitante y tira de ella como la soga de la horca.

No puede agarrarle porque está encadenada, pero le estrecha con las piernas, hunde los talones en sus riñones y se agita cuando la primera marea rompe en su interior. Está gritando otra vez, y esta vez es un grito extasiado y enloquecido, cuando su visión se empaña y se rompe en un crisol difuso. La catarsis le acecha en cada envite del oleaje afilado e intenso, vestida de goce y transgresión, de dolor hermoso que chispea en la lengua cuando la sangre se derrama y escuece y despierta los sentidos. La fragmenta una y otra vez, y el Verdugo la arrolla por completo desde dentro y desde fuera, quizá consciente de que ella ya está precipitándose hacia arriba y pronto volará.

Y cuando estalla, muerde los dedos que la amordazan. Las lágrimas se derraman por sus mejillas, la savia mana entre sus piernas mezclada con sangre, palpita y se estremece, poseída por el ardor de la liberación y sometida a la fuerza del clímax descontrolado. Las cadenas tintinean. Sus percepciones se distienden.

Se siente entonces enorme y entera, libre y en brazos de una corriente poderosa que la arrastra, en la que no tiene que nadar y a la que no tiene sentido oponerse. Se siente entonces expandirse como una nube barrida por el viento, deshacerse y al tiempo ocuparlo todo. Y sólo cuando presiente, en esta cabalgada hacia la eternidad, un desmayo cercano, una vez superadas las fronteras y los puentes del orgasmo que parece no acabar, muerde los dedos que la amordazan e intenta balbucear.

- In...fierno, ¡infierno!

No es necesario repetirlo. La tormenta se detiene, con el sonido intenso de una respiración agitada, con las manos apoyadas en la pared, tras soltarla con una suavidad inusitada. Valerie se queda colgando de las cadenas.

En medio del preludio a la inconsciencia, mientras le zumban los oídos y su piel parece a punto de desprenderse, apenas vislumbra entre las pestañas, cuando consigue entreabrir los ojos, la figura del Verdugo moverse alrededor de ella. Sabe que está aseándola y curándole las heridas inflingidas.

Luego le besa la frente, y es lo último que Valerie percibe, antes de que la puerta se abra y el Oso desaparezca. Entonces, cuando se cierra de nuevo el batiente de metal, ella cae sobre el suelo y se apoya en la pared, satisfecha y plena, dejando que la noche se la lleve por un rato, en la paz y el sosiego que sólo puede encontrar entre estas paredes. 

Aquí, donde puede ser simplemente Valerie.

13.- Lo bueno y lo malo

- No es bueno para tí.

Las estrellas brillaban en el firmamento despejado de Tanaris. La hoguera se había apagado, la historia había terminado y los mercenarios montaban guardia aquí y allá. Otros dormían en sus tiendas de lino, resguardados en las ruinas de un viejo asentamiento trol al que llamaban Lunasur. Allí, el viento no azotaba sus rostros con tanta vehemencia y la arena que se arremolinaba permanecía lejos, más allá de los parapetos de piedra. En un rincón, algo apartados de los demás, Irye y Ashra se habían envuelto en las mantas. El chico estaba dormido sobre las piernas del elfo como un cachorro, y el quel'dorei tenía la armadura aún puesta y un sable a mano, como era habitual en él. El cuero remachado se ceñía al cuerpo alto y flexible, y los fieros rostros de lobo de las hombreras miraban a ambos lados con ojos de fuego. La cabeza del muchacho reposaba en un hueco del brazo del mercenario. Tenía los párpados cerrados.

Haari estaba arrodillada frente a Ashra. Le hablaba en un susurro, mirándole directamente a los ojos. Los de él la observaban, azules y gélidos.

- ¿Por qué dices eso? - replicó tras largo rato el elfo.
- Está...
- Maldito

Ashra terminó por ella. Sus voces eran murmullos suaves en la luz de la noche. El elfo del cabello claro estaba pegado a la roca, en la sombra. Sobre Haari caía toda la plata del cielo como una cascada, arrancándole destellos a su piel, a su cabello, a los adornos de su capa.

- Sé que piensas que todos lo estamos, Ashra - prosiguió ella - pero esto es algo que casi puedo tocar. Está maldito, hay algo antinatural en él.
-Supongo que es lógico. Teniendo en cuenta dónde le encontramos. Quizá está enfermo - repuso él, los dedos deslizándose por los cabellos extraños del muchacho - Quizá su alma necesita sanar.

Haari meneó la cabeza. Era muy difícil intentar hacerle entender lo que sentía en lo profundo de su espíritu, esa inquietud tan violenta en lo que respectaba al muchacho. Además, había algo en la postura corporal de Ashra, en su manera de mantener al chico sujeto cerca de él, de rozarle con las yemas, que le hacía temer que ya fuera tarde para muchas cosas. ¿Como podía mostrarle lo que ella veía?

- Y, ¿eso es lo que quieres? - preguntó de nuevo la Zulfi, en un susurro muy leve, algo apremiante - ¿Sanarle? ¿Curar su alma?
- No soy sanador.

Un destello virulento cruzó por las pupilas azules de Ashra. Haari asintió, moderando su tono. Aquel elfo era su amigo, era más que eso. Confiaba plenamente en él. Nunca habían hablado mucho, él no poseía demasiadas palabras al parecer, y ella era más amiga de la acción que del decir. Y sin embargo, se habían arriesgado el uno por el otro. Se habían protegido, habían luchado codo con codo, y esas cosas tienden lazos, cintas que se anudan y crean vínculos. Las personas se conocen. Y Haari sabía que si Ashra se ponía a la defensiva más de lo que ya lo estaba, no habría nada que hacer. Por el momento, al menos, la escuchaba. Y encontró la palabra clave, la manera exacta de abrirse camino.

- Estoy preocupada - dijo, colocando las manos sobre la arena y agachando la cabeza un tanto - Explícamelo. Me gustaría que lo hicieras.

Ashra suspiró, se apartó un mechón de cabello del hombro y asintió, removiéndose y estrechando al chico dormido, cubriéndole con la capa como un padre que arropa a un hijo. Su voz se dulcificó cuando respondió a la trol.

- No sé si puedo, Zulfi. Al principio le traje por piedad. No podía dejarle allí.

Haari bajó la mirada hacia las mejillas blancas de Irye. Su respiración era pausada. Los rizos negros y rojos se descolgaban sobre la manga de cuero negro del mercenario, como hiedras coloreadas, como algas en una ruina submarina. Bajo las espesas pestañas oscuras, Haari adivinaba los ojos rosados y opacos, los dos ópalos vacíos de un ser sin alma... pero que había visto destellar en ocasiones con sentimientos imposibles en un ser así, probablemente en una imitación intencionada y cruel de las emociones auténticas con el objetivo de embaucar a su víctima.

- Pero no has querido dejarle en ningún lugar... quieres tenerle contigo todo el tiempo - dijo ella con suavidad - ¿No crees que estaría mejor en Theramore, por ejemplo? Allí hay elfos de los tuyos. También hay humanos, y nacidos-de-los-dos.

- Irye no quiere irse. Y yo tampoco quiero separarme de él.
- Has dicho que no eres sanador, tienes razón. No lo eres - insistió ella, probando otra vía - Si crees que el chico puede curarse el alma, ¿no deberías dejarle en manos de quien pueda ayudarle?

Ashra sonrió a medias, una sonrisa sesgada y algo ácida.

- ¿Y quién me cura a mi, Zulfi?

La trol pestañeó, sorprendida. Luego entrecerró los ojos y se inclinó hacia él.

- ¿Cómo? ¿Qué te ocurre? ¿Es que estás enfermo?
- No entiendes - Ashra meneó la cabeza y desvió la mirada hacia el desierto. Los ojos azules se tiñeron de amargura - Has empezado diciendo que Irye no es bueno para mí. Así has comenzado a hablarme. Pero no sabes nada. ¿Como puedes juzgar tú lo que es bueno o malo para mí? Me está sanando, y tú no te das cuenta. Me está sanando más de lo que lo ha hecho nada... nunca.

Haari apretó los dedos sobre la toga. Un fuego de rabia líquida le trepó por la garganta, y miró al chiquillo dormido un instante, maldiciéndole para sus adentros y deseando íntimamente estrangularle y arrojarle a una zanja. Qué bien había trabajado el djinn. Astuto como una víbora. Había encontrado las heridas secretas de Ashra y se había filtrado por ellas como bálsamo, y ahora... ahora su amigo pensaba que ese crío le hacía bien.

- Ashra, a veces... - hizo una pausa. La situación era grave, tenía que proceder con cuidado - A veces, la gente desesperada, que necesita protección, como este chico... puede ser manipuladora y jugar con nuestros sentimientos... quizá lo que hoy te parece dulce, mañana se pudra sobre tu lengua, Ashra.

El elfo arqueó una ceja. Luego su sonrisa se ensanchó y se rió entre dientes, de nuevo una risa irónica y vieja, seguida de un suspiro. La arena espejeaba bajo la luz de la luna, y las estrellas rutilantes se reflejaban en los ojos azules del quel'dorei, a la sombra del muro.

- No creas que no lo sé. No creas que soy idiota. Otros frutos se han convertido en ceniza entre mis dedos, sé como es el mundo, cómo es la gente y cómo es la vida.

- ¿Entonces qué te ocurre, no te das cuenta de lo que te está haciendo? - Haari casi alzó la voz, inclinándose hacia adelante para enfrentarle más directamente - Te está encadenando, se está aprovechando de tí. Deshazte de él. Por el bien de los dos, y por el bien de todos.

Haari respiró aliviada cuando al fin lo soltó, mordiéndose la lengua para no decir más, no decir aquello que Ashra jamás creería y que destrozaría toda su argumentación: la verdad pura y sencilla. Que el chico era un djinn y que era peligroso. Suelto o encadenado, era como llevar un áspid enredada al cuello. La mirada del mercenario era la misma, no se había endurecido y estaba mirándola casi con nostalgia.

- Haari...
- Estoy preocupada de verdad, Ashra. - insistió - Estás haciéndote daño, aunque no lo veas. Estás abrazando veneno, y algún día te hará enfermar. No hoy ni mañana.
- ¿Acaso no te has aprovechado tu también de mi?

La trol frunció el ceño y dejó caer la cabeza hacia adelante. Desolada y agotada. No lo iba a conseguir.

- No más que tu de mí - susurró con suavidad.
- Así es la vida. Él se aprovecha, pero yo también de él, saco beneficio, y también Irye. Esto no es nada nuevo. Sé lo que hago. Y no es asunto tuyo, en cualquier caso.
- No es lo mismo.

Haari alzó la cabeza, incorporándose, y no dijo más. Los ojos azules tenían una advertencia soterrada, más allá del sincero afecto que le transmitían.

- No, no es lo mismo - acordó él - Esta vez me estoy beneficiando más. No te haces una idea de cuánto... y de lo que significa para mí.

La zulfi se estremeció cuando un viento gélido le rozó la nuca. Un susurro misterioso se deslizó en sus oídos, imágenes, presentimientos y palabras que los espíritus estaban volcando sobre ella mientras contemplaba la sombra en la sombra del muro, al elfo de ojos penetrantes cuyo semblante se desdibujaba en la oscuridad, cuya mirada era el corte afilado de un cuchillo. Casi lo sintió en la carne, y una profunda pena se abrió en su corazón.

- Comprendo.

Las colas de zorro se agitaron cuando el aire se embraveció. Haari se arrebujó en la capa. Echó una última mirada a la figura de Irye, envuelta por los brazos de su protector, y se giró para regresar al campamento. La luna la miró con su ojo pálido, y en ella vio reflejadas las visiones que le habían traido los espíritus.

"¿Seré lo bastante fuerte como para cumplir con mi parte?", se preguntó. Aquella noche, dispondría los tótem y buscaría a los Loa para pedirles que la confortaran. Haari tenía miedo, y ni las estrellas más brillantes ni los abrazos del más cercano amigo podrían limpiarlo del todo de ella, pues seguiría teniéndolo por mucho, mucho tiempo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Lady Magdalen

Rodrith tomó aire lentamente. El ambiente en las mazmorras era húmedo y cargado de inciensos, una atmósfera excitante y misteriosa en la que sus instintos más hondos se movían como renacuajos en una charca. La mujer vestida de cuero rojo estaba a su lado, observando cómo limpiaba las cuchillas y las púas una a una en el agua blanqueada con desinfectante. En la pared de enfrente, colgando de las cadenas, el cuerpo de una chica humana, de cabellos azabache y piel muy blanca, se reponía lentamente de la tortura a la que había sido sometida.

Tenía marcas rojas y pequeñas heridas que sangraban en los muslos, los pechos y el cuello. Rodrith no se atrevía a mirarla una vez perpetrado lo que, dijeran lo que dijesen en aquel lugar, a él le parecía un crimen. Le avergonzaba y le hacía sentir asco de sí mismo.

- ¿Incómodo?

La voz suave de Alyenna le llegó a los oídos con cierto matiz burlón. Rodrith negó con la cabeza despacio, después de pensarlo, sumergiendo una astilla de metal en el líquido y agitándola para limpiarle la sangre.

- No. Me preocupa hacerlo bien - mintió, en el mismo tono bajo.

Alyenna le regaló una sonrisa extrañamente dulce en su rostro pintado con estrías negras. La banda de cuero que mantenía sus pechos cubiertos se cerraba en la espalda con cordones finos, se clavaba en su piel y parecía a punto de estallar, conteniendo la carne rebosante. Entre las piernas, la lencería de fino encaje apenas cubría lo suficiente para reducir su atuendo a la indecencia, sin llegar a rozar la desnudez chabacana que rompería todo su conjunto. Las botas le llegaban a los muslos. Alyenna era una criatura preciosa, y Rodrith casi se había acostumbrado a su presencia cercana en aquellos días, consiguiendo que dejara de alterarle al aceptar e imponerse la certeza de que ella era intocable.

La mujer se dirigió a limpiar las heridas de Valerie y colocarle los emplastos de hierbas para la cicatrización sin marcas. Ambas hablaban en susurros, mientras él se entretenía volviendo a limpiar los instrumentos con gesto mecánico.

Había llegado a La Madriguera hacía cuatro semanas. El Raspa Blanca permanecería un mes en el puerto de Trinquete, no zarparían hasta que se aplacaran las tormentas, que en aquella época eran constantes. Sus pasos le habían llevado a aquel callejón, acompañando a Hackler, un humano refinado que le prometía hallar allí dentro placeres inimaginables. Pero a Rodrith le habían cansado pronto los peculiares entretenimientos del piso superior, y Alyenna le había encontrado sentado en un pasillo, bebiendo con languidez de su petaca.

Hablaron, poco y de manera vaga. A la experimentada mujer le bastó para pasearle por las mazmorras, y ahora estaba allí, aprendiendo la manera de liberar sus instintos del mejor modo posible.

Aún le pesaba la culpa por la prostituta que había matado el año anterior. Había tenido que confesarlo, cuando Alyenna le hizo una serie de preguntas mientras le instruía en el arte del dolor. No había querido hacerlo. No pretendía llegar tan lejos, pero no había sabido medir, y aquella joven tampoco había sabido pedirle parar. Alyenna no se escandalizó, se limitó a enseñarle cómo y con quién debía llevar a cabo aquella experiencia de liberación, y durante días, Rodrith había asistido cada noche a las peculiares lecciones con las que Alyenna descorría los velos del misterio que encierran ciertos deseos. Aquel día, Rodrith había llevado sus enseñanzas a la práctica, y aunque en el transcurso de la ejecución se había sentido bien, extrañamente tranquilo y sosegado, como un cirujano, ahora que había terminado volvía la culpa.

Quizá por eso, cuando Alyenna regresó con una sonrisa, sus palabras le dejaron perplejo.

- Valerie está muy contenta. La has dejado satisfecha.

Rodrith alzó la mirada, frunciendo el ceño. La muchacha seguía colgando de los grilletes.

- Me has explicado muchos secretos estos días - dijo Rodrith, escogiendo bien las palabras. - Me has enseñado mucho, sobre este lugar y sobre mí mismo. Pero...
- Aún no estás convencido.

El elfo asintió, secándose las manos. Alyenna le puso las suyas sobre los dedos, mirándole a los ojos con fijeza. Aquella mujer desprendía fuerza y seguridad por todos sus poros, tenerla cerca le hacía sentirse de algún modo respaldado.

- Puedo entender bien que haya gente como yo. Que disfrute con esto - dijo, colocando los instrumentos correctamente alineados y relucientes - Pero me cuesta asumir que pueda ser a la inversa.

La mujer asintió y se lamió los labios. Pareció pensar algo largamente por unos minutos, y después volvió a hablar.

- Sígueme. Creo que es momento de que veas algo.

La mujer le tomó por el brazo y le llevó hacia la puerta de la celda, cerrando tras ellos al salir. Después, se encaminó hacia el fondo del pasillo. Allí, los candelabros no alumbraban. Era negra oscuridad que todo lo envolvía, mas allá de las luces mortecinas del sótano. Alyenna tomó un cirio entre los dedos y lo acercó al muro de piedra, manipulando algo.

Rodrith había sentido la sutil corriente de aire que brotaba de los muros. No le extrañó del todo que la pared girase sobre sí misma, silenciosamente, sin roces agrestes de la piedra sobre la piedra ni chirridos escalofriantes. Tampoco llegó a sorprenderle descubrir entradas secretas en La Madriguera; estaba seguro de que estaba plagada de ellas. Obedeció al gesto de su mentora, entrando al pasillo, y aguardó a que ella le siguiera y volviera a colocar la pared en su lugar.

En un silencio respetuoso, caminó detrás de Alyenna. Recorrieron unos cuantos metros en un túnel de negrura hasta llegar a una puerta de madera labrada. En ella, el relieve de una reina sentada en un trono alargaba la mano hacia la manilla como si quisiera cogerla. Era un labrado peculiarmente turbador. El realismo de las facciones de la dama, su expresión doliente, el ángulo de perfil en el que estaba realizado y la alta corona dentada que lucía hicieron estremecerse al marino.

Misterio, secretos y oscuridad velada, aquella era la esencia de La Madriguera, un mundo de sombras entre sombras donde se revelaban las caras más ocultas de todo aquel que la pisaba, tejiendo un universo onírico e irreal que te atrapaba irremisiblemente. Y cuando Alyenna abrió la puerta y la luz suave de las velas doradas reflejándose en los suelos de marmol del interior les dieron la bienvenida, Rodrith casi se quedó sin aire.

Aquella sala subterránea era lo último que alguien podía esperarse encontrar en las mazmorras. Techos altos y abovedados, columnas de piedra con ornamentos de factura élfica que mostraban a Elune y los clásicos motivos vegetales, baldosas blancas y pulidas y sedas livianas, azules y blancas, que colgaban de las vigas labradas. Alyenna avanzaba, con su cirio en la mano, y Rodrith la siguió, recorriendo con la mirada aquel ensueño. No había mobiliario en el amplio salón, que asemejaba la nave de un templo. Tampoco estatuas ni pinturas, sólo los candelabros de plata labrada que bañaban el lugar de luz y los espejos. Decenas de espejos de pie, alineados unos frente a otros, con velos de gasa prendidos a los marcos. De bronce, de madera labrada, con distintos estilos, pero todos ellos ovalados y del mismo tamaño. Le devolvían su reflejo y el de Alyenna mientras caminaban entre ellos.

Cuando fue capaz de apartar la mirada de los cristales, vio el lugar al que se dirigían.

Tres escalones de mármol blanco conducían a una plataforma. Sobre ella, en una alfombra atestada de cojines, una mujer estaba de rodillas. Alyenna se detuvo y miró al elfo, que había olvidado respirar. Luego habló a la dama.

- Señora, él es el Oso - la voz de la mujer vestida en cuero rojo estaba teñida de respeto y gravedad - Ha sido instruído, pero no está seguro. Le he traído a escucharos a vos.

Rodrith era incapaz de reaccionar. Aquella dama, pues como tal vestía, envuelta en sedas pálidas con bordados de plata, tenía una melena completamente blanca que caía sobre sus hombros como la nieve, se enredaba a sus pies y se extendía sobre los almohadones y la alfombra mullida. Sus rasgos eran hermosos y nobles, como los de una reina, y no habían perdido el esplendor de la juventud, pese a ser las facciones de una mujer hecha y derecha. En el cuello, en las muñecas y en los finos tobillos llevaba ceñidas correas de cuero blanco. Y de ellas, largas cadenas de mitril ascendían hasta las vigas del techo. Cada vez que se movía, las cadenas tintineaban como campanillas de cristal. Entre aquel entramado de grilletes plateados, la hermosa mujer humana parecía una araña en su tela, aunque Rodrith no estaba seguro de si reinaba en ella o estaba atrapada allí.

La Dama asintió con la cabeza y volvió su mirada velada hacia el oso. Una cinta blanca le cubría los párpados, impidiéndole la visión.

- Bienvenido a mis aposentos, caballero - dijo ella, con una voz delicada y dulce - Yo soy Lady Magdalen.

Alyenna se retiró unos pasos. Rodrith no sabía que decir, pero la curiosidad le puso las palabras en los labios sin pedir permiso.

- ¿Por qué estáis aquí, encadenada y encerrada?

Sentía deseos de abalanzarse hacia ella. De arrancarle las cadenas y la venda de los ojos, de rescatar a aquella dama que parecía salida de alguna leyenda mágica. Pero la sonrisa suave de Lady Magdalen apagó aquel instinto, así como su respuesta.

- Así es como me gusta estar... este es mi sitio, Caballero.
- ¿Sois la señora de La Madriguera?

Lady Magdalen asintió y las cadenas tintinearon. Se removió entre los almohadones y se inclinó hacia adelante para tenderle la mano. Al hacerlo, la correa que le aprisionaba aquel brazo se tensó, mordió la piel y algunas gotas de sangre cayeron de su muñeca hacia las blancas sedas.

- ¿Os sentaréis conmigo, Caballero?

Rodrith tragó saliva y retrocedió un paso. Aquella criatura era terriblemente inquietante. No poder verle los ojos, su voz tan fina, el aspecto que lucía y los grilletes terribles que pendían de los techos... le recordó de repente a una marioneta blanca. Aun así, tomó aire y se adelantó, ascendiendo los tres escalones para coger su mano. Se acomodó entre los almohadones, aspirando la fragancia que envolvía su entorno. Lirios y sangre. Olía a lirios y sangre, a dolor y a pureza. Sus ropas estaban limpias, salvo por las escasas gotas rojas que caían aquí y allá en el bajo de su toga orlada, su piel resplandecía, perfumada, y la frondosa cabellera tenía el aspecto de ser más suave que el algodón.

El tacto de su mano era frío y duro, como la mano de una muñeca de porcelana. Los dedos de Lady Magdalen seguían entre los suyos.

- Hace muchos años encontré estas ruinas - comenzó la dama, a media voz - Este lugar está muy al fondo. Sobre él se construyó la ciudad que nos da cobijo, y sobre él, nosotros construimos La Madriguera. El lugar donde todos pueden ser libres.

Rodrith asintió. Alyenna ya le había hablado de eso, sobre la libertad. Extendió una mano sin pensar, rozando la mejilla de Lady Magdalen con los dedos.

La mujer se tensó. Alyenna, abajo, hizo amago de acercarse, pero se quedó quieta.

- ¿Por qué me tocáis, Caballero? - preguntó la dama, en un susurro muy bajo.

La luz de las velas se reflejaba en los espejos, en las columnas blancas. Cubría la piel pálida de la Dama de un resplandor dorado y apetitoso, la hacía parecer una joya entre joyas.

- No lo sé. Creo que estoy triste por vos.
- ¿Por las cadenas? - dijo ella, sin apartarse de sus dedos.

El Oso negó con la cabeza.

- Por la soledad, Señora.

La Dama sonrió de nuevo y negó con la cabeza. Al hacerlo, la correa de su cuello se tensó. Dos finas gotas carmesíes rodaron hacia su escote.

- Soy feliz aquí. Soy feliz así. Los Mártires, a los que ya habéis visto en las mazmorras, aguardan colgando de sus cadenas a que los Verdugos acudan a darles liberación... y los Verdugos encuentran la suya a través de los Mártires, que son lo más sagrado de esta Casa. Yo, sin embargo, encuentro liberación en el tormento de no ser nunca liberada, en la angustia de la situación que yo sola me impongo. En mis cadenas eternas, que son mis amantes y mis padres... en mi soledad, que es mi esposa y mi marido. Esta es mi elección, y no debéis apenaros por ella, caballero.

- Pero, ¿quién puede elegir el dolor o la condena? Inflingirlas es distinto... es algo que revitaliza, que te hace sentir que tienes el control. Es una responsabilidad, Alyenna me lo ha enseñado, y eso también es grato. Pero esto...

Lady Magdalen sonrió de nuevo y rozó el rostro del Oso con los dedos. Rodrith se estremeció. La Dama se mancharía los dedos con la pintura negra que le cubría, pero a ella no parecía importarle. Estaba reconociendo sus facciones, una a una.

- Elegir el dolor es dejarse llevar - dijo de nuevo la voz suave de la Dama - Es entregarse en manos de alguien con plena confianza, y en manos de los Verdugos, los Mártires se sienten seguros. Es como dejarse abrazar, o dejarse caer sabiendo que estás siempre a salvo, que sólo obtendrás aquello que quieres. Entregarse al dolor es liberarse de los miedos y dejar que aquello que rehuímos en la vida nos atraviese en una catarsis purificadora. Abrirse a recibir, entregarse para atesorar cuanto venga. Y entregarse a inflingir ese dolor es un acto noble. Llevar sobre las manos a aquellos que se muestran desvalidos, que te abren su sangre y su alma, sus cuerpos, esperando de ti que les des lo que quieren... lo que necesitan. Y aquello que tú también deseas dar.

- Me cuesta creer que alguien pueda desear verdaderamente ser herido por otros - repuso él, tras haber meditado esas palabras.

- Tú eres un Verdugo, los Verdugos siempre lo son, desde que nacen, al igual que los Mártires, aunque algunos no lleguen a saberlo nunca. Por tu propia constitución, la de tu alma y tus deseos, no puedes entender del todo la de los Mártires, que es la opuesta en cada matiz. Pero aunque no la entiendas, no debes tener miedo. Lo que tú deseas hacer, otros necesitan que se lo hagas.

Rodrith tragó saliva, frunciendo el ceño. La mano blanca de Lady Magdalen se apoyó en su hombro.

- Supongo que eso es lo más difícil de creer.
- ¿No os parece bueno?

Rodrith lo pensó unos instantes. Después, asintió con la cabeza.

- Si, me lo parece.
- Entonces, ocupad el lugar que os corresponde, caballero - dijo Lady Magdalen, rozándole los cabellos con los dedos - Vestid el embozo de los Verdugos y caminad por estas salas. Aprenderéis mucho con los Mártires. Sobre el amor, sobre la libertad y sobre la paz. Ellos son una bendición para vosotros, tanto como vosotros para ellos.

Rodrith asintió, mirando a la dama de blanco. Puede que no lo entendiera del todo, pero algo en su interior lo comprendía a la perfección, como si no pudiera ser de otra manera. Él siempre había necesitado la violencia, saberse artífice del sufrimiento ajeno, pero aquel camino siempre terminaba en algo menos agradable: la culpa. Lo que se le presentaba, según las palabras de Alyenna y las revelaciones de Lady Magdalen era un sendero muy diferente y exento de ella.

Dolor sin culpa. ¿Sería posible?

Alyenna le hizo un gesto y Rodrith se levantó, soltando la mano de la Dama y descendiendo los escalones. Cuando llegaron a la puerta, el Oso se volvió hacia atrás para dedicar una última mirada a la mujer atrapada en sus propias cadenas, que yacía, encerrada, en su palacio de espejos.

- No parece real.
- Quizá no lo sea - replicó Alyenna - Sígueme. Tengo que entregarte el atuendo que llevarás en lo sucesivo en este lugar.

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Los pasillos de las mazmorras son túneles iluminados por el mortecino resplandor de las velas. En las bóvedas, los sonidos secretos de la Madriguera resuenan como los susurros de un sueño impreciso. Los gemidos y los látigos, el chirrido de las puertas de acero batido. Entre la penumbra sucia, las sombras se mueven en el silencio roto por los secretos cantos de lo que allí sucede. Figuras altas y bajas, de hombres y mujeres, que rara vez se cruzan en los corredores. Llevan los brazos desnudos, largas capas de lana negra y una caperuza cubriéndoles hasta la nariz. Cuando alguno de ellos camina por los pasillos de piedra, sus siluetas se dibujan en los lóbregos contraluces, como espectros de carne y sangre, que desprenden el aroma del deseo, del dominio y el poder.


Rodrith se cala la capucha y avanza, silencioso, haciendo girar una llave entre los dedos. Ya no es más Rodrith, ni Ahti, ni es nadie. Aquí dentro es el Oso, su voz cambia y se convierte en un gruñido seductor, vibrante, casi animal. Sus ojos destellan con apetito, su sonrisa se vuelve aviesa y cruel.


Siempre que está aquí, se encuentra a gusto. Llega a la celda que busca y gira la loseta de la entrada, dándole la vuelta al azulejo y colocándolo en el marco por el lado esmaltado en rojo. Introduce la llave y dirige una mirada hacia el final del pasillo, hacia ese lugar que conduce hasta el santuario de la Madriguera. Nunca ha visto a nadie entrar allí, jamás ha visto a otros manipular la pared y descender hasta el regazo de Lady Magdalen.

Se pregunta, a veces, si fue un sueño. Se pregunta si era real o sólo una ilusión de espejos, incienso y humo.


Gira la llave, y la puerta se cierra detrás de él, con un golpe suave. El corredor, vacío, queda en silencio. Desde el extremo oscuro, donde no hay puertas ni cirios, una corriente de aire casi imperceptible se escurre entre las grietas del muro.

viernes, 26 de noviembre de 2010

12.- Los Hijos del Hada

Haari sólo era una niña, cuando su padre, Zul'talar, había soplado el Aliento de los Elementos en el pequeño tótem hueco, lo había sellado con cera y lo había arrojado al mar. "Guardaos de tres cosas", había dicho Zul'talar a sus hijos. "De las zarpas del aqir, de la ira del Loa y de la magia del djinn".


Haari no lo había comprendido entonces, pero como siempre, había recordado las palabras de su padre, el médico brujo de su tribu. Cuando lanzó el tótem al rugiente océano, Haari pensó que las maldiciones que habían caído sobre su comunidad se disiparían, pero no fue así.


Todo había empezado hacía varios meses. En la aldea, los jóvenes trol se burlaban de Yo'lou. Yo'lou no era buen cazador. Todavía no había pasado su prueba de valor dando muerte a un tigre blanco, era patoso y poco salvaje. Era el hazmerreír de los demás, incluso de sus hermanos menores. Hasta que de repente, una noche apareció con tres pieles de tigre, resollando. Alzó el hacha y gritó, despertando a la tribu.


No sólo había dado muerte a los animales, sino que además, uno de ellos le había seguido. Un enorme felino plateado, surcado por estrías negras, con los ojos amarillos, se mantenía dócil a su lado. Yo'lou conservó al tigre, a quien llamó Rokkar. Rokkar se quedó en la tribu, y honraron a los Loa, porque desde su llegada, las cosas fueron mucho mejor para la aldea de Haari. Los mares estuvieron en calma. La recolección era abundante, y la caza y la pesca, mucho mejores que antes. Las dos tribus vecinas, con quienes no compartían muy buena relación, fueron derrotadas cada vez que atacaron el poblado, y finalmente, se estableció la paz.


Sin embargo, no duraría mucho. Los grandes guerreros de la tribu habían aceptado a Yo'lou entre los suyos, y Yo'lou, orgulloso y contento, ahora caminaba con la cabeza alta, vestido con capas de pantera y llevando las mejores armas de piedra. Rokkar asistía en el combate a Yo'lou, y su presencia en él, al igual que fuera de la batalla, había dotado al joven de una gran seguridad en sí mismo de la que siempre había carecido. Los que se reían de él antaño, ahora le trataban con respeto. Y el respeto fue mayor cuando Malai, el mejor guerrero y uno de sus detractores, cayó enfermo tras una terrible pelea con Yo'lou. En ella, sólo se intercambiaron palabras y algunos golpes. Y fue Malai quien derribó a Yo'lou. Sin embargo, los espíritus parecían castigarle, y yacía en su cabaña presa de la fiebre.


Zul'talar nada pudo hacer. No sirvieron los sacrificios a los espíritus ni las infusiones de mojo, no sirvieron los rituales ni los cánticos, los amuletos ni los tótem. Malai se consumía.

- No es voluntad de los espíritus - había dicho su padre entonces - He visto en Malai una sombra de aire y deseos oscuros que le asedian, procedentes de una maldición poderosa y antigua.

Y Zul'talar se marchó. Se marchó a la selva, en busca de la sabiduría de los Loa, buscando respuestas a aquello que aquejaba a Malai.

En su ausencia, los cinco grandes guerreros restantes comenzaron a decaer. Sus fuerzas mermaron, hasta que sólo Yo'lou el orgulloso quedaba en pie y dominante, como el único capaz de liderar a los trol. Desafió al Jefe Amanshi y le derrotó. Cortó su cabeza y devoró su cuerpo, dando parte de él al tigre Rokkar, apiló sus huesos junto a la cabaña y buscó a su hijo para darle muerte. Pero Aman'gol, hijo de Amanshi, huyó y se ocultó en la selva.

La barbarie y el poder de Yo'lou crecían día a día. Cuando algo no sucedía como él esperaba, su ira se mostraba, o la tormenta y el fuego despertaban aquí y allá. Todos le temían, y creían que los dioses se ofendían cuando Yo'lou era ofendido. Por eso, la tribu entera se sometió a Yo'lou, quien rompió las alianzas con las aldeas cercanas y atacó, arrasándolas y perdiéndose muchos grandes guerreros en aquellos combates, de uno y otro bando.

Y entonces regresó Zul'talar. En cuanto volvió, Yo'lou le recibió junto al tigre blanco, altivo y vestido con las pieles de cien panteras, engalanado como un rey. El resto de los habitantes del poblado, entre quienes se encontraba Haari, aguardaban tras él, asustados y confusos.

- Has vuelto. Proclámame, médico brujo - exigió Yo'lou - Proclámame como Jefe y Señor, según las viejas costumbres.

Entonces, Zul'talar asintió.

- Dame tu hacha - pidió - para que pueda bendecir tus armas con los ritos de los Loa.

Yo'lou le tendió el arma, y cuando la tuvo en su mano, Zul'talar la levantó en una mano, el báculo en la otra. Pronunció unas palabras, y el orgulloso Yo'lou comenzó a corretear en un revuelo de plumas blancas, transformado en un simple polluelo. Zul'talar hizo descender el hacha y decapitó al pollo de un solo golpe. El cuerpo de Yo'lou apareció, cubiertas de sangre sus vestimentas, y su cabeza rodó hasta los pies del tigre.

- Este guerrero ha traído la maldición a nuestra tribu - dijo Zul'talar a los demás - Ahora que ha muerto, me encargaré de sellar al djinn y enviarle lejos de nosotros.

Haari jamás olvidaría el ritual. Estaba grabado a fuego en su memoria. El tigre blanco, atado, se revolvía sobre el altar, y su padre disponía los tótem alrededor. Las antorchas brillaban en la noche. Estaban solos, ellos dos y el enorme tigre.

- ¿El animal está maldito? - preguntó ella a media voz, mientras removía la mixtura del cuenco sacramental. Zul'talar negó con la cabeza.

- No es un animal, Haari. Es un djinn.
- ¿Qué es yinn? ¿Son espíritus malignos?
- No, Haari. No son espíritus. Son descendientes de espíritus malignos, eso sí... pero nacen del vientre de las ossi por la semilla de los espíritus del aire y la tormenta.

Haari frunció el ceño, escuchando.

- Pero, ¿no son buenas criaturas las hadas? - preguntó, usando la palabra adecuada.
- Lo son. Pero a veces, su soledad es insoportable y llaman a los espíritus del aire. Ellos les ponen en el vientre la semilla, y entonces nace el djinn.
- ¿Es una criatura maligna, este djinn? - volvió a preguntar Haari. Tenía la mirada fija en el tigre, que parecía hermoso y tranquilo, algo indiferente, allí tumbado y atado.
- No es buena ni es mala. Puede maldecir y bendecir - le explicó su padre a media voz, mientras terminaba de disponer los objetos para el ritual - Puede hacer daño o puede otorgar dones. Depende de su temperamento o de aquel a quien sirve. Este djinn servía a Yo'lou, y trajo la desgracia a nuestro pueblo. Con Yo'lou muerto no podemos matar al djinn, porque sólo él podría hacerlo. Pero le sellaremos en el tótem y nos desharemos de él.

Cuando Zul'talar comenzó con los cánticos, Rokkar ni siquiera se movió. No opuso resistencia cuando los fuegos se apagaron, apenas un gruñido suave. Haari sentía sus ojos plácidos, algo tristes, fijos en ella. Después, la criatura se desvaneció y se convirtió en una masa de aire coloreado, con forma semi humana, brazos, piernas, tronco y rostro, y al fondo del rostro, la misma mirada nostálgica. Entró en el tótem hueco a una orden de Zul'talar.


Sí, Haari había visto todo aquello. "Guardaos de las zarpas del aqir, de la ira de los Loa y de la magia del djinn", le había dicho su padre entonces, cuando arrojó al mar a Rokkar, "porque su maldición es terrible y su bendición siempre tiene precio, porque son poder e impotencia, y aunque dicen ser siervos de sus amos, también sus amos son siervos de ellos."



Aquella noche, mientras el campamento se recobraba del ataque, el desierto estaba sereno, y la mirada de Haari, la Zulfi y líder de Mueh'zala Atal, seguía al joven Iryë mientras éste ayudaba a apilar los cadáveres y a reunir combustible para el fuego. Le vio sonreír cuando Ashra pasó a su lado, le vio agarrarle de la capa, vio su expresión devota mientras le seguía, con los ojos rosados brillando suavemente.

Y recordó cómo el elfo le había liberado de sus grilletes. Y recordó que nadie más, entre todos los cuerpos que vieron aquella noche en Frondavil, ni uno solo, tenía cadenas en las manos.

Solamente Irye.

- Ashra... no sabes lo que has hecho - murmuró.

Aquella noche, rezó a los espíritus por su amigo y compañero. Fabricó amuletos para él, y meditó sin descansar, buscando, igual que antaño hiciera su padre, un modo de liberar a Ashra de su propio error.

11.- Djinn

El deslumbrante sol de Tanaris le hería los ojos. El mismo aire estaba caliente, era un vapor espeso y congestionado de arena que apenas podía respirarse ahora, cuando el viento soplaba con tanta intensidad que atronaba los oídos. Con el rostro cubierto por el pañuelo, Haari aguardaba, los párpados entrecerrados, la maza en la mano y los tótem sagrados dispuestos, la llegada del ataque que no parecía llegar nunca.

Habían montado el campamento en el desierto, y las lonas de las tiendas se agitaban, furiosas. Estaban trabajando bien contra los ladrones de agua, pero ella había percibido las alteraciones en el mundo espiritual varias noches antes. Sabía que los Furiarena les estaban siguiendo. Sus siluetas ahora se recortaban de cuando en cuando tras las dunas, acechando. Manchas rojizas, lejanas y casi informes a través de la tormenta desértica que iba cobrando intensidad.

Ashra y Drabor permanecían a su lado, embozados y con las manos en las empuñaduras, los ojos escrutando el horizonte. Poco mas atrás, el resto de los mercenarios aguardaban, preparados para el combate, en la tensa calma y el silencio. Haari había contado varias siluetas, más de treinta. No estarían en igualdad de número, pero confiaba en que ellos pudieran ser más inteligentes que sus rivales.

El humano del parche resolló y se cubrió bien la negra cabellera con el embozo.

- Zulfi, ¿Por qué no atacamos nosotros? - murmuró. Era la tercera vez que lo proponía.

Haari negó con la cabeza.

- Nosotro'h no. Que ataquen ellos. Es...tán invocando la tormenta de arena. No podemos contrariar a los Elementos.

Ashra y Drabor intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada más. Haari sabía que no comprendían, pero al menos no ponían en duda sus decisiones. Hasta ahora, las cosas habían salido bien para todos cuando no habían contrariado a los elementos, sin duda había sido así. Y no pensaba romper esos sagrados preceptos por nada del mundo. Si los Furiarena invocaban la tormenta, lucharían bajo ella y la usarían en su favor.

- Vienen ya.

Era la voz de Ashra. Haari tomó aire, confiando en los sentidos del elfo, y comenzó los rituales, mientras Drabor hacía señas a los combatientes. Se posicionaron tras la duna, dispuestos a defender el campamento.

Los trol no eran especialmente ingeniosos en sus estrategias, y la Zulfi era consciente de ello. Sus técnicas de emboscada rara vez admitían variación; su raza, bien lo sabía, se acostumbraba a hacer las cosas de una determinada manera y rara vez cambiaban. Los Furiarena eran sanguinarios y rápidos, conocían el desierto a la perfección, y tenían el viento a favor.

Saltarían las dunas sin problemas y muchos encontrarían la muerte en las estacas que habían colocado en la pendiente, pero aun así... entrecerró los ojos. Las sombras rojizas se movían con velocidad entre el velo denso de la tormenta. Haari permaneció en pie.

La primera figura apareció, una forma alta de cresta roja, gruñendo y con la mirada perdida y llameante. La enorme maza de acero se alzó.

- ¡O'hoba! ¡O'hoba! - cantó la Zulfi.

El grito de los hombres y mujeres de Mueh'zala Atal se elevó, uniéndose al bramido de la tempestad. Los aceros desenvainaron y silbaron las flechas. Haari interpuso el escudo, ladeándose, cuando la maza cayó sobre ella, y un golpe de agua precipitó al trol duna abajo. Su cuerpo se empaló en la estaca.

- ¡T'eif godehsi wha! - las voces de los furiarena se enredaron en el viento.


Entonces, algo prendió el temor en el interior de la joven Zulfi. El ataque de los Furiarena era extraño y definido, pero varios de ellos habían pasado a su lado sin golpearla. Parecían precipitarse directamente hacia el campamento, con la mirada encendida, sin tenerles en cuenta para nada. Algunos morían en el trayecto, atravesados por las espadas, empalados en la barricada. Otros, aún heridos, se arrastraban hacia las tiendas, donde no quedaba nadie.


Era absurdo. Si querían arrasarles, matarles o capturarles, ¿Qué clase de actuación era aquella? Rara vez dejaban los furiarena a un enemigo en pie, y éstos parecían precipitarse como una oleada en busca de algo. Intercambió una mirada con sus lugartenientes. Drabor también parecía algo confundido. Ashra, por el contrario, iba eliminando rivales a medida que se cruzaba con ellos, de nuevo sumergido en el acto del combate y sin darse cuenta, aparentemente, de que algo no estaba bien.

Entonces les escuchó.


- ¡Djinn! ¡Djinn, yora'tok!


Se volvió repentinamente hacia la voz. Uno de los Furiarena había llegado al campamento. El campamento en el que sí había alguien, un muchacho embozado, un elfo bajito y menudo para su raza. El trol le había agarrado del cabello, el embozo con el que se cubría se enredaba en la garganta de Iryë, quien oponía una resistencia silenciosa mientras el trol le arrastraba, gritando, repitiendo las mismas palabras.


- ¡Djinn! ¡Djinn, yora'tok! ¡Djinn, yora'tok!


"No es posible", pensó Haari. Sí, sí era posible, constató. Casi al mismo tiempo que la incredulidad le asaltaba, la confirmación era un hecho. Sólo debía encajar las piezas. Pero ahora no era momento de pensar.


Iryë había desenvainado una daga de su bota y la había clavado en el costado del trol, retorciéndola con saña, sin mudar su expresión. El furiarena gritó, la sangre manchó la tierra blanca, pero varios más se precipitaban hacia el chico.


- ¡Al campamento! - exclamó Drabor - ¡Rodeadles!


Haari descendió de un salto. Corrió, con el escudo y la maza de fresno, dejando atrás los tótem. El muchacho elfo aguardaba, con la daga ensangrentada entre las manos, mirando con indiferencia a la multitud de enemigos que se arrojaban con ojos furiosos sobre él, en su busca. La Zulfi extendió la mano. Cerró los dedos sobre la muñeca de Iryë y le arrastró fuera del campamento, mientras las filas de los Mueh'zala Atal se cerraban tras ellos, cercando a los furiarena y terminando con el trabajo.


La tormenta no amainaba. Le agitaba la túnica de cuero con plumas, colas de zorro y pieles de zarigüeya. Llevó al chico algo lejos y le encaró, mientras el bramido del viento se teñía con el sonido de la batalla. Gritos, hojas cruzadas, golpes secos, huesos rompiéndose. Fijó la mirada en el muchacho, que no entornaba los ojos a pesar de tener el viento en contra. Su pelo, rojo y negro, se sacudía bajo la tempestad, los rizos se le despeinaban, y la miraba, inmóvil, inexpresivo, con la daga ensangrentada en la mano.


- Vinieron por tí - dijo la Zulfi. Su voz era seca, cortante, pero suave. Nunca antes había hablado con el muchacho que Ashra rescató. - ¿Les llamaste tú, djinn?


Iryë no respondió. Ladeó la cabeza, frunciendo un poco el ceño, como un animalillo curioso.


- Mueh'zala Atal está luchando con trol furiarena. ¿Tu llamaste? Vinieron por tí. Responde, djinn, te lo ordeno - gruñó, extendiendo las manos - te lo ordeno.


El chico arqueó ambas cejas y soltó una risita. En medio de una tormenta del desierto, una risa cascabeleante, burlona y extraña, que pareció encontrar eco en el aire. Irye golpeó las manos de Haari con los dedos finos y regresó al combate, con la daga empuñada. Pasó a su lado sin temor alguno, y a medio camino se volvió para dedicarle una mirada que le resultó burlona e insolente. Los ojos rosados destellaron.


Y el viento cesó.